Julián Campeche

En este último día de FIL en Santa Cruz, les traemos un cuento del libro “Los que no merecen” (Editorial 3600, 2026) de Isabel Suárez Maldonado. La familia Weber pasa una tranquila estadía en Samaipata hasta que un visitante inesperado altera la paz.

Sucedió en Semana Santa: Julián Campeche corrió desnudo por entre los arbustos de durazno. 

Ocurrió en la propiedad del abuelo René Weber, un generoso terreno en las faldas del Cerro de la Patria, en Samaipata, rodeado por árboles frutales y colmado de flores multicolores. A lo alto, una pequeña cabaña para don Secundino, el casero, desde la cual vigilaba todo el predio. Junto a esta, el plumpsklo, un curioso y diminuto baño exterior, típico de la natal Austria del abuelo, baño rústico pero pintoresco en el que apenas entraban el inodoro y un pequeño lavamanos empotrado a la pared. Sus paredes, sin embargo, estaban adornadas con florecillas azules pintadas a mano, tanto por dentro como por fuera, y su puerta de madera, de un rojo carmesí, lucía un agujero con forma de corazón en la parte superior. La ladera del cerro estaba forrada con hortalizas y vegetales de grandes hojas verdes, y en la esquina más lejana del terreno, un pequeño invernadero alojaba a las especies comestibles más delicadas. 

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Imagen: 88 Grados

Justo en el medio de la propiedad se alzaba la cabaña del abuelo, la cual parecía salida de un cuento de hadas. Era acogedora, cálida y, al igual que el plumpsklo, lucía pequeñas flores pintadas a mano, que rodeaban puertas y ventanas sobre sus blancas paredes. Junto a la cabaña, en la parte más baja del terreno, una explanada de pasto recibía a los nietos Weber con un parquecito de madera hecho por el propio abuelo. 

René Weber y su esposa, Regina, habían tomado la decisión de quedarse a vivir en Samaipata después de legar el negocio familiar en Santa Cruz a sus siete hijos. Desde entonces, el par de ancianos se acompañaba en su soledad entre los cerros, las plantas y las flores, esperando las sublimes ocasiones en que sus nietos llegaban a poner patas arriba todo cuanto poseían. Pero con el paso del tiempo los nietos fueron creciendo y sus visitas se volvieron más infrecuentes, sobre todo después de que William, el hijo mayor, construyera su propia cabaña, también en Samaipata, mucho más grande y moderna, donde media familia podía entrar con comodidad.

En vísperas de la Semana Santa de 1997, los abuelos recibieron la encantadora noticia de que sus hijas y, con suerte, también un par de nietos, pasarían el feriado en su pequeña cabaña. Las cuatro hijas de los Weber, por coincidencia o brujería, se habían divorciado de sus respectivos maridos durante un lapso de dieciocho meses, por lo que, aquella Semana Santa, habían decidido alojarse en la cabaña de los abuelos a modo de retiro de empoderamiento femenino. Para tal propósito, ningún hombre estaría invitado, ni sus hermanos ni sus hijos varones. Las nietas sí estaban invitadas, pero la única libre de planes era la menor de ellas, Mercedes, de dieciséis años, quien atravesaba una etapa muy apática de su vida llamada adolescencia.

Mercedes no quería ir, pero su madre no la dejaría sola durante cuatro días y mucho menos con su padre, ocupado como estaba con su nueva novia. Entonces, acordaron que la Verito, la mejor amiga de Mercedes, podría acompañarla. Pero a Verito, sus padres no la dejarían viajar si no iba con su hermana mayor, la Rosita, de veintiún años. A su vez, la Rosita no viajaría a ninguna parte sin su novio, el “Vida”, al que mandó de polizón en un trufi, pues sabía que una vez estando en Samaipata, nadie podría decirle que no se quedara. 

Los abuelos las recibieron a todas (más uno) con los brazos abiertos, pero la distribución en la casa sería todo un desafío, pues para haber tenido tanta descendencia, la cabaña era considerablemente pequeña. Contaban con la suite de los abuelos, con su baño propio, más un segundo baño al final de un pasillo corto al que colindaba la única habitación disponible. No tenía segundo piso, sino un diminuto mezzanine en el que solo se podía caminar agachado y al que se subía con una escalerita de madera ubicada en la sala de estar, un recinto muy cálido, de paredes empedradas con piedra laja, con una chimenea en la esquina y un único sofá largo en el que también se podía dormir (incómodo). Junto a la sala, en el mismo ambiente, estaban la cocinita y la mesita del comedor, arrimada a una esquina, con unas banquetas de madera talladas con flores y corazones, cuyos asientos se abrían para descubrir que en su interior se guardaban ollas, sartenes y ñañacas de cocina. Para poder respirar, la cabaña contaba con una terraza, también de piedra laja, en la que tenían una parrilla y una mesa de madera mucho más grande. En ella se comían la mayoría de las comidas cuando recibían visitas, pues era el único ambiente en el que todos se podían sentar juntos y con comodidad. 

Las hermanas jugaron a la fumanchú para decidir quiénes dormirían en la habitación y quiénes en el mezzanine. Por su parte, a los enamorados los mandaron a la casita de don Secundino, quien se encontraba gozando de su feriado en su natal Pampa Grande. Las mujeres, recién divorciadas, no estaban contentas con la presencia del joven novio, por lo que preferían mantenerlo a cierta distancia. Y para Mercedes y Verito solo quedaban dos opciones: o encogerse para dormir en el sofá de la sala, o acampar bajo las estrellas. 

Mercedes despotricó contra su madre, alegando que era una injusticia y un despropósito que le hubieran insistido tanto en ir, para que luego ni siquiera tuviera un espacio en la cabaña. Apeñuscados como estaban, todos los presentes escucharon la inútil discusión, que acabó con el ánimo del primer día. En un intento de romper la tensión, el abuelo apareció con una bolsa de lona de color verde con la inscripción “Doite”.

—Te acuerdas cómo se arma, ¿verdad? —preguntó don René, con su simpático tono de voz y su acento accidentado.

Mercedes no respondió, solo tomó la bolsa con un brazo y a su amiga con el otro, y salió de la cabaña dando tumbos.

—Vamos a armar esta cosa tan lejos como podamos de esta gente —masculló Mercedes, encolerizada. 

Subieron la ladera en silencio, por el caminito del huerto, hasta lo alto de la colina, junto a la casa de Secundino y al plumpsklo, a la sombra de los arbustos de durazno. Cuando terminaron de armar la carpa, el cielo comenzó a tornarse de naranja, mientras el sol se despedía del Jueves Santo. 

La noche apaciguó el fuego de la pasada discusión, por lo que la velada transcurrió con relativa tranquilidad. La abuela Regina preparó su famoso steckerlfisch o, dicho en cristiano, pescado a la parrilla, acompañado con papas asadas y chucrut bicolor. Después de la cena, los comensales ayudaron con el servicio e incluso encontraron tiempo para jugar una mano de Telefunken, pero pasadas las diez de la noche el sueño venció a los mayores y la juventud decidió volver a subir al campamento. 

La Rosita y el Vida procedieron de inmediato a encerrarse en la casetita, pues “tenían muchos asuntos pendientes por discutir”. Las chicas, por lo tanto, se quedaron solas en la carpa, encerradas dentro de la lona para protegerse de los insectos. 

—Tengo algo para animarte, mamita —anunció la Verito, con su agudísimo y empalagoso tono de voz.

Mercedes quedó expectante, mientras su amiga sustraía una botella de singani de su mochila.

—¡Te pasás de genia! —exclamó Mercedes, con el rostro de repente iluminado.

Con la compañía del alcohol, las horas se hicieron más llevaderas y la charla comenzó a fluir como la lluvia cuando baja la montaña.

—¿Por qué te has enojado tanto, wawa, hace un rato? —preguntó la Verito, con un tono de sincera preocupación— ¿Es por lo que nos hemos quedado sin espacio?

—¡No! Nada que ver —se apresuró Mercedes a responder, con su forma de hablar tanto torpe como despreocupada—… O sea, sí, obvio. Me emputa que me obliguen a venir y ni piensen dónde voy a dormir…

—¿Te han obligado? —cortó la Verito, sintiéndose algo incómoda.

—Bueno, en realidad no —reflexionó Mercedes—. Yo acepté venir si vos venías.

Las amigas intercambiaron sonrisas. La Verito se sentía halagada.

—Lo que realmente odio —continuó Mercedes— es tener que dormir en carpa.

—¿De bolas? —cuestionó la Verito— Pero si yo pensaba que te habías criado en el campo.

—Es verdad, de hecho, me crié en esta misma casa. Acampé muchas veces durante mi infancia y recuerdo que fue una tortura. Detesto a los bichos y no soporto toda la incomodidad que implica el aire libre. Me trae malos recuerdos —subrayó Mercedes—… quizás por eso —se detuvo con la vista perdida en la lona verde de la carpa—… con mi papá acampábamos mucho —continuó Mercedes, meditabunda—… Solíamos ir a pescar al río. Ahora que lo pienso, no la pasábamos tan mal, ¿sabés? Pero ahora todo es diferente… 

Ya eran las dos de la mañana. Los mayores roncaban, los grillos cantaban, los enamorados, no se sabe qué hacían, y las chicas charlaban y reían casi a gritos, con la botella de Singani ya por la mitad. De pronto, la Verito ahogó un grito. 

—¡Mamita! —musitó la Verito, bajando el volumen de su voz— He sentido una presencia.

—¡Qué presencia ni qué ocho cuartos! —rezongó Mercedes— ¡No hablés huevadas!

—Pero es verdad, Mechita. Hasta he percibido una luminosidad. 

—¡Cómo que luminosidad! ¡Me vas a hacer asustar! —exclamó Mercedes, impaciente. 

Se quedaron inmóviles por un momento, con los ojos abiertos como ventanales, escudriñando la entrada de la carpa con tal intensidad que en cualquier momento harían saltar chispas del cierre metálico. Desde afuera, de hecho, una luminosidad las examinaba. La luz de una linterna serpenteó por las paredes de la carpa y se alejó, sigilosa. 

De un brinco y una carrera, el par de adolescentes llegó a la cabaña del casero para contarles a la Rosita y al Vida, gritando susurros, lo que acababa de suceder, atropellándose con las palabras y las gesticulaciones. 

—¡Lo vamos a encontrar! —sentenció el Vida— ¡Lo vamos a encontrar a ese maleante! 

“Lo vamos a encontrar”, seguía repitiendo el muchacho por lo bajo, como dándose ánimos a sí mismo, mientras buscaba una linterna entre las pertenencias de don Secundino. 

—Ya, chicas, a ver —recapituló el valiente caballero, portando una linterna metálica y antigua—, ¿tienen luz?

La pregunta era por completo retórica ya que, en ese momento, un farol a pilas colgaba de la mano de Mercedes.

—Manténganse juntas y avísenle a los mayores —indicó el Vida—. ¡Yo lo voy a encontrar a ese pícaro!

Acto seguido, le dio un rápido beso a la novia y se arrojó a la oscuridad. La Rosita se quedó perpleja, contemplando como su novio, todo un temerario, se había convertido en su héroe sin capa.

—Agarren sus cosas, chicas —ordenó, de repente, saliendo de su ensimismamiento—, no dejen nada.

En un santiamén reunieron lo poco que habían desempacado, pero cuando abrieron la puerta del plumpsklo para revisar si estaban dejando algo, encontraron, con enorme sorpresa, una tenida de ropa completa, bien doblada, sobre la que reposaban una cadena de oro y setecientos dólares. Cuando se acercaron a recoger el botín, descubrieron, además, la ropa interior del intruso. Estaba desnudo para que no lo muerdan los perros, como reza el antiguo mito rural. 

La Rosita agarró el dinero y la cadena, dejando la ropa atrás. Mercedes y la Verito bajaron el cerro con absoluta torpeza, agarradas de las manos, tropezando y resbalando, haciendo su mejor esfuerzo para no caer y terminar el descenso rodando. Era claro para la hermana mayor que había alcohol involucrado porque, además, las muchachas no paraban de reír por lo bajo. El último tramo hasta la cabaña lo hicieron corriendo, donde el terreno era llano y estaba cubierto de pasto. 

—¡Chicas, chicas! —llamó la Rosita desde la retaguarda— No podemos entrar haciendo escándalo, hay que ser sutiles. Mechita, vos andá despertalos a tus abuelos. Verito, tú despierta a las del mezzanine y yo, a las del cuarto de abajo.

Entraron con sigilo en la casa y cada una hizo su parte despertando a los adultos. Lo que había sido una casa sumida en la oscuridad y el silencio de la noche, en un instante, se convirtió en luz eléctrica y bullicio. 

Todos se concentraron en la cocina/living/comedor, pero había tantas interrogantes sin respuesta, tantas propuestas, conjeturas, juramentos, improperios y preocupaciones, que no se entendía nada de lo que decían. La escena emulaba un gallinero cuando estaba a punto de regarse el maíz.

—¿Dónde está Gustavo? —preguntó, de repente, Bárbara, la mamá de Mercedes, elevando su tono de voz por encima del griterío.

La pregunta apagó las voces de las Weber, quienes se miraron entre sí, confundidas. Al parecer, Bárbara y Mercedes eran las únicas que conocían el verdadero nombre del Vida. 

De forma súbita, se abrió la puerta de la cabaña, causando un sobresalto simultáneo entre los presentes. En el umbral de la puerta, Gustavo, el Vida, se alzaba jadeante. En una mano portaba la linterna metálica y, en la otra, la ropa que el maleante había dejado en el plumpsklo. Tenía los ojos encendidos por la furia y la frente brillante de sudor. La Rosita saltó a recibirlo, pero Gustavo, en cambio, se acercó al abuelo René.

—Mire, señor, encontré su ropa —explicó Gustavo, recuperando el aliento—, el tipo está desnudo.

—Nosotras encontramos esto —añadió la Rosita, entregándole al abuelo el dinero y la cadena.

“¡Mier…”, se escuchó desde el baño de la cabaña, el que estaba al final del pasillo. Todos giraron la cabeza de manera instintiva, excepto por Gustavo, quien, de un brinco, ya estaba afuera de la cabaña, corriendo para interceptarlo por la ventanita del baño, por la que el ladrón se habría metido en primer lugar. La ventana era demasiado pequeña para Gustavo, por lo que decidió mantenerse en silencio y esperar a que salga.

Katharina, la mayor de los Weber, se dirigió hacia el comedor para abrir el asiento de la banqueta, atiborrado de utensilios de cocina. Entonces, las mujeres se armaron con usleros y sartenes y, tal como en las caricaturas, se acomodaron en el pasillo en dos filas, listas para darle al malhechor su callejón de la amargura. Papá René pasó por entre las mujeres y tocó la puerta del baño.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, con su cómico acento austriaco. 

—¡Julián! —clamó el hombre con descaro. 

—Salga de ahí, Julián, este no es su casa —pidió Papá René, firme y sereno.

—¡No! —berreó, rebelde, el antisocial.

Papá René repitió, una y otra vez, la misma petición: “Salga, por favor, no puede estar aquí”, con el mismo tono de voz estoico pero firme, lo suficientemente audible como para que, hasta Gustavo, escondido tras la ventana, lo pudiera escuchar. Pero la respuesta continuaba siendo “¡no!”. Un “no” chillado, con una voz horrible, aguda y carrasposa. 

Mientras ellos discutían, Gustavo resolvió que lo mejor sería encerrar al ladrón en el baño. Tomó la ramita más resistente que pudo encontrar y, cerrando con sigilo la ventanita, la atravesó haciendo palanca para que no se pudiera abrir por dentro.

—Hay que tumbar la puerta —sentenció Gustavo, de vuelta en la cabaña, motivado por la impaciencia—. Con todo respeto, señor René, ese sinvergüenza no va a salir de ahí, no nos queda de otra.

Y apartando ligeramente con el cuerpo al dueño de casa, embistió la puerta del baño.

—¡No! —clamaron las señoras— ¡No tumbés la puerta! ¿Qué te pasa?

—Lo siento muchísimo —aclaró, antes de embestirla de nuevo—, es la única forma.

—¡Ay, Dios mío santísimo, Virgen santa, Padre amado, Jesús, María y José! —rezó la abuela Regina.

—Juro que la voy a reparar —añadió Gustavo antes de embestir la puerta por tercera vez.

Al final, la cerradura cedió, pero en el baño no estaba Julián. La ventanita abierta delataba su huida. Salieron corriendo al patio, las cuatro hermanas, las dos adolescentes, los enamorados y el par de abuelos, y allá lo vieron, en lo alto del terreno, cubierto por el transparente manto de la oscuridad. Era bajito, menudo y delgado, pero, aun así, por alguna extraña razón, tenía las nalgas muy redondas. Lo vieron correr hasta perderse entre los arbustos de durazno.

—Al menos tenemos el dinero —comentó Mercedes, de repente—, tenemos setecientos dólares.

—Nada —sentenció el abuelo—. Este plata no es nuestro, hay que entregar a Policía.

El descontento fue general y ruidoso, pero la honradez cerril de Papá René se impuso sobre los argumentos lógicos de las presentes de que darle la plata a la Policía sería lo mismo que botarla. Y botada fue la plata, cadenita y todo, en las manos de la institución verde olivo. Papá René, confiando en un sistema de justicia y seguridad inexistente, sentó la denuncia en la comisaría del pueblo, a la mañana del día siguiente. La recibió, junto con el dinero y la cadena, el único policía asignado a la jurisdicción de Samaipata, mismo que no se afanaba en perseguir a quienes robaban en casa de “ricos” y que prefería pasar sus tardes fumando marihuana con los hippies en el Soto Pollerudo. 

El incidente parecía concluido, pero no se esperaban que el corajudo Julián, además de ladrón y sinvergüenza, fuera, también, vengativo.   

La noche del Viernes Santo, Julián, quien ya conocía mejor la propiedad de don René Weber, volvió con sigilo de zorro a escabullirse dentro de la cabaña, esta vez vestido. Se metió por el baño de los abuelos y luego ingresó a la suite, ambientada por estridentes ronquidos. Sustrajo seiscientos dólares de la billetera que reposaba en el velador y, del bolsillo de su camisa, sacó libretita y lapicero para dejar una nota escrita con rudimentaria caligrafía: “me debe 100”.

Muy aparte de arruinar por completo el feriado, el robo efectivo del dinero de don René ayudó a revalorizar el viaje, tanto para los invitados como para los anfitriones. Gustavo, quien se había ganado el derecho de tener un nombre propio más allá de Vida, cumplió con su promesa de arreglar la puerta del baño y se convirtió en el héroe absoluto de la Rosita.  Las cuatro hermanas decidieron dormir en carpas para cuidar los alrededores y, en la emoción del momento, prendieron una fogata, cantaron, bailaron, se redescubrieron como hermanas y encontraron un nuevo significado para el término “empoderamiento femenino”. Mercedes y Verito pudieron dormir con toda comodidad en la habitación de la cabaña, sabiendo que el lunes, al volver al colegio, les faltaría el aliento para contarles a sus compañeros todo lo sucedido. Y los abuelos, a pesar de la pérdida material, estaban rebosantes de alegría, pues su hijo mayor, William, había llegado con la mayoría de los varones de la familia, por lo que pasaron todo el sábado disfrutando del gran reencuentro de los Weber en Samaipata. 

Sin embargo, entrada la noche del Sábado Santo, Julián Campeche, quien conocía a la perfección quién era pariente de quién en ese pueblo, irrumpió en la cabaña del tío William, quién sabe si vestido o empelotado, para robarse todas las joyas que la durmiente tía Nancy, esposa del Weber primogénito, había dejado sobre la cómoda de su habitación. El montoncito de oro incluía una cadena con una medallita de la Virgen de Schoenstatt, un denario y los anillos de compromiso y matrimonio. 

Acto seguido, Julián escarbó en la heladera de dos puertas que había en la enorme cocina del tío William, sacó pan, queso, mantequilla, salame, paté, jugo de fruta, cereal y leche, y se instaló con tranquilidad en la isla de la cocina a disfrutar su banquete matutino. 

La mañana del día de Pascua, los varones Weber descubrieron todo el desorden que el palomillo había dejado, instantes antes de percatarse de todo lo que se había llevado, pero a Julián Campeche, desnudo entre los arbustos de durazno, nunca más lo volvieron a ver.

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Isabel Suárez Maldonado
Isabel Suárez Maldonado

Isabel Suárez Maldonado (Santa Cruz, 1994) egresó de Comunicación Audiovisual de Diakonía, facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad Católica Boliviana (2018) y ejerce su carrera como productora audiovisual y fotógrafa. A los 18 años fundó su blog Caja de Zapatos (2012), destinado a contener todos sus escritos, representando así el inicio de su aventura literaria. Publicó su libro de cuentos, Caja de Zapatos (Sobras Selectas, 2016), gracias al Concurso No Municipal de Literatura (La Paz) dirigido por el editor Alexis Argüello. Participó en diversas antologías con sus cuentos Ruthina (Tríplice de Cinosargo Ediciones, Bolivia, Chile, Perú y México, 2017); Travesía (Alumbrando los Pasajes de la Urbe, de Escándalo en tu Barca, La Paz, 2018), y Cebolla Problema (Escritoras Cruceñas de Grupo Editorial Kypus, Santa Cruz, 2019). En 2017 fue invitada a integrarse como autora en la plataforma digital literaria Liberoamérica, que aglomera a casi mil autores de toda América Latina, España y Portugal. En 2018, fue nombrada editora para Bolivia de Liberoamérica, iniciando su trabajo editorial con la publicación de Liberoamericanas: 80 Poetas Contemporáneas, antología de poesía femenina autogestionada que agrupa las voces de 80 poetas alrededor de Iberoamérica. A su vez, su poema Lágrimas de Adulto forma parte de las versiones española y boliviana de dichas antologías. Actualmente se encuentra trabajando en su segundo libro de cuentos y preparando la publicación de más números de poesía con la recientemente instaurada Editorial Liberoamérica. Sus escritos pueden encontrarse en www.pitilumpi.blogspot.com