Contra el olvido
El pasillo es angosto, entre el dormitorio y el baño, y el polvo se acumula allí como un testigo mudo que todo lo ve pero nunca delata. Sobre una repisa improvisada está el mono de goma. Amarillo gastado, como el sol a través de vidrios sucios; con un gesto amable en el hocico sonriente y ojos azules que miran con perplejidad bonachona; la cabeza cortada a medias por un tajo irregular que parece hecho con furia en un arrebato infantil. En un costado lleva una flor de plástico rojo, descolorida y mustia, que se sujeta con la curva juguetona de la cola enroscada, un detalle absurdo que resiste, como si el mono quisiera recordarnos que hasta en la mutilación cabe un guiño a la elegancia.
Lo desenterré hace algunos años de una caja llena de cables revueltos como pistas viejas de un crimen olvidado, y lo puse ahí sin lavarlo ni recomponerlo: alguna idea terca de querer dejar todo intacto, de aferrarse a la posibilidad de retroceder algún día a ese desorden exacto, pero sin dramatismo ni promesas vanas que el tiempo siempre rompe. Algunas mañanas, con los ojos todavía pegados por el sueño espeso, aprieto su cabeza que tímidamente se deforma unos segundos hasta volver a retomar su forma, como si quisiera decirme que volver en los años es buscar el refugio de lo que fuimos antes de que el vacío comience a tragarse los bordes.
¿Por qué insistimos en guardar pequeñas cosas de la infancia? Quizás porque nos permiten retornar a ella no como un paraíso edulcorado, sino como un territorio casi salvaje donde el tiempo se detiene, o porque a partir de ciertos años los recuerdos dejan de ser un todo, aparecen fragmentados; nombramos los objetos, las emociones, los miedos; empezamos a coser y descoser las palabras.
Y llega la maternidad, ese oficio de albacea del archivo, donde nos volvemos coleccionistas obsesivas. Armamos el inventario con pedazos: fotos de sonrisas forzadas en cumpleaños, videos granulados de primeros pasos, tarjetas garabateadas con crayones —todo parece un conjuro contra el olvido—. Esos instantes regresan como un tiempo en el que parecíamos “enteros”, sin las cargas del después. El prólogo del poemario Niñez, de Antonio Gamoneda, lo dice maravillosamente: “Contar la propia infancia reconstruye hacia atrás el tiempo, echa el ancla en el pasado, en un cierto mundo físico, mental y afectivo. Pero, como todo mito, la niñez pervive más allá de su momento, impregna la vida entera, y contarla supone también un modo de hablar del presente”.
Por eso registro todo lo que puedo de mis hijos. Recuerdo el día en que mi hija “adoptó” una muñeca malquerida y la acunó como si fuera una reina destronada; el primer juguete que le regalaron a mi hijo, que al agitarlo emulaba el sonido de un río, y que él parecía beberlo con los ojos muy abiertos, sediento del mundo.
Mi memoria es un archivo con huecos grandes; tengo pocas fotos de la niña que fui, recuerdos que se disipan como humo al primer soplo, sombras difusas que cobran forma cuando otras voces cercanas y queridas las relatan, como si prestaran palabras para tapar los vacíos. No todo se cuenta, hay paréntesis que parecen trincheras de una guerra privada; como cuando “tomé” un dulce de 10 centavos a mi vecina malhumorada y mezquina que vendía caramelos en la puerta de su casa. ¡¡¡Aaaay, doña Adela!!! Esa fue la verdadera “dulce venganza”, un robo chiquito que sabía a justicia y a la adrenalina de sentirse victoriosa sin que nadie lo notara.
Al atardecer, con el cansancio pegado a la piel como costra, un apretón hace bambolear la cabeza del mono que termina inclinado. Y ahí queda: en la orilla, como si los años no supieran hacer otra cosa que sostenerse antes de caer. Hace pocos días alguien me dijo, con una ternura que todavía me acompaña: “Nada más honroso que encontrarme en las esquinas de algún poema de Gamoneda”. Tal vez de eso se trate: de seguir encontrándonos, torcidos, en ese límite donde la memoria alcanza a decir algo, o al menos a seguir mirándolo. Quedarse en el borde es, casi siempre, la forma más honesta de la nostalgia: esa manera de no irse del todo.
Suspiro.
