Bici en Chiapas

Hugo José Suárez regresa a San Cristóbal de las Casas para el Tercer Foro Nacional de la Bicicleta, donde da una conferencia acerca de la bicicleta como un "artefacto liberador", pero también nos lleva de visita por el lugar.
Editado por : Adrián Nieve

Hace más de diez años que fui a San Cristóbal de las Casas. Recuerdo bien aquel viaje, mis hijas pequeñas, amigos queridos, expectativa enorme. Nunca había estado en aquella zona donde surgió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en aquellos lejanos años noventa. Nos desplazamos en coche, dormimos una noche en el camino porque el tramo era demasiado largo. La memoria quedó quieta, congelada, hasta que hace unas semanas surgió la posibilidad de volver. La invitación vino por un canal inesperado. Resulta que se llevaría a cabo el Tercer Foro Nacional de la Bicicleta. Entró la fecha en mi agenda, imposible faltar a la cita.

Salgo en el primer vuelo de Ciudad de México para llegar temprano, pues tengo que dar una conferencia a medio día. Primera sorpresa: el avión no logra aterrizar, lo intentamos tres veces antes de tocar piso. El piloto anuncia que en unos minutos llegamos, descendemos, y en cuanto vemos la pista, por alguna razón aborta el plan y nuevamente se eleva. Me pongo nervioso, algo anda mal, no llueve, no hay viento ni niebla, pero no más no llegamos. Mientras damos una angustiante vuelta por el aire hasta volver a tener la pista al frente, me invaden pensamientos catastróficos. Los controlo pensando en lo que viene. Y sí, finalmente el piloto anuncia: “bienvenidos a Chiapas”. Lo logramos.

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Foto: Hugo José Suárez

En el aeropuerto se siente la inversión para promover el turismo. Antes de llegar al control, vivo una experiencia inmersiva: atravieso un par de pasillos cuyas paredes son verdes emulando un bosque, y algunas pantallas grandes que forman un túnel mostrando imágenes de la selva, ríos, cocodrilos, cascadas, acompañadas de sonidos de la naturaleza sin filtros. Ya en el transporte terrestre rumbo a San Cristóbal, un cartel oficial dice: “Chiapas extraordinario por naturaleza”. En el camino, una publicidad de un periódico local se anuncia con un juego de parónimos: “Se dice Chiapas. Chapas en las puertas”. Y recuerdo que alguna vez el Sub Comandante Marcos dijo que el levantamiento zapatista al menos habría servido para que mucha gente deje de confundir las dos palabras cercanas. 

Llega la hora de mi conferencia. Será la que abrirá el evento. Me siento un poco nervioso porque no es un tema que trabaje académicamente, todo lo contrario, hablo desde mi pasión. Quien me presenta ante un auditorio nutrido de ciclistas, lee mi semblanza profesional, lo que acentúa el desfase. Empiezo diciendo que todo lo que se acaba de decir sirve cuando estoy en ámbitos universitarios, pero aquí, lo único que me define es ser ciclista. Y me lanzo con Pedalear es transformar, que son las palabras que preparé para la ocasión. 

Empiezo constatando la dificultad de definir la bicicleta: ¿Un juguete? ¿Un medio de transporte? ¿Un complemento deportivo? ¿Un instrumento de trabajo? ¿Un divertimento? ¿Un invento más de la modernidad? Es todo eso, pero más, mucho más. 

Lo que voy a explicar, sostengo, es que para mí la bicicleta es un artefacto liberador que involucra a tres dimensiones interconectadas: el cuerpo (la centralidad de los sentidos, ser materia en el mundo, procurar salud), la ciudad (el lugar donde vivimos, las posibilidades de descubrir nuevos lugares e inventarlos de otro modo), el planeta (vivir la consciencia de que formamos parte de un ecosistema en el cual intervenimos y que actúa en nosotros).

Para llegar ahí, hay que empezar caracterizando la idea de crisis por la que está atravesando la sociedad contemporánea, que abarca, al menos, tres dimensiones: la ecológica, la movilidad, la ilusión de la virtualidad. Desarrollo cada idea, pero me detengo en las dos últimas. Comparto datos sobre el absurdo de la movilidad urbana concentrada en el automóvil (la velocidad promedio en coche en Ciudad de México es menor a la que se hace pedaleando), la inversión desproporcionada en una economía basada en autopistas e incremento desmesurado de vehículos (con las consecuentes contingencias ambientales recurrentes e impactos en la salud). Pero sobre todo expongo las consecuencias de vivir enredados. Parece que las relaciones sociales ya no pueden suceder si no es a través del internet, donde vivimos una realidad paralela peligrosamente desconectada de la verdad. El cuerpo se diluye (física y culturalmente), concentramos nuestro contacto con el mundo a través de la pantalla (utilizando básicamente el sentido de la vista de manera muy limitada), perdemos la noción del espacio, del tiempo y las múltiples posibilidades de ser y sentir. Frente a esta crisis multidimensional, concluyo que es la bicicleta la salida que nos conecta plenamente con nosotros mismos (con todos nuestros sentidos), con nuestra realidad inmediata (desde la gravedad, hasta las sensaciones, la piel, el oído, el olor, el calor), y con el ecosistema. Retomo a Iván Illich con su brillante idea de herramientas que destruyen y refuerzan jerarquías, dependencia del poder y la dominación, y la “herramienta justa y convivencial” que más bien promueve autonomía, expande la capacidad de acción, refuerza lazos comunitarios y humanos. Cierro con una cita de Marc Augé: la bicicleta es “una extraordinaria experiencia -y exigencia, añado- de libertad”. 

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Foto: Hugo José Suárez

Mi intervención suscita reacciones y preguntas muy interesantes. Algunos ofrecen datos que refuerzan mi tesis central, otros expanden el argumento, alguno acentúa una pista que abre otras rutas para seguir pensando. Al concluir varias personas se me acercan y descubro una variedad de organizaciones ciclistas. Vienen de todo el país, unos de Mérida, otros de San Luis Potosí, alguno de Querétaro, de Ciudad de México, incluso de El Salvador, de Holanda y de Colombia. Hay quien llegó pedaleando durante varios días, quien trajo la bici en el bus, quien consiguió una en San Cristóbal. Una deliciosa diversidad.

En el transcurso del encuentro, descubro la fuerza y pluralidad de ese “artefacto liberador”. Cada uno hace lo que quiere. Es increíble, un objeto mecánico muy simple, es apropiado y reinventado de mil maneras. Una familia llegó desde el centro del país rodando, con su hijo de cuatro años montado en sus bicicletas construidas por ellos mismos con bambú. Otro es un cicloviajero que ha recorrido toda la nación entera. Hay un cantante que promueve el “no a la guerra”, se desplaza en bici y hace conciertos en plazas con su mensaje y su jarana. Una mujer impulsa la “rodada escénica”, en cada lugar al que llega, una representación teatral con distintos temas, ahora va con “para no decir adiós”. 

El evento explota en creatividad y muestra las inagotables rutas ciclistas. Aquí una probadita de algunas ponencias presentadas: Cicloactivismo en México: itinerarios, trayectorias y repertorios de protestas; La bicicleta como herramienta del cambio social; Cicloturismo: actividades de la Ruta Chichimeca; Trueque bicicletero: el proyecto de economía circular solidario referente de apropiación territorial; Camino a la libertad: arte, convivencia y movimiento; Las piernas que transforman el paisaje; La Mérida que no pedalea sola: el desafío (y la oportunidad) metropolitana, etc.

Hay de todo. Algunos académicos hicieron un estudio científico sobre el “cicloactivismo” -no conocía la palabra-, ofreciendo una tipología de las maneras cómo los ciclistas asumen su pedaleo frente a lo social. Una asociación se vinculó con colegas suyos en Estados Unidos y Canadá y recolectan bicicletas en desuso en esos países para traerlas a México y repartirlas en sectores populares. Un taller de San Cristóbal cuyo nombre dice mucho, Rueda libre, se encarga de reparar bicis, promover su uso, con un acento ecologista. Durante varios días las actividades son variadas: un taller de bordado, la proyección de videos y películas, mesas de debate, conferencias, talleres de escritura, exposición de fotografía y dibujos. Claro, todo vinculado con la bicicleta. 

Tengo la suerte de acceder a cinco publicaciones. Se acerca Alvaro Díaz, un joven tapatío funcionario municipal que estuvo a cargo del cuidado de la edición del libro Historias de ir y venir, publicado por la Secretaría de Cultura de Jalisco y la Dirección de Movilidad y Transporte del Gobierno de Zapopan. Es un documento fino, con pasta dura, papel grueso a todo color. Reproduce conmovedores testimonios cortos de personas de distintas edades y oficios sobre su experiencia de movilidad urbana. Las ilustraciones son preciosas despertando mundos que complementan y dialogan con los textos. Le pido a Alvaro que me lo dedique; es directo y profundo: “la bicicleta todo lo cambia”.

2025
Foto: Hugo José Suárez

Me encuentro en los pasillos con Gerardo Ochoa, con quien había felizmente coincido en el taller Pedalealee, impartido hace algunos años por mi colega y amiga Lucila Navarrete en la UNAM. Me regala su libro titulado Las crónicas de la bici. Bitácora de cicloviajes. Es un documento de esos que hay que cuidar y guardar como objeto preciado. Se imprimió sólo cincuenta ejemplares numerados -me toca el número 25- en blanco y negro en papel bond tomando imágenes tanto del autor como de múltiples fuentes. Todo lo hizo él mismo, por lo que el diseño, la distribución, el tipo de letra -como de máquina de escribir-, la selección de fotos, responde a la intención de Gerardo. Se trata de un diálogo fecundo entre los textos, la gráfica y el diseño; cada hoja despliega una cara intermedia, lo que permite muchas rutas de lectura y apropiación. Es un viaje hacia un laberinto, es una imaginativa manera de plasmar la sensación de pedalear: un constante equilibrio, atención, descubrimiento, desplazamiento, movilidad y mucho gozo. Me pide que lo presente en algún evento en Cuernavaca. Lo haré con enorme placer. 

Tomo un taller que el nombre me seduce: Escribirlo todo, escribir la bici: crónica ciclista. Lo ofrece Delia Urbina. Aprendo mucho y disfruto de pensar en la bicicleta y en escribir, dos de mis pasiones. Delia comparte su libro que lo compro sin dudar: Fanzina Saikera. Es un texto corto, cuadrado, pequeño, casi de bolsillo, colectivo, con ilustraciones de las autoras que recoge pensamientos y reflexiones cortas sobre su experiencia de pedaleo. Me quedo con dos frases: “Sobre dos ruedas me convierto en ave. El horizonte rojo me espera”; “Bicicleta: fuerza y poder, energía de mi entraña marcando los caminos de tierra”. Otro libro-objeto de esos que se guardan; se imprimieron 222 ejemplares, me toca el número 93. La autora me lo dedica: “Hugo José. Muchas gracias por el encuentro y la complicidad ciclista. ¡Que sigan las rodadas! Con cariño. Delia”.

Sady Dupeyron se acerca luego de mi conferencia. Me cuenta que trabaja en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, que llegó pedaleando con su pareja al encuentro y que en su ciudad promueve el ciclismo. Me regala un libro especial: El juego del Pochó. Antiguo Tanajtzité, publicado por su universidad. Es una relectura de mitología mexicana criticando los íconos católicos recibidos en la conquista española. Son textos y dibujos suyos ensayando una antropología crítica y militante en defensa de la cosmovisión maya.

Una de las noches asisto a la presentación del libro Bici Generadores. El camino de la soberanía energética, de Jorge Gómez Martínez. Es el libro más clásico, publicado a través de Amazon Kindle Direct Publishing, 80 páginas en formato chico. Su autor es un joven ingeniero de origen español que promueve la bicicleta y su capacidad de generar electricidad. Así se anuncia: “si buscas autonomía energética, construir un sistema casero o transformar el pedaleo en algo útil, este libro es tu punto de partida. Aprenderás a montar un generador con bicicleta utilizando tecnologías apropiadas y materiales accesibles, con explicaciones claras y adaptada a distintos niveles de experiencia”. Es un texto técnico, con datos, procedimientos, fórmulas, dibujos pedagógicos. Un auténtico manual para generar energía limpia.

Hasta aquí, parte del evento cuyo título me dibuja: “por la alegría de rodar con voz”.

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Foto: Hugo José Suárez

Pero San Cristóbal es más. Recorro las calles caminando, subo, bajo, tomo fotos, voy a los templos, a los bares, a las tiendas, al mercado, a los museos. Los muros están repletos de graffitis de distinto tipo, desde los de letras grandes con una palabra sólo descifrable para especialistas pertenecientes al grupo, hasta intervenciones organizadas, mensajes políticos, homenaje a luchadores sociales y manifestaciones de activistas. 

Si bien el efecto gentrificador modelo cultural La Condesa (colonia de la Ciudad de México cuyo principio urbano se expandió en varias ciudades del país) tiene una presencia contundente en tiendas y restaurantes, también se puede apreciar una gran cantidad de iniciativas con otra intención política. Por ejemplo, me encuentro con el colectivo “Cambalache. Desarmando al capitalismo”, que en una casa en la orilla del centro histórico promueve el intercambio de bienes, la reparación de aparatos, el reciclaje y la refacción, en vez del consumo desenfrenado y la sustitución de toda máquina o electrodoméstico. 

Entro a un café-cooperativa que pertenece a las comunidades indígenas: Museo del café. Es una casona muy bien arreglada, con internet estable y buena señal, cómodo, con librería y museo, todo alrededor del café. El trato es directo y la ganancia va hacia los productores sin intermediarios. En una pared tienen el nombre y logo de las diez comunidades que participan entre palabras que los define: “Cooperativas pequeñas, comercio justo, pequeños productores, orgánico, biodiversidad”. Un espresso de alta calidad en el preparado y presentación, cuesta un dólar y medio. 

También encuentro una librería pequeña, La Troje, dos cuartos con libros usados y nuevos, todos de ciencias sociales. Es una iniciativa de una antigua estudiante de la UNAM que vendía libros en la Ciudad Universitaria hasta que decidió cambiar de vida y trasladarse a San Cristóbal. Continuó con el oficio, pero ahora en el sur. Además, en el cuarto contiguo de la librería, tiene una biblioteca pública permitiendo la circulación de algunos de sus títulos. 

En la noche voy a una cervecería artesanal. La entrada es pequeña, una puerta fierro de un metro de ancho repleta de pegatinas con mensajes políticos, desde la ecología, hasta la solidaridad con Palestina o el recuerdo del EZLN. Adentro se abre un mundo, cuatro patios internos, cervezas de distintos tipos, un escenario de conciertos, mesas techadas y al aire libre, un horno de leña, y la inigualable torta de aguacate con masa de pizza. 

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Foto: Hugo José Suárez

Tengo la suerte de alojarme donde Antonio Saldívar, académico del Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR). Es un descubrimiento como no había tenido hace varios lustros. Me cuenta su dinámica cotidiana en San Cristóbal, los grupos a los que pertenece que van desde el senderismo hasta colectivos de huertas caseras que intercambian productos y comparten saberes. Sus lecturas sobre las “comunidades de aprendizaje” lo condujeron a pensar en las “comunidades de vida” en la institución que dirige, procurando privilegiar “la experiencia de las personas, su creatividad, su compromiso y la importancia de la atención y solución a problemáticas específicas de la vida cotidiana como base para construir experiencias de transformación social y proyectos de vida digna”. Nacieron así los “artilugios” como proyectos promovidos por quienes ahí trabajan, que permitan pensar en “estrategias para resolver problemas comunes desde la cotidianidad” tanto en ECOSUR como en los espacios cotidianos, y que den “posibilidades reales a la construcción de maneras distintas, más éticas y responsables de vivir la vida”. 

En fin, conversar con él fue aire fresco ante tanta desolación hacia donde uno mire.

En suma, me da la impresión de que en San Cristóbal convive la dinámica gentrificadora que invadió distintas ciudades, unida a la promoción del turismo y ciertas formas de consumo y de vida, con el eco del EZLN, lo que llamaría un post neozapatismo cultural que creció y se diversificó, y que ahora abarca desde el impulso a la bicicleta, hasta el comercio justo, el consumo sustentable, la ecología, y la crítica del poder y la dominación.

Dejo San Cristóbal. Hacía tiempo que no tenía días tan intensos de aprendizaje y alimentación de la esperanza. Pienso en mi próximo año sabático, tal vez Chiapas sea un buen destino.

2028
Foto: Hugo José Suárez
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