Paisajes
Hasta hace apenas cien años atrás, los sonidos eran esporádicos. Incluso la comunicación se basaba en la intermitencia: del telégrafo, de los silbidos, de señales lumínicas. No se había siquiera pensado en la aviación comercial, con sus motores cruzando el horizonte. Tampoco había carros en cada esquina, ni siete de cada diez humanos vivía en ciudades rumorosas.
No hay forma de explicar a esta generación cómo era antes, por más de que haya películas como “El día en que murió el silencio” que lo intenten. El sonido de la lluvia, del viento, de las explosiones volcánicas y los truenos, el cuerpo del sonido antes de fenecer, con un punto alto y otro de extinción (que llamamos silencio, aunque no lo sea); la suave atmósfera de un paisaje recién nevado, con llamados de aves esporádicos; el rumor del agua en los arroyos; los grillos… todos estos sonidos atmosféricos todavía existen, pero de manera decreciente. Lo que ahora existe es el sonido, el ruido, el desbarajuste explosivo, continuo y permanente, el nuevo mundo donde se compran audífonos que cancelen la cacofonía y donde pocos saben cómo funciona, cómo nos afecta, cómo se siente vivir en esta atmósfera acústica.
A la contaminación lumínica y plástica tenemos que añadirle, pues, un nuevo tipo de polución: Un entorno invisible que nos rodea, susurra, aturde y persigue, que se mide en decibelios y que está alterando no solo nuestro veloz recorrido por la tierra, sino a todo lo demás.
R. Murray Schafer, en su libro, “El paisaje sonoro y la afinación del mundo” tiene mucho que decir al respecto. Tanto, que es difícil de delimitar, aunque puede resumirse así: tras haber arruinado el paisaje con nuestros altoparlantes, maquinaria, cohetes y explosiones, ha llegado el momento de repensar el mundo en términos sonoros. Podemos plantearnos pasar de la esquizofonía (hermosa palabra que nos dice que vivimos permanentemente descolocados, habiendo separado el sonido de su fuente de origen) a una armonía macrocósmica.
Murray se atrevió a proponer que el paisaje sonoro tiene arreglo. Que ingenieros acústicos, músicos, diseñadores, pueden afinar el mundo y convertirlo en una experiencia agradable, tal y como hacemos con el paisajismo, o el diseño industrial. Haberle dado tanto peso a la mirada nos hace olvidar que no solamente existe un infra sonido y un ultrasonido, (que resuena de manera distinta debajo de la tolerancia biológica y por encima de ella), sino que el sonido sucede a niveles infrabiológicos, suprabiológicos y, también, al nivel ramplón de la vida. Todos reaccionamos a este sentido, desde los insectos hasta las plantas, y al imaginar procesos para grabarlo, mezclarlo, reproducirlo y emitirlo, hemos borrado de un plumazo siglos de evolución humana y cambiado nuestro entorno para siempre.
El registro sonoro no solo se ha expandido hasta el límite de lo tolerable, sino que ya ha ensordecido a varias generaciones. Una enfermedad asociada a la industrialización “la enfermedad del calderero”, registra cómo quienes se exponían a martillazos y ruidos superiores a los 80 dB padecen “hipoacusia neurosensorial inducida” producida por la exposición continua a ruidos intensos, que dañan las células ciliadas del oído interno, causando sordera permanente y progresiva. La vibración no afecta solamente a las células del oído, sino que vibra a nivel celular en el cuerpo todo, causando malestares como hipertensión y desarreglos cardíacos. (Una máquina remachadora aturde a 101dBA, un reactor al despegar genera 120 dBA y el lanzamiento de un cohete espacial llega a los 160 dBA, las discotecas a todo trapo suenan como estar expuestos a un reactor explotando de manera continua, por varias horas seguidas).
¿Y qué pasa con los animales, tan sensibles de oído? El paisaje sonoro ya ha fagocitado casi todos los entornos, especialmente con los aparatos que reproducen música sin parar, vibrando a frecuencias bajas, que se transmiten a través del propio suelo. Las alteraciones llegan hasta el mar y los cielos, incidiendo en rutas migratorias y patrones de desplazamiento.
Murray es antropocentrista, a él no le preocupan los llamados de los estorninos, o el bullicio de las bandadas de loros chocleros sobre las ciudades, los llamados de las focas en el ártico, ni lo atentos que deben estar los jaguares para cazar a sus presas. Considera al entorno animal, nada más, como parte del paisaje, y piensa que los humanos son los principales beneficiarios de una posible mejora de nuestro entorno auditivo.
Ahí difiero con él, porque pienso en las ballenas boreales, últimas sobrevivientes longevas que saben, aún, cómo era vivir lejos del ruido. Capaces de vivir doscientos años, alguno de estos longevos cetáceos nació en el siglo XIX, cuando la industrialización, las dos guerras mundiales, los barcos con sonar, simplemente no habían ocurrido todavía. Ellas sabrán qué nos depara el futuro auditivo en el próximo siglo. Nuestra incapacidad de pensar a largo plazo sólo puede equipararse a nuestro inconsciente modo de inventar cosas sin poder anticipar las consecuencias.
Cuando sí jugamos a la ciencia ficción, a veces creamos el efecto contrario. La sobrepoblación, preocupación de Malthus y de Paul Ehrlich en su libro de 1968, La bomba demográfica, encendió todas las alarmas cuando llegamos a los 5 billones de habitantes. Se pensaba que duplicar esa cantidad de habitantes sería catastrófico para el planeta. Apenas sesenta años después nos enfrentamos a un panorama muy distinto: la caída abrupta de la tasa de natalidad. Resulta que envenenar los suelos, comer con pesticidas, comer ultraprocesados llenos de aditivos, jugar con los remedios, alterar los ritmos biológicos con luces y ruidos constantes, etc., nos afectó. Afectó nuestra capacidad de reproducción. Puede que para cuando una ballena boreal llegue a la mitad de su vida en este planeta, los ruidos hayan disminuido, no porque hayamos decidido hacer algo respecto al paisaje sonoro, sino porque sucumbimos a él.
Las ballenas que vivieron de la época de Bach hasta la de Brahms, pasando por Beethoven, no podrían explicarles a sus nietas la cacofonía que vivieron sus hijas. Y sin embargo ¿cómo estará conformado el paisaje sonoro del futuro? ¿Qué lejanas vibraciones escucharán proviniendo de nuestros termiteros bioluminiscentes, mientras se deslizan, lentas y seguras, por el lecho del océano? No podemos imaginarlo, aunque podríamos empezar a pensar en algo diferente, aquí y ahora.
