La fragilidad de los afectos en tiempos de consumo

En su columna para 88 Grados, Gloria Ardaya nos habla de la inquietamente liviana fragilidad de los vínculos ante la lógica de consumo.

Hay algo que se ha vuelto inquietantemente liviano en nuestra época. No hablo solo de las cosas —que cada vez pesan menos porque duran menos— sino de aquello que creíamos más resistente: los vínculos. Como si el amor, la amistad, incluso el cuidado, hubieran entrado en la misma lógica de los objetos que compramos, usamos y desechamos.

No siempre fue así, o al menos no de esta forma tan explícita.

La filosofía ha pensado los afectos no como emociones pasajeras, sino como aquello que constituye la textura misma de la vida. Para Baruch Spinoza, los afectos no son adornos de la existencia: son su núcleo. Un afecto es, en esencia, una modificación de nuestra potencia de existir, un aumento o disminución de nuestra capacidad de actuar en el mundo . No se trata de “sentir algo”, sino de cómo ese sentir nos transforma, nos expande o nos contrae.

Amar, entonces, no es solo experimentar una emoción cálida. Es volverse más capaz de existir. O menos, cuando ese afecto se convierte en tristeza.

Quizá por eso, los afectos no son nunca individuales en sentido estricto. Siempre implican una relación, una alteridad, algo o alguien que nos afecta y ante lo cual no somos completamente soberanos. En cada afecto, como señala la lectura contemporánea de Spinoza, hay una inscripción biográfica: no solo conocemos algo del mundo, sino que nos reconocemos en esa relación con él.

Es decir: somos lo que nos afecta.

Pero ¿qué ocurre cuando aquello que nos afecta se vuelve reemplazable?

Vivimos en una época donde el deseo ha sido capturado por la lógica del mercado. Gilles Deleuze —leyendo a Spinoza— insistía en que el deseo no es carencia, sino potencia afirmativa, una fuerza que produce realidad. Sin embargo, esa potencia ha sido reconfigurada en nuestros días bajo una forma extraña: el deseo como consumo. Ya no deseamos para expandirnos, sino para adquirir, poseer, descartar.

Y ese desplazamiento no es inocente.

Las relaciones humanas comienzan a parecerse peligrosamente a los objetos: se evalúan por su utilidad, por el placer inmediato que proporcionan, por su capacidad de satisfacer necesidades momentáneas. Cuando dejan de hacerlo, se reemplazan. Sin duelo. Sin memoria. Sin espesor.

La lógica es simple y brutal: si algo no funciona, se cambia.

Pero los afectos no son cosas. O, mejor dicho, se han convertido en cosas a fuerza de tratarlos como tales.

Lo que antes requería tiempo —la construcción de una intimidad, el conocimiento del otro, la paciencia del desencuentro— hoy se ve atravesado por la urgencia. La inmediatez se ha vuelto una forma de violencia silenciosa. No hay tiempo para sostener la incomodidad, para atravesar la diferencia, para habitar la contradicción. Todo debe ser fluido, ligero, intercambiable.

Y en esa fluidez, algo se pierde.

Porque el afecto, en su sentido más profundo, no es cómodo. No es siempre agradable. No es eficiente. El afecto nos desborda, nos expone, nos vuelve vulnerables. Nos obliga a reconocer que dependemos de otros, que nuestra potencia de existir no es autónoma, que estamos inevitablemente entrelazados.

Esa dependencia —que podría pensarse como debilidad— es en realidad la condición misma de la vida en común.

Sin embargo, en el imaginario contemporáneo, depender se ha vuelto casi un fracaso. Se exalta la autosuficiencia, la independencia emocional, la capacidad de “no necesitar a nadie”. Como si la libertad consistiera en no ser afectado por nada.

Pero una vida sin afectos no es una vida libre. Es una vida empobrecida.

Spinoza lo entendía con claridad: no se trata de eliminar los afectos, sino de comprenderlos, de transformarlos en acciones más que en pasiones. Es decir, de no ser arrastrados ciegamente por ellos, sino de habitarlos con conciencia. Porque solo así podemos aumentar nuestra potencia de actuar, en lugar de verla disminuida por afectos tristes, como el miedo, la inseguridad o la indiferencia .

Y, sin embargo, pareciera que nuestra época produce sistemáticamente afectos tristes.

El miedo al compromiso. La ansiedad de no ser suficiente. La sospecha constante. La comparación infinita. Todo ello configura un paisaje afectivo donde el otro ya no es un encuentro, sino una amenaza o una oportunidad de validación. Se ama, pero con reserva. Se confía, pero provisionalmente. Se permanece, pero con una puerta de salida siempre entreabierta.

En ese contexto, los vínculos se vuelven frágiles no porque carezcan de intensidad, sino porque carecen de sostenimiento.

Hay intensidad, sí. Pero es una intensidad breve, casi instantánea, que se consume a sí misma. Como un destello que no logra convertirse en duración.

Y quizá ahí esté una de las claves: hemos perdido la capacidad de durar en los afectos.

Durar implica resistir la tentación de lo nuevo, de lo inmediato, de lo fácil. Implica reconocer que el otro no es un objeto que se ajusta a nuestras expectativas, sino una alteridad irreductible. Implica, en última instancia, aceptar que el vínculo no está hecho para satisfacernos, sino para transformarnos.

Pero transformar requiere tiempo. Y el tiempo es, hoy, uno de los recursos más escasos.

En una cultura que premia la velocidad, la lentitud del afecto se vuelve casi subversiva. Cuidar a alguien, escuchar, sostener, incluso discutir, son prácticas que exigen una temporalidad distinta, ajena a la lógica del rendimiento.

Por eso, quizás, los vínculos duraderos comienzan a parecer excepcionales. No porque sean imposibles, sino porque requieren un esfuerzo que ya no estamos dispuestos —o no sabemos— hacer.

La pregunta, entonces, no es solo por los afectos, sino por el tipo de mundo que estamos construyendo a través de ellos.

Si los afectos son, como decía Spinoza, la medida de nuestra potencia de existir, ¿qué dice de nosotros una época que produce vínculos desechables? ¿Qué tipo de subjetividad emerge cuando amar se parece cada vez más a consumir?

Tal vez estamos asistiendo a una forma de empobrecimiento afectivo que no siempre reconocemos como tal. Porque sigue habiendo amor, deseo, encuentros. Pero algo en su textura ha cambiado. Algo en su densidad.

Como si los afectos se hubieran vuelto más superficiales, más rápidos, más funcionales.

Y, sin embargo, seguimos necesitando lo mismo de siempre: ser reconocidos, ser cuidados, ser afectivamente significativos para alguien.

Esa necesidad no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es la forma en que intentamos satisfacerla.

Quizá el desafío —si es que aún cabe hablar de desafíos en un mundo que parece moverse por inercia— sea recuperar una ética de los afectos. No en el sentido moralizante, sino en el sentido spinozista: comprender qué nos hace más capaces de existir y qué nos empobrece.

Elegir vínculos que no solo nos den placer inmediato, sino que amplíen nuestra potencia. Sostener relaciones que no sean descartables al primer desencuentro. Aprender a habitar la incomodidad sin huir de ella.

Y, sobre todo, resistir la tentación de convertir al otro en un objeto.

Porque cuando eso ocurre, no solo perdemos al otro. Nos perdemos también a nosotros mismos.

En última instancia, los afectos no son algo que tenemos. Son algo que nos constituye.

Y quizás sea momento de preguntarnos, con honestidad incómoda: ¿qué tipo de sujetos estamos siendo, en una época que ya no sabe cómo permanecer?

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