Bolivia en una novela inglesa
Desde hace unos buenos años se me ha ocurrido buscar referencias sobre Bolivia en la literatura universal. Bueno, desde que existe nuestro país, para no hablar de Don Quijote quien repite el dicho “Vale un Potosí”, desde tiempos del Renacimiento.
El caso que ahora me ocupa es una novela del inglés John Galsworthy, Premio Nobel de Literatura, 1932. Y no se trata de un párrafo o unas cuantas páginas. La acción transcurre en Londres y sus alrededores, pero todo el “esqueleto” de la acción está sustentado por unos típicos “mestizos” bolivianos, un asesinato en el Altiplano, los periodistas de La Paz, un juicio a un militar inglés (con peligro de extradición y encarcelamiento), Tiwanaku, la diplomacia en Londres y La Paz… Todo intercalado en las más de 300 páginas de que consta la novela.
Se trata de Esperanzas juveniles (Barcelona, Caralt, 1962) primera parte de la última trilogía de La saga de Forsyte, escrita por su autor antes de recibir el Premio Nobel. El asunto es el siguiente: la joven Dinny Cherrell está preocupada por un lío de su hermano el joven capitán Hubert, que en una pelea disparó y mató a un mulero en el altiplano boliviano. Ella intenta ayudarle, pero las cosas (y la acción de la novela) se van complicando en uno y otro continente… hasta llegar a un final feliz.
Aparte de satisfacer nuestra curiosidad, ¿qué interés tiene esto para nosotros? Así nos ven, o nos veían, hace un siglo atrás. ¿Habrá cambiado algo ahora? Aquí les ofrezco partes de mi transcripción de esta novela, con elementos policiales y de costumbres inglesas y bolivianas.
[Hubert] atravesó el Canal de Panamá y se llegó hasta Lima. Allí conoció a Hallorsen, el profesor americano que vino aquí hace poco tiempo para dar una serie de conferencias sobre unos extraños restos hallados en Bolivia. Entonces estaba a punto de emprender una expedición a aquellos lugares. Se hallaba buscando a un oficial para dirigir los transportes, cuando Hubert llegó a Lima. […] [Hubert] aceptó gozoso la oportunidad que se le ofrecía. […] Poco después le dejó en el campamento-base con un gran número de muleros mestizos. Hubert era el único hombre blanco, y al cabo de unos días sufrió un fuerte ataque de fiebre. Algunos mestizos, según se dice, son unos verdaderos demonios; no tienen sentido alguno de la disciplina y se portan brutalmente con los animales. Hubert se puso mal con ellos. Es un muchacho de temperamento fogoso, como ya te he dicho, y está particularmente encariñado con los animales. Los mestizos se volvían cada vez más indomables, hasta que uno de ellos, al que Hubert había hecho azotar por maltratar a los mulos y por incitar a los demás a que se amotinasen, le atacó con un cuchillo. Afortunadamente Hubert tenía su revólver al alcance de la mano y logró matarle.
[…]
⎯¿Qué sabes a propósito del profesor Hallorsen, tío Adrián? […]
⎯¿El hombre que fue a Bolivia para descubrir las fuentes de la civilización?
⎯Sí, y que se llevó a Hubert consigo.
⎯¡Ah! Pero lo dejó atrás, por lo que he sabido.
[…]
⎯Me figuro que su idea sobre la civilización boliviana era absurda, ¿verdad?
⎯Completamente. Todos sabemos que existen algunos monstruos de piedra curiosos e inexplicables, pero si la he comprendido bien, su teoría no tiene fundamentos. Solo que, querida, parecerá que Hubert esté complicado en este asunto.
⎯Por el lado científico, no. Tomó parte en la expedición solamente como encargado de los transportes.
[…]
el bedel anunció:
⎯El profesor Hallorsen desea verle, señor. Quiere echar una ojeada sobre los cráneos peruanos.
[…]
⎯Bien, bien. Mi nombre es Hallorsen. Me han dicho que sus cráneos peruanos son estupendos. He traído conmigo mis pocos cráneos bolivianos y pensaba cotejarlos con los de usted. ¡Cuántas sandeces escriben a propósito de los cráneos algunos que jamás han visto los originales!
⎯Exacto, profesor. Estaré encantado de ver sus bolivianos.
[…]
⎯El lunes tendré que encontrarme con el profesor Hallorsen.
⎯¿El héroe de Bolivia? Quiero darte un consejo, Dinny. Dale siempre la razón y, como un pajarito, acabará comiendo en tu mano. Hazle reconocer que el error fue suyo, y no lograrás nada.
⎯No, tengo intención de conservar la calma.
[…]
⎯¿Quién es ése? ⎯preguntó lord Saxenden, mientras Hallorsen iba hacia el bufete⎯. Es un americano, sin duda.
⎯El profesor Hallorsen.
⎯¡Oh! ¡Ah! Escribió un libro sobre Bolivia, ¿verdad?
⎯Sí.
⎯Buen mozo.
⎯El “hombre macho”.
[…]
Lord Saxenden asumió su actitud cuadrada:
⎯Pruebe este jamón. No he leído su libro todavía.
⎯Permítame usted que le envié un ejemplar. Me sentiría honradísimo si quisiera usted leerlo. […]
⎯Sí, debería usted leerlo, lord Saxenden ⎯repuso Dinny⎯. Yo le enviaré otro que trata del mismo asunto.
Lord Saxenden les miró maravillado.
⎯Muy amables los dos ⎯dijo […]
⎯Señorita Cherrel ⎯pronunció Hallorsen en voz queda⎯, me encantaría que leyese usted mi libro y que señalase los párrafos que le parezcan perjudiciales para la reputación de su hermano. Cuando lo escribí estaba fuera de quicio.
⎯Temo no comprender de qué serviría ahora.
⎯Así podría hacerlos suprimir en la segunda edición, si usted lo desea.
⎯Es muy noble de su parte, profesor ⎯repuso Dinny, glacialmente⎯, pero el daño ya está hecho. […] Es a mi hermano a quien usted ha herido.
[…]
⎯Si ha leído usted el libro del profesor Hallorsen, espero que leerá también el Diario de mi hermano.
⎯Jamás leo nada ⎯contestó lord Saxenden⎯. No tengo tiempo. Pero ahora recuerdo. Su hermano mató a un hombre en Bolivia, ¿verdad? Y perdió los transportes.
⎯Tuvo que disparar para salvarse y fue necesario que hiciese fustigar a dos hombres por sus continuas crueldades con las mulas. Luego, todos ellos, salvo tres, desertaron y ahuyentaron a los animales. Era el único hombre blanco en medio de un grupo de mestizos.
[…]
⎯Sin embargo, eran solo cuatro hombres blancos, ¿no es verdad? […]
⎯Bien, ante todo encontré que ya había decidido demasiadas cosas y que no quería cambiar de parecer. Estábamos en un país que ninguno de nosotros conocía, entre mestizos y gente casi incivilizada, pero el capitán Cherrell pretendía que se hicieran las cosas como las habría hecho aquí en Inglaterra. Quería que se establecieran unos reglamentos y que estos fueran observados. Y estoy seguro que, de habérselo permitido, se hubiera cambiado de traje para cenar.
⎯Creo que debe usted recordar ⎯le interrumpió Dinny⎯ que los ingleses hemos encontrado una ventaja en cualquier parte, gracias a nuestra norma de observar las formalidades. Alcanzamos nuestros fines en cualquier parte, por salvaje que sea, porque siempre nos mantenemos ingleses. Leyendo el Diario, se me antoja que mi hermano fracasó por no ser lo suficientemente estúpido.
[…]
“Sir: Espero tendrá usted a bien excusarme por esta intrusión en sus columnas. Ha llegado a mi conocimiento el hecho de que determinados párrafos de mi libro “Bolivia y sus secretos” editado el pasado mes de julio, han molestado gravemente a mi comandante-en segunda, el capitán Hubert Charwell, D.S.O., que estaba encargado de los transportes de la expedición. Volviendo a leer estos párrafos, he quedado convencido de que, irritado a causa del fracaso parcial de esta expedición y debido al estado de agotamiento en que regresé de aquella aventura, critiqué de un modo injusto la conducta del capitán Charwell; por lo tanto mientras aguardo la publicación de la segunda edición revisada, que no tardará mucho en aparecer, deseo aprovechar la ocasión para rectificar públicamente en su importante periódico la acusación contenida en las palabras que escribí. […]
Profesor Edward Hallorsen.
[…]
Hubert se presentó en el Ministerio de Guerra. No obtuvo ninguna noticia favorable, sino que, por el contrario, recibió una comunicación extraoficial, por parte de una persona conocida suya, de que las autoridades bolivianas estaban a punto de “meter las narices” en el asunto. Esta noticia produjo en Condaford poco menos que un sentimiento de consternación. […]
Jean Tasburgh […] preguntó calmosamente:
⎯¿Qué significan esas noticias de Bolivia, Hubert?
⎯Pueden significar cualquier cosa. Usted sabe que maté a un boliviano.
⎯Pero antes él intentó matarle a usted.
[…]
⎯¿Qué te trae por aquí?
⎯Deseo casarme, señor.
⎯¿Casarte?
⎯Con Jean Tasburgh
⎯¡Oh! […] Es una buena muchacha y me alegro de que desees casarte con ella, pero el hecho es que tu posición es difícil Hubert. Acabo de oír unas cosas…
Repentinamente Hubert notó que la cara de su padre presentaba una expresión de cansancio.
⎯Están en relación con aquel individuo que mataste. Exigen tu extradición por acusación de homicidio. […] Es una cosa monstruosa, y no puedo creer que lleven adelante el asunto, considerando lo que tu dices a propósito de la agresión de que fuiste víctima. Afortunadamente aún tienes la cicatriz en el brazo; pero pare[c]e que están armando un gran jaleo en los periódicos bolivianos, y aquellos mestizos se adhieren tenazmente a todo eso.
⎯Probablemente las autoridades no tendrán prisa.
[…]
⎯¿Qué hay a propósito de aquellas mulas, Hubert[?]
⎯¿Qué pasa con las mulas?
⎯Nunca recuerdo si el burro es el padre o la madre.
⎯El burro es el padre, querida tía Em, y la madre es una yegua.
⎯Sí, y no pueden tener hijos… ¡qué suerte!...
[…]
⎯¿Puedo ver esa cicatriz?
Hubert se arremangó la manga derecha. […]
⎯Se salvó usted de milagro, joven.
⎯Sí, señor. Levanté el brazo el en el preciso instante en que me acometía.
⎯¿Y luego?
⎯Di un salto hacia atrás y disparé cuando se me volvía a echar encima. Después me desmayé.
⎯¿Ha dicho usted que hizo azotar a aquel hombre porque maltrataba a las mulas?
⎯Las maltrataba continuamente.
[…]
⎯Quise mucho a su padre, general, y si no se pudiera aceptar la palabra de su nieto contra la de esos muleros mestizos, creo que en este país habríamos alcanzado un estadio de altruismo tan elevado que sería imposible que sobreviviésemos. Le haré saber lo que diga mi sobrino. Adiós, general; adiós mi querido muchacho. La suya es una herida bien fea.
[…]
⎯¡Es demasiado! No puedo tolerar eso. Iré a ver enseguida al ministro de Bolivia. Capitán, tengo las señas de Manuel y telegrafiaré a nuestro consulado de La Paz para que le pidan que haga inmediatamente una declaración ratificando lo que usted ha dicho. ¿Quién oyó jamás una locura tan condenada? Perdónenme, caballeros, pero no tendré paz hasta que no haya atado cabos.
[…]
⎯¿Le gustaría a usted ser amenazado de extradición, lord Saxenden?
[…]
⎯Basta ⎯dijo levantándose y encendiendo dos cigarrillos⎯. Este asunto de la extradición no tendrá continuación, Hubert.
⎯¿Y si tuviese que tenerla?
⎯No la tendrá. Pero si fue así, sería una razón de más para que nos casemos inmediatamente.
⎯Querida mía, no puedo hacerlo de ningún modo.
⎯Debes. No vayas a creer que si te enviaran a Bolivia ⎯lo que es un absurdo⎯ yo ni iría también. Desde luego que iría, y en el mismo barco, casada o no.
Hubert la miró.
⎯Eres una mujer maravillosa ⎯dijo⎯, pero…
[…]
⎯Deseaba comunicarle, señorita Cherrell, cuanto he podido hacer en favor de su hermano. He arreglado las cosas en modo tal, que nuestro cónsul en La Paz enviará por cable la declaración jurada de Manuel, conforme él vio cómo el capitán Cherrell era agredido con un cuchillo. Si sus compatriotas tienen una pizca de sentido común, eso debería ser suficiente para disculpar a su hermano. Hay que hacer acabar este juego de locos, aunque yo mismo tenga que volver a Bolivia.
⎯Le doy in finitas gracias, profesor.
[…]
⎯¿De veras tiene una cicatriz? ⎯inquirió Bobbie Ferrar, haciendo una mueca.
⎯¡Claro que sí!
⎯¿De veras le hirieron en aquella ocasión?
⎯¡Usted es la imagen del escepticismo! Sí, en aquella ocasión.
⎯¡Asombroso! […] ¿Quién puede probarlo?
⎯Hallorsen está buscando una prueba. […] En todo caso, se puede pedir una el parecer de los bolivianos a este respecto.
⎯¡Hum! ⎯dijo Bobby Ferrar, profundamente.
[…]
Si no creían a Hubert lo suficiente libre de culpa como para rehusar la extradición, ¿qué oportunidades tendría allá abajo?
Pasaba mucho tiempo mirando a escondidas el mapa de Bolivia, como si su conformación geográfica hubiese podido darle una idea de la psicología de sus habitantes. […] y si Hubert hubiese sido enviado allá abajo, o hubiera muerto en la cárcel o bien sido asesinado por uno de aquellos muleros, y si Jean no hubiese tenido hijos varones.
[…]
⎯Dinny, quiero hablarte de Hubert. ¿Qué sucederá si las cosas no marchan bien en el tribunal la próxima vez?
Dinny perdió toda su efervescencia. Se sentó sobre un cojín, al lado del fuego, y miró hacia arriba con ojos perturbados.
⎯Me he informado bien ⎯añadió Alan⎯. El secretario de Estado tiene dos o tres semanas de tiempo para examinar la cuestión. Luego, si él la confirma, le enviarán lo más pronto posible. Supongo que partiría desde Southampton.
⎯Tú no crees que lleguen hasta este punto, ¿verdad?
⎯No lo sé ⎯contestó él, sombríamente⎯. Pongámonos en el caso de que un boliviano hubiese matado a alguien aquí y hubiera regresado a su país. Sentiríamos una necesidad urgente de que volviera, ¿no es así? Y, por supuesto, haríamos todo cuanto fuera posible para echarle el lazo.
[…]
⎯Hubert sabe volar, y yo me he estado entrenando cada día desde el asunto de Chichester. Jean y yo estamos trabajando en la cosa… por si acaso.
Dinny le cogió de una mano.
⎯Mi querido muchacho, ¡eso es de locos!
⎯No más de locos que las miles de cosas que se hacían durante la guerra.
⎯¡Pero eso arruinaría tu carrera!
⎯¡A paseo mi carrera! No podría soportar veros a ti y a Jean infelices durante años, y tampoco se puede tolerar que un hombre como Hubert sea destruido de ese modo.
Dinny le estrechó convulsivamente la mano, y la soltó enseguida.
⎯No se debe llegar a esos extremos. Además, ¿cómo podrías llevarte a Hubert? Le meterían en la cárcel.
⎯No lo sé, pero lo sabré perfectamente cuando llegue el momento. De lo que sí estoy seguro es que si los bolivianos logran echarle el guante, pocas probabilidades tendrá de salvarse.
[…]
Dinny permaneció sentada cerca del fuego, inmóvil y extrañamente conmovida. La idea de rebelarse jamás habíale pasado por la mente, tal vez porque nunca había creído seriamente que Hubert fuese procesado ante un Tribunal por asesinato. Tampoco lo creía ahora, y esto hacía más emocionante aquella “loca” idea, puesto que se ha observado a menudo que, cuando menos inminente es un riesgo, más emocionante parece.
[…]
Habiendo sido leías las declaraciones de las primeras audiencias, el abogado de Hubert exhibió la nueva declaración jurada de Manuel. Entonces la apatía de Dinny desapareció, porque esa declaración jurada fue seguida de otra que contenía el juramento de cuatro muleros, según la cual Manuel no había estado presente en el momento del disparo.
Sobrevino un momento de verdadero horror.
¡Cuatro mestizos contra uno!
Dinny vio que por el rostro del magistrado pasaba una expresión desconcertada.
⎯¿Quién ha proporcionado esa segunda indagatoria, señor Buttall?
⎯El abogado de La Paz, encargado de este asunto, Honorable. Se enteró de que ese Manuel sería llamado a declarar.
⎯Entiendo. ¿Qué dice usted ahora a propósito de la herida exhibida por el acusado?
⎯Aparte de la afirmación del acusado, no existe otro testigo que demuestre cuándo y dónde fue producida esa herida.
⎯Es cierto. No estará usted sugiriendo que la herida fue producida por Castro después de que el disparo le había matado, ¿verdad?
⎯Si Castro, después de haber levantado una navaja hubiese caído hacia delante cuando fue hecho el disparo, yo creo que el hecho no tendría nada de inconcebible.
⎯Pero no de verosímil, señor Buttall.
⎯No. Pero las declaraciones que he presentado dicen que el disparo fue hecho deliberadamente, a sangre fría y a una distancia de varios metros. Nada dicen de la navaja sacada por Castro.
⎯En tal caso, llegamos a lo siguiente: o sus testigos mienten, o bien mienten el acusado y el “boy” Manuel.
⎯La situación, Honorable, par[e]ce ser ésta. Usted mismo ha de juzgar si es de aceptar la declaración jurada de seis ciudadanos o bien sólo la de dos.
El magistrado se removió en su silla.
⎯Estoy perfectamente informado de la situación, señor Buttall. ¿Qué dice usted, capitán Cherrell, de la atestiguación según la cual el “boy” Manuel estaba ausente?
Los ojos de Dinny se posaron en el rostro de su hermano. Estaba impasible y se mostraba ligeramente irónico.
⎯Nada, sir. No sé dónde se hallaba Manuel. Estaba demasiado ocupado en salvar mi vida. Solo sé que se me acercó casi enseguida. […] Tal vez tardó un minuto. Yo intentaba detener la sangre y me desmayé en el instante en que llegó.
[…]
⎯En este caso, yo no debo indagar si ha sido cometido un delito o si el acusado lo ha cometido; tan solo debo preguntarme si las declaraciones que me han sido presentadas son tales que me convenzan de que la acusación que contienen constituye un delito por el cual pueda pedirse la extradición, si el mandato extendido por el país extranjero está debidamente autenticado y se han aducido pruebas suficientes para justificar, por parte de dicho país, que el acusado deba sufrir proceso ante los Tribunales.
⎯[…] es mi deber recluir en la cárcel al acusado, donde aguardará a que le entreguen al Gobierno extranjero, tras mandato del Secretario de Estado, si éste juzgara oportuno extender dicho mandato. […] En ocasiones como ésta, la última palabra ha de decirla el Secretario de Estado, quien extiende la orden de entrega. Yo, por lo tanto, lo recluyo en la cárcel, donde aguardará a que el mandato sea extendido. No será entregado usted hasta que no haya expirado el plazo de quince días, y tiene usted derecho a pedir la aplicación de la ley del Habeas Corpus, por lo que a legalidad de su encarcelamiento se refiere.
[…]
Los ojos horrorizados de Dinny vieron que Hubert, muy tieso, hacía una pequeña inclinación al magistrado y salía del banco lentamente y sin volverse. Tras de él salió también su abogado.
[…]
Volvió en sí al darse cuenta de que las lágrimas surcaban por las mejillas de su madre, y que su padre se había puesto en pie.
[…]
Dinny se acercó un poco más.
⎯No hemos examinado suficientemente el fondo del asunto. ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Por qué el gobierno boliviano ha de preocuparse tanto por un mulero mestizo? No es el delito en sí lo que cuenta, sino la ofensas inferida a su país. ¡Ser fustigados y matados por extranjeros!... Es menester hacer algo para que el ministro boliviano se vea obligado a decirle a Walter que en realidad a ellos el asunto no les importa mucho.
[…]
⎯¡Pero Hubert no ha pecado!
⎯Tanto peor. ¿Por qué tenía que cuidarse de unos extranjeros? El otro día estaba sentada cerca de la ventana, en Lippinghall. Había tres estorninos en la terraza, y yo estornudé dos veces. ¿Crees que se cuidaron de mí? ¿Dónde está Bolivia?
⎯En América del Sur, tía Em.
⎯Jamás logré aprender geografía. Mis dibujos geográficos eran los peores que jamás fueron hechos en mi escuela, Dinny.
[…]
Dinny experimentaba una melancolía que superaba todo cuanto había sentido hasta ese momento. La idea de Hubert en la cárcel, arrancado de los brazos de su mujer cuanto tan solo hacía tres semanas que se había casado, con la perspectiva de una separación que podría ser permanente y un destino en el que le resultaba insoportable pensar, y todo esto porque había gente demasiado escrupulosa para poder hacer una concesión y aceptar su palabra, hacía que el terror y la ira se acumulasen en su espíritu, como el calor se condensa antes de una tempestad.
Halló a Fleur y a lady Alison discutiendo los modos y los medios. Por lo visto el ministro boliviano estaba ausente por convalecencia, y en su lugar había un subordinado. Esto, según lady Alison, complicaba el asunto, porque probablemente el subordinado no querría asumir responsabilidad alguna.
[…]
En la esquina de una calle algunos muchachos pregonaban los sucesos sensacionales del día. Compró un periódico para ver si hablaba del caso Hubert y lo abrió, debajo de un farol. ¡Sí, aquí estaba! “Oficial británico detenido. Extradición por acusación de homicidio”.
[…]
⎯¡Ah, Dinny! Tengo la certeza de que en estas cosas todos somos cobardes. Pero sigamos con lo que probablemente se dirá Walter: “Las concesiones no deben hacerse a la ligera. Los pequeños países esperan ser tratados por nosotros con especial consideración”.
[…]
Bobby Ferrar estaba en el umbral de la puerta. […] Y repentinamente añadió:
⎯El boliviano no quiere asumir la responsabilidad, señorita Cherrell.
⎯¡Oh!
⎯No tiene importancia ⎯y su rostro sed ensanchó en una sonrisa.
[…]
⎯Supongo que no cambiará de idea, ¿verdad?
⎯Tengo su palabra. Su hermano, señorita Cherrell, será puesto en libertad esta misma noche.
⎯¡Oh, señor Ferrar!
[…]
Cuando hubo enviado unos telegramas a su padre y a Jean […], Dinny cogió un taxi para ir a Mount Street y, al llegar, abrió la puerta del despacho de su tío…
⎯¿Qué noticias, Dinny?
⎯¡Salvado!
⎯¡Gracias a ti!
⎯Bobby Ferrar dice que gracias al magistrado. Por poco lo estropeo todo.
[…]
⎯¿Qué podemos hacer para celebrarlo, Dinny?
⎯Yo he de volver a Condaford, tío.
⎯No antes de haber comido. Y te irás borracha. ¿Y Hubert? ¿Nadie irá a buscarle?
⎯Tío Adrián me ha dicho que es mejor que yo no vaya, y que irá él. Hubert volverá a su casa, naturalmente, y aguardará a Jean.

