Huellas indelebles
Sentado de cuclillas en la cocina con techo de paja, lleno de humo y sin ventana, miraba el fogón que ardía como un horno candente. Mi madre, sentada sobre la banqueta desvencijada y sujetada con tiras de alambre en las patas, usó los bordes de su pollera como guantes para no sentir la quemazón, cogió la tetera de arcilla del agarradero, la retiró del fogón y vertió el agua hirviente en las tazas achinadas desportilladas, las cuales desprendieron hilillos de vapor con aroma a sultana (cáscara de café). Mientras Dorita, mi hermana mayor, distribuía terrones de azúcar en nuestras bebidas, Regina, otra de mis hermanas, repartía pito1 en los platos de loza brillante. En poco menos de quince minutos terminamos de tomar el desayuno con los agradecimientos respectivos, agradecer después de consumir alimentos es una costumbre que se practica en todos los hogares de la comunidad. Eran las horas previas de salir rumbo a la escuela.
La escuela lleva el nombre de la misma comunidad, Ñachoca2, funciona desde 1956, asentada en las orillas del lago Titicaca, en la península de Taraco, provincia Ingavi del departamento de La Paz. Corría la segunda semana del mes de febrero de 1981, ya había cumplido siete años, estrenaba mis ojotas de goma y un pantalón de bayeta color gris, confeccionado por mi padre. Colgué en mi espalda un morral usado, color verde. En su interior, llevaba un lápiz color amarillo marca elefante, una goma de borrar, un cuaderno y un tajador. Se escuchó el repiqueteo de la campana de la escuela: el primer anuncio de la jornada escolar; a falta de un reloj de mano o de pared, la campana era nuestra fiel anunciante de los horarios.
De camino a la escuela, mis hermanos —Germán, Regina, Dora y Lidia—, cual si fuesen mis escoltas, me seguían los pasos. Al llegar al arroyo de aguas cristalinas que pasaba a escasos metros de nuestro hogar, nos despojamos de las mochilas para lavarnos las manos y los rostros, con los cabellos humedecidos esperamos el turno para peinarnos, porque había un solo peine. Al retomar nuestro andar hacia la escuela, a escasos metros de nosotros revoloteaba un alcotán, es el ave rapaz más veloz del lugar, anida en los acantilados, mientras aleteaba, todos gritamos emocionados: “¡Suerte!, ¡suerte!, ¡suerte!…”, pues, para la cosmovisión de los aymaras que habitan en las orillas del lago menor del Titicaca, esas aves son de buen augurio.
Cuando estuvimos a medio camino, mi hermano Germán, como anticipándose de mi desdicha verbal al interior del aula frente a la maestra, me dice en mi lengua madre, en aymara: “Si tienes ganas de ir al baño y quieres orinar, vas a decir: ‘permiso profesora’”, fueron las dos primeras palabras en español que aprendí como segunda lengua. Siempre dialogábamos en aymara, fue el código elemental de nuestras comunicaciones, aunque mis hermanos ya eran bilingües. Ellos siempre conversaban en aymara sobre las tareas del hogar que nos eran asignadas acorde a la edad y género. Por cierto, en mi familia todos teníamos alguna responsabilidad que cumplir desde temprana edad, no había tiempo para el ocio, en cuanto a mí, todas las mañanas tenía que amamantar al hábil topador paisano, el borrego huérfano que se apoderó del biberón de mi hermano menor.
A escasos metros de la puerta de ingreso a la escuela, Germán me pide repetir las palabras en voz alta una decena de veces: “Permiso profesora, permiso profesora, permiso profesora, permiso profesora…”, la petición fue la primera prueba oral de la jornada y nada menos en español, quedé sonrojado y taciturno, el resto de mis hermanas me acribillaban con sus miradas. Cuando intenté articular las palabras, sentí un porrazo en mi espalda que me hizo tambalear. El golpe me generó más ansiedad, ya quería llorar. Mientras recobraba el aliento, mis hermanos me repetían en coro: “‘Permiso profesora’ tienes que decir”.
Ingresamos al patio principal de la escuela, por primera vez vi muchos niños y niñas de mi edad, acompañados de sus padres y alguno que otro custodiado por sus hermanos mayores. Sonó la campana, la multitud de niños, niñas y adolescentes se encolumnaron uno tras otro, me dejaron en la fila de niños de mi edad; de todos ellos logré reconocer a Andrés, mi primo. Luego, una señora de pantalón y saco, con una trenza gruesa que le llegaba hasta los glúteos, me reubicó en la fila acorde a mi estatura.
Al concluir el programa en honor al primer día de clases de la semana y del año, mis hermanos se fueron junto a sus compañeros de curso a sus respectivas aulas, en el patio quedamos los del preparatorio, así se llamaba en aquellos años a los que iniciaban el primer año de escolaridad. La señora de saco y trenza larga nos pidió que nos tomáramos de las manos con los otros niños, se puso delante de nosotros y nos llevó a nuestra aula. Ingresamos y nos organizó de a tres en cada pupitre, cerró la puerta, se retocó el copete y nos saludó en español: “Buenos días, niños y niñas”. Nadie devolvió el saludo, todo silencio, parecía que se incomodó con nuestra actitud y entonces preguntó si alguien hablaba español. De las quince almas que respirábamos, Andrés, sentado en la última banca, fue quien respondió; pues había vivido en la ciudad de El Alto y ya era bilingüe: su primera lengua era el español.
Desde entonces, Andrés fue el traductor oficial de la maestra Roberta Díaz, que hablaba en quechua con su marido, otro profesor que trabajaba en la misma escuela. Hasta el inicio de las vacaciones invernales de ese año, que cayó a las dos últimas semanas del mes de junio, Andrés fue el eje articulador indispensable de nuestras comunicaciones verbales con la maestra. Al retornar de las vacaciones, las solicitudes de traducción fueron disminuyendo y Andrés fue perdiendo protagonismo.
“Buenos días, querida profesora”, “buenos días, queridos compañeros”, “permiso, querida profesora”, “hasta mañana, querida profesora y queridos compañeros”, fueron las primeras palabras que aprendimos. Para atenuar el aprendizaje del nuevo idioma, la maestra nos enseñó a cantar rondas infantiles: “Pasará y pasará mi barquito”, “¿Lobo, lobo qué estás haciendo?”, “Arroz con leche me quiero casar”, “Somos ratoncitos” y "Los pollitos dicen”.
De las rondas y canciones pasamos a los versos infantiles: “Mis zapatitos me aprietan, mis medias me dan calor, y aquella chica del frente me tiene loco de amor”, repetíamos los versos en coro frente a la maestra. En el acto de clausura de la gestión escolar de ese año (1981), en representación de mis compañeros, estuve frente a todo el público presente, recitando esos versos, aunque mi vestuario no concordaba con el mensaje del poema. Llevaba puestas ojotas de goma, no tenía medias y menos la chica que me tenía loco de amor. Desde entonces, en las gestiones escolares venideras casi siempre estuve presente, por no decir en todas, recitando nuevos versos en representación de mis compañeros.
Para la siguiente gestión ya éramos bilingües orales, aunque nuestra forma de hablar el español como segunda lengua tenía muchísimas interferencias lingüísticas. En algunas ocasiones, se asemejaba al dejo de Gonzalo Sánchez de Lozada, más conocido como Goni —que pronunciaba el idioma con un acento muy particular—, el gringo que renunció un 17 octubre del 2003 a su segundo mandato como presidente de Bolivia, asediado por una crisis política y social de entonces.
De la oralidad pasamos a la palabra escrita, iniciamos con las cinco vocales, con el apoyo didáctico de un papelógrafo amarillento y remendado con cinta adhesiva que pendía en la pared interior del aula con las imágenes de un ala de ave, un enano bonachón, una iglesia con una cruz en la parte superior del campanario, un oso color gris y un racimo de uvas. Continuamos con el abecedario español de 27 letras, saltamos a las sílabas simples y compuestas, empezamos a escribir y leer las primeras palabras en español: “Amo a mamá, amo a mi papá, aseo la sala, la luna sale, el bebé se baña, Arturo me presta su peine”. Aprendimos el idioma español sin objeción alguna, en palabras de Wilmer Urrelo, fuimos ovejitas escolares, que asisten a clases con el cerebro vacío y copian tareas, memorizan y luego las olvidan.
Para acentuar los aprendizajes de lectura y escritura en español, el libro Alma de Niño, publicado por la maestra Gladys Rivero de Jiménez, fue nuestro fiel acompañante como texto de apoyo. A las tareas incansables de la maestra, que nos daba apoyo personalizado para que fortalezcamos nuestras habilidades de lectura y escritura. En las horas de recreo, el director de la escuela, un maestro de mediana estatura y cuerpo redondeado, nos repetía decenas de trabalenguas y nos narraba muchísimos cuentos personificando a los protagonistas de los relatos; además, componía canciones para la escuela y siempre se le veía leyendo. A veces nos invitaba a pasar a la dirección para leer el clásico Quesín, el ratoncito travieso, cuyas historias eran protagonizadas por un ratón (Quesín), un perro (Chuto), un gato (Memón) y un loro (Lorenzo), sin duda fue el aperitivo más dulce y encantador de la palabra escrita y gráfica para los que nos iniciamos en la mágica aventura de la lectura.
A más de cuatro décadas del choque lingüístico y cultural que atravesé en mi primer año de escolaridad, la escuela sigue funcionando, cuenta con maestros bilingües que tienen competencia oral y escrita en lengua española y aymara. En cuanto a los niños y las niñas que inician su vida escolar, Policarpio Alejo (47), profesor que trabaja hace 15 años en la escuela, afirma con cierta nostalgia: “Ahora es bien grave la cosa, los niños ya no hablan aymara, además algunas madres no quieren que enseñemos el idioma. Los estudiantes llegan monolingües en lengua española y tampoco prestan interés en aprender aymara”, así se lamentaba el maestro.
1 Pito: harina de trigo molido en batán de piedra, con el movimiento oscilatorio de otra de base curva, se muelen los granos retostados.
2 Ñachoca: Significa cazar chhuqas (aves silvestres que habitan en el lago Titicaca) en lengua Puquina. Se encuentra a 97 kilómetros de la sede de gobierno, sobre el lago menor del Titicaca.

