Amamos el despelote
Bolivia no discute, se parte. Da igual si el tema es el dólar, la gasolina, la COB, la Ley 1720, los bloqueos o la última declaración de algún dirigente con vocación de prócer de minibús. En cuestión de minutos, el país se divide en dos bandos irreconciliables, a saberse por ahora: los que creen que Rodrigo Paz es víctima de una conspiración masista y los que creen que en seis meses debía arreglar veinte años de desorden, deuda, subsidio, improvisación y magia contable.
La última semana fue una radiografía bastante precisa de esa enfermedad nacional. Hubo bloqueos, marchas, desabastecimiento, presión de la COB, protesta campesina contra la Ley 1720, transportistas molestos por el combustible, dólar paralelo otra vez nervioso y sectores que pasaron del reclamo puntual al pedido de renuncia presidencial con la velocidad con que en Bolivia se pasa del “hermano, dialoguemos” al “bloqueo indefinido”. La Asamblea terminó abrogando la ley cuestionada para “pacificar” el país, pero la protesta ya había mutado, como esos virus políticos que entran pidiendo una cosa y salen exigiendo el poder.
En redes sociales, por supuesto, todo se volvió más fino, más profundo y más sereno. Mentira. Se volvió un mercado de insultos con conexión a internet. Para unos, todo bloqueo es expresión legítima del pueblo. Para otros, todo bloqueador es pagado, masista, delincuente o aspirante a dictador de carretera. Nadie escucha a nadie. Cada quien elige su trinchera, su meme y su enemigo favorito. La realidad, siempre incómoda, queda en medio, atropellada por ambos lados.
Y lo más grave es que esa polarización ya no se queda en el teclado, bajó a la calle, se puso poncho, agarró piedra, sacó chicote y empezó a repartir pedagogía democrática a golpes. En El Alto, grupos de Ponchos Rojos apedrearon vehículos, obligaron a cerrar comercios y agredieron o intimidaron a transeúntes, choferes y periodistas en la zona de Río Seco. Eso no es protesta social: es matonaje con discurso. La lucha popular pierde bastante épica cuando necesita romper vidrios de minibús para convencer al prójimo.
Pero al otro lado tampoco faltaron los campeones de la civilización selectiva. En Santa Cruz, el dirigente evista Reynaldo Ezequiel terminó golpeado y chicoteado cerca de la plaza 24 de Septiembre, luego de anunciar medidas de presión. Sí, Ezequiel puede representar muchas cosas discutibles; sí, el evismo tiene una larga tradición de bloquear, imponer y hacerse dueño de la calle. Pero moler a golpes a un dirigente frente a cámaras no es defensa de la democracia: es barbarie con acento regional.
Y ahí reaparece un viejo veneno boliviano: la polarización con carga racial y territorial. Cuando los Ponchos Rojos agreden en El Alto, algunos reaccionan como si toda la población andina fuera una horda salvaje bajada del cerro. Cuando un evista es golpeado en Santa Cruz, otros activan el libreto contrario y ven fascismo camba en cada esquina. La realidad, como siempre, es menos cómoda: hay violentos en ambos lados, racistas en ambos lados y oportunistas encantados de convertir cada agresión en prueba definitiva de que “los otros” son animales.
Ese es el problema: ya no discutimos hechos, sino identidades. Antes de condenar la pedrada, preguntamos quién lanzó la piedra. Lo mismo con el chicote; no lo condenamos de entrada, se revisa primero contra quién cayó. Si el agredido es “de los míos”, hay indignación; si es “de los otros”, hay contexto, matiz, memoria histórica, justificación sociológica y, si alcanza el tiempo, un meme.
Porque sí, hay demandas legítimas. No se le puede pedir paciencia infinita al transportista al que la mala gasolina le arruinó el motor, al trabajador que ve licuarse su salario o al comerciante que no consigue dólares para importar. La crisis no es invento de agitadores ni capricho de redes, existe y se siente en el bolsillo, que es donde la ideología suele perder elegancia.
Pero también sería ingenuo creer que detrás de cada bloqueo solo hay conciencia social y sacrificio patriótico. En Bolivia, la protesta legítima rara vez camina sola; casi siempre aparece acompañada por el dirigente que huele oportunidad, el partido que perdió poder, el caudillo en retirada y el operador que sabe que una carretera cerrada puede rendir más que diez discursos. La calle es, desde hace décadas, nuestro Parlamento alternativo, más ruidoso, menos transparente y con peor baño.
La polarización se alimenta justamente de esas simplificaciones. Un bando dice: “Todo es culpa del masismo”. El otro responde: “Todo es culpa de Paz”. Los dos tienen un pedazo de razón y una montaña de mala fe. El MAS dejó un país con reservas agotadas, subsidios insostenibles y una economía acostumbrada a vivir del gas como heredero irresponsable de fortuna ajena. Pero Paz ya no es candidato, es presidente, y gobernar no consiste en repetir eternamente que la casa estaba destruida cuando uno recibió las llaves.
Ahí el Gobierno tiene un problema serio. No solo enfrenta conflictos; enfrenta una batalla narrativa que está perdiendo a ratos por goleada. Tiene razón en señalar la herencia, pero no alcanza con señalar los escombros: hay que explicar cómo se reconstruye la casa sin pedirle al vecino que aplauda cada martillazo.
Tal vez esa sea la conclusión más amarga de esta crisis: Bolivia no solo está económicamente tensa; está emocionalmente partida. Hemos convertido la opinión en documento de identidad. Ya no debatimos para entender, sino para confirmar que el otro es idiota, vendido, masista, neoliberal, golpista, llunku, resentido o privilegiado.
El problema es que un país no se reconstruye así. No se gobierna con bloqueos, ni con comunicados fríos. No se sale de una crisis culpando únicamente al pasado, ni tampoco quemando el presente para que vuelva el pasado disfrazado de salvación popular. Bolivia necesita protestar cuando corresponde y gobernar cuando corresponde. Lo difícil, claro, es distinguir una cosa de la otra en medio del griterío.
Porque aquí todos dicen amar al país. Solo que muchos lo aman bloqueado, apedreado o chicoteado.
