Caballos salvajes: La forma del adiós

Continúan las reseñas de la trilogía de novelas escrita por Iván Gutiérrez. Karen Veizaga ahora analiza “Caballos salvajes” (Editorial 3600, 2019), una novela para aprender a decir adiós.
Editado por : Adrián Nieve

Separarse de la especie por algo superior
No es soberbia, es amor
No es soberbia, es amor
Poder decir adiós
Es crecer.

Gustavo Cerati, “Adiós”


Caballos salvajes (Editorial 3600, 2019) es la tercera novela que forma parte de la trilogía escrita por Iván Gutiérrez Moscoso, precedida por Los decapitados (Editorial 3600, 2017) y Ella es una skinhead motorizada (Editorial 3600, 2018).

1998
Imagen: Parque Astral Comunicaciones

Aunque la novela es una historia totalmente independiente de las otras dos, comparte el mismo universo ficcional y lleva en sus páginas el eco de varios personajes de las anteriores obras. Asimismo, igual que en los libros precedentes, pero quizás de una forma más definitiva y contundente, su juego con la metaficción y la intertextualidad decantan en un trabajo donde confluyen diferentes voces, tipos de narrador y documentos que cuentan las historias de los personajes. 

Es así que la historia a veces está narrada en tercera o en primera persona, contándonos los hechos que les han sucedido a los personajes; y otras (en otros casos) somos testigos de diálogos muy bien logrados, sin acotaciones de narrador, dando la sensación de que vivimos, en simultáneo con los personajes, hechos que surgen conforme los leemos. En otras ocasiones, nos enteramos de los sucesos a través de correos electrónicos, notas de prensa, fragmentos de novelas, investigaciones, tesis y ensayos que fueron encontrados, consultados o, incluso, escritos por algún personaje.

Puede que yo haya asociado este libro con una especie de cierre, al decir adiós a los personajes que acompañé durante los meses que demoré en la lectura de los tres volúmenes, y también porque, como lectora y alguien que escribe, mi mente ha deducido que el autor planificó dar fin, de esa forma, a ese espacio de su universo ficcional. Sin embargo, más allá de eso, el libro dejó marcada en mí la sensación agridulce de las despedidas.

Adiós es una interjección usada para despedirse que proviene de la frase “A Dios te encomiendo”, indicando una despedida definitiva o por tiempo prolongado. A lo largo de nuestras vidas, decimos adiós de diferentes maneras a personas, lugares, objetos, sentimientos y a versiones de nosotros mismos que pretendemos dejar atrás, aunque no queramos hacerlo, porque no nos queda otra opción. Es en ese escenario, en ese limbo de lo agridulce, que se mueven los personajes, lugar en que el lector termina habitando junto a ellos.

Vicente y su hijo son dos personajes que lidian con esas diferentes formas de despedirse. A Vicente le toca decir adiós a una mujer importante en su vida, a alguien con quien quiso tener más de lo que en realidad tuvo y se despide tanto de lo que fue, como de lo que le hubiese gustado que fuera, así como del no saber con certeza lo que ella hubiese querido. 

En cuanto a su hijo, le toca despedirse temporalmente de él. Al menos eso es lo que sabemos en el libro, porque el adolescente obtiene una beca de escritura en otro país. La relación no es lo que debería ser, no según Vicente. Quizás, lo peor es que nunca fue el padre que en su imaginario tendría que haber sido. 

Para su hijo, que está en el periodo del cuestionamiento y de la diferenciación de sus padres para convertirse en un individuo con identidad propia, su padre es más una caricatura de hombre, un ser que no comprende y que tampoco quiere comprender, no de momento.  Entonces, ambos se despiden de ideales, de personas reales que no terminan de satisfacerlos, de no ser quienes el otro hubiese querido que sean. Si pudieran retroceder en el tiempo, quizás las cosas no hubieran sido así, parecen querer decir con sus acciones, con sus pensamientos, “…pero ya no les quedaba alternativa, crecer era lo único que estaba al paso” (pág. 15).

Hay personajes que dicen adiós a sus amores; unos de forma violenta, trágica, otros de forma pausada, melancólica. Unos sufren por el recuerdo, incapaces de soltarlos, de perdonarlos; otros sufren por el olvido, porque tal vez duele más que lo que un día los movía a vivir, hoy no sea nada. “Esparcieron todo lo que estaba a su alrededor con esas ansias, con ese dolor, con esa soledad y con el miedo de dejarse y olvidarse” (pág. 107).

No obstante, a veces se cree que se pone punto final a una historia, pero esta puede continuar tiempo después, igual, con variaciones sutiles, en espacios o con protagonistas distintos. Otras, es un punto y aparte que marca el fin de una vivencia y da paso a un nuevo comienzo, a vivir otras alegrías y sufrimientos. Los personajes –así como nosotros– avanzan en su camino con la certeza de que detenerse no es posible. Si tú no te mueves, el mundo seguirá girando. “Todo lentamente y de alguna manera iba sumergiéndose a una estampida de acciones, situaciones y accidentes demoledores. La gente que no conocía y la que también había conocido estaba en el mismo trance ridículo de espera. A veces llegamos y otras nos quedamos para siempre estancados en la misma dirección, pensó y quiso anotarlo” (pág. 179).

Sin embargo, lo que queda en nosotros son las marcas.

“A fin de cuentas sabía que cada herida en su cuerpo, las que él había hecho en otros, o las que otros simplemente cargan por otros, terminaban convirtiéndose en eso, en caballos salvajes en estampida” (pág. 179).

La marca de este libro también ha quedado en mí y fue como si encontrara a Vicente, a su hijo adolescente, a Camila, al fantasma y al mismo Iván, girando la esquina de uno de sus párrafos.

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