Siempre juntos no se va a poder
La frase se dijo una vez, pero siguió resonando, como resuenan las cosas que tardan en acomodarse dentro. Siempre juntos no se va a poder. No fue dicha con dramatismo, sino con una calma que parecía haber pasado por el cuerpo antes de llegar a la boca, casi convertida en una forma de despedida.
“Cuando mi mamá ya estaba en silla de ruedas, porque el cáncer había avanzado mucho, hicimos un viaje a Arica; fuimos mi papá, mi hermano, ella y yo. Llegamos a la playa y mi mamá dijo que la metiéramos igual al agua, que no importaba la silla, que había que hacerlo. Tocaba obedecer a la jefa, por supuesto”.
Vic recuerda esa escena con una mezcla de ternura y precisión, como si supiera que a veces la vida cabe en una frase elemental: “hay cosas que hay que hacer”. Y no suena a consigna ni a heroicidad; más bien, a una manera de seguir habitando el presente cuando este empieza a estrecharse.
Ella habla así, sin solemnidad, como si supiera que en las casas donde entra la enfermedad también cambian las palabras. Cambia el calendario de lo posible, y desde ahí, la muerte cambia el tiempo. Hay muertes que se anuncian con exactitud cruel —el diagnóstico, los tratamientos, las fechas que se empalman como cuentas en un rosario— y otras que llegan como un golpe seco, sin aviso. Ninguna anula la pena; sí modifican la forma de acompañar y de nombrar lo que ocurre.
“Cuatro años hablé de mi mamá desde el dolor, y no desde lo que éramos”, dice. Y con eso abre otra puerta. Porque lo que ella quiere contar no es solo la enfermedad, sino la vida que siguió ocurriendo alrededor. “La cotidianidad es lo más bello, incluso en medio del dolor”, sigue. “La peluca era nuestra cotidianidad.” Y en esa frase la enfermedad deja de ser una abstracción para volverse un objeto que se acomoda y entra por las grietas del día.
También por eso hizo un cómic. Fue su trabajo final en la Carrera de Artes, pero no como un cierre académico; nació de una casa que ya no era la misma. El diagnóstico de su mamá había movido todo, y ella decidió trabajar con ese temblor. En la contratapa habla de un pequeño diario de la vida que vino después, como si nombrar ese después fuera ya una manera de sostenerlo.
Victoria no recuerda la enfermedad desde la solemnidad, sino desde sus desvíos. Desde el cannabis, los avisos engañosos sobre el cáncer, las alucinaciones de la morfina, el plato de la reconciliación que anotaron y prepararon en familia, y que ella considera la única cosa inmortal que conoce. El humor aparece ahí como una forma de salvar lo que se puede: no alivia, no embellece, no corrige nada; pero permite mirar de nuevo.
El cómic le permite eso. No ordena la experiencia como una línea recta que va de los síntomas al entierro, sino como un relato abierto de escenas, retornos, fragmentos, risas y cansancio. El humor también entra por ahí. Muchos no lo entendían, ella sí, no porque el dolor pesara menos, sino porque a veces reír es la única forma de que la tristeza no se trague todo el aire.
En ese casi “humor negro”, lo que podría quedar reducido al diagnóstico o al derrumbe se vuelve otra cosa: una familia tratando de sostenerse, una madre todavía viva en el centro de la memoria, una casa donde el dolor no borra del todo el absurdo, una historia que se abre, se mueve, respira. Vic no usa el humor para restarle gravedad a la enfermedad; lo usa para devolverle espesor a la vida.
Su madre le enseñó a no quedarse pegada a lo más triste. Ella lo aprendió sin endulzarlo. Hubo un momento en que miró el sufrimiento de su mamá y pensó que quizá era mejor que muriera. No porque la quisiera menos, sino porque ya no era ella, porque la enfermedad ya la estaba borrando delante de todos. Pensarlo no la volvió menos hija.
Su obra, como la memoria, no ordena tanto como acompaña, y en ese acompañamiento persisten una madre con peluca, una hija que aprendió a mirar el cansancio sin soltar la risa. Eso también merece un lenguaje. La frase insiste: sin ruido, sin explicación, con una tristeza que no pide ser adornada. No hace falta levantarle un monumento al duelo para reconocer la hondura de lo perdido.
* El título de la columna viene del maravilloso cómic que hizo Victoria Bustillos Rios. Pueden contactarla en Insta: @flakkawec o @flakka.v
