Serpentina

Bajo el reinado efímero de la serpentina, Franz Ballesteros Saravia recorre el carnaval como territorio de exceso, rito y memoria, donde lo que parece desecho —papel, alcohol, restos— se convierte en lenguaje y herencia.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez
1986
'La serpentina demarca, consagra; es la señal de que por ahí pasó la fiesta'. / Fotografía: Franz Ballesteros Saravia.

En el carnaval, todo ocurre bajo el reinado de la serpentina. Cada febrero regresa, como si no hubiera pasado el año. Son largas tiras de papel —tan solo papel— enrolladas sobre sí mismas. Solo existen en cinco colores: verde, amarillo, rosado, morado y naranja, vaya uno a saber por qué. Tienen una sola cara de color; la otra es blanca, desnuda, como si el reverso no importara. Las serpentinas cuelgan del cuello de pepinos y cholitas, de ch’utas y de reinas que se renuevan cada año. Se enredan en los cuerpos, primero, y después en todo lo demás. No discriminan. Abrazan enseres, rodean objetos, marcan propiedades. Caen sobre granos dorados y plateados, se mezclan con pétalos de flores y confites que parecen granizo. El martes de ch’alla se echa alcohol en cada esquina y estas tiras de papel se humedecen, se pegan, destiñen. No son un adorno. La serpentina demarca, consagra; es la señal de que por ahí pasó la fiesta. El rito de agradecer por lo que se tiene, por lo que se logró. En Alasitas se sueña y anhela algún bien; en el carnaval, se agradece ch’allando lo conseguido.

La serpentina no tuvo inventor. No hubo un señor con bigote haciendo fila en una oficina para registrar la idea, ni un papel con sello que fijara el día exacto de su nacimiento. Simplemente apareció. A fines del siglo XIX el papel empezaba a sobrar, se acumulaba como residuo del sistema telegráfico y financiero y, una vez leída la información que contenía, ya no servía. Y entonces a alguien —porque siempre hay alguien— se le ocurrió lanzarlas al aire como cintas largas. Y gustó. En 1886 Nueva York estaba de fiesta. Se inauguraba la estatua de la Libertad y desde los edificios comenzaron a caer tiras de papel, una lluvia festiva hecha de celulosa. Todavía no se llamaban serpentinas, pero el acto ya estaba ahí. El papel que se suelta y vuela, que cubre la ciudad para demostrar la celebración. En París, hacia 1893, los diarios hablaban del confeti (trozos de papel, generalmente redondos o cuadrados) como una industria. Se fabricaba en cantidades enormes, se vendía, se distribuía. La fiesta producía dinero. Y lo que había empezado como un acto espontáneo se volvió negocio. A Sudamérica la serpentina llegó con barcos, mercancías y modas. En La Paz, en 1925, las fotografías del carnaval del centenario muestran carros adornados con serpentinas como parte del decorado local.

1987
Un pequeño gesto puede crear un recuerdo valioso. / Fotografía: Franz Ballesteros Saravia.

Después del carnaval llega algo parecido a la calma. Pero no es calma, es resaca. El desorden que deja el carnaval también es sagrado. Las calles, que durante días fueron territorio ocupado —tarimas improvisadas, sindicatos de transporte cerrando avenidas, bandas contratadas para celebrar a lo grande— amanecen más vacías de lo habitual. En Miércoles de Ceniza conseguir transporte es difícil. La ciudad parece cansada. Pero no hay silencio absoluto. Siempre quedan restos de música en la memoria —sobre todo de una morenada—, confites incrustados en las esquinas, papel debajo de un mueble, el olor dulzón del alcohol derramado. Entonces aparece la escoba. Pero no enseguida. No se puede barrer como si todo fuera basura común. Hay que esperar, dice mamá. Un día, a veces más. El tiempo necesario para que la Pachamama haya recibido lo que se le ofreció. Porque el pétalo sobre la tierra, la serpentina húmeda en la esquina y el alcohol que aún huele son una forma de diálogo. Barrer demasiado pronto sería interrumpirlo.

En ese lapso poscarnaval, mi padre hacía otra cosa. Elegía unas cuantas tiras de serpentina que hubieran sobrevivido mejor que las otras. Las menos maltratadas. En la mesa del comedor empezaba el trabajo. Separaba las tiras por color —verdes, amarillas, rosadas, moradas, naranjas— y las entretejía con paciencia, cruzándolas una sobre otra hasta que el papel dejaba de ser cinta y conseguía una forma. Sus manos —grandes, fuertes, endurecidas por el trabajo— se movían con una delicadeza que yo no veía en ninguna otra época del año. De ese trenzado salía una concertina en miniatura, fantástica, frágil. Un instrumento que no emitía sonido y, sin embargo, parecía contener música. Cuando me la entregaba, yo mostraba una sonrisa tan grande que me partía la cara. Él sonreía también, sonreía más. Aprendí a entrelazar la serpentina como él lo hacía, a cruzar las tiras con la misma concentración, con el mismo cuidado para no romper lo frágil. Cuando intenté repetir el gesto con mis hijos no encontré el mismo asombro. Ellos pertenecen a otra época, la de la inmediatez y el descarte inmediato. La concertina de papel no compite con pantallas ni algoritmos. No importa. Cada vez que termina el carnaval y la serpentina vuelve a quedar tirada en el suelo, pienso que todavía hay algo por hacer con esos restos. Lo hago cada año. No quiero dejar de hacerlo. Tal vez porque no quiero olvidar.

1988
'Cada vez que termina el carnaval y la serpentina vuelve a quedar tirada en el suelo, pienso que todavía hay algo por hacer con esos restos'. / Fotografía: Franz Ballesteros Saravia.
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