En el Chaco

El Chaco es una especie de western boliviano mezclado con el realismo mágico sudamericano, donde suceden cosas que parecen sacadas de la mente de un esquizofrénico adicto al LSD, y la rudeza del habitante de esta zona es una especie de religión sectaria, obligada para todo el que nace o decide vivir aquí, sea humano, planta o animal.

Me considero un citadino promedio, viví muchísimo tiempo en un frío departamento de la Zona de San Jorge de La Paz y, a pesar de conocer casi todas las regiones rurales de mi país, nunca tuve una verdadera experiencia de campo. Ahora, debido a mi trabajo me encuentro en una especie de “pago chaqueño” donde debo permanecer exactamente un mes.

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En el Chaco se vive como en un tiempo suspendido, en una eterna postal./ Fotografía: Lidia E. Núñez.

Tengo nueve personas conmigo, todos jóvenes varones entre 18 y 20 años, yo soy mayor que ellos por 15 y también soy su jefe.

En fin, como todo en la vida, lo que pensamos que será no termina siendo. Lo increíble de descubrir lo que suponías que no sería diferente a lo que viste (o pensaste) en otro lado son esos momentos en los que te sientes a gusto por lo que estás viviendo; miras por la ventana y te das cuenta de que de verdad la vida es un sinfín de ese tipo de descubrimientos y no te queda más que renegar estando alegre.

Lo que parecía difícil de creer se volvió cotidiano, las ampollas en las manos ya no duelen, el agua sucia ya no molesta tanto y ya no interesa averiguar los nombres de los animales nuevos que uno va conociendo, como el aguilucho que come lombrices con las gallinas en las mañanas, que supongo es un gavilán y al que tomo varias fotografías para mandar cuando tenga señal a un amigo que tiene un club de observadores de aves. Por otro lado, la lechuza del norte del pago es más ortodoxa, jamás se juntaría con gallináceas.

Estamos muy cerca del río Parapetí, muy ancho y poco profundo, con un paisaje increíble y muy difícil de creer, como es el caso de unas lomas de arena inmensas, donde aprovechamos de sacar fotografías y hacer creer a algunos amigos que nos encontrábamos en el África. De camino a esas lomas, con la compañía de un perro del pago al que llamamos Negro y al que me imagino que cada mes los trabajadores entrantes lo bautizan de nuevo, encontramos a lo lejos una mancha muy grande de chivas, aproximadamente 200, y aunque se encontraban a gran distancia, al Negro no le importó ir a arriarlas. Al volver de las Lomas, a la altura del río, nos dimos cuenta de que una chiva bebé había sido replegada del grupo y estaba oculta en una especie de isla de matorrales en medio del lecho del Parapetí. La adoptamos.

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La Guerra del Chaco dejó una huella histórica imborrable en esta región del país. / Fotografía de archivo.

Llamé a mi esposa y le conté sobre la chiva, me pidió que la llamara Lucrecia y que le diese leche caliente en un guante quirúrgico. Hicimos cuentas con los muchachos y llegamos a la conclusión de que no tenía más de 10 días de nacida. Al levantarle para darle leche me di cuenta de que su nombre debería ser Lucrecio y le amarramos a un chivo joven para que le enseñara a comer y que le mostrase el pago. Lucrecio vivió con nosotros tres días y luego desapareció. Tratamos de encontrarlo, pero fue imposible. Algunos suponen que lo adoptó uno de los grupos de chivas que pasan por el pago, otros pensamos que murió en medio del monte; estaba muy lejos de donde lo encontramos y era tonto pensar que pudiese volver a casa. Al día siguiente comimos un chivo, adulto ya. Nos dio carne como para una semana.

En el pago también viven dos perras que recién parieron: la Choca y la Negra. De la Choca sabemos que tiene 7 cachorros, todavía no los levantamos para examinarlos a detalle, viven en un hueco hecho en la tierra y es preferible mantenerse alejados de un lugar que podría tener demasiadas garrapatas; es molestoso una vez que se prenden de uno. Tenemos una inmensa pena por la Negra, es pequeña y abusada constantemente por la Choca. A pesar de tener sus crías en el monte en un espacio cercano a nuestro muro perimetral, no sabemos con exactitud cuántas crías tiene, pero estimamos que no son muchas por su tamaño. Un sábado, la Negra desapareció y no supimos más de ella; en las noches escuchamos a sus crías llorar, suponemos que entra al pago cuando salimos a algún lado y la Choca nos acompaña (que sucede la mayoría de las veces); alguno de los muchachos asegura que entra por los espacios en los que tenemos árboles, evitando los lugares comunes, como el comedor o los dormitorios, y que come del plato improvisado que pusimos para los cuatro perros adultos que tenemos.

Algo que esperaba casi con ansias eran los sucesos paranormales que están, de rigor, establecidos en el campo. Al llegar al pago descubrimos dos cementerios, ambos a menos de 200 metros de distancia de los dormitorios. De hecho, lo primero que hicimos al dejar nuestras cosas en los roperos fue visitar lo que parecía ser un antiguo cementerio olvidado. En el más grande de los dos hay toda clase de tumbas; algunas están hechas de ladrillo, otras de adobe, la mayoría son promontorios de tierra, tres o cuatro están adornadas con cerámica y las cruces dicen poco o nada del fallecido, aunque las fechas son un tanto interesantes. La mayoría datan de 2019, antes de la pandemia, y aun así están arruinadas. Fue casi triste enterarnos de que la mayoría de las tumbas eran de menos de hacía cinco años y que estaban tan maltrechas que asemejaban tener por lo menos algún par de décadas. Me imagino que es tanta la rudeza del chaqueño que incluso algo tan penoso como el luto es visto como un obstáculo en la vida y, por lo tanto, debería ser tratado con desdén.

El poro de yerba mate que me regalaron antes de entrar al pago se quebró, no era muy fino, pero se supone que me acompañaría todo el mes; traté de “curarlo” como me indicaron y esperé días antes de usarlo, pero no aguantó estar cargado todo el día. No importa el calor que haga, si es que espero tener un pequeño porcentaje de chaqueño, debo “mojar” el bolo con un buen amargo caliente, y eso necesita práctica.

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El Pilcomayo y el Parapetí son las principales fuentes de agua en el Chaco. / Fotografía: Ximena López.

Ya tengo la barba crecida, la piel bronceada y callos en las manos. El sol ya no me molesta al jugar fútbol a mediodía y ya poco asco le tengo a lo que desconozco. En el dormitorio hay un nido de avispas que nos da flojera quitar y reemplazamos los fierros de nuestra cocina a leña con las puertas de un Willys abandonado y una cruz vieja del cementerio. Todavía no cumplimos las tres semanas acá.

Pasas un tiempo en el Chaco y ya no miras por la ventana para descubrir cosas, lo haces por debajo del ala de tu sombrero, con el viento caliente atizando tu cigarrillo y llenando de tierra tus pestañas. La vida se vuelve real, ya no sonríes.

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