Otro ensayo más sobre lo espectral de la pieza oscura

Este 25 de mayo, José Luis Durán presentará su libro de cuentos “Los defectos de las caricias” (Editorial 3600, 2026) y les traemos este cuento como adelanto. Un hombre recuerda su estrecha relación con su prima y reflexiona sobre la obra de Enrique Lihn.
Editado por : Adrián Nieve

A modo de introducción, quiero imprimir con mis palabras un enunciado importante: la idea de lo espectral. Si nos remontamos a Hearn, Parker o Chiyo Chida y la fantasmología niponesa, el espectro sería el lamento reflejado en una inmaterialidad con forma visual. En el caso más conocido, en forma de una persona que busca la redención de sus penas a partir de la posesión. Por eso en el terror hay una tristeza desmesurada, el miedo se crea por ese propio lamento de saber que, si en el plano terrenal no conseguimos saciar el alimento del orgullo y la realización, sufriremos eternamente atormentando a los vivos.

También quiero quedarme con la idea nipona de eternidad relacionada con el tormento. Con lo espectral no necesariamente necesitamos del fantasma, pero sí de lo que este ser asiático emana: el recuerdo, la memoria incómoda y, lo más importante, la ausencia.

2008
Imagen: 88 Grados

Así lo siento en La pieza oscura, donde encuentro un Enrique Lihn apremiante y más metódico. No debo quitarle el favor al ambiente que discurre desde un manantial energético de ideas y conflictos, como lo era el año 1963. En aquel momento hay una inmortalidad de la literatura y hay libros que se mecen en cunas y que crecerán para la grandeza.

No creo necesario frenar en conceptos como metáfora, pragmalingüística y figuras retóricas, ya que no competen estas categorías a un ensayo de este tipo.

Continuando con Lihn, este desarrolla imágenes (espectros) difíciles de digerir para las leyes en las que debería andar la cotidianidad. Me refiero a la infancia y la excéntrica forma de ver las relaciones. Hay una infancia oscura —y algo tétrica— en el poema de Lihn porque los escenarios parecen una imagen de adultos más que de infantes.

¿Qué es una pieza? Es una habitación, un espacio, un ambiente particular de algo más grande.

¿Por qué está oscura? Porque algo sucede ahí, entre las sombras. La falta de luminosidad esconde una confesión, una complicidad que justamente se hace espectral. Fantasmagórica.

Sin duda, unir la palabra “pieza” con el adjetivo —quizá valorativo— “oscuro” denota un escenario de madurez. A pesar de cada día percibir en las noticias una infancia tenebrosa que muchos experimentan, alejada de las alegrías y la anomia, la oscuridad no debería ser algo relacionado jamás con la niñez. ¿Qué manías escondidas pueden despertar la oscuridad? ¿Qué hacemos en una habitación sin luz?

Perversidades.

Entonces, Lihn compone lo siguiente:

“Dejamos de girar por el suelo, mi primo Ángel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor a naftalina en la pelusa del fruto—.”

¡Ah, no jodas! Qué está pasando acá.

De cierta manera, por experiencia propia, entiendo bien aquellos versos. ¿Qué sucede cuando los adultos no están presentes? ¿Qué sucede cuando la pieza está oscura? Pues no hay reglas ni celdas morales; los adolescentes se divierten. Juegan a las escondidas, a las peleas, simulan la lucha libre y, también, sucede bastante, simulan a las familias.

Cada palabra me lleva a una especie de confesionario. El recuerdo se activa y veo frente a mí la primera vez que mis manos sintieron la piel ajena en un juego inmaduro sobre la familia. ¿Quién era la mamá y quién era el papá? Por supuesto, mi prima y yo. Y ambos nos transformábamos en nuestros primeros amantes.

Me enamoré de mi prima. Después conocí a otras chicas. Conviví con ellas. Eran mucho mejores que mi prima, y en nuestra distancia familiar había una especie de libertad para hacer lo que queramos. Después me casé, tuve una hija, me divorcié y dejé de estar enamorado de mi prima. Desde ahí mi prima en verdad comenzó a ser lo que siempre debió ser: alguien con quién nunca debería tener algo emocional y que, con solo pensar que cegado por la inocencia de mi curiosidad por conocer en verdad el mundo, en algún momento compartí saliva con ella, se me genera una incomodidad insoportable, como la de un delincuente que acaba de cometer la peor aberración. Una incomodidad terrorífica, algo también espectral que nunca se va.

Bueno, eso en la madurez. Cuando era niño pensaba que mi mundo se limitaba a la pieza oscura de mi casa y que en aquel planeta solo éramos mi prima y yo. Jugábamos a las escondidas y veíamos películas hasta que nos aburríamos. Entonces, nos preguntábamos qué deberíamos hacer ahora. La respuesta era la misma. Juguemos a ser papá y mamá; sí, nos gustaba ese juego. Los peluches y las figuras de acción serían nuestros hijos. Les dábamos de comer, los acurrucamos en cunas de plástico y cubríamos sus cuerpos artificiales con pequeños pedazos de tela.

Después nos mirábamos con la “madre de mis hijos” y nos besábamos apasionadamente. Era parte del juego, sino los roles serían ilegítimos.

Nuestras madres llegaban de realizar sus compras, que parecían durar una eternidad porque se quedaban hablando por horas con la frutera sobre la injusticia de sus rutinas. Nos encontraban a mi prima y a mí sentados al pie de la cama, viendo la misma película con la que nos dejaron horas previas. Distanciados de manera sana, mirando atónitos las imágenes.

“...Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.”
, compondría Lihn.

Cerca de la cama, los peluches y juguetes, nuestros únicos cómplices, continuaban tapados hasta el cuello en la cuna, con un silencio secuaz, pasivos, durmiendo.

***

Hay unos versos que me destrozan y despiertan el verdadero espectro en mí, el de la incomodidad. Porque los fantasmas están para eso: incomodar. Su existencia es una imagen que supera el recuerdo y uno entiende que su posible aparición puede ser desastrosa. El fantasma puede ser un desconocido, una imagen del pasado atormentado; una prima.

Aquel verso de Lihn dice lo siguiente:

“Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.”

¿Por qué lo habíamos hecho? No tengo una respuesta clara.

Wara, la Warita, como la suele llamar mi padre, su sobrina favorita, la predilecta niña energética de la familia que hablaba con total dominio el francés antes de finalizar su adolescencia, y conocía bien la historia del pueblo al norte de Potosí del que vinimos, había quedado embarazada por un pelotudito adinerado que conoció en la universidad. No supe mucho de ella por un buen tiempo, a pesar de lo unidos —como bien saben— que fuimos en nuestra infancia.

Yo estudié lingüística y ella ingeniería. Incluso nuestras fiestas eran en espacios diferentes. En la facultad yo solía drogarme más de lo habitual y mi prima se ahogaba con latas de cerveza que compraban sus colegas. Y los fines de semana solía sentirme muy incómodo cuando la veía en los almuerzos familiares. Todos charlaban y reían alrededor de la mesa, yo ignoraba a un espectro que no sé si me miraba de manera cómplice o que también había optado, como yo, a entrar en una negación e ignorar lo ocurrido por completo.

Nos distanciamos de forma inevitable. 

Pero continúo con la misma pregunta: ¿Por qué lo habíamos hecho? ¿Por qué en ese momento? ¿Era una especie de curiosidad o en verdad no teníamos ni la menor idea de nuestras acciones?  

***

No sé si el tiempo del enunciado del poema de Lihn es uno de la infancia o si el mismo poema juega con la infancia y la madurez como un quiebre secular de la temporalidad. La experiencia entre los individuos, si es que estos realmente importan en los versos, salta a la madurez por un hecho precoz: un juego inmaduro que justamente terminó rompiendo la niñez y adelantando los años más de lo debido.

Sin duda mi niñez se quebró al momento de sentir los labios de otra persona. Me gustó bastante ese sabor a un ácido liviano que no quemaba y parecía masajear cada parte de tu cuerpo. Ese aroma único del aliento caliente que te expulsan a los labios y sientes como si te abrazaran. No sabía bien cómo besar ni cómo moverme, solo repetía con ella lo que veía en las películas para adultos. Se debía cerrar y abrir la boca de manera intermitente. Lo hacíamos cada vez que nos dejaban solos, no respetábamos ni un momento ni desaprovechábamos ni una sola oportunidad. Y así mi infancia se hizo espectral, encerrada en un mal recuerdo del que a veces en verdad me arrepiento haber sido parte y otras ya no importa. La vida se encargó de poner otras molestias en mi memoria que fueron tapizando los juegos del padre y la madre de los que solíamos ser parte con Wara.

Era una chica muy simpática, lo sigue siendo a pesar de su edad, y yo alguien bastante tímido para ella. “¿Qué te parece si dejamos que nuestros hijos duerman? Y nosotros vamos a dormir también porque al ser el padre mañana tienes que despertarte temprano para ir a trabajar a tu oficina”, me decía. Yo asentía con la cabeza. Nos tapábamos con las frazadas de alpaca y en esa pequeña pieza oscura que creábamos en medio de la cama, comenzábamos a besarnos de nuevo. Luego me decía “buenas noches”, me daba la espalda y en verdad se dormía.

Sabía cómo expresarse, hablaba con mucha fluidez y sonreía mostrando los brackets que ajustaban sus dientes. Es cuatro años mayor que yo, pero durante el juego simulábamos tener la misma edad: unos treinta años. Y nuestros hijos, ellos tenían quizá un año o apenas meses. No importaba en absoluto.

***

En una ocasión, mientras jugábamos, dábamos vuelta girando alrededor de la cama, desordenando las frazadas tendidas. Reíamos y nos agarrábamos fuerte las cinturas. De pronto la puerta se abrió y la hermana mayor de mi padre, la madre de Wara, nos miró. No nos estábamos besando, pero nuestros cuerpos estaban bastante apegados siendo una sola forma. Mi recuerdo se centra en la mirada de nuestra tía algo estupefacta, como si sospechara de nuestro juego. Aún hoy se viene a mi mente esa cara, algo absorta por la imagen que se presentaba frente a ella.

“Salgan, la cena está servida”. Solo nos dijo eso y se fue. No sabíamos en qué momento había llegado al departamento. Como siempre mi padre estaba trabajando y mi madre salía de compras con mi tía.

Estábamos asustados. Wara más que yo, ya que era la mayor y, en teoría, debía cuidarme y no jugar conmigo. Llegamos a la mesa y comenzamos a comer sin decir ni una sola palabra. Mi tía estaba ahí, sentada en medio de ambos, igual en completo silencio que más parecía una sentencia y castigo. Creo que nunca contó sus sospechas a sus hermanos y si lo hizo ellos nunca nos lo comentaron, pero, eso sí, las visitas de mi prima a la casa fueron menos recurrentes, fueron rebajando bastante, al punto de apenas vernos para almuerzos familiares y cumpleaños.

Sentía que se hacía a la loca. De seguro pensaba que al ser la mayor tenía que controlar mejor la situación, pero la verdad es que yo me daba cuenta de todo lo que pasaba. Con el tiempo nuestra distancia se fue haciendo incómoda y mientras más adquirimos edad, más seguros nos sentíamos si no llegábamos a estar cerca ni establecer algún tipo de contacto.

En nuestro colegio, donde toda mi familia asistía, se despertaba un nuevo rumor de ella, la llamaban la Adelantada. “¿La Adelantada es tu prima?”, me preguntaban. “Mieeer… esa chica sí que sabe cosas”. Corría otro rumor más: Wara había cogido repetidas veces en los baños del colegio durante las horas de clases con chicos de su curso, otros de cursos superiores e incluso algunos de años menores. Y un último rumor: que el sexo era anal para evitar embarazos.

“…y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos
a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo como en aguas mansas, serenamente veloces…”

Los versos de Enrique Lihn parecen gritos que lastiman mis tímpanos. Con el ensayo presente voy entendiendo que en el tiempo del lenguaje de su poesía se rompe cualquier intento de silencio, pero que la voz que comienza a hablar es una determinada por filtros de la memoria, es decir ya no es pura sino, por el contrario, alterada.

“¿Sí, huevón? Es mi prima y no te creas todo lo que te dicen; no seas tan pelotudito”. ¿Yo me lo creía? No volví a verme a solas con Wara, pero supe que mi primo Carlitos, hijo de otra hermana mayor de mi padre, veía películas con ella durante las vacaciones del año 2007. Incluso me enteré que en una ocasión, esto me lo contó el mismo Carlitos, encontraron encima del ropero de la habitación principal una caja con fotografías de la juventud de mi tío Miguel, el padre de Wara, junto con souvenirs de sus viajes a Israel y DVD’s de cine porno. Se reían hasta las lágrimas cuando observaban aquellos videos, bajaban el volumen para que no retumben los gemidos de las mujeres (a veces también de los hombres). Otro espectro se venía a mi mente, uno que no viví en persona, pero me lo imaginaba: ahí estaban dos adolescentes, mirando escenas de sórdido sexo, conociendo posiciones y formas creativas de hacer el amor. Quizá formas nuevas de jugar.

Aprender algo más de la vida adulta era tan sencillo por aquellos días que, de seguro, para nuestras mamás y papás, quienes vivieron una infancia y adolescencia casi carcelaria y amarrada a la religión, era muy difícil controlar los contenidos que se hacían más liberales para los niños.

Por otro lado, la familia de mi madre no parecía sentir ese cambio del tiempo. Mi tía Palmira había elegido el encierro anacrónico del cristianismo y su familia pertenecía a una iglesia del sur de Corea que había llegado a Bolivia difundiendo una narrativa algo extraña, muy parecida a la calvinista. En la casa de mi tía no tenían permitido ver la televisión y se levantaban a las seis de la madrugada a limpiar cada esquina sin fallar ni un solo día. Rezaban hasta las lágrimas antes de almorzar, agradeciendo a Dios por cada alimento y suplicando que nunca les falte pan. Comer algo en esa casa parecía una partida milimétrica de ajedrez en donde las piezas van cayendo por puras malas decisiones y erróneos movimientos. En la mesa, a la hora de la cena, quien guiaba el acto por completo era el esposo de la hermana de mi madre, mi tío Pepe, un hombre creyente de su religión, autoritario y jerárquico, que en sus momentos de mal humor colocaba un cinturón de cuero enroscado encima la mesa cerca de él, como alerta para quien no desee comer y cometiera algún tipo de pecado, el de no terminar los alimentos bendecidos, imagino yo.

***

La poesía no tiene un interés en explicarme el porqué de mis decisiones. Los versos en realidad son construcciones detalladamente trabajados. Es en la prosa, de la que quizá debí apoyarme para hacer el ensayo, donde se trata de encontrar explicaciones abstractas de la realidad y acudir al pasado por medio de la narrativa.

En cambio, la poesía sirve para quebrar los hábitos de significados, jugar con lo que entendemos y transformarlo en algo completamente diferente. Una prima en verdad podría llegar a ser mi amante o, por el contrario, es la pieza la amante y los infantes simples marionetas. O los infantes, en realidad, son adultos, pero mostrados con imágenes de inocencia porque en el poema se quiebra el tiempo del enunciado para cambiarlo a una simple forma con diferente sentido.

Hay tanto trabajo en poesía que refleja esta inmaterialidad, este espectro que molesta y confunde. Como es un ensayo prefiero acudir al recuerdo y señalar versos como los de Ernestina de Champourcin:

“Todos van… todos saben… // Solo yo no sé nada”.

La imagen expone mucho desconcierto incluso ahora que me considero un adulto hecho y derecho.

O acudir a Juan Larrea en su poema Haciendo el amor cuando compone:

“...Más allá de los fantasmas atemperados de los éxitos // Hace frío deberíamos estar vencidos…//”.

No logro identificar de forma sencilla una construcción sujeto-objeto en estos versos, pero sé que ahí está, inamovible esperando que la encuentre. Algo similar sucede en Lihn, pero en este último es posible la accesibilidad en la lectura de su realidad poética. Lo mismo pasa con dos poetas bolivianos. El primero, Eduardo Mitre, escribe lo siguiente:

“Aprender con los dedos // la madurez del amarillo // y la niñez del negro // con el cuerpo de nispero”.

La realidad poética es identificable pero no así su significante. El amarillo denota madurez por un sentido del grotesco (dudo que esta sea la intención de Mitre); pero eso sí, acude al tacto, a la sensibilidad dentro de su realidad poética. ¿Se espera el sentir una inmadurez en el negro? O en la oscuridad hay sencillez. Las interpretaciones pueden ser varias.

El segundo es el boliviano Villasante en su poema Igual siempre pueden fallar los cálculos. Esto es lo que dice:

“Ya se quedaron mucho tiempo las voces que volvieron desde las épocas de mayor incerteza / sin conocimiento de nada”.

Leo el verso como un atentado contra el sujeto de la madurez, muy plasmado igual en La pieza oscura de Enrique Lihn y del resto de ejemplos que ponen en relieve un sujeto perdido, una imagen de la persona adulta que se jacta de saber mucho cuando no sabe nada.

En fin, vuelvo a mi época madura con total desconcierto. Ha quedado en el pasado la pieza y el espectro de mi primera amante. O así quiero creerlo. Ahora debo velar por pagar los estudios de mi hija, Laurita, que no hace más que traerme una alegría tras otra. Ella está por cumplir los 14 años. Hace tiempo que mi padre deseaba que sus hermanas por fin la conozcan, especialmente después de haber vivido todo este tiempo en Colombia con su madre, una mujer de pocas pulgas que no sabe distinguir entre una alcoba cómoda o la dureza de una habitación de hotel, razón por la que mi hija pasó a tener un padrastro tras otro.

Fue así que llegamos al almuerzo familiar al que nos invitaron en un parrillero por Achumani, uno con patios abiertos y mesas esparcidas por un espacioso jardín. Buscamos un asiento cerca de mi padre. Mis tías sonreían, las arrugas ya se les notaban como surcos profundos en su piel. Saludaron con besos y abrazos a mi hija, se emocionaron al verla y dijeron que se parece más a su madre, lamentablemente.

Estábamos conversando sobre cualquier tema cuando vi entrar a Wara al restaurante. Vestía una polera blanca con un deportivo rojo, ajustado a su cadera. Traía gafas de aviador y unas manillas de esas que se ponen los trotadores. De su mano, arrastraba a un pequeño adolescente, Mateo, su hijo de 11 años. El pequeño parecía tímido, no levantaba la mirada y sonreía muy poco.

Decidí colocarme mis gafas oscuras y esconderme algo detrás de ellas. Wara saludó uno por uno a los familiares en la mesa. De a poco la vi acercarse a mí. Saludó a una tía, a su marido, a un primo, a otra tía y fue llegando a donde me encontraba. Llegó a mi asiento, yo me levanté para abrazarla. “Qué gusto verte”. “Igualmente”. Y listo, ahí acabó, continuó saludando al resto.

A modo de conclusión, escuché sin entender mucho lo que decían mis familiares. Hace bastante que había dispersado mi atención. Elevé la cerveza a mi boca y miré con incomodidad a Wara que parecía detener sus ojos en mí, como recordando todo el pecado para luego desviar su vista hacia cualquier lado que no sea yo.

Esa figura que con tan poco conocimiento hemos decido nombrar espectro no es lo que las definiciones dentro del significante ratifican. Esa es una errada visión occidental. Esto pasa porque en realidad carece de significante, es inmaterial, es una incomodidad, un inconfundible sentido. En cambio, el significado redunda en cada una de sus sensaciones. El trauma, por ejemplo, es un espectro, un recuerdo que no sabemos en qué parte está escondido y aparece cuando se decide tocar a su puerta. Lihn compuso la “rara sensación de vergüenza”, con cada palabra calculada, que es otro espectro inmiscuido en su trabajo de negación.

Laurita me pidió permiso para ir a jugar al pequeño parque en el patio del restaurant. Se lo permití. No le quité la vista de encima. Tras de ella vi como el pequeño e inocente Mateo la perseguía y después corría a su lado con mucha emoción.

Noté cómo Wara, sentada a pocos asientos frente a mí, también vigilaba a su hijo y quizá a mi hija. Sonreía al verlos jugar y perseguirse alrededor del césped. Después algo obligó a Wara a girar sobre su asiento y devolver sus ojos hacia mí. Ambos estábamos acobijados detrás de nuestras gafas. No sé si de verdad nos mirábamos, pero nuestros rostros se conectaron de manera directa, frente a frente. El resto de familiares sonreían a nuestro alrededor, aunque hace bastante había dejado de escuchar su conversación. Estaba atento a Wara desvistiéndose por el calor, quitándose con calma su delgada blusa, mostrando la malla blanca que llevaba adentro, esa que enmarcaba su delgado cuerpo, las curvaturas que guiaban hacia su cintura. 

Pronto me impacienté y llevé a mi boca otro trago de fermentada cerveza tibia que sabía a orina. Tragué la cerveza sin hacer ninguna mueca y ella me imitó, tomando de su lata un pequeño sorbo. Sin quitarme los ojos de encima, se limpió una diminuta gota que manchaba su labio inferior, que resaltaba aun sin maquillaje, en su tono natural. Lo hizo con la lengua, de forma lenta y pausada.

Regresé mi mirada a los niños. Corrían y reían. Lanzaban sus cuerpos contra el césped y rodaban como si cayeran por las faldas de una colina. Algo me decía que no debía quitarles la vista de encima. Noté que los niños habían decidido cambiar de juego. Rápido se fueron detrás de un árbol y me obligaron a estirar mi cuello, vi que seguían avanzando sin detenerse hasta que llegaron a la esquina de una pared y entraron a un cuarto de juegos. Sin que pudiera evitarlo, ingresaron a esa pieza algo oscura.

Ahí fruncí el ceño y, mientras miraba a Laura y Mateo, comenzó a devorarme una preocupación, una incomodidad inmaterial. Un fantasma apareció ante mi mirada y tuve miedo; me asediaba una incertidumbre que socavó mi aliento. Wara se mordía el labio inferior y me mostraba sus blancos dientes. Regresé mi mirada a los pequeños, a mi hija y al cuarto de juegos; ya no encontré a nadie.

Los niños se perdieron y aún no sé dónde están, ya no sé lo que hacen ni en qué momento saldrán.

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