Hambre
“S.O.S. ¡Urgente! ¡Reunión de las cuatro!”
Así llega el mensaje a mi WhatsApp personal. Me parece raro que no lo hayan enviado al grupo. Sarita está de viaje, así que no creo que se hubiera molestado porque vayamos a cenar sin ella. Sarita fue mi vecina desde los doce años. Crecimos juntas y nos hicimos amigas mucho antes de que se formara el grupo. Aunque la vida nos llevó por caminos distintos, ahora casi solo la veo en las reuniones que organizan estas amigas. Se volvió religiosa en extremo y más moralista que mi madre. Y eso que con Lola siempre se hace la distraída.
Dudo en responder. No sé si quiero ir a cenar esta noche. Me ha costado un montón de trabajo bajar de peso y aún parezco un robot en el gimnasio cada mañana. Además, luego de despedir a mis hijos para que pasen el fin de semana con su padre, lo único que se me antoja es acostarme en el diván de la sala, tomar un té de manzanilla y mirar mi novela coreana para alucinar un poco con culebrones románticos antes de dormirme. Después del divorcio aprendí a vivir sola. Dos trabajos, además de poco tiempo para mí luego de llevar y traer a la escuela a los niños, tareas… y, para aumentar el estrés, una dieta eterna para bajar los kilos que el matrimonio me dejó de recuerdo.
Ni modo. Ya me estoy alistando en modo automático lento.
Lo bueno de haber cerrado el pico es que ahora me queda bien ese pantalón que hace magia: mis pompas se ven grandes y mi cintura esbelta. No puedo con mi carácter, así que busco una blusa escotada. Por lo menos que vean que en mi cuarta década me puedo ver como una diva.
Escarbo en mi estuche de pinturas; la base mate está al fondo. Me paso el rímel por las pestañas y, por último, el pintalabios. No quiero ponerme rojo, ya es demasiado sugerente con todo ese atuendo, pero el celular tintinea un montón de veces. Seguro ya están en el restaurante y yo sigo aquí hueveando.
—Ya. Ni modo. Rojo, esta noche serás mío —le digo al espejo mientras me mando un beso.
Pienso en ir manejando, porque cuando estoy aburrida por lo menos la música de mi playlist me alienta; pero descarto la idea pensando en que me puedo tomar un mojito o un chuflay... Quiero ver qué me depara la noche.
Seguro al señor del taxi no le interesa en absoluto mi conversación, pero asiente a todo mi parloteo, me mira de rato en rato por el retrovisor, y hasta me desea que me vaya bonito cuando me deja en el restaurante en una zona lujosa de la ciudad. No es burro, quiere que le ponga cinco estrellitas en la aplicación de Uber.
Al ver el lugar pienso de inmediato que, aunque puedo pagarme estos gustos, igual me fastidia que escojan los lugares más caros solo para farsear en sus fotos en redes sociales.
Llego donde están reunidas y me abuchean las tres. Reclaman la hora y dicen que el día que llegue temprano caerá granizo en Santa Cruz. ¿A mí? Me vale madres todo lo que me dicen.
Claudia, antes de que me siente, me da una palmada en la cola.
—¡Modérate con ese pantalón! La dieta te está surtiendo, amiga.
Me pregunto si lo dice con honestidad o por pura envidia. Ya sé que me veo linda, así que no importa cómo me lo diga, igual sonrío contenta.
Por lo general hablo mucho, pero esta noche ando medio callada.
Romina encabeza la reunión diciendo que hay algo súper importante que tiene que contarnos, pero empieza dando vueltas: que su marido “el perfecto”, que su hijo en el cuadro de honor, que va al tenis y a jiu-jitsu… etcétera.
Finalmente llega al punto. Dice que, saliendo de dejar al niño en su entrenamiento, vio al marido de Sarita cruzar la calle con prisa. El hombre miró a los costados y se detuvo frente a un salón de belleza. Le pareció tan raro que se puso las gafas, se encogió detrás del volante de su auto y se quedó esperando, intrigada de por qué él estaría en ese lugar. Al rato salió una chiquilla de unos veinte años, se colgó del cuello del tipo y luego se subió a su auto. Salieron como escupidos. Y así fue como les perdió el rastro.
Romina siempre habla de su matrimonio perfecto. Eso me da desconfianza. Sospecho que le aterra que el marido la deje por otra. Mientras cuenta la historia, se la ve visiblemente impactada.
—Qué cagada —comenta Lola—. Por eso a mí no me gustan los hombres, todos son una mierda.
Mientras dice eso, me roza disimuladamente el muslo. Somos amigas, ya sé, pero siento que probablemente ya se ha tomado varios tragos antes de que yo llegue. El alcohol despierta sus bajos instintos.
Me ha ido tan mal en el amor que podría considerar salir con Lola. ¿Cómo será estar en la cama con otra mujer? Podría besarla, sí… pero ya que me meta la mano me da escalofríos. Así que me giro disimuladamente y me levanto.
—El mesero no viene, este lugar está repleto. Voy a ir un momento a la barra a pedirme un trago.
Mis tres amigas ni me tiran bola. Aunque una de ellas indica que me lo merezco por llegar tarde. Siguen conversando de la amante del marido de mi amiga. Y Sarita, por cierto, está de viaje con el susodicho; no sé si por ocio o por trabajo.
Mientras camino hacia la barra, siento pena por mi amiga. Competir con una de veinte hace que la cosa se ponga más peluda.
Le toco el hombro a un tipo que se encuentra de espaldas. De inmediato gira. Está sentado en un taburete. Lo primero que percibo es su perfume. No sé si es Dior, pero huele magnífico.
—Disculpá, quiero acercarme a pedir un trago.
—No hay problema —me responde, y sonríe mientras se aparta un poco para que pueda acercarme a la barra.
El barman no me escucha con tanto gentío, así que él le habla fuerte y me pide una cerveza.
—Yo te invito —me dice, guiñándome un ojo.
Vuelvo a encontrarme con su mirada. Ay, Señor, ¿por qué es tan bonito? Y esa barba… quiero tocarla. Luego me digo a mí misma: “Calmate. Seguro es casado o cholero. Quizás, si es tan amable, es gay y su novio está en el baño”.
Siento que la lengua se me traba. Apenas me sale la voz.
—Gracias.
En cuanto digo esa palabra, desaparezco. No sé si habrá notado mi nerviosismo, porque no dejaba de reírse.
Camino de regreso hasta la mesa.
—Te tardaste un siglo —me dice Claudia—. De una vez pidamos la comida.
Pienso que puedo pedir una ensalada, pero los diablitos de mi mente me hablan: “pedí la pasta con langostino”. ¡Ay, Dios mío! Creo que soy una gorda en stand-by. Sigo dudando mientras mis amigas miran juntas el menú.
—Muero de hambre. Seguro vos solo pedirás ensalada; si no, ese pantalón te va a explotar —me dice Romina con un brillo en la mirada.
Suelto una carcajada. Yo sé que he triunfado. “Soltá nomás tu veneno —pienso—, envidiosa de mierda”.
Romina, entonces, me pregunta si no quiero compartir con ella un plato. Así que la pasta vuelve a mi conciencia, porque seguro siempre vive en mi subconsciente. Lo que no debo y me encanta de la vida… ¿Por qué casi todo lo rico es prohibido?
—¿Qué pensás? —me pregunta Lola.
—¿De qué?
—Oye, vos sí que vivís en la luna de Valencia —suelta Romina—. No sabemos si contarle a Sarita lo del marido.
—¿Qué creés de la infidelidad a Sarita? —insiste Lola.
—Me da pena. Creo que ella se esmera por llevar bien su matrimonio.
—Si fuera yo… o sea, si a mí me pasara —interrumpe Claudia—, a mí me gustaría que mis amigas, o sea… mis mejores amigas, por si acaso me refiero a ustedes, me dijeran la verdad. Yo ya le he dicho a mi novio: vos me la hacés a mí y prepárate que te vuelvo el más cuernudo de Santa Cruz.
Las cuatro nos reímos; le salió idéntico al trend de TikTok de la beniana, la que dice que no le va a importar que en todo el Beni sepan que le pagó con la misma moneda al marido.
—Hay que decirle, pero estoy indecisa —dice Romina—. Sarita es sensible y no tengo idea de cómo lo va a tomar.
—¡Yo no me voy a meter! —dice tajante Lola—. Ese cojudo para mí que la va a dejar rápido a esa chica. Es una aventura nomás. Dejémosla a Sarita ser feliz.
—Ajá —le reclama Claudia—. Vos nomás decís eso porque Sarita te presenta a sus amigas de su clase de pintura, a todas esas que son del otro equipo. No sos más que una hipócrita.
Lola, en vez de ofenderse, se ríe con ironía. Ella sabe, al igual que todas, que cuando Sarita se deprime se encierra y es súper llorona.
—Entonces, ¿le diremos o no? —pregunta Romina.
—Yo digo que sí —dice Claudia—, que lo mande al cuerno a ese hijo de puta. Además, ella lo mantiene.
—¡Vos también lo mantenés a tu cortejo! —le reclama Lola.
—¡Pago algunas cosas, no lo mantengo!
Las tres ponemos una cara como diciendo: sí, claro…
Lola se vuelca hacia mí y sonríe pícara.
—Ya, caramba, te acabaste de un saque tu trago. Te voy a invitar dos más y después te doy un besito.
La miro con desinterés. Nada me sorprende de mi amiga. Ya sé que le gusto y me jode con que me acosa, pero es buena amiga. Cuando me internaron por mi cólico biliar, me cocinó locro toda la semana. Y cuando me choqué camino al trabajo, estuvo en dos minutos auxiliándome con sus amigos policías. Además, es bastante bonita…
¿Será que me meto con una mujer?
Por una extraña razón, luego de que volví de la barra, los meseros pasan a cada rato, muy solícitos, así que mis amigas se piden otra ronda más de tragos.
Al fin llega la comida. Lola intenta comer un sushi con palitos y se le desgrana todo, manchando su camisa de seda. Nerviosa, se sacude y más bien lo empeora.
—Parecés una campechana —reprende Claudia a Lola.
Ellas empiezan a discutir sobre los modales. Luego empieza una lección de cómo comer con palitos.
No puedo tragar y reír al mismo tiempo. La colita de un langostino asoma por la comisura de mi boca. Una gota de salsa rosada se me escurre por la barbilla y cae sobre la mano de Claudia. Sin dejar de discutir con Lola, me planta la servilleta de tela en la cara y empieza a estrujarme la cara como si yo fuera una cosa sin pulmones. Por un instante ni siquiera entiendo qué está pasando.
—¡No seás torpe, la vas a ahogar! —la reprende Romina, apartándole el trapo de las manos y devolviéndome al planeta de los vivos.
Yo sigo tosiendo, tratando de recuperar el aire.
El hombre de la barra se ha sentado en una mesa frente a nosotras. No deja de mirarme.
Cojo la copa de vino de Lola y me la tomo de una. Al instante me arrepiento. Con el mojito que el mesero me había traído antes de que ordenáramos la comida, seguro ya debo tener los ojos chinos.
Teniendo al guapo enfrente, empiezo a preocuparme. ¿No tendré un pedazo de perejil entre los dientes? ¿El maquillaje corrido? Podría levantarme e ir al baño a arreglarme, caminar mientras meneo discretamente las caderas. Este pantalón hace milagros, vale cada centavo que pagué. Sobre todo, ahora que todo está más caro desde que subió el dólar.
Ay, no, estoy medio borracha. Además, no puedo ser tan obvia. Aunque seguro tengo un cartel en la frente que dice: “Necesitada de hombre”. ¡Maldición! ¿Se notará? Si hace un rato hasta pensaba en darle una chance a Lola.
—¿Vamos a pedir un postre? —pregunta Claudia
—Yo paso —respondo.
—Dejá por un minuto tu vida fitness —dice Romina con malicia—. Además, yo vengo del futuro y ahí has vuelto a ser gorda.
Todas se ríen a carcajadas y a mí no me parece, ni por si acaso, un buen chiste.
—Probá algo dulce. Endulcemos nuestra vida con algo, muñequita —me dice Lola mientras acaricia mi cara.
—¡Parala, Lola! —le digo, mientras aparto sus dedos de mi rostro. El roce de su mano se me queda en la piel.
Claudia nos mira y gira la cabeza en señal de negación.
—¡Entendelo de una vez! No es difícil: ¡No le gustás! Ya dejala de joder. Encima que ni sale esta pobre, la vas a espantar.
¿Yo soy la pobre?
Lola se endereza en la silla.
—No te metás en mi vida, Claudia. Yo sabré con quién coqueteo. Además, aunque no lo parezca, entre nosotras podría surgir una historia de mucha intensidad. Estoy segura.
Escuchar eso me inquieta, y no entiendo por qué. Qué raro.
—Amigas, estoy pidiendo el tiramisú para compartir —anuncia Romina.
Creo que Romina de verdad ha viajado al futuro, porque soy la primera en probarlo. Más que eso, me pierdo en su sabor y de pronto las tengo a las tres gritando mi nombre.
—¡Qué! —respondo— No estoy sorda, no me griten.
—¡Madre mía! Si te hablamos y estás como lela. De verdad parecés sorda —exclama Claudia.
—Ya empezó con su “madre mía” la española —dice Lola—. Apenas se fue tres meses a un curso y ya es más españolísima que los mismos gallegos.
—¡Basta, chicas! —interviene Romina—. Ustedes paran peleando. ¡Y vos! ¡Te estamos preguntando qué opinás! ¡Le decimos o no a Sarita!
Escucho esa frase, pero no respondo. Y no importa, porque igual ellas ya están en plena explicación del momento, la forma, lo que haríamos ante las distintas posibilidades según la respuesta de la afectada.
En serio ese tema ya me tiene harta…
Mientras mis amigas siguen hablando, yo estoy perdida en sus palabras y miro al hombre de soslayo. Él me observa descaradamente y, para mi desgracia, me parece demasiado guapo. Y los bonitos suelen ser mujeriegos, así que me digo a mí misma:
“Pensá que debajo de ese torso y ese rostro de Adonis se esconden unos tentáculos de pulpo. Es un híbrido, no es un ser humano”.
Yo misma me asombro de las ridiculeces que puedo llegar a pensar.
—¡Chicas! No nos hemos tomado la foto grupal. ¿Quién tiene buena cámara? —pregunta Romina.
Yo me hago la desentendida; no me gustan las fotos.
—Mmm… ya —vuelve a decir Romina—. De una vez sacá tu Itron 17. ¿No te cansás de hacerte la platuda?
—Parece que algunas facturamos bastante —bromea Claudia.
Saco el celular de mala gana. Lola se acerca y me lo retira de la mano con delicadeza.
—Yo soy más alta —dice—. Yo saco la foto y después, cuando venga el mesero, le pedimos otra.
Uno, dos, tres: cheese.
No sé si río o tuerzo la boca; me fastidia un montón expresar esta falsa sensación de felicidad plena.
El barman sale de su lugar de trabajo y aparece con una charola con unos traguitos de colores.
—Buenas noches, señoritas, ¿lo están pasando bien?
Mis amigas asienten espléndidas, mientras él hace un show con los tragos, incluso a uno morado le prende fuego. Luego arma una especie de trencito y nos los pasa una por una.
—Disculpe —le digo—, no pedimos esto.
—No se preocupe —dice el barman—, es cortesía de un admirador.
Mis amigas cuchichean y miran a un grupo de chicos cerca de la barra que no dejaban de mirarnos, convencidas de que el admirador podría ser uno de ellos: un pelón de lentes, un gordito con pinta de buena gente… y el otro es un colega de trabajo, que fingí no ver cuando llegué, porque no me cae.
En ese instante capto la mirada del hombre guapo. Levanta su copa y me dice con los labios “salud”.
Decido por un momento doblegar mis bajos instintos y concentrarme en lo importante. Mi amiga Sara. Recuerdo lo inseparable que éramos en nuestra juventud.
La verdad, yo sé que la traición es terrible, aunque no todas las infidelidades son iguales… En fin. Yo prefiero no opinar mucho. Cuando era compañera de Sarita en la universidad, una vez le conté que lo había visto a su cortejo charlando muy acaramelado en la cafetería con una chica de unos semestres superiores que era conocida por putísima y, en vez de reclamarle al fulano, más bien se enojó conmigo. No me habló por un par de meses.
—Amigas —vuelve a insistir Romina—, no hemos venido a ligar con nadie. Esta noche es plan de amigas por un bien en común.
Mientras decía eso, yo ya había tomado el vasito tequilero azul y el morado, el que el barman prendió fuego, que tiene un sabor medio picante. Quiero escupir, pero el churrazo está al frente, así que me planto el traguito rosado que resultó ser súper dulce. Aunque intento evitarlo, hago una mueca de asco.
—Madre mía… —vuelve a decir la simulacro de española.
—¿Qué pasa? —pregunta Lola.
A mí también me asusta su cara de espanto. Nos apunta con un dedo hacia la derecha.
La vemos entrando, encorchetada del brazo de su marido. Es Sarita. Atraviesa el restaurante con esa seguridad que siempre tuvo, acompañada de varias parejas más.
—¿Qué hacemos? —murmura Claudia—. Se va a enojar de que salimos sin ella.
—Me vale un pito si se enoja —responde Lola—. Ella dijo que estaba de viaje.
—Quizás llegó hoy —dice Romina—. Y qué buen bronceado tiene la maldita…
Desde la entrada, Sarita recorre el lugar con la mirada. Nos encuentra. Sonríe… pero al ver nuestras caras, la sonrisa se le queda a medio camino. Levanta la mano, aun así, como si nada.
—Mis amigas, amor —le dice al marido—. Vamos a saludarlas.
Empiezan a avanzar entre las mesas.
—Vienen para acá… y con el desgraciado —susurra Lola.
—Me pica la lengua —dice Claudia—… No sé si me voy a poder quedar callada. Aunque sea le meto zancadilla a ese pendejo.
Suelto una carcajada antes de que lleguen.
—A vos siempre te pica la lengua, Claudia. Quiero verte si en serio sos capaz de decir la verdad delante de todos.
Las tres me miran.
—Mirá, querida —dice Claudia—, no me pongás a prueba. Solo tolero tus huevadas porque estás tomada.
Levanto la copa.
—Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.
Romina frunce el ceño.
—No es hora de peleas. Sarita está por llegar.
—Toda la noche hablamos de decirle la verdad —digo—… pero ninguna se anima. Supongo que todas tenemos cola que nos pisen.
Silencio.
—No todas —dice Romina.
—¿En serio? —le respondo— Justo vos.
Lola se ríe. Claudia me fulmina con la mirada.
—¿Y vos quién te creés para hablarnos así? —pregunta Claudia.
—¿No somos amigas que se dicen la verdad? —le respondo.
Y entonces Sarita ya está ahí.
—¿Qué pasa, chicas? —pregunta—. ¿Estaban peleando?
Nadie responde.
—¿No estabas de viaje? —pregunta molesta Romina.
El marido nos mira apenas un segundo. Sonríe. Tranquilo. Como si nada.
—Bueno chicas, gusto de verlas, pero debemos irnos…
—Tranquilo, amor —dice Sarita—. En seguida voy.
Él se aleja.
Nos quedamos las cuatro frente a ella.
—Sarita… tenemos que contarte algo —empieza Claudia.
—Ya lo sé —dice.
Se hace un silencio seco.
—¿Lo sabés? —pregunto.
—Claro que lo sé —responde—. ¿Creen que soy idiota?
—Entonces…
Levanto una mano y nos detiene.
—¡Por favor chicas! No me digan nada.
Nadie insiste.
Romina baja la mirada. Lola, Claudia y yo nos quedamos perplejas. Creo que por primera vez estamos sintonizadas.
Sarita nos mira una por una.
Asiente, como si eso bastara, y se da la vuelta.
Se va.
Pero yo me levanto.
Necesito aire. O alcohol. O las dos cosas.
Camino sin pensar y, de pronto, algo me bloquea el paso.
Es él, el hombre de la barra: alto, bien plantado. Su perfume me llega hasta la médula.
Se me acerca. Trato de no mirarlo.
—Perdón —dice—. Te vi con tus amigas, parecían estarla pasando muy bien. Disculpá… no quiero parecer un lanzado.
No respondo, pero aun así no dejo de mirarlo.
Por un segundo —uno solo— pienso en Sarita. Su sonrisa. Su silencio. Lo que sabe y decide ignorar.
—Sos muy linda —agrega—. No quiero parecer un lanzado, pero, ¿me darías tu número?
Podría decir que no. Podría irme… pero no lo hago. Viéndolo de cerca, aunque es guapo hay algo en él que no me cuadra.
Sonrío
—Mejor dame el tuyo —digo—, así te mando un mensajito y agendás mi contacto.
Rebusco en la cartera y entonces recuerdo.
Mi teléfono lo dejé en la mesa, luego de tomar la foto.
Dejo al tipo plantado y camino con prisa para recuperarlo, aunque pienso con pesar que no quiero volver a toparme con mis amigas. ¡Uff! Ya ni modo.
Las distingo a la distancia. Me miran sin sorpresa. Lola sostiene mi teléfono con la mano en alto mientras sonríe.
—Te lo iba a guardar, amiga, pero te fuiste súper rápido.
Lola se levanta para dármelo.
La observo…
La seda de su camisa se pliega a su cuerpo y el escote en V deja ver apenas el inicio de sus pechos; hoy tampoco lleva sostén.
Pienso que me encantaría ser tan libre como ella, tan espontánea, y no sentir esta hambre constante, esta necesidad… todo el tiempo.
Extiendo la mano para tomar el teléfono, pero no lo hago. Mi mano se queda en su espalda. La siento tibia. Y algo en mí pide acercarla más.
Ella no se aparta; al contrario, se queda quieta, con una sorpresa apenas visible en los ojos, como si no terminara de creer que esta vez no la voy a apartar.
Y entonces pasa. Sin pensarlo demasiado, le muerdo suavemente el labio inferior y después entro en su boca. Es cálida, viva, distinta. Su mano me aprieta la espalda y un deseo intenso me atraviesa el cuerpo, baja despacio y se instala donde no quiero nombrar.
Me separo. La miro. Una lágrima se asoma en la comisura de sus ojos.

