Madres e hijas… no todo son amores

En su columna para 88 Grados, Carmen Beatriz Ruiz reflexiona sobre la complejidad y ambivalencia de la relación entre madres e hijas.

“Sueños de madre e hija:
Una cría devorada por la hiena,
Una hiena carcomida desde dentro por la cría.

“¿Por qué el error ajeno es tuyo cuando apuntas?
¿Qué ancestral culpa se te aloja en los huesos del tartamudeo?
Habla hija de Medea. Conjura.“

¿Con qué palabras decir el peso del veneno en la copa?
¿Con qué silencio empecinado revertir los desamparos?
¿Con qué codos entretener el exilio?
¿Qué inconformidad persiste en la valía de lo impuro?

“¿Qué hija sin padre podría mantener el lazo?
¿Qué hija sin madre podría alcanzar la clemencia?“

Y no saber de qué lado estuvo el equívoco.
Y no saber en qué reparo está muriendo el perdón.

“Abre la oscuridad, mamá.
Ciérrame los ojos”.

(Mónica Velásquez Guzmán, Hija de Medea. Versos 16, 18 y 40)  

 

El callejón de los versos de la poeta, leídos, mordidos, tan oscuros como luminosos, nunca dejan de conmoverme en su evocación de la doble pulsión de amor y muerte, con su provocación de ir más allá de la fragilidad de un sentido común tan extendido. 

De su rítmico sonido extraigo un viejo recuerdo:

La iglesia es un largo callejón en penumbras que huele a incienso y flores moribundas por el que transitan las niñas cantando “Venid y vamos todo con flores a María, que madre nuestra es”. Al final del callejón está el altar con sus titubeantes luces de velas y en el centro Ella, la representación de una adolescente de improbables rasgos europeos, quimérica virgen madre…

Mamá fue una asidua militante de las Hijas de María, que se reunían una tarde a la semana en la parroquia para compartir lecturas y organizar actividades de la iglesia. Las hijas, según nuestras edades, fuimos pasando de obligadas acompañantes, cuando no había con quién quedarse en la casa, a titulares del grupo de las jóvenes Hijas de María. De esos tiempos guardo el descubrimiento del encantador jardín de la casa de los Franciscanos, donde las columnas de ladrillo custodiaban una fuente central y muchas macetas con los rojos geranios estallando bajo el fuego del sol, pero también el espanto de los santos dislocados y tuertos cuyos miembros se guardaban en un desorden errático en la sacristía.

Posiblemente esos minutos con mi madre, entre la ida y la vuelta a casa desde la iglesia, eran uno de los pocos momentos en que estábamos solas. Estar a solas con mi madre era un raro privilegio en el desorden de una casa siempre llena, con diez hijos y la yapa de un incesante ir y venir de parientes y amistades de paso. Yo disfrutaba esos casuales y escasos paseos aun no siendo consciente de que eran un privilegio robado a la ajetreada vida cotidiana. Ya adulta, y ahora vieja, me descubrí valorándolos como lo que eran: un instante de pausa, una atención diferenciada, un regalo imprevisto de la necesidad.

Siempre tuve consciencia de lo físicamente diferentes que éramos mamá y yo. Sin embargo, mientras el espejo me devolvía una imagen con rasgos tan parecidos a mi padre, la genética me había hecho un guiño que entonces no podía verse…ella me dio la vida, sí, pero con un pedacito de muerte. 

Mamá, a quien pocas veces oí reír y nunca a carcajadas; siempre ocupada, siempre “bien puesta”, muchas veces angustiada y, sin embargo, pendiente de detalles, sociable, cumpliendo el largo rosario de visitas y festejos… la madre de quien era tan diferente y la fuente de gestos cotidianos que me marcaron tan profundamente.

De esa relación contradictoria nacieron sentimientos tan diversos y contradictorios como la necesidad adolescente de diferenciarme y la pulsión ambivalente de buscar su ternura al mismo tiempo que el deseo de huir, y la tristeza insomne de su muerte temprana, todavía imperdonable, vivida como una traición aún a casi cuarenta años.

En muchos países mayo es el mes en que, en distintas fechas, se celebra el día de la madre y esto proviene del calendario de la religión católica, que festeja en mayo a la virgen María, y de Europa, donde mayo es el inicio de la primavera. Una devoción que recorre los países de nuestro continente con icónicas vírgenes – madres mestizas en infinidad de advocaciones.

La devoción de la MADRE, así con mayúsculas, es alimentada por un caudal inacabable de iconografías, ritos y poesías que abundan en las familias, escuelas, iglesias y, por supuesto, en las costumbres que alimentan el sentido común. Una corriente que no se compadece de innumerables datos de la realidad, como las muchas violencias ejercidas sobre los cuerpos de esas mismas madres tan adoradas. 

Madres e hijas, relaciones tan preñadas (y la palabra no es inocente) de sentimientos tan disímiles o ambiguos como desconfianza, rivalidades, la emulación soterrada, rabia adolescente, el abismo del desconocimiento, el furor de la ingratitud, resentimiento de los abandonos. Todo debidamente adobado y empaquetado en los discursos de amor filial.

Porque hay madres que matan a su prole por miedo y amor, como la esclava fugitiva de Beloved, de Toni Morrison o para castigar al padre, como Medea; hay madres que abandonan o venden a sus hijas para sobrevivir, y hay hijas que ayudan a morir a sus madres porque no resisten el dolor de su debilidad indigna ni el cautiverio de la vejez o la enfermedad.

Y habemos hijas que no les perdonamos su muerte, esa huida temprana, ese silencio atronador de lo que no se dijo, de lo que quedó pendiente, ese puente que no llegó a construirse, ese fuego que quedó en escombros, el tapiz inconcluso construido con retazos y el dolor de que nunca, jamás será completado.

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