Comportamientos
Imaginemos, por un momento, el inicio mítico del mundo: gases, químicos, minerales, leyes de la física. Una constante agregación de un núcleo, que se rodea a su vez de elementos que se van enfriando, hasta convertirse en una corteza. Como una semilla, donde el centro vital irradia calor, parecida y diferente en muchos aspectos.
Mientras los minerales se enfriaban, surgió el agua, 3500 millones de años atrás. Agua, minerales, calor, atmósfera: la alfombra estaba servida para comenzar la vida, y comenzamos con apenas bacterias, viruses y células (procariotas y eucariotas). En el transcurso de milenios, esa interacción primigenia conformó el caldo de cultivo necesario para la evolución posterior.
La conducta de las plantas: etiología botánica de Roberto Ares inicia en el tiempo profundo y nos dice muchas cosas impresionantes. Parece, a ratos, un manual para extraterrestres interesados en formar un planeta parecido al nuestro, ─una biósfera capaz de sustentar la vida─, y esto tiene muchísimo que ver con la evolución de las plantas. Curiosamente, de los siete reinos vivos en los que se dividió el mundo biológico, las bacterias, protozoarios, arqueas y animales se alejan de lo vegetal, aunque todos se alimentan e interactúan con él. Las algas, los hongos y las plantas ocupan todos los nichos ecológicos, se relacionan con todos los otros reinos vivos; conforman el paisaje; regulan la atmósfera y responden, ─en una escala planetaria─, a todos los desafíos con innovación celular y de comportamiento. Cuando una planta decide evolucionar, modifica todo su entorno y a quienes viven en él.
Es por eso risible el uso que le hemos dado a nuestro intento de conocer los genomas de las plantas, su evolución y comportamiento. Ares recorre el tiempo profundo y no se detiene allí, explora cómo la división celular, el ADN genómico, la información que codifica el comportamiento, se transmiten, se replican y deciden cómo y cuándo cambiar. No es un proceso aparente, pero es fundamental: el entorno modifica a la planta, que, a su vez, modifica el entorno. La cantidad de variables es tan vasta que nuestros intentos de modificar ciertos organismos solo para extender el monocultivo pierden de vista el bosque, concentrados como están en hacer dinero de solamente una parte de los árboles.
Volvamos al principio. En la sopa famosa del inicio evolutivo, encontramos organismos unicelulares y hace 3500 millones de años, un ancestro común y universal (LUCA: Last Universal Common Ancestor), el primer ser vivo, del cual descienden/descendemos todos los demás.
LUCA no es el primer organismo vivo que existió; no es el organismo actual más parecido al antepasado común; tampoco era el único organismo que existía. Sin embargo, es aquél que pudo transmitir sus características y potencialidades a lo largo del tiempo, a través de su información genética.
Fue también el primero en utilizar ADN en lugar de ARN, construyendo proteínas con 21 aminoácidos. Como no existía ni la misma proporción de oxígeno (un tema fascinante es que llegó a haber 35% de concentración de oxígeno en la atmósfera en un momento dado, en contraste al 21% actual) se especula que era anaeróbico, dependiente de químicos inorgánicos y CO2.
Vamos a ponernos exquisitos, y pensar que hemos pasado biología en el colegio y sabemos, por consecuencia, cómo definir la vida, los genes, las cadenas de proteínas y los intercambios electroquímicos. Si no lo sabemos, o no lo recordamos, no podemos seguirle el paso a Ares. El autor camina demasiado rápido, especula de manera fascinante, siempre sustentando sus conclusiones con datos. El genoma, nos dice Ares, no solo es una receta para fabricar seres vivientes, sino que también sirve de registro histórico.
Lo impresionante es saber entonces que ya se puede fechar, con un reloj molecular, cuándo aparecieron las primeras paredes celulares; cuándo las algas, los musgos y las hepáticas; cuándo las raíces y los hongos; cuándo la madera, desde el Precámbrico pasando por el Carbonífero hasta llegar a la actualidad. El surgimiento de los insectos; la división de las angiospermas de las gimnospermas, el eventual ascenso de la polinización y, por último, la ubicuidad de las flores. Ni qué decir lo que significó esto para artrópodos, peces, murciélagos, reptiles e incluso dinosaurios ya que todos los seres utilizan las plantas y a cambio las plantas los utilizan, (sea para polinizar, o dispersar semillas, o airear el suelo).
Además, las plantas y su comportamiento realizaron a lo largo de milenios un salto cualitativo impresionante, alimentándose de los sedimentos y minerales y construyendo con ellos un intercambio energético cuyo producto derivado es la atmósfera.
¡Las plantas crearon la atmósfera! Y si algo cambia, por la tectónica de placas, por la acumulación de sedimento, por la acumulación de metano en el ambiente, o la salinidad de los océanos, por el albedo, (hermosa palabra que habla de la proporción de radiación solar que una superficie refleja respecto a la que recibe), por lo que sea, las plantas se adaptan, y a su vez, esa adaptación vuelve a tener efecto en su entorno.
Consideremos esta conclusión apasionante por un momento. Las plantas “terraforman” la tierra: sostienen el suelo gracias a sus raíces, absorben y exudan humedad gracias a sus hojas, crean ríos aéreos allá donde se manifiestan en grandes cantidades; se alimentan de los sedimentos, regulan el metano, y encima nos recompensan con frutos tan poco útiles como el coco y la guayaba, pastos como la avena y el arroz, florescencias y sabores, elementos integrales para nuestra alimentación y nuestra salud.
Y, lo más importante: no tiene porqué seguir siendo así. Si bien las cianobacterias y las eucariotas jugaron un rol en la gran oxigenación del mundo, y nuevamente jugaron un rol al absorber biomasa modificando hasta el albedo de la tierra, ─dándole a nuestro planeta su azul característico─, también participaron como especialistas de supervivencia en las épocas glaciares. El sulfato, el metano, el ozono y el oxígeno están cambiando sus proporciones de manera constante, y quienes mejor adaptadas están para responder a todos los tipos de estrés, a los cambios atmosféricos, al juego de supervivencia de largo aliento… no somos nosotros.
Son ellas.
La biosfera ha tenido una larga y continuada experiencia, un comportamiento a nivel genético, que le ha permitido siempre encontrar una variación, un ángulo, una forma de diversificarse y sobrevivir. Por eso hay algas que se expanden ahogando todo a su paso, y pequeñísimos microorganismos en lugares que podrían ser inhóspitos para todo lo demás.
Ares sostiene que son las grandes geoingenieras, las responsables de haber convertido lo químico (sustrato mineral, condiciones atmosféricas) en biológico. Y nosotros estamos tratando de alterarlas con el fin de hacer granos resistentes a la sequía, dependientes de ciertos fertilizantes, sensibles a ciertos plaguicidas, sin entender que a lo que ellas juegan es a largo plazo. La interacción que necesitan no es solamente con nosotros: es con los insectos, con los vertebrados, con los anuros y las aves. En un mundo donde nos dediquemos a matar a todo a su alrededor, pretendiendo controlar todos sus procesos, terminaremos sin soga y sin cabrito.
Y ellas continuarán aquí.
