Nos espera la memoria
Mi madre ama en entregas cortas: irrumpe con una fuente, deja el queque como quien deja una ofrenda y se retira con la ligereza de quien no quiere que el gesto se vuelva pesado. Su despedida suele ser igual de certera, casi una instrucción amorosa: "para que coman algo". Hay algo ritual en su paso: una bandeja colocada sobre la mesa produce una calma puntual que hace presumir que todo estará bien.
En una de esas pasadas amorosas, dejó además un cuaderno de tamaño carta con hojas en blanco, que venía protegido por un forro acolchonado que ella misma cosió. Telas marfil y ploma, cuadraditos rojos, y bordadas en hilo las letras que lo definen: "Mis recetas". No es un obsequio de tienda; es un objeto modesto y decisivo, como casi todo lo que viene de casa. “Para que lo llenes”, dijo, como quien entrega una tarea, una llave, un mandato de cariño. Gestos pequeños que en los hogares reemplazan a las grandes ceremonias.
Empiezo anotando las recetas que me marcan de su cocina: cuñapés, la infaltable torta de cumpleaños, la masa que resuelve cualquier merienda. Copio con la delicadeza de quien transcribe un manuscrito frágil, con el temor de que, si quedan sin registro, se esfumen. Pronto el cuaderno se convierte en el archivo afectivo que es hoy. La torta no es sólo harina y huevos; es la voz que advierte "no abrir el horno antes de tiempo"; el arroz con leche, lejos de ser mera técnica, es una alquimia que reclama tacto para alcanzar la cremosidad exacta. Las instrucciones combinan medidas precisas con pequeñas brújulas que guían la mano y permiten el retorno. Escribir es una forma de evitar que los recuerdos se disuelvan en el olvido.
El cuaderno no se agota en mi caligrafía. La llenan también las huellas de mis hijos: garabatos, firmas torpes y notas que se cuelan entre las preparaciones —"poner chispas", "mamá baila mientras cocina"— y que operan como consignas para ritos inventados. Esos mandatos infantiles conviven con la letra omnipresente de mi madre, con mis enmiendas a lápiz, con el compendio de vacíos y presencias que habitan las hojas.
En mi familia extendida la comida siempre fue el territorio donde se cosen los vínculos. El libro “Hermanas en la cocina” nació de esa costura colectiva que funciona casi como un anecdotario atado a las fórmulas gastronómicas que nos contienen. Allí aparece la tía que el libro homenajeó: una mujer que, más que cocinar, oficiaba en carne y gesto la caridad doméstica. Tenía manos de costurera y la paciencia de una maestra. Sus buñuelos eran dádivas dulces; su helado de limón, que ella llamaba "el consabido" con una sonrisa que desarmaba solemnidades, resolvía con una cucharada cualquier tensión. Y una de sus frases favoritas —"cero grasa"— al presentar los fritos que brillaban en aceite, era la manera en que nos autorizaba a la indulgencia con complicidad amorosa. Esos gestos no son anécdotas menores: enseñan que la cocina modela las formas de querer.
La literatura y el cine han articulado esa misma intuición. En la novela En busca del tiempo perdido, Marcel Proust muestra cómo una magdalena abre un país entero de recuerdos; Laura Esquivel, en Como agua para chocolate, convirtió la cocina en lenguaje de pasiones; Big Night mostró la cena como prueba y redención. Esos relatos nos recuerdan que un bocado puede devolver una casa, un gesto, una voz, una confesión. La comida actúa como archivo y oráculo: reclama el pasado y dicta lo que aún puede nombrarse.
Cada tanto vuelvo a la pregunta: ¿por qué mi madre me dio ese cuaderno? La respuesta no cabe en una sola explicación. Tal vez pensó que yo sería capaz de custodiar algo que no le pertenece solo a ella; tal vez lo puso en mis manos para que convirtiera el tiempo en praxis cotidiana, para que los “secretos de cocina” se transformaran en pequeñas reinvenciones que sostengan los días.
Y sin embargo hay recetas que resisten la inscripción. No tengo anotada la fórmula de un dulce que mi madre improvisaba cuando, en uno de aquellos veranos en que el termómetro superaba los cuarenta grados, la leche "se cortaba" con limón en la olla. Salía entonces un caramelo casi milagroso que nacía del hervor. No la registro, escribirla sería fijar una invención que existió por ocurrencia y tacto. La memoria no siempre cabe en papeles; a veces persiste como archivo disperso que el cuerpo conserva mejor que la mano.
Suspiro, cierro la tapa acolchonada y siento que algo me mira desde dentro: la certeza de que cocinar es también declarar quiénes fuimos y quiénes queremos ser. La memoria nos espera: callada, paciente, insistente.
