Volver a los orígenes

En su columna para 88 Grados, Rubén Atahuichi nos habla de un manuscrito creado en 1716 en cuyas páginas se puede volver a los orígenes de su pueblo: Turco.

El día que vi ese manuscrito, un aura de energía inundó mi alma. Cuántas manos han recorrido sus textos bellamente escritos por los escribanos de la Colonia y cuántos años pasaron desde que su tinta recorrió sus casi doscientas páginas, desde el ya pasado 1716. 

Tocarlo obligaba un ritual: libar alcohol puro y pijchar coca; rogar a la Pachamama y a Dios que su espíritu no se enoje. Es un libro sagrado, hojearlo puede resultar una profanación.

Así lo creí.

Lo descubrí en unos confines muy lejanos, gracias a la destreza de un periodista ávido de la historia de los orígenes de su pueblo. Quien lo tenía, lo guardaba celosamente, con un respeto absoluto a sus ancestros y a su pasado. Lo tenía solo por un año. Así son los usos y costumbres del pueblo.

Aunque con el lenguaje de la época, recorrer sus líneas no fue conflicto. Inundado de nombres, lugares, fechas y testimonios, el libro cuenta la historia de un litigio colonial entre la antigua ciudad peruana de Arica y el antiguo pueblo de Turco, entonces llamado San Pedro de Turco. 

Sus protagonistas, José Cañipa, entonces corregidor de Arica, y José Choquevillca Guamán, cacique principal de Turco, libraron una dura batalla legal ante los jueces de la Corona de España. El uno, reivindicaba su intrusión en tierras de Turco y el otro defendía la jurisdicción territorial de su pueblo, que abarcaba pastos y asientos, como llama el manuscrito, en la puna.

Aunque diversas investigaciones lo abordaron, ¡Esquiña, Pachica, Belén, Timar, Ticnamar o Socoroma eran pueblos de Turco! Están descritos de manera recurrente en el documento. 

Ahora no lo son. En algún pasaje de la historia terminaron anexados a Arica, como también lo reivindicaron entonces el gobernador de Arica Fernando de Rocafur y el inefable Felipe Gómez de Buitron.

En cada intervención, los caciques de Turco y las decenas de testigos (¡había uno de 125 años!) recuerdan la visita del entonces virrey de Perú Francisco de Toledo en el mismo asiento de San Pedro de Turco, “en las faldas del cerro Hatun Carangas”.

El manuscrito no es un libro de historia, es un legajo de testimonios de la época requeridos por el cacique Pablo Mollo y Medina. Sin embargo, tiene referencias históricas que plantean varios datos acerca de los orígenes de Turco.

Por eso es una joya.

Por ejemplo, rememora un terremoto y una peste que asolaron entonces a los pueblos de Turco y los dejaron despoblados; cita la intromisión de los curas de Cotpa en esas tierras y, esto es importante, devela el traslado del pueblo de Turco debido a un potente desastre natural.

Materia para más investigaciones. 

La semana pasada estuve en Arica, invitado a las IX Jornadas de Historia de Arica, de la Universidad Tarapacá, en las que compartí una exposición con mi buen amigo Diego Yampara. Arica tiene mucho que ver con Turco y viceversa. Quienes reescriben la historia de esa ciudad le otorgan un gran valor a su vínculo con mi pueblo, cabecera de poder durante los señoríos aymaras, el incario o la Colonia.

Al recorrer sus desiertos, la inmensidad de su puna y los nombres de los pueblos en los caminos, también recorrí los orígenes de mi pueblo. Qué susto saber que Turco volvió de las cenizas. Eso me obliga a reescribir su historia también.

Estoy seguro de que la leyenda se romperá y las develaciones que persigo nos devolverán a los orígenes desconocidos hasta ahora.

Esa bella caligrafía quizás hubiera seguido escondida, ahora atesora el pasado de San Pedro de Turco. 

Y yo vuelvo a esos orígenes.

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