Réquiem para Alfredo

En su columna para 88 Grados, Vero Delgadillo nos habla de Alfredo, una planta de aloe recientemente fallecida, cuya muerte detona una reflexión sobre la obsesión contemporánea con el cuidado.

Hoy vamos a hablar de Alfredo. 

Alfredo llegó así a casa: mi hija me lo entregó entre las manos con cara de crisis, y en dos segundos mi sala fue de emergencia y tenía yo un paciente. Lo había regado demasiado. “Sálvalo”, me dijo. Qué palabra desmesurada esa: salvar. Los hijos todavía tienen una fe conmovedora en uno, una idea absurda y hermosa de que las madres sabemos y podemos devolver la vida a las cosas. 

2007
Fotografía: Vero Delgadillo

Mi madre le había regalado el aloe, sin muchas recomendaciones. En la lógica de mamá, cuidar una planta no es cosa de otro mundo. Pero no para MariJo que lo primero que hizo fue ponerle un nombre y ubicarlo en el lugar más especial de su amoroso hogar.

Cuando Alfredo llegó a mi casa (en honor a la verdad, diremos moribundo) era un aloe pequeño, todavía digno, aunque ya empezaba a transparentar el cansancio vegetal que tienen las plantas cuando se están pudriendo desde adentro. Le cambié la tierra. Le busqué más sol. Menos sol. Le hablé. Le puse música (jazz, rock, cumbia…) Le dejé espacio. Corté las partes blandas. Esperé. Durante días esperé ese pequeño milagro vegetal: que una mañana amaneciera menos triste.

No ocurrió.

Mis conocimientos de jardinería son totalmente instintivos e intuitivos, básicamente: cuidar y esperar.

No sobrevivió. Después de 42 días -contando desde que llegó hasta ayer que le saqué la última foto- acepté que Alfredo no lo logró. No lo he tirado a la basura porque aún lleva el color verde. Sepan ustedes que hay un tipo de esperanza doméstica que sólo ocurre frente a una planta enferma: una fe silenciosa, casi ridícula, en que mientras esté el color verde, aún se puede. Cosa que es muy engañosa con las suculentas porque guardan agua y verde mucho tiempo.

Debo confesar que hay algo extrañamente devastador en fracasar cuidando algo vivo. Porque uno siempre cree que el amor alcanza. Pero no. A veces el exceso de agua pudre las raíces igual que el abandono. Pienso mucho en eso últimamente.

Esta es una época obsesionada con el cuidado. Queremos cuidar todo, el cuerpo, la alimentación, la salud mental, las emociones, el planeta, las palabras, los vínculos. Todo parece depender de nuestra capacidad de administrar correctamente la fragilidad de la existencia. Sin embargo, al mismo tiempo, creo que nunca antes habíamos estado tan agotados, tan ansiosos, tan incapaces de sostener la vida sin dañarla. Confundimos cuidar con intervenir.

Hace años vi una película francesa sobre una perfumista que pierde el olfato. Cuando finalmente lo recupera, nadie vuelve a confiar en su nariz. En uno de sus viajes conoce a un chofer de limusinas que termina ayudándola a crear un perfume y salvar su carrera. Él le cuenta que uno de los olores más felices de su infancia era el de la hierba recién cortada, porque le recordaba a su padre podando el césped de la casa familiar. El jardín de su infancia.

Entonces ella le revela algo terrible: ese aroma fresco y verde que asociaba con la felicidad es en realidad un mecanismo de defensa. El olor de la hierba recién cortada es el compuesto químico que las plantas liberan cuando están siendo heridas, es en realidad una señal de auxilio. Lo que él recordaba con ternura era el aroma de una masacre vegetal. El perfume de la hierba cortada es el olor del miedo.

Yo lloré muchísimo viendo esa escena. No porque haya pensado que cortar césped sea un crimen, sino porque comprendí algo durísimo: la naturaleza no siempre vive nuestras intervenciones como nosotros creemos. 

No sé exactamente cuándo me convertí en rescatadora de plantas. Tampoco sé por qué me conmueve tanto rescatar plantas. Levanto esquejes de las plazas después de la poda municipal. Recojo pedazos de suculentas abandonadas en las aceras. Algunas sobreviven. Otras no. La mitad de las plantas que viven en mi casa son hijas del desastre urbano. Ayer, pasando por una jardinera, recogí otra. Estaba tirada entre ramas secas aunque todavía verde. La traje y sigue sobre mi mesa mientras escribo esto. Veremos qué pasa. 

Tal vez todo esto que la breve existencia de Alfredo me detona tenga que ver con el tiempo que vivimos. Con esta sensación colectiva de estar todos un poco sobremojados. Saturados de información, de opinión, de ruido, de cuidados performáticos. Vigilándonos emocionalmente todo el tiempo. Corrigiéndonos. Nos exigimos sanar, crecer correctamente. Y mientras tanto, las raíces se pudren en silencio.

Pienso en mi hija mirando a Alfredo con culpa. Pienso en mí intentando revivirlo. Pienso en Alfredo y pienso también en nosotros: criaturas sobrealimentadas de ruido, de información, de ansiedad, de buenas intenciones.

Tal vez cuidar se parezca más a escuchar que a intervenir.

Igual mañana voy a revisar la planta que recogí. Voy a buscarle una maceta. Voy a creer otra vez, aunque ya debería saber que no siempre se puede salvar lo que se rompe. Pero uno insiste.

Qué otra cosa podría hacer.

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