El cuento de Nicolás

Eduardo Alvarez nos relata, entre recuerdos, juegos y sobresaltos, que criar a un hijo es también aprender a convivir con el miedo, la ternura y la fragilidad de la vida.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Asumir la llegada de un bebé de ninguna manera es una decisión racional. No la sabemos dimensionar y, en el anhelo, se refresca el paso del tiempo. Ante la inmensidad manifestándose, ya quisiéramos contar con medidas precisas que nos den la razón. Más bien caemos en cuenta de lo poco que sabemos. Qué no daríamos por estar seguros de algo. Un amigo se puso a calcular los ahorros para la carrera universitaria de esa nueva vida. Finalmente, no llegó a este mundo. Otra persona manifestó con certeza, que en los próximos años le resultaría mucho más caro hacerse cargo, que pagar el costo de un buen oficio para interrumpir la gestación. 

¡Cuántas maneras habrá de traer vida y de cuidarla! Un joven, aficionado a las películas de terror, dejó de verlas tras pasar el día cuidando a sus sobrinas gemelas en sus primeros tres años de vida. Le conté que algo similar le pasó a Yumi, la madre de mi hijo, en la fragilidad de esa etapa. El anhelo de continuidad ofrenda en las jardineras de nuestra casa geranios, lavanda, hierba buena, rosas, floripondio y ruda. Cactus guardianes florecen. Pensamientos, Santa Rita y Abundancia se abren paso a la calle. Mientras las riego con borra de café, sonrío recordando esta conversación.  

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Un hijo cambia para siempre la manera de mirar el mundo. / Fotografía: Yumi Tapia Higa.

–Papá, tener hijos es caro, entonces mejor que ya no vayamos a los juegos electrónicos. 

–¿De dónde has sacado eso de que es caro hijito? 

–El otro día tú has dicho con tu amiga. 

–¡Ah! El audio que has escuchado y te ha hecho llorar, donde ella decía: “Grave traer hijos a este mundo”. Ese, ¿no ve?

–Sí. 

–Me acuerdo. Pero lo que se gana es mucho más. Yo ni me hubiese imaginado siquiera en volver a la casa de mi infancia si tú no llegabas. 

–Entonces, papá, ¿podemos venir otro día a los juegos electrónicos del Multi? 

–Dale, al otro mes. Ahora vamos al montículo hasta que sea hora de tu clase de aikido. 

El tráfico nos atasca una vez más. Diría que los cambios de la ciudad en perspectiva desgarran la infancia. A finales de los ochenta e inicios de los noventa éramos dueños de la calle en bicicleta, explorar rincones de la zona era diversión insuperable. Cómo sería la época universitaria de mi madre, haciendo dedo para subir desde las viviendas de San Miguel a la facultad de medicina en Miraflores. 

Canicas, autitos, casitas de piedra, pelota de trapo. Todo por inventarse. Recuerdo la sorpresa de palpar esos gruesos fajos de billetes que a mis pocos años apenas servían para comprar unos cuantos víveres. No estaba mentalmente listo para asociarlo con carestía. Diría que mi infancia fue de una mesura abierta a la inmensidad. Así entiendo la veta para atreverme a ser padre. 

En mi primer tramo de trabajo independiente llegaban bastantes niños. Para vacaciones hacíamos lindos talleres de juego, teatro, capoeira. Me movía el espíritu de lo que antes se daba de por sí. Ahora hay especialidades para entretener a los niños, restaurantes con áreas de juego y festejo de cumpleaños. 

Desde su llegada, una de mis ocupaciones ha sido propiciarle espacios de recreo a mi pequeño. Una tarde de sábado estábamos en el famoso Diverland. El sector de mesas vigila a los seres de un metro veinte o menos, que van y vuelven de los resbalines, habilitados por una manilla verde. Justo al lado de nuestra mesa festejaban un cumpleaños. La mirada infantil que atraviesa murallas sintonizó a mi Nicolás con el hermano del agasajado. En sus afanes armaron mundo. Para el rato de cantar, Nico era un invitado oficial, con derecho a bolsita y todo. Un gesto de agradecimiento selló la realización. 

–¡Lo que te han invitado al cumpleaños de sorpresa! Toda una aventura has tenido, hijo. 

–Sí, este chocolate me gusta. Tengo dos, uno te invito. 

–¡Gracias hijo!       

Mi nostalgia por las amistades de barrio está en las piedras, bajo el asfalto de esta calle. La acera del frente, con su letrero de prohibido estacionar se erige cuesta arriba. Vía de un solo sentido. El silbido particular de quién te estaba buscando para ir a jugar ya no sucede. Situaciones de esta índole nos llevan a escribir. Entre mis archivos personales de 2024, hay un cuento en correspondencia, el autor es Nicolás. 

Había un perrito que estaba andando por la calle y se encuentra con un Venom que lo asusta y le dice: yo no tengo amigos. El perro se pone a llorar. Sus lágrimas caen sobre el Venom y, entonces, el personaje cae y se revuelca en el suelo. Luego de gritar y echar humo se convierte en un perrito del mismo tamaño que el otro y le dice: Ahora sí podemos ser amigos. 

Para enero de 2026 las vacaciones escolares piden plan cada mañana. Algunas tardes vamos al parque de la avenida Bahía con Copito, nuestro perro. Me deshago la cola y jugamos pesca pesca con motivo zombi en la cancha. 

–Ya papá, te voy a decir las reglas. No se puede salir de las líneas que bordean. Estos lugares de los arcos son las zonas seguras, ahí no me puedes tocar si estás pescando. Cuando pescas no es solo tocar, tienes que agarrar bien el hombro o el brazo. 

–Dale, empecemos.  

Es fascinante el despertar del cerebro en crecimiento. Cuando escribo esto ha pasado menos de un mes del día que marca el final de una etapa en mi relación con Nicolás. Era el inicio de vacación, luego de su taller de cuentos y manualidades en Obrajes. Estábamos en este mismo parque, haciendo hora para el almuerzo y la llegada de Yumi en teleférico. Hubiera preferido esperar en casa, pero su “estoy aburrido, qué hacemos” nos llevó al tobogán.

–Ya estoy aburrido, mejor jugaremos pesca pesca –dijo a la segunda resbalada y acepté.  

El parque de la avenida Bahía está armado sobre el embovedado del río, que en mi infancia corría libre hacia el final de la calle. Todas las casas del barrio Primavera, que ahora abre camino a la zona de San Isidro, eran nuestro lugar de día de campo con papá. Mi mamá podía gritarnos: “Vengan a tomar té, ya es tarde”. Desde nuestra terraza, cuando levantas la voz, el eco sigue respondiendo. 

También desde la loma donde se prolonga el parque. Lo pude comprobar una y otra vez la segunda ocasión en que Nicolás se esfumó subiendo entre las matas silvestres. Primero desapareció de mi vista evitando los caminos cementados sobre la rivera. Curioso e inquieto, supo aparecer por detrás de donde lo había visto irse. Correspondí a su risa. Los minutos sin verlo abarcaban el límite de mi paciencia. La segunda vez, el tiempo fue acortándose al punto de convertir cada instante en tormento, con imágenes desastrosas e inapelables. Subí y bajé por uno y otro lugar sin camino, gritando su nombre. Un zapato abandonado, una prenda vieja sobre un arbusto de malva. Personajes invisibles transitaban el miedo conmigo.  

En una primera llamada le dije a Yumi que no la iríamos a buscar al teleférico porque se nos haría tarde. En una segunda le conté que Nicolás no aparecía desde hace quince minutos, cuando jugábamos pesca pesca. Después ella me avisó que estaba cerca. “Fijate si en tu camino de venida aparece”, le dije. Subí una vez más el desecho entre hierbas y espinas, al bajar tomé rumbo por los basureros y me encontré a Yumi. 

–No aparece. 

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“El parque de la avenida Bahía está armado sobre el embovedado del río, que en mi infancia corría libre hacia el final de la calle”./ Fotografía: Eduardo Alvarez.

–Justo te iba a llamar, acabo de hablar con la Tori, se ha vuelto a la casa. 

Alivio inmediato en cierto lugar. De todas formas, podría uno quedarse atravesado por el pavor el resto de la vida. Luego de haberme querido desprender del cuerpo para ver todo desde arriba, de haber pensado qué será la policía, dónde radica la primera frontera, quién es mi madre en la desesperación. Habiéndome dado cuenta de que temblaba, con el cuerpo enfebrecido y duro, sintiéndome ridículo ante el vecindario por mis clamores de desesperación, rabia, ternura e impotencia, me dirigí a casa.     

En el día de la semana que Tori viene a ayudarnos con la limpieza, nos contó el siguiente diálogo:

–Tori, ¿me abres la puerta? 

–Hola, niño lindo. ¿Tu papá?

–Le ha ido a recoger a mi mamá. 

–¿Sabe que has venido?

–Sí, le he dicho. 

–¿Seguro?

–Sí, seguro. 

A pesar de su aclaración yo seguiría efervescente. 

Ese mismo día, al abrir la puerta de calle lo veo esconderse en el límite del jardín. Yumi viene detrás. 

En el solario mi voz resuena más fuerte que en el mismo cerro.  

–Bajate tu pantalón, te voy a dar lo que mereces. 

–Perdón, papá. 

–Cuál perdón, carajo, bajate y agachate. ¿Sabes todo lo que te he buscado? Cómo no vas a ser capaz de avisar. 

Yumi se para a un lado, le habla en tono reflexivo, atenuando el impulso de masacre. Me acerco y le doy uno en la mejilla, midiendo mis fuerzas. Luego atino a dirigirme al baño por una ducha de agua fría. 

Al salir en toalla, Nicolás está parado en el mismo lugar donde lo dejé, quieto. Me visto y vuelvo. Le hablo llorando. Levanta la vista, se disculpa y lo abrazo. Luego bajamos a almorzar. En la mesa retomo el tono imperativo. 

–Vas a aprender a respetar como yo respetaba a mi padre. 

Le insto a comer con cubiertos, sin usar las manos como acostumbra. Repito que desde ahora las cosas van a cambiar. Es cierto, algo cambió desde entonces. Y también me alegro de haber bajado el tono de ese día. Tomando referencias de otro tiempo, me parece que nos resultaría insostenible el rigor del ochenta y uno, arma en mano, vigilando los lindes de la Normal de Alto Obrajes convertida en cuartel.

En mayo de ese año, ya se debía notar la redondez de mi madre, esperándome. Imagino las dudas que trae parir en toque de queda si empiezan las contracciones después de las nueve de la noche. Ese día soleado caminaba con su hijo de tres años y su perro suelto, que se puso a ladrar a un uniformado. “Por qué no controla a su perro, señora”. El disparo y la muerte inmediata se llevaron la voz de mi hermano. Qué más decir. Luego el pequeño tartamudeaba y ningún médico pudo tratarlo. Un Yatiri llamó su ajayu, nadie salió de casa hasta el atardecer para que volviera. Y volvió, claro. 

Poco antes de los paseos de enero 2026 con la cancha rayada, Yumi me contó que en Cochabamba Nico y sus amigos sostuvieron un diálogo memorable. Nayel comenzó: “A mí, mi mamá me jala la oreja”. “A mí me pellizca el brazo y me dice cuidadito”, acotó Sergio. Continuó Andrés: "A mí me da coscorrones y me dice mierda”. “A mí, mi papá me da un sopapo que me hace caer y me dice bajate tu pantalón, te voy a dar en el poto peleado, y me da en el poto pelado”, cierra Nicolás. “Ohhh”, responden al unísono. Las mamás se cubren la risa, en un rincón del patio.  

La vida sigue, en el límite de la Normal, de la cancha o de un abismo invisible. En la fragilidad y firmeza del parir y del sembrar, la vida sigue.

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