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Jaime Nisttahuz permanece en los libros, las conversaciones y las historias compartidas de quienes lo conocieron. Rafael Velásquez recupera algunos de esos recuerdos en un texto atravesado por la amistad y la literatura.
Editado por : Valeria Valverde

El 14 de julio de 2024 murió don Jaime. Cuando me enteré quise llorar, pero no lo hice y soló atiné a levantar la mirada hacia el cielo. Curiosamente se encontraba blanquísimo. En esa revelación me consolé a mí mismo e invoqué su nombre: don Jaime. Tampoco fui a su entierro, ni a su velorio, ni se lo mencioné a nadie siquiera. Claro que perder a un amigo implica dolor y no presentarse en su funeral implica otro tipo de incomodidades. Pero, en esta ocasión, se trata de atender a un pacto de amigos. 

Aquella tarde que supe de su fallecimiento venía caminando por una de las avenidas que conducen a mi casa, llegué y recordé a Francois Villon, e imaginé a las marchitas y tetudas mujeres de las que habla en su poesía y en los cálculos del peso de su propio culo al tener la soga en el cuello antes de ser colgado. Imaginé también a los miembros de esa religión que configuran el infierno en la tierra. Para todos tenía su testamento. Don Jaime tenía la misma actitud despreciativa para con los personajes del mundillo literario de nuestra sociedad. Y dibujé en mi memoria un libro de color guindo ruinoso con caracteres dorados y sencillos de una colección popular de La Oveja Negra. Cinco pesitos me costaron comprar la poesía de Villon al tiempo de hallar la amistad de don Jaime Nisttahuz. En su quiosco de venta de libros, “este soy yo”, me dijo después de unos quince minutos de charla alcanzándome un libro de poemas suyo. Yo no tenía idea de quién era ese señor, ni de lo qué había escrito, pero me gusta pensar que esos quince minutos de charla fueron una especie de escrutinio de los afanes y preocupaciones que nos acercaron solidariamente en la poesía y en la vida. Le pedí que me vendiera ese libro suyo que me mostró, Palabras con agujeros, y que me escriba alguna dedicatoria. Accedió a mi petición. Cogió el pequeño libro, lo hojeó hasta encontrar la página idónea y apuntó en él algo con su bolígrafo azul, que prontamente guardó en el bolsillo de su camisa guinda a cuadros. Instintivamente y un poco precipitado guardé los dos libros juntos en mi mochila sin atreverme a leerlos, ni hojearlos más en aquel instante. No leí su dedicatoria, tampoco los poemas de su libro y seguimos charlando, no sé de qué. Años después, me enteré, por boca misma de don Jaime, que ese gesto mío lo había impresionado gratamente. En el momento de entrar en casa recordé que como había guardado ambos libros sin revisarlos más, en los días siguientes descubrí que aquel librito de Villon tenía algunas páginas en blanco por una mala manufactura de la editorial y que don Jaime me había prometido cambiármelo cuando yo quisiera y no lo hice. Entonces pensé: “Me debes, don Jaime, así que usted y yo aún no hemos acabado nuestros asuntos” y en vez de lagrimear por aquel dolor de su partida, me carcajeé mientras acariciaba la cabeza de mi perro Dalton. 

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Imagen: Rafael Velasquez Valeriano

Pocas son las veces que nos reunimos. Quizá, en un acceso de entusiasmo, nos habremos encontrado tres o cuatro veces en un mismo año. Luego hubo temporadas completas sin contacto. No sé explicar por qué. Ya no hace falta. Los años más luminosos, por decirlo de alguna manera, fueron los del primer lustro de conocernos. Coincidentemente dicen que fueron los del apogeo del país. Pero para nosotros, inconformistas por naturaleza (a don Jaime le gustaba denominarse así), se trataba de algo más cáustico, de algo para lo que no había más cabida que la burla y el humor para no dejarse arrastrar por las candilejas de una mascarada. Creo que reconozco algo de ese sentimiento en estas palabras suyas: “Canciones las calles eran canciones / las plazas se desplegaban como banderas cuando reíamos. / Me entregabas tu palabra como un puente. / Y ahora esa mierda en tus zapatos. / Ha comenzado la época de manzanas”. Desde luego que nuestro interés no se enfocaba en la política, ni la economía, sino en la literatura, en la literatura alejada del mundillo de arrimados e “iluminatis” (como decía otro amigo en común, fallecido años antes). En la convivencia con la amistad de don Jaime es que aprendí que la literatura no es nada si no tiene vida impregnada. Reviso sus libros, los tengo casi todos, y ninguno de sus editores menciona nada impreso sobre autoficción en su literatura. Las palabras más próximas a este respecto las encuentro con don Adolfo Cárdenas en una contratapa a uno de sus libros de narrativa. Dice que el narrador hace “un ejercicio que divierte pero que también, a partir de una fina ironía, hurga en la llaga de todo aquel que cotidianamente es observador o protagonista de esos mundos tan peligrosamente cercanos a la naturaleza de todo ser humano”. Qué vivo y qué presente me sigue resultando don Jaime y me hace preguntar si aquellas anécdotas (que me contó o me confesó) de su vida íntima fueron una fabulación por simple coherencia para sus libros o es que de esas ficciones tenía que hacer creíble su vida misma. Hasta ahora no le he preguntado nada a ningún amigo en común que pueda darme alguna pista al respecto. No creo que lo haga, pero por si acaso habría que dudar de estas páginas también.

La penúltima vez que nos encontramos, en 2023, decidimos caminar y charlar. Me sentía particularmente melancólico y la salud de don Jaime ya estaba fuertemente desgastada. Pero a ninguno de los dos nos dio por hacer un pañuelo lacrimoso de nuestra situación. Él mencionó algo de sus quimioterapias y burlándonos de todo recordamos anécdotas de cómo uno mismo evita tomar de su propio veneno, paradójicamente éste nos alcanza aún en gestos mínimos. De ello encontramos, además de los propios, un ejemplo popular: el de los tres amigos que se fueron de parranda tres días seguidos luego de un velorio, el del cuarto amigo ya fallecido. Al final de la farra cuando los amigos se presentan ante la viuda, ésta solo tiene una bofetada para ellos. En un sentimiento, que no es equivocado llamar hermandad, recordamos a un amigo que murió hace varios años. Un amigo que por su alcoholismo era un paria (lástima que yo no haya podido conocerlo más). Pero don Jaime me contó que cuando este amigo murió, muchos de los “mierditas” que lo habían despreciado se presentaron para su entierro. Desde luego no iban a faltar los figuretis hipócritas del mundillo literario. También me contó que él no había asistido a las pompas fúnebres por no arriesgarse a un escándalo o peor aún a una bofetada silenciosa como la de la anécdota de la viuda y los tres amigos del difunto. Entonces, en plena caminata se detuvo, me miró y dijo: “cuidado nos pase lo mismo, Rafito”. Hay tantas implicaciones para aquella escena de sentencia.

Hoy, no puedo evitar pensar que las pocas cosas que pasamos fueron muy intensas, aunque la mitad o más se traten de charlas corrientes. La mayor irresponsabilidad que cometimos fue nuestra última farra en plena cuarentena del COVID-19 y en ciernes de su enfermedad, pero esa es otra historia no exenta de culpas y humor corrosivo. Hoy, lo que me acongoja en verdad, en verdad, no es su muerte. Ya la presentíamos y don Jaime, con el aplomo de ese humor tan particular que lo distinguía, se hacía muchas preguntas al respecto. Entre otras cosas de la misma estirpe me confesó que en el momento de morir quisiera ver el rostro de Dios. Quizá esta es la curiosa revelación de que el día de su muerte el cielo haya esta blanquísimo. No sé si su deseo se cumplió, Don Jaime. Ojalá que sí.

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Imagen: Rafael Velasquez Valeriano
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