California 2: San Francisco

Hugo José Suárez pasa de Los Ángeles a San Francisco y nos narra a una ciudad caracterizada por la convivencia entre la homogeneidad victoriana y la más reciente cultura transgresora.
Editado por : Adrián Nieve
1991
Foto: Hugo José Suárez

El viaje desde Los Angeles a San Francisco es corto, un poco más de una hora. En el asiento contiguo, un hombre de origen africano saca un libro en francés. En algún momento yo hago lo propio con mi novela de Gonzalo Celorio, en español, y comienza la plática sobre libros. Primero en inglés, pero como supe de su conocimiento lingüístico, y yo me siento más cómo en esa lengua, continuamos la plática en francés. Me dice que es de Camerún, vive en Estados Unidos hace tres décadas. Su familia está en Francia, aquí sólo tiene una hermana y sus hijos. Vino por intercambio cuando era estudiante, hoy es profesor de matemáticas en secundaria. Platicamos sobre la migración y la historia de su vida. Me dice que en las últimas elecciones votó por Trump porque quería dar un mensaje a los demócratas, pero que está profundamente arrepentido, no volvería a hacerlo. Al bajar, la azafata pregunta si nos conocíamos previamente dada la fluidez de nuestro intercambio. Cuando le decimos que no, responde: “es la magia de volar”.

Tengo la suerte de que un amigo me espere en el aeropuerto. Primera parada, la universidad de Stanford. En un campus enorme, el lujo se siente a cada paso. Creo que es la universidad más ostentosa que haya visitado en Estados Unidos, ni Yale, ni Columbia, ni Harvard. Las estructuras sellan la elegancia, la clase, la élite, y por supuesto el poder. Me paseo por los pasillos sintiendo que cada centímetro de construcción es un mensaje político, es una manera acentuar su presencia y solvencia. Poco tiene que ver con mis recorridos por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París o por supuesto por mi casa matriz la UNAM, entre estudiantes y murales. Es otra cosa. Segunda parada, el Golden Bridge. Lo he visto en decenas de filmes: rojo, enorme, imponente. Me tomo varias fotos, tal vez el lugar más turístico de San Francisco, ineludible visita. Luego empieza otra inmersión en la ciudad.

1992
Foto: Hugo José Suárez

Paseo por distintos lugares del centro, caminando, disfrutando de las casas victorianas. Por alguna razón, esta ciudad mantiene homogeneidad en sus construcciones, se personaliza el espacio doméstico dentro del mismo patrón urbano. Con subidas y bajadas me evoca a La Paz, pero el entorno me recuerda que estoy en California. A diferencia de las ciudades latinoamericanas que tienen la destrucción y reconstrucción como matriz de crecimiento -como dice Gruzinski para la Ciudad de México que “acumula y digiere sin eliminar”, aquí se ve que por mucho tiempo se respetó el mismo estilo, lo que imprime personalidad propia a la urbe, manteniendo relativa homogeneidad y armonía estética. En San Francisco se respira una curiosa convivencia entre la herencia de la apuesta cultural transgresora y contestataria de los sesenta, y la cercanía de Silicon Valley y la tecnología exagerada en la vida cotidiana. Abundan viejos canosos de pelo largo que es fácil imaginar que fueron quienes cuestionaron las buenas conciencias norteamericanas cuando bordeaban los veinte años, compartiendo el espacio con expresiones tecnológicas que se pasean por calles y plazas. A la vez, mucha marginalidad de personas de distintas edades consumidas por las drogas, un barrio entero dedicado a la cultura LGTB+ con una bandera de colores flameante en el centro y donde hasta la peluquería de perros tiene ese distintivo, latinos que se revelan a través de su acento o de los tatuajes con símbolos como la Virgen de Guadalupe, ejecutivos que corren tras sus valores, niños a la espera del mundo que viene.

Llego a una tienda de bicicletas especializada en Brompton que había identificado desde antes de dejar México. Como niño engolosinado, me quedo viéndolas, tocándolas, abriéndolas y cerrándolas, imaginando cuándo tendré una u otra y qué haré con ellas. Soy fantasioso, lo sé. Compro un par de accesorios, ya valió la pena el viaje… Ahora sí vuelvo a la observación del barrio que me acoge.

1993
Foto: Hugo José Suárez

Por cuestiones del azar, caigo en un lugar emblemático de la cultura hippie californiana: la calle Ashbury y Haight. Es curioso que en pocas cuadras esté concentrado, metro a metro, en las imágenes, en los nombres, en los mensajes, la herencia de aquel movimiento sesentero que marcó Estados Unidos y parte del planeta. Los nombres de las tiendas son posicionamientos político-culturales: desde “Decades of fashion 1880’s to 1980’s” hasta Vintage cooperative; Rasputin Records; Anastasia’s Vintage Clothing; The Higher Consciousness; Pipe Dreams; Coffee to the People; Psychodelic SF; Artist Collectivity; o la infaltable presencia latina: bar Cha-cha-cha; el restaurante StreetTaco que tiene como logo el tradicional escarabajo Volkswagen verde que caracterizó el taxi en Ciudad de México hace unos años. El ambiente sesentero se huele, el humo de marihuana lo recuerda a cada paso, además de las imágenes de Janis Joplin o Jimmy Hendrix que están en grafitis, en poleras o estampas. Hay muchas tiendas de tabaco, además de locales para consumir drogas de distinto tipo, sus nombres hablan solos: Temple of the Third Place (An Intentional Pscychedelic Community). Intento ingresar a uno de ellos, no para probar algo especial, sino para averiguar el funcionamiento, pero me piden mis datos oficiales, prefiero retirarme. 

Camino unos metros y llego al Counter Culture Museum, que justamente tiene una exposición. La recorro con detalle, disfrutando cada sección. Empieza con un video que explica la contracultura estadounidense, desde el concepto hasta la evolución. Luego imágenes, discos, afiches y objetos de época. Atravieso por la generación Beat, tomas del asesinato de JF Kennedy, el feminismo, la lucha racial y los derechos civiles, el “verano del amor” de 1967, la apuesta por la medicina libre, el consumo de drogas, la espiritualidad, el movimiento de Chicago de 1968, la resistencia en contra de la guerra, la lucha LGBTQ+, el Rock & Roll, el festival de Woodstock. Los íconos circulan: Martin Luther King, The Beatles, Mohamed Alí. Al concluir, reviso algunos libros en venta, desde Orwell hasta Octavio Paz. El lema que abre la librería-museo es elocuente: “Los libros son armas en la guerra de las ideas”.

1994
Foto: Hugo José Suárez

Segunda parada: Librería Bound Together, Anarchist collective bookstore. Desde la entrada se marca el sentido del lugar. En la vitrina hay un afiche que dice Abolish ICE; otro que muestra de espaldas a dos policías de ICI que se llevan enmanillada a la Estatua de la Libertad, con el lema “If you see something, say something”; varias referencias a Gaza y Palestina y libros que refrendan la orientación política. Antes de irme, tomo una pequeña hoja con información práctica en español para migrantes si están siendo detenidos: “¡Nunca hables con la policía! Nunca hables con ICI. Nunca hables con el FBI. Nunca firmes ningún documento, no contestes ninguna pregunta. Conozca sus derechos. Contacta o consulta a un abogado”.

Esta zona de la ciudad concentra el eco de la cultura política de hace medio siglo: en sus libros, sus coloridos anuncios, los muros psicodélicos que retoman episodios de Alicia en el país de las maravillas o imágenes de hongos alucinógenos, los productos que se venden -por ejemplo la petita colorida clásica de aquellos años-, la mezcla religiosa de budas y referentes orientales con la Virgen de Guadalupe, la promoción abierta de fumar -todo-; vaya, hasta los comics con títulos como Existencial o Paranoia. 

1995
Foto: Hugo José Suárez

Entre tanto, no hay que olvidar que estamos en California, que alberga el Silicon Valley y las empresas de la punta de la tecnología que marcan el rumbo del mundo entero. Es cierto que aquello se recuerda con relativa facilidad, cuando por la puerta de las tiendas pasa uno de tantos los taxis sin conductor que circulan dirigidos por internet. Saliendo de mi baño nostálgico de jipismo, voy a la única tienda de cuestiones cotidianas que hay en la zona que me devuelve a la realidad capitalista del mundo actual: 230 kilogramos de mango cuestan ocho dólares, 450 kilogramos de jícama con un sobrecito de tajín, ocho dólares. No hay que olvidar, estamos en Estados Unidos.

Agarro mi billetera, mi pasaporte -del que no me desprendí todo el viaje porque en estos tiempos me lo pueden pedir en cualquier momento- y voy a mi alojamiento. 

1996
Foto: Hugo José Suárez

Hora de volver.

1997
Foto: Hugo José Suárez
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