Un mojón en el malecón

La memoria sensorial es la protagonista de lo que Juan Carlos Zambrana experimentó en su paso accidental por el conocido barrio de Miraflores en la capital peruana. Identificarse con sus reflexiones, para nosotros los bolivianos, no es tarea difícil.

En marzo salí de mi cueva de Valle Sánchez II y viajé a Perú. Por accidente acabé en Miraflores, uno de los distritos ricos de Lima. Allá tuve que colgarme de mi excompañero del colegio, un perucho que, yo creía, era fujimorista y odiaba a Vargas Llosa.

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El encanto del Malecón de Miraflores atrapó al autor; la reflexión que produce ese encanto atrapa al lector./ Ilustración: Helen Lizárraga.

Alguien como yo, que no tiene la costumbre de viajar, va a estar de asombro en asombro en Miraflores. ¿Se dan cuenta? Se ven cosas bellas allá: todo limpio, buenos cueros en la playa y el malecón. Lo que se siente también es una locura: esa neblina que sube desde el Pacífico y se mete fresca por los poros; lo que se escucha: miles de personas que hablan cantadito con el “tú” y el “usted” por delante, y lo que se huele y se degusta, sobre todo en los restaurantes. ¡Bomba, Miraflores!

Pero volvamos al excompañero: ya en las partidas de StarCraft y Age of Empires, allá, en lo último de los 90, supe que el perucho era ágil de cerebro, pero empecé a respetarlo recién en noviembre de 2016, cuando murió Fidel Castro. ¿Qué hizo pa’ que acabe respetándolo? Pues se emputó conmigo y me sacó la mierda en Facebook porque subí un párrafo celebrando la vida y obra del “paladín de la Habana” –en palabras de una versión más engañada de mí mismo–. Ojo: No me gusta que me maltraten, pero eso de que alguien se plante de frente con más y mejores argumentos… ¡por ley!, inspira respeto.

Sigamos con el viaje. No tendría que haberme quedau ni seis horas en Lima, estaba haciendo escala. Me quedé colgau porque mi Bolivia, pa’ dejarme volver, me pedía vacunas contra el coronavirus –ya tenía tres–, y una PCR –ahí me cagaron porque esa prueba tardaba 12 horas en salir–. Tuve que reprogramar mi vuelo.

Lo primero que uno nota allá es el tamaño del aeropuerto, tres veces más grande que Viru Viru; también hay tres o cuatro veces más personal. La cantidad de pasajeros que se mueven rápido por las terminales es absurda, de verdad, más o menos como en la feria de Barrio Lindo, los sábados; además, hay bollos de personas que se acomodan en el piso a esperar, como en un campamento –claro que sin carpas, fogatas y drogas; tal vez un mínimo de sexo, supongo, furtivo, en los baños–.

Bueno, yo colgau y se hizo de noche. “Te venís a mi depar”, respondió mi excompañero al Messenger. “El taxi te va a cobrar 60 soles desde el aeropuerto”. Yo tenía 70 pa’ todo lo que quedaba de mi aventura en Perú, así que salí a pie hasta la avenida; ahí, un taxi empezó a seguirme: “¿A dónde, amigo?”. Era un flaco, de gorra, hablaba pegau al volante. Le dije que a Miraflores, que no tenía pa’ taxi, que iba a tomar un micro. “¡Si le voy a cobrar 20 soles!”, dijo. ¡Elay!

La calle: 1 – Excompañero: 0

Subí. Por seguridad me arrastré hasta quedar detrás del taxista. El viaje fue largo y sin aire acondicionado. Lo jodido era que no tenía chip peruano en mi celular y tampoco internet, así que no había forma de saber si el autoproclamau “amigo” me estaba llevando a Miraflores o, en vez de eso, a algún lugar donde iba a poder degollarme con toda confianza. ¡Carajo! Es que estábamos en una carretera ancha y oscura que me hizo pensar en una noticia que había visto dos días antes en la tele de la pensión en la que almorzaba, lejos, en un pueblo playero. Aquí, el titular de la noticia:

ATRAPAN AL “MATA POR GUSTO” EN EL NORTE DE LIMA

¡Mamacha! ¡Me sentí en el Alto Hospicio de Rodrigo Ramos! Pero sobreviví. El taxista era hablador, como el peruano promedio, y, pa’ mi suerte, también se ganaba la vida con honestidad.

Mi amigo es otra cosa: un buen conversador y tremendo anfitrión. Con él y su corteja charlamos tupido, reímos, me ofrecieron cena, me prepararon un cuarto… ¡Ídolos! Me di cuenta de que, en realidad, él no es fujimorista, pero se emputa con la gente que no sabe reconocerle una sola cosa buena al “chino” en sus diez años de gobierno. A Vargas Llosa lo odia nomás –parece que soy bueno captando odios–, pero no es por sus novelas que lo odia; es por lo cobarde que se muestra en la política de su país.

Al día siguiente mi amigo se fue a trabajar a sus restaurantes; yo pelé directo a la avenida Santa Cruz, #814, librería Crisol. No me quedó otra que convertirme en el terror de los libreros, ¡por ley!, ese cliente que quiere todo y no tiene ni pal pucho. Salí de ahí y me fui a caminar por el malecón, pensaba en Camanchaca, esa novela de Diego Zúñiga que costaba 19 soles, unos 35 bolivianos. ¡Qué yesquera!

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“Mojón”, según el diccionario, es una porción compacta de excremento humano que sale de un tirón. / Ilustración: Helen Lizárraga.

En eso me di cuenta de que la gente salía con sus perros pa’ hacerlos cagar y orinar, y que, cuando se completaba el trámite, se ponían de cuclillas, embolsaban al Sr. Mojón y se lo llevaban, así el aire quedaba con el mismo olor a mar de antes. Todo lo contrario de lo que pasa en la plaza del Cementerio, acá en Santa Cruz, en donde la mierda de animales y personas se deja al sol, como parte del paisaje. Allá, pa’ que se hagan una idea, me largué a dormir a la sombra de un árbol, con mis zapatos como almohada.

La calle: 2 – Excompañero: 1

A las cuatro de la tarde, mi anfitrión me llevó a Porcus, su restaurante especializau en carne de cerdo. ¡Ahí fue!, en una sentada se dispararon mis estándares pa’ medir el sabor de la comida. Difícil competir con el bao negro de langostinos que sirven en ese restaurante, sobre todo si lo acompaña un pisco sour.

La calle: 2 – Excompañero: 2

¿Y cómo las vi a las mujeres allá? Bellas. Hay harta plata invertida en esos cabellos de colores ultradefinidos y brillosos; en los músculos bien criaus a punta de entrenadores personales y productos made in USA; en el olor a perfume de hormonas; en lo igualadingos que están los bronceados; en la ropa, que siempre es nueva o parece nueva; en los accesorios y las joyas; en las bicis y las movilidades que manejan; en la confianza.

La hipster, la ejecutiva, la playera, la nerd, la deportista, la fresa, la dark, todas estrenando, se mueven con una seguridad pendeja que no se ve en cualquier parte. No sé, es como si adoptar un estilo marcado fuera un deber básico que las miraflorinas cumplen con orgullo.

¿Punto pa’ la calle? Yo creo, ¿no?, porque tumbau en el malecón vi la misma cantidad de mujeres bellas que en el corso del Cambódromo, en 2018.

En fin, ya estoy de vuelta en mi cueva de Valle Sánchez II. No sé si lo que me despierta en la noche es el hambre o la predicadora lunática que sale a gritar de 01.00 a 05.00. Igual nomás me levanto y me pongo a escribir. Me gusta este barrio, leo bien, escribo cuentos, crónicas y novelas, pero últimamente pasa que me quedo colgau frente a la computadora, el cursor parpadeando al final de una línea, y una sola pregunta me da vueltas en la cabeza.

La pregunta:

¿Cuántos platos increíbles va a ser capaz de imaginar el perucho?, porque todavía es joven y, de chef, ya está que la rompe.

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