El paspartú neón que encandila el vuelo de 'La hija cóndor'
Un agujero de gusano que quiebra la cuarta pared en Sacaba, Quillacollo, Vinto u otra luna del Cercado de Cochabamba. Lindaura lo atraviesa. Se ilumina intermitente, con luces magenta y cian neón que cumplen la doble función de ser señales de tránsito y paspartú. Me juego esta partida de azar a que la escena es un guiño a 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick.
“¿Quién es Lindaura?”, no es una pregunta que pueda responder aunque parezca obvia. A modo de referencia: una madre busca a su hija adoptiva. Clara ha abandonado el nido. No hay tiempo marcado para la migración en su comunidad. El destino y la crítica castigan la individualidad y a quienes no tienen el coraje de castigarla.
Por qué nacería con alas quien no tiene permitido volar.
Reconozco una progresión armónica narrativa. La nación Clandestina, Chuquiago, Vuelve Sebastiana. Ante todo, el cine boliviano debe parecer cine boliviano. El huayño no sería huayño si se construye con otra escala que no sea una pentatónica, dice la etnomusicología.
En cristiano:
El paraíso colapsa ante el deseo. Un objeto de origen desconocido impacta, es la prueba irrefutable de la existencia de otros mundos. El héroe deja el suyo y este se desintegra.
Vuelve, los trozos que quedan de él. El universo de su ficción siempre estuvo degradado, apuntaría Lukács. La desintegración de su mundo tras su partida fue una coincidencia, no la consecuencia. Nuestra especie, en constante búsqueda de sentido, asigna significados y encuentra patrones como mecanismo de asimilación de lo inasible.
La inocencia primigenia descrita en relatos sagrados, cuando compartíamos el mundo con los dioses, es la locación donde La hija cóndor —film multigalardonado boliviano, estrenado con delay en su país de origen— nace, vive, muere y vuelve a nacer de su propio cuerpo y en sus propias manos. El canto de morfina de Clara bloquea los receptores de dolor en los cuerpos de quienes requieren la intervención curativa de Ana Lindaura, la matrona de una comunidad de comunidades asentadas en un valle de existencia cartográfica incomprobable.
Un beat electrónico enrarece la atmósfera, dosis exacta para marcar la innovación sin agredir el paladar. Blue note en el huayño. Big Mac con salsa de huacataya opcional.
La romántica conexión con la tierra, con fenómenos que la arrogancia citadina no entiende o no quiere entender, parece justificar la precaria bidimensionalidad que se construye como representación de lo desconocido. Las reglas de la ficción nos dicen que esta representación no debe ser leída como una radiografía.
Desearía elevarme y ver el paisaje completo, el que el paspartú de luces neón limita para enmarcar el cartel promocional de la película. Ama wañuy, wawaitay.
La pantalla queda negra de pronto. Bass Drum y Snare. Le siguen tres semicorcheas a un silencio, también, de semicorchea. Empatizo con Ana Lindaura: antes me gustaba el estruendo, ahora disfruto más el silencio.

