El aglutinamiento del clan Charlotte
Más allá de lo que terminen siendo las revelaciones finales, One Piece es una serie y un manga que desde 1997 ha sabido manejar excelentemente sus giros de trama y la psicología de sus personajes, sin perder su esencia de historia para niños y adolescentes —seamos sinceros: en su mayoría varoncitos—, pero igual demostrando profundidad temática con cada historia que nos aproxima a su final. Sagas como Punk Hazard, Impel Down, Dressrosa, Marine Fort y un montón más son inolvidables para sus fanáticos y con buen motivo. Eiichiro Oda, creador de One Piece, es un escritor astuto: nos hace reír, pero no tiene miedo a horrorizarnos mientras reímos.
Y creo que entre los personajes más trágicos y nefastos están los miembros de la familia Charlotte, a los que —sin jamás olvidar que la psicología es solamente la clínica del yo— me gustaría analizar desde la perspectiva de la psicología sistémica, desarrollada por autores como Salvador Minuchin, Virginia Satir o la Escuela de Milán, donde la familia no es simplemente una colección de individuos aislados. Para los sistémicos una familia es un sistema vivo, abierto y dinámico cuya reacción a cualquier crisis es una clave diagnóstica.
Spoiler: habrá spoilers y el diagnóstico pinta nefasto.
¿QUÉ ES ESO DE SISTÉMICA?
En el enfoque sistémico de la psicología, lo que le ocurre a un miembro de un grupo humano afecta inevitablemente a todo el conjunto. Entonces, no existen culpables directos, no todo es culpa de, por ejemplo, el hijo indisciplinado, o del padre alcohólico, o la madre ausente, sino que hay una causalidad circular: lo que hace uno provoca las reacciones del otro. Si un padre cree que su hijo es débil, el hijo se vuelve débil, pero porque el padre lo ha sobreprotegido.
Ahora, yendo a lo crítico, podría decirse que para los sistémicos no hay nada mejor que una crisis, porque la crisis obliga al cambio. Y las familias que logran adaptarse al cambio son funcionales, mientras que las que no pueden hacerlo son disfuncionales.
Por eso el manejo de la crisis en sistémica es clave para entender a la familia Charlotte. Porque si una familia (o como le dicen los sistémicos: un sistema) atraviesa una crisis, las reacciones dependerán de las dinámicas internas. Si la familia es disfuncional aglutinada (es decir, sin individualidades), el dolor de uno se hará el dolor de todos, pero de una manera exagerada, donde todos sufren al mismo tiempo y nadie entiende nada. También puede pasar que la familia sea disfuncional desligada, donde los miembros de la misma se aíslan y los límites son tan rígidos que ninguno sabe cómo ayudar al otro en nada. Ni hablar de las triangulaciones y coaliciones entre miembros del sistema en la que se crean jerarquías y rencillas de poder.
Entonces, para la psicología sistémica, la crisis en una familia disfuncional es un indicador de que las reglas implícitas con las que funcionaba el sistema ya no sirven. Pero el miedo al cambio les impide evolucionar o, por lo menos, dejar de afrontar las cosas de una manera que duela tanto entre los miembros de ese sistema, solo para que el sistema sobreviva.
Y si algo define la historia del sistema familiar Charlotte, es esa última frase.
EL PODEROSO CLAN CHARLOTTE
Narrar la historia de la familia Charlotte podría ser muy complejo. Tan solo la primera generación aglutina a una madre, 85 hijos y 43 esposos que mucha voz y voto no tenían. Por eso, ir nombre por nombre es llenarse de datos innecesarios cuando lo interesante de la familia engendrada por Linlin Charlotte está en lo colectivo, no en las individualidades.
Concebida por Eiichiro Oda como antagonistas en su manga One Piece, la familia Charlotte es una tripulación pirata que regentan el reino de Totto Land, un archipiélago donde prácticamente cada hijo tiene una isla que administra bajo el cargo de ministro, pero siempre protegiendo la isla principal, Whole Cake, donde se erige el enorme castillo de Big Mom, la legendaria pirata y jefa absoluta de este clan.
Esa palabra es clave. Si algo define a este imperio matriarcal biopolítico llamado la familia Charlotte es la palabra “clan”. Uno que comenzó con un trauma infantil hasta convertirse en una de las potencias más importantes del universo de One Piece, y que, mediante matrimonios estratégicos y violencia, mantiene una estructura rígida de sangre y poder en la que la figura materna, literal y figurativamente, devora a sus hijos e hijas.
La historia del clan comienza como 70 años antes de la trama principal de One Piece, cuando la niña Linlin Charlotte es abandonada en la isla de Elbaf, tierra natal de la raza de los gigantes. No se sabe bien porqué sus padres son obligados a abandonarla, pero se deja a entender que la niña, con su gigantesco tamaño y fuerza, ha creado caos en su pueblo natal y que esa comunidad decide abandonarla en una isla habitada por gigantes donde Linlin es adoptada por Madre Carmel, una monja humana famosa por su piedad, cuando públicamente pidió clemencia por la vida de varios gigantes piratas a punto de ser ejecutados y que, gracias a eso, maneja un refugio para huérfanos de todas las razas del universo creado por Oda (humanos, gigantes, minks, gyojins) en la isla de Elbaf.
Ya desde niña, Linlin es un ser caprichoso y entregado a sus impulsos, pero con una ingenuidad infantil y sin malicia. Excepto cuando se enoja, momento en que la niña prácticamente pierde la conciencia de sí misma y entra en un frenesí de violencia hasta que su capricho es complacido. Como una rabieta, pero realizada por una niña de ocho metros con la fuerza de una ballena. Y pese a que la ingenuidad de Linlin bordea la psicopatía, Madre Carmel se aferra a ella, pide clemencia y comprensión para la niña que, en un berrinche, quema y destruye toda una aldea de poderosos gigantes, solo porque quiere más semla (un panecillo dulce y cremoso, tradicional de Elbaf).
Un día Linlin es agasajada por sus compañeros huérfanos y Madre Carmel, quienes le regalan una montaña de semla que Linlin devora contenta, sin siquiera masticar, hasta terminárselos todos y desmayarse de satisfacción y gula. Cuando despierta, se da cuenta que se comió hasta la mesa (literal) y que ahora está sola: no hay rastro de los huérfanos, ni de Madre Carmel. Desde los arbustos que rodean al hogar donde vivían los huérfanos hay dos testigos de lo que ocurrió: un gigante que retorna con los líderes de Elbaf para terminar de confirmar que Linlin Charlotte no es bienvenida en esa isla; y Streusen, un humano cocinero pirata con el poder —porque en One Piece la gente tiene poderes— de convertir cualquier materia en comida. Streusen mira la escena y ríe macabramente, pensando cómo aprovecharse de la monstruosa niña que, en su delirio de placer, acababa de comerse a todos sus amigos y benefactora al confundirlos con pedazos de semla.
Y nosotros como espectadores sabemos una cosa más que hace más horroroso el asunto. Madre Carmel no era una bondadosa monja que se aferraba a Linlin por misericordia. Madre Carmel era una traficante de niños que acababa de vender a Linlin a la marina mundial para que la críen como esclava guerrera y, en un giro irónico, había decidido homenajear a la niña monstruo porque su precio le permitiría retirarse de seguir fingiendo bondad para cuidar mocosos con los que traficaba.
Pero Linlin, ya adulta, no sabe nada de esto. Ella no sabe que Madre Carmel era despreciable, solo sabe que un día desapareció sin explicaciones y arrastra ese trauma tratando de emular la imagen de bondad que la cruel Carmel proyectaba para esconder que era una traficante de niños: la de una mujer bondadosa que busca juntar en sus dominios a todas las razas del mundo para que estas vivan felices y en armonía, todo para honrar a esa mujer que un día la dejó sola. Bueno, con Streusen, quien se da cuenta que, tras comerse a Madre Carmel, Linlin heredó el poder que su benefactora tenía de arrancar el alma de los seres vivos para darle vida a objetos inanimados (todo esto tiene sentido en la lógica One Piece). Streusen decide engañar a la niña y utilizarla para comenzar lo que luego serían las bases de los piratas de Big Mom. Es más, hay una teoría que dice que él es el padre del primer hijo de Linlin, Perospero Charlotte.
Así empieza la historia de un clan que está sujeto a los caprichos de una mujer que, en realidad, nunca dejó de ser niña. Esa niña berrinchuda e ingenua que entraba en modo berseker cuando no le daban gusto a sus antojos se convierte en una vieja berrinchuda y maligna que todavía entra en modo berserker cuando no se cumplen sus antojos. Pero si bien de niña eso le trajo exilio y abandono, de vieja eso es problema de sus hijos. Cada vez que Big Mom se pone berserker, destruyendo todo a su paso, es responsabilidad de su familia mover cielo y tierra para cumplirle el capricho.
Ahora estos caprichos suelen ser que se antojó algún dulce difícil de hacer y ya. Pero a medida que pasa el tiempo y Linlin tiene más hijos (léase: más poder biopolítico), a esos caprichos de rabia irracional se suman maquinaciones en las que su progenie son monedas con las que consigue influencia, peones de un juego en el que solo ella tiene voz y voto, subyugados a un sistema familiar de co-dependencia sistémica que los mismos hijos, especialmente los mayores, son responsables de sostener a toda costa.
LOS PILARES CÓMPLICES
Según la psicología sistémica, los individuos son síntomas de su red de relaciones. Si el clan Charlotte logra sostenerse en el tiempo y ganar poder, no es tanto por su potencial de violencia —que es enorme—, sino porque son un sistema familiar patológico aglutinado donde la individualidad se penaliza con la muerte.
Linlin es la piedra fundacional, el ser que mantiene a ese sistema familiar rígido y cerrado al mundo, pese a que supuestamente busca unir en armonía a todas las razas, pero no haciendo otra cosa que asimilarlos a su sistema disfuncional. Y asimilar no es incluir. Estos ciudadanos, nueros, nueras y progenie viven en un Estado que no los protege, sino que los mata lentamente. Pues Big Mom, además de alimentar su fantasía de armonía obligando a sus hijos e hijas a casarse con herederos o guerreros de diferentes razas y partes del mundo, también ejerce una cruel tiranía en la que cobra parte de las almas de sus ciudadanos como impuesto por vivir en esa “utopía” de dulces y aceptación racial. Sin querer, Big Mom termina perfeccionando la malicia de Madre Carmel al seguir su falso mandato de crear la familia perfecta con todas las razas unificadas.
El tema es que Big Mom ES una vieja con mentalidad de infante. Sí, claro, fue una niña que pasó por fuertes traumas, pero también fue una mujer que no quiso abandonar sus rabietas, su hedonismo infantil, primero por los sucesos traumáticos y luego ya por el cálculo frío de siempre salirse con la suya. Ella decidió explotar a su sangre.
Totto Land es la expresión de su trauma. El reino de Big Mom es casi una caricatura de Disney: edificios hechos de dulce, todas las razas conviviendo en aparente armonía, y objetos inanimados con caritas felices que espontáneamente comienzan a cantar y bailar como si la vida fuera un musical. En pocas palabras, Totto Land se parece a una fantasía de exceso infantil, cuando por debajo, es decir, detrás de la máscara, es una jaula dorada que literal le cuesta años de vida a quienes la habitan, energía vital con la que Big Mom les da vida a plantas, objetos e incluso armas como parte de un capricho estético y de control. Mientras que a sus hijos no los subyuga con su poder, pero sí con un rígido control de sus vidas: ellos y ellas saben que no tienen derecho a ser independientes, solo pueden ser lo que su madre quiera y disponga.
Lo que ella y casi ninguno de sus hijos entiende es que esta familia solo se sostiene por el sacrificio del tercer hijo mayor, Katakuri Charlotte, quien, junto a Perospero, son sumisos al sistema establecido por su madre como forma de regulación funcional. Mientras Perospero gestiona la burocracia y las mentiras de Big Mom para que la economía del reino no sucumba a los caprichos de su madre —continuando de alguna forma la labor de Streusen de mantener infantilizada a Linlin—, Katakuri asume una posición férrea y temible para proteger al sistema de las amenazas externas y a sus hermanos de las amenazas externas e internas. Es decir, para proteger a sus hermanos de mamá.
En otras palabras, ellos actúan para proteger y protegerse, pero no se dan cuenta que, sin querer, mantienen vivo al sistema que los oprime.
La posición de Katakuri es donde se nota más lo mucho que pesa ser el sostén del sistema disfuncional aglutinado. En su diseño de personaje, Katakuri parece un típico héroe de animé, pero esconde su boca, porque está desfigurada y eso no solo lo aparta de los cánones estéticos de la sociedad “normal”, también evita que sus hermanos vean que él es otro niño traumatizado como ellos. A él también le jodió la vida crecer con una madre-niña. Por eso en su personalidad vemos detalles como que nunca come delante de otros pues nunca baja la guardia o el hecho de que Katakuri ha desarrollado el poder de ser tan bueno MIRANDO que hasta puede VER EL FUTURO. El niño, ahora adulto, se entrenó a sí mismo para constantemente parecer infalible y adelantarse a cualquier amenaza. Suya es la máscara del hijo parentificado protector. Sus elecciones no son propias, son obligaciones a las que lo fuerza su sistema familiar para que pueda tratar de llenar el vacío de la protección materna y paterna.
En términos sistémicos, Katakuri y Perospero son síntomas de su familia. Mantienen la estabilidad del sistema a coste de su propio bienestar.
LAS TRES CRISIS
Para este punto creo que entendemos que la teoría sistémica no ve a una crisis en un sistema familiar disfuncional como un problema de individuos. La crisis en un sistema familiar es la manifestación de los síntomas de la estructura y dinámica familiar.
Y si consideramos que todos los sistemas buscan la homeostasis, es decir, mantener el equilibrio y la estabilidad, incluso si esto significa sostener prácticas y costumbres dañinas, entonces la crisis es una oportunidad para que el sistema muestre de qué está hecho. Por eso un sistema (léase “familia”) funcional, ante una crisis, cambia, no fuerza a sus miembros a imponerse a la realidad, sino a adaptarse a ella. No sacrifica a sus miembros para que todo vuelva a ser como antes, sino que les permite crecer y replantearse su rol dentro del mismo sistema. Del otro lado, la rigidez de un sistema disfuncional hace que sus miembros luchen desesperadamente por mantener todo tal como estaba y no cambiar nunca.
En la familia Charlotte, que es un sistema familiar aglutinado, hay tres crisis interesantes: una rutinaria, otra histórica y otra definitiva.
La crisis rutinaria son los ya mencionados caprichos de Linlin. Cuando entra en modo berseker y empieza a destruir su propio reino, incluso matando a sus propios súbditos e hijos. Son justamente el grupo de hermanos los que tienen que unirse para lograr que todo vuelva a la “normalidad”. Es decir, suspenden sus individualidades para lograr la supervivencia colectiva.
La crisis histórica es la partida de una de las hijas de Linlin. Cuando conocemos a la familia Charlotte, nos enteramos que hay un nombre prohibido entre los hermanos: Lola. Ella es la hija que desobedeció a Big Mom, quien, en su afán de juntar a todas las razas en su reino, por fin consigue una posibilidad de perdón por parte de los gigantes (que conocen sus crímenes de niña) cuando el príncipe Loki de Elbaf se enamora de Lola. Pero la hija de Linlin decide que no quiere casarse por las conveniencias políticas de su madre, sino que quiere volverse pirata y zarpar libre por el mundo, dueña de su propia vida. Bien por ella, pero mal por Big Mom, quien no puede tolerar que uno de sus hijos exprese individualidad y, encima, sea la causa de que su sueño heredado a Mamá Carmel no pueda cumplirse.
Lola, entonces, pasa a ser un tabú. Su nombre no puede ser proferido en boca de sus hermanos, la hermana gemela de Lola, Chiffon, pasa a ser rechazada activa y violentamente por su madre, quien busca desesperada asesinar a Lola ya que es quien evidencia la disfuncionalidad de su sistema. Al ser la única capaz de ejercer individualidad, sin ser esclava de los caprichos de Linlin, Lola le demuestra a sus hermanos que hay vida más allá del sistema. Que Big Mom no es tan infalible como ellos creían que era.
Y la crisis definitiva es la llegada de Luffy y su tripulación a Totto Land, crisis que termina de herir de muerte al sistema al dejar huellas fuertes de derrota en Perospero y Katakuri. Pero eso lo pueden ver en el animé o leer en el manga.
EL CICLO
Pese a todos los elementos fantásticos, la historia familiar de Linlin no se siente tan lejana a muchas de las historias que abundan en la vida real. De hecho, psicólogos, trabajadores sociales y docentes saben que este tipo de historias son más comunes de lo que parece. No son tan coloridas y obvias como la que vemos en Totto Land, son más bien sutiles, pasivo-agresivas y normalizadas, pero se sienten igual de violentas.
Aquí afuera, en el mundo real, donde no hay poderes ni gigantes, abundan hombres y mujeres que, como Linlin, han pasado por infancias traumáticas y, de un día para el otro, terminan siendo padres o madres de niños a los que quizás no deseaban, no realmente. A lo mejor estaban cumpliendo un mandato familiar de procreación, o quizás terminaron engendrando a un producto de una violación, puede incluso pasar que hayan buscado activamente ser padres, lo cual no siempre significa que estuvieran listos para serlo.
Linlin Charlotte es un ejemplo de un ser que no tuvo forma de superar sus traumas y que encontró éxito personal explotando a su familia al crear un sistema aglutinado con fronteras internas difusas, donde no existen individuos pues solo puede existir el colectivo que vela por el deseo de la madre. Big Mom es un espejo nítido y brutal de algo que pasa con nosotros. Su instrumentalización de la descendencia en función de sus agendas personales es algo que sucede cada día y que la sociedad contemporánea insiste en sacralizar bajo el nombre de "instinto maternal". Totto Land, ese reino de estética infantil que esconde su brutalidad bajo máscaras, puede ser algo fascinante de ver y aplaudir en One Piece, pero también puede ser el infierno de algún niño o niña que el día de mañana tendrá su propia familia para perpetuar el ciclo de Linlins y Perosperos y Katakuris que trae la reproducción obligada por mandato social y necesidad narcisista.
Porque al final hay un punto válido en una frase tan desprovista de alma como: “la natalidad sin madurez ontológica es únicamente la industrialización del trauma transgeneracional”. Si la vida lo permite, si la realidad no se interpone, quizás deberíamos pasar un buen tiempo preparándonos para ser padres y madres, de forma que sepamos que no vamos a ser otra Big Mom en este mundo y, de saber que vamos a serlo, quizás considerar no traer a otro Katakuri a este mundo.

