Enero no termina: apuntes sobre la depresión y el silencio

En su columna para 88 Grados, Gloria Ardaya nos habla de cuán complejo es el duelo cuando una persona se quita la vida, recordando que en enero de este año su hermano menor lo hizo.

Si estás atravesando una crisis, si sientes que podrías hacerte daño o si alguien cercano está en riesgo, busca ayuda inmediata: llama a emergencias, acude al servicio de salud más cercano o contacta a una persona de confianza para no quedarte sola o solo.

Hay meses que pasan en el calendario, pero se quedan viviendo dentro de una. Enero, por ejemplo, ya terminó para el mundo. Terminó para los trámites, para los feriados, para las noticias que envejecen rápido, para la gente que cambió de agenda y siguió su camino. Pero para mí enero no termina. Enero se quedó detenido en una llamada, en una noticia imposible, en una frase que todavía no sé escribir sin que me tiemble algo por dentro.

En enero de 2026 murió Frand, mi hermano menor. Se suicidó.

Escribo esa frase con dolor, con pudor, con miedo, pero también con una convicción profunda: no quiero que su nombre quede encerrado en el silencio. Frand fue mi hermano. Lo amo. Lo amé en vida y lo sigo amando ahora, en esta forma extraña y dolorosa que adopta el amor cuando ya no puede abrazar. Escribo su nombre porque existió, porque fue amado, porque su vida no puede quedar reducida al modo en que terminó.

Desde entonces, he aprendido que el duelo por suicidio tiene una textura distinta. No solo se llora la ausencia; se llora la forma de la ausencia. Se llora el dolor que tuvo que haber existido antes. Se llora no haber sabido. Se llora imaginar los últimos minutos. Se llora el futuro cancelado. Se llora por quien se fue y también por quienes quedamos tratando de habitar una casa interior que cambió para siempre.

La muerte de alguien amado siempre abre preguntas, pero el suicidio abre preguntas que parecen no tener fondo. ¿Qué no vi? ¿Qué no escuché? ¿Qué pude haber dicho? ¿Qué pude haber hecho? ¿En qué momento su dolor se volvió más grande que toda posibilidad de quedarse? La mente se convierte en un tribunal sin descanso. Una repasa conversaciones, silencios, fotografías, mensajes, gestos mínimos. Busca señales donde quizá las hubo, donde quizá no, donde quizá nadie habría podido descifrar a tiempo lo que estaba ocurriendo.

Escribo sobre la depresión porque ya no puedo hablar de ella como un concepto ajeno. La depresión no es solamente una palabra que aparece en campañas de salud mental, ni una etiqueta clínica, ni una tristeza larga. La depresión puede ser una habitación cerrada por dentro. Puede ser un cansancio que no se cura durmiendo. Puede ser la incapacidad de imaginar mañana. Puede ser una forma de dolor que no siempre se ve en la cara de quien lo padece. Puede estar sentada a la mesa, respondiendo mensajes, trabajando, haciendo bromas, saludando con normalidad. Puede sonreír en una foto. Puede parecer vida mientras por dentro todo se está apagando.

Quizás por eso duele tanto. Porque muchas veces quienes estamos cerca creemos que la cercanía nos da visión. Pensamos que amar a alguien nos permite saberlo todo de esa persona. Pero el dolor psíquico tiene sótanos. Hay sufrimientos que no se anuncian con estruendo, sino con pequeñas retiradas: menos llamadas, menos entusiasmo, menos ganas, menos futuro en la voz. A veces la depresión no llega como una tormenta evidente, sino como una niebla que va ocupándolo todo hasta que la persona ya no recuerda cómo era ver claro.

En nuestras sociedades todavía hablamos mal de la tristeza. La toleramos en dosis breves, siempre que sea decorosa, siempre que no incomode demasiado. Permitimos el duelo con fecha de vencimiento. Permitimos la pena si no interrumpe la productividad. Permitimos el cansancio si se resuelve con una frase motivacional. Pero cuando alguien dice “no puedo más”, solemos responder con recetas pequeñas a dolores enormes: “pon de tu parte”, “salí a caminar”, “agradece lo que tienes”, “hay gente peor”. No siempre lo hacemos por crueldad; muchas veces lo hacemos por miedo. Porque no sabemos estar frente al dolor ajeno sin querer arreglarlo de inmediato.

La depresión nos confronta con una verdad incómoda: no todo sufrimiento se resuelve con voluntad. Hay dolores que necesitan escucha, tratamiento, compañía, paciencia, medicación, terapia, comunidad, tiempo. Hay dolores que necesitan que dejemos de confundir fortaleza con silencio. Durante demasiado tiempo nos enseñaron que resistir era callar, que pedir ayuda era debilidad, que hablar de la muerte la invocaba. Y así fuimos construyendo familias enteras de personas que sufren hacia adentro, que no saben nombrar lo que les pasa, que temen convertirse en una carga.

Yo no quiero convertir la muerte de Frand en una lección fácil. Me resisto a esa violencia de ordenar el dolor para que sea útil. Hay pérdidas que no enseñan nada en el momento en que ocurren; apenas arrasan. Hay ausencias que no vienen a iluminarnos, sino a dejarnos a oscuras. Sin embargo, escribir es, para mí, una forma de encender una vela pequeña. No explica el incendio, pero permite ver dónde estamos paradas.

Pienso en Frand como mi hermano menor, y esa palabra, menor, ahora duele de una manera nueva. El hermano menor es, en la imaginación familiar, alguien a quien una todavía cree poder proteger. Aunque crezca, aunque tenga su propia vida, aunque una sepa racionalmente que nadie pertenece a nadie, queda esa fantasía íntima de cuidado: que si algo malo sucede, una podrá llegar a tiempo. Pero hay dolores a los que no llegamos. Hay batallas que otros libran en territorios donde nuestro amor no basta para entrar.

Y eso es quizás una de las partes más difíciles de aceptar: el amor no siempre salva. Lo digo con vergüenza, con rabia, con humildad. Amamos a alguien con todo lo que tenemos y, aun así, esa persona puede hundirse. No porque nuestro amor haya sido poco, sino porque la enfermedad, la desesperanza, la oscuridad o el sufrimiento pueden volverse más grandes que la capacidad de pedir auxilio. Aceptar eso no elimina la culpa, pero ayuda a mirarla con menos ferocidad. Los sobrevivientes de un suicidio cargamos una culpa que no siempre nos corresponde, aunque el corazón tarde años en entenderlo.

También pienso en el lenguaje. Decimos “se suicidó” y muchas veces alrededor se instala un silencio distinto al de otras muertes. Un silencio cargado de pudor, de sospecha, de incomodidad. Como si el suicidio fuera una mancha familiar. Como si nombrarlo fuera una forma de exposición indebida. Como si hubiera que proteger a los vivos ocultando la forma en que murió quien ya no está. Entiendo ese impulso. Yo misma he sentido el deseo de esconderme, de no responder preguntas, de evitar miradas. Pero también creo que el silencio puede ser otra tumba.

No se trata de contar lo íntimo por exhibicionismo, ni de volver pública una herida que todavía sangra. Se trata de decir que esto ocurre. Que las personas se suicidan. Que las familias quedan devastadas. Que la depresión existe. Que la salud mental no es un lujo de quienes tienen tiempo, sino una urgencia colectiva. Que necesitamos hablar antes, no solamente después. Antes de que la desesperanza sea total. Antes de que alguien crea que su muerte será un alivio para los demás. Antes de que la soledad se vuelva una sentencia.

Hablar de depresión no significa romantizarla. La tristeza no vuelve más profunda a una persona. El dolor no es un adorno literario. La enfermedad mental no es una estética. Hay una tendencia peligrosa a embellecer el sufrimiento cuando lo miramos desde afuera, como si ciertas heridas fueran prueba de sensibilidad o genialidad. Pero quien ha visto de cerca la depresión sabe que no tiene nada de romántica. Es devastadora, concreta, cotidiana. Desordena el cuerpo, la casa, el sueño, el apetito, la memoria, la autoestima. Roba energía para tareas mínimas. Convierte la existencia en una carga inexplicable.

Por eso también me pregunto por la responsabilidad colectiva. ¿Qué tipo de mundo estamos construyendo para quienes no pueden más? ¿Qué espacios ofrecemos para la fragilidad? ¿Qué hacemos con los jóvenes que sienten que no hay lugar para ellos? ¿Qué hacemos con los hombres a quienes se les enseñó que llorar era vergonzoso? ¿Qué hacemos con quienes no pueden pagar terapia, con quienes viven lejos de redes de apoyo, con quienes atraviesan duelos, precariedad, violencia, soledad? La depresión tiene una dimensión íntima, sí, pero también se alimenta de condiciones sociales que abandonan a las personas a su suerte.

En Bolivia, como en tantos lugares, todavía nos cuesta hablar de salud mental sin prejuicios. Nos falta educación emocional, nos falta acceso, nos faltan profesionales suficientes, nos falta tiempo para escuchar, nos falta una cultura que no castigue la vulnerabilidad. Nos sobran frases hechas. Nos sobra mandato de aguantar. Nos sobra esa idea de que todo se arregla con carácter. Pero nadie le pediría a una persona con una fractura que camine sin ayuda. Nadie debería pedirle a una persona deprimida que salga sola de un pozo que, precisamente por la enfermedad, no puede dimensionar.

Desde enero, hay días en los que una parece funcionar: responde correos, compra pan, conversa. Y hay días en los que una vuelve a enero sin aviso. Una palabra, una canción, una fotografía, una fecha, una comida compartida en otra época, cualquier cosa puede abrir la puerta. El duelo no avanza en línea recta. Se esconde, regresa, cambia de forma. A veces se parece a la tristeza; otras, al enojo; otras, a una fatiga antigua que se instala en el cuerpo.

No sé si existe consuelo. Desconfío un poco de esa palabra cuando la herida es reciente. Hay cosas que no se superan, se integran. Se aprende a vivir con una silla vacía. Se aprende a pronunciar un nombre sin quebrarse siempre, aunque a veces suceda. Se aprende que recordar también puede ser una forma de compañía. Yo quiero recordar a Frand más allá de su final. No quiero que su muerte devore toda su vida. Frand fue más que el modo en que murió. Fue su historia, sus gestos, sus contradicciones, sus ternuras, sus días buenos, sus maneras de estar en el mundo. Fue mi hermano menor. Sigue siéndolo.

Quizás esta nota sea, en el fondo, una carta tardía. A él, a mí, a quienes han perdido a alguien así, a quienes están ahora mismo atravesando una oscuridad que no saben cómo explicar. Si alguien que lee esto siente que no puede más, quisiera decirle algo sin solemnidad y sin frases vacías: no te quedes solo con ese pensamiento. Díselo a alguien. A una amiga, a un hermano, a una vecina, a un médico, a una línea de ayuda, a quien pueda acompañarte durante la noche más difícil. No tienes que resolver toda tu vida hoy. A veces basta con atravesar una hora. Luego otra. Luego otra.

Y a quienes estamos cerca de alguien que sufre, tal vez nos toque aprender una escucha menos ansiosa. Preguntar. No minimizar. No competir con dolores ajenos. No responder enseguida con consejos. Decir: estoy aquí. Decir: no eres una carga. Decir: busquemos ayuda juntos. Decirlo y sostenerlo con actos. A veces acompañar es sentarse al lado del abismo sin pretender dar una conferencia sobre cómo salir de él.

Enero no termina, pero escribo para que no sea solamente un mes de muerte. Escribo para que el nombre de Frand no quede encerrado en el silencio. Escribo porque el amor, aunque no siempre salve, todavía puede cuidar la memoria. Escribo porque tal vez otra familia necesite escuchar que no está sola en su culpa, en su rabia, en su desconcierto. Escribo porque hablar de la depresión es una forma de disputarles vidas al silencio y a la vergüenza.

No tengo una conclusión luminosa. No puedo cerrar esta columna con una certeza. Apenas tengo una ausencia y algunas palabras alrededor, como quien pone piedras para señalar un lugar sagrado. Frand murió en enero de 2026. Yo sigo aquí, intentando entender lo imposible, aprendiendo a vivir con una pregunta que no se cierra. Y aunque enero siga dentro de mí, aunque duela, aunque falte, quiero creer que nombrarlo es también una forma de amor.

Porque hay silencios que enferman. Y hay nombres que, al ser pronunciados, todavía nos abrazan.

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