Eco de salvación - Crónica de una muerte sin paz, la persistencia del verso y la verdadera amistad
Por: José María Estenssoro y Milan M. A. Gonzales
Un sueño —o quizá una obstinación— parecía resguardarse en la tinta. Esa tinta que se aferra al papel como si temiera desaparecer con el tiempo. Allí habitaba él; en la poesía, en los márgenes del derecho, en las composiciones dispersas de una vida que parecía escribirse y corregirse a sí misma. Hugo Montero Añez existía de esa manera extraña en la que sobreviven algunos hombres: como voz, no como un cuerpo.
Nacido en Santa Cruz de la Sierra el 29 de febrero de 1931, hijo de Celso Montero y Estefanía Añez, Montero cursó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal antes de ingresar a la universidad para obtener su título de abogado. Desde 1951 recibió tratamientos psiquiátricos en el Psiquiátrico Gregorio Pacheco de Sucre, institución en la que fue dejado por una tía, la misma institución que terminaría por convertirse en el escenario central de su existencia y de su obra.
El 8 de diciembre de 2004, el vate cruceño atravesó la ciudad blanca rumbo al Salón Auditorio del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia para presentar su ópera prima, Antología de Hugo Montero - Penumbras (Ajayu Publisher, 2004). La salida del Gregorio Pacheco exigió una operación logística inusual: ambulancia, personal médico, y medidas de seguridad destinadas a preservar la integridad del interno que, durante décadas, había permanecido recluido entre los pabellones del psiquiátrico. Sin embargo, en medio de aquel despliegue, él avanzaba con una serenidad desconcertante, como si nada de aquello le perteneciera realmente.
Observar al poeta era asistir a una doble revelación. Por un lado, contemplar cómo el abandono puede moldear silenciosamente una existencia; por otro, advertir cómo la soledad termina depurando al hombre hasta dejar apenas lo esencial. No había impostura ni grandilocuencia en él. Su sencillez no era falsa humildad, sino el resultado de una vida erosionada por el encierro, el tiempo y la pérdida. Verlo fumar en silencio, inclinar apenas el cuerpo o sostener la mirada perdida en algún punto del vacío equivalía a observar el paso de los años sobre un hombre hecho de poesía.
Mientras tanto, la ciudad avanzaba con una prisa ajena. Las personas cruzaban unas junto a otras como fragmentos de memorias rotas; rostros que aparecían y desaparecían en cuestión de segundos. Él estaba ahí, en algún lugar de ese flujo incesante. Los pasos se acortaban, el corazón delator latía cada vez más fuerte y en el público de la presentación la espera adquiría el tono incierto de una cita a ciegas. Existía la ansiedad de encontrarse con alguien a quien primero se había leído y luego se había imaginado. Escucharlo implicaba comprobar si detrás de aquellos versos habitaba realmente un hombre de carne y hueso.
Cuando Montero empezó a interpretar sus versos con una hoja empuñada en su mano izquierda, el tiempo pareció detenerse. El público tembló con la profundidad y la fuerza de las palabras que emergían de la boca de aquel paciente del psiquiátrico, preservadas en la memoria con una precisión casi litúrgica. No necesitó abrir el libro. Cada poema parecía regresar de una región oscura y remota donde el dolor, el abandono y la belleza habían aprendido a convivir.
La voz de Hugo tenía algo espectral y, al mismo tiempo, profundamente humano. No era únicamente un hombre y su poesía: era la poesía abriéndose paso desde el encierro. La arquitectura de sus versos —hecha de sueños, ausencias y restos de vida—, más que nacer, encontró refugio en el taller Mentaliza Alma. Allí, Montero escribía, leía, participaba con una solemnidad desarmante, como si cada poema fuera una confesión pronunciada bajo la luz fría de un consultorio médico. Sus palabras no eran artificio, sino honestidad feroz. “Aunque mi corazón se ahogue en el recuerdo”, escribió alguna vez, y esa línea bastaba para comprender el tamaño de su herida.
En “Pan de tierra”, por ejemplo, descendía al osario en busca de su madre entre restos olvidados y ataúdes deshechos en una revelación suspendida entre la plegaria y el delirio. “¿Dónde estás, madre mía? / Mi alma grita y llora sin consuelo”. Aun después del abandono y de la devastación del tiempo, persistía en él una fidelidad absoluta a la figura materna, como si toda su escritura regresara inevitablemente a esa herida inicial.
En “A mis amigos”, por otro lado, la amistad aparece como una forma de redención frente a la intemperie. “Ellos me ayudaron a llevar mi cruz”, escribe. “En las oscuras tinieblas me iluminaron con su luz”. Dentro del psiquiátrico —ese territorio donde tantos nombres terminan borrándose lentamente— los amigos eran la última resistencia contra el olvido.
En aquella presentación el público pudo ver que Montero hablaba despacio, sonreía apenas y recitaba como quien conversa con sus propios fantasmas. Que sus poemas parecían escritos desde un borde impreciso: entre la lucidez y el derrumbe, entre la ternura y la ruina. Y quizá hasta descubrieron que allí residía la fuerza de su palabra: en haber convertido el encierro, la soledad y la demencia en una forma feroz de permanencia.
Fue en el estreno de su primer libro que los asistentes pudimos entender y sentir que sus poemas están llenos de acrósticos, cartas, amores que se desvanecían entre parques de gardenias y pequeñas pulsaciones de vida que resistían al derrumbe: “taca, taca (…), pum, pum”. El corazón insistiendo. El alma negándose a desaparecer. Sus manos parecían tejer puentes entre la ternura y la ruina, entre la belleza bastarda de la existencia y el anhelo desesperado de ser amado.
Duele saber que 12 años después de aquella presentación, dejó esta tierra. Sucedió en el psiquiátrico, un aire gélido descendió sobre la institución y atravesó el ambiente con una violencia silenciosa. El cuerpo se silenció, todo pareció comprimirse en una oscuridad espesa, casi febril. Había una sensación extraña, semejante a un abrazo invisible que rodeaba el pecho de sus compañeros, lo que no sabía Hugo era que mientras su corazón se detuvo, su poesía no dejaría de latir.
Entonces, los pasillos del psiquiátrico comenzaron a desplegarse como un territorio ritual. Entre paredes húmedas y corredores donde el tiempo parecía suspendido, su vida se fragmentaba en escenas: poemas escritos al borde del abismo, silencios prolongados, recaídas, noches interminables. Desde hacía más de medio siglo, Montero escribía poesía persistente al tiempo sobre la ausencia de los seres amados, la soledad y la locura; condensaba las emociones más extremas de la condición humana. En medio de aquel descenso surgía algo parecido a una revelación, un destello mínimo en la ruina; una suerte de panacea que insinuaba que incluso la oscuridad más profunda todavía puede germinar en primavera.
Diez años más tarde de esa muerte, tras la amable visita de un voluntario al cementerio de Sucre, el 13 de febrero del presente año, se advirtió que el nicho de Hugo Montero estaba destinado a ser vaciado y que sus restos serían enviados a una fosa común, perdiéndose para siempre el rastro del poeta. Todo ello ocurre tras la negativa del Instituto Psiquiátrico Gregorio Pacheco en aceptar sus restos, allí donde durante años tuvo su residencia forzada y solo fue gracias a un puñado de amigos que, hace apenas unas semanas, hicieron gestiones con la Alcaldía de dicha ciudad, y así lograron frenar aquella decisión y también saldar las deudas de su nicho acumuladas durante años. Ahora, quienes lo conocimos, que hablamos con él, que estuvimos en la presentación de su ópera prima, buscamos reunir los fondos necesarios para que los restos del poeta puedan ser cremados y alcanzar finalmente el descanso que le fue negado incluso después de muerto.
¿Por qué? Desde tiempos remotos, el nacimiento y la muerte han marcado los grandes rituales de la experiencia humana. Aunque la historia también ha estado atravesada por guerras, desapariciones y finales crueles que despojaron a muchos de toda dignidad, aún persiste la profunda necesidad de otorgar a cada vida un lugar en la memoria. Por un instante, que duró toda una vida, creímos que el hogar de Montero era esa institución que lo albergó casi toda su vida adulta, pero con el paso del tiempo, el verdadero hogar de Hugo Montero Añez terminó siendo otro: el de aquellos amigos capaces de recordarlo todavía tomando su té detrás de las rejas del pabellón desde donde contemplaba el patio donde hizo su vida, donde caminó y donde observó —muchas veces en tormento y soledad— el paso de sus días y de quienes lo acompañaban.
Quizás esa sea también la imagen más hermosa que dejó el poeta del psiquiátrico: la sencillez. La que habitaba en sus gestos, en su manera de mirar el mundo y en aquel saco celeste que parecía vestir a un santo fatigado por la tierra. Esa imagen que nos recuerda que leer a Hugo Montero no se parece a leer poesía: se parece a escuchar cómo alguien desnuda el alma frente al mundo. Aun viva, permanece esa necesidad de invocarlo, de regresar a sus “santos consejos”, como si la palabra todavía pudiera rescatar algo del vacío.
En ese gesto, el de recordar a Hugo y reunir los fondos necesarios para que los restos del poeta puedan ser cremados, se inscribe hoy la edición conmemorativa de la obra del poeta, Antología de Hugo Montero Añez, (Libertalia Editores/Tramha Creativity, 2026): una publicación que busca mantener viva su poesía y, al mismo tiempo, darle los honores que merece su muerte.
95 años después de su nacimiento, 75 desde su internamiento, 22 desde la presentación de su libro y diez desde su muerte, Hugo Montero todavía desciende hasta las entrañas de lo humano. Su escritura sigue desmontando al hombre pieza por pieza: el miedo, la soledad, la locura, el amor, la pérdida. Y quizá por eso, leerlo resulta tan perturbador: obliga a mirar aquello que normalmente se evita. Sus poemas son un espejo incómodo. Una mirada en retrospectiva. Un lugar donde pocos suelen transitar.
Hugo Montero ya no está entre nosotros y, sin embargo, aquí sigue. Rompiendo la indiferencia con su verso. Desnudando falsedades. Transformando el dolor en una forma feroz de permanencia. Mientras otros desaparecen con el tiempo, Hugo Montero continúa respirando en cada poema que dejó atrás. Como si la muerte jamás hubiera logrado clausurarlo del todo.
A él está dedicada esta crónica. Al hombre que convirtió la demencia en poesía y la poesía en salvación. Al que escribió: “La ley de que polvo eres y en polvo te convertirás”, pero consiguió que sus palabras desobedecieran incluso a la tierra. Porque mientras alguien vuelva a leerlo, mientras una voz pronuncie sus poemas en medio del silencio, Hugo seguirá existiendo como un eco de salvación.
La Antología de Hugo Montero Añez – Edición conmemorativa se puede adquirir en:
La Paz
Librerías Lectura – Av. Prol. Montenegro N.º 778, San Miguel
Santa Cruz
Librerías Lectura – Av. San Martín, Calle F, Super Fidalga, locales 6 y 7, Equipetrol
Sucre
Café y Librería Contrapunto / LIBRERÍA.BOL – Calle Dalence 429
Tel. 75721577
Aporte: 70 Bs.
José María Estenssoro es periodista, comunicador social e investigador. Es periodista de Verdad con Tinta y publica reseñas literarias, audiovisuales y académicas. Es autor de tres investigaciones presentadas en la Jornada de Jóvenes Investigadores de la Asociación Boliviana de Investigadores de la Comunicación (ABOIC), fue monitor del Sistema de Alertas Tempranas Electorales (SATE) y complementó su formación en un programa internacional sobre criptociudadanía y resiliencia financiera en Miami, Estados Unidos. Actualmente cursa la Maestría en Comunicación Política y Digital 4.0

