California 1: Los Angeles
En canciones, en películas, en libros, en ideas, California está presente. Primera parada: Los Angeles. Llego a una universidad jesuita a dar una conferencia sobre mi último libro. Un bello campus, charlas estimulantes, encuentro con colegas y saberes. Entre otras cosas, en los jardines me encuentro con un pedazo del Muro de Berlín donado a la Universidad y expuesto en la entrada principal, símbolo que dispara múltiples interpretaciones. Primera sorpresa tecnológica: en las calles de la universidad, corren pequeños robots, cubitos de cincuenta centímetros, que llevan comida a quien lo pide. Van cruzando calles, respetando las normas, usando los pasos de cebra correctamente. La parte delantera tiene una pantalla donde se dibujan unos ojos de sorpresa, y a veces alguna sonrisa. No entiendo por qué en un lugar relativamente chico, alguien no quiere caminar unas cuadras para ir a la cafetería, prefiere hacer su pedido y que llegue a su puerta la cajita repartidora. Pero hay más. En las calles me encuentro con taxis sin conductor. Son coches blancos, con sensores en varios lados y un simpático ventilador en el techo. Inconfundibles. Dicen que salieron al mercado recientemente, los solicitas utilizando una aplicación y te brindan el servicio. Lo propio: son los más respetuosos de las indicaciones de tránsito, van lento y cumpliendo en forma cada instrucción. No me subo a ninguno, aunque me llevo sensatamente bien con la tecnología, prefiero no estar en la cima de la ola.
Y hablando de taxis, me cruzo con tres perfiles distintos de choferes. El primero es un salvadoreño que está aquí hace treinta años. Me dice que perteneció al ejército de su país. Se enlistó porque cuando llegó a la edad requerida -diecisiete años- tenía dos opciones: o iba a las fuerzas armadas, o militaba en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Era un momento de “empate militar” entre las dos agrupaciones, él no tenía ninguna formación política ni interés particular, pero resultaba más institucional hacerlo en una organización estatal. Aquellos años para mí El Salvador jugó un rol muy importante: en 1989 mataron a seis sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana, lo que repercutió notablemente en mi formación política y espiritual en México, siendo un joven estudiante de sociología. Le pregunto si sabe algo de aquel hecho histórico, me dice que lo recuerda vagamente; indago si alguna vez fue a la Universidad Loyola, donde nos dirigimos desde el Aeropuerto, me dice: “la conozco, pero nunca he entrado ahí”. Es sabido, en E.U. las universidades marcan el estatus social.
En otro paseo me toca un taxista americano de nacimiento. No busco plática, fluye. Cuenta que tiene una relación con México desde la infancia, su padre lo llevaba al mar. Él repitió la operación, hace lo mismo con sus hijos regularmente. Habla de la violencia, y como si fuera un juego, afirma que el próximo verano prepara su viaje a Puerto Vallarta, llevará una playera que diga: “Narco, don’t kill me”.
El tercero es un colombiano que está en Estados Unidos hace diez años. Tiene unas muletas en el asiento contiguo. Como vamos conversando con mi colega sobre libros, en una pausa irrumpe y arrebata la palabra. Dice que tiene una historia extraordinaria que debería ser una novela, y sin que le preguntemos, empieza su parlamento. Era un famoso y conocido actor de una serie de televisión en Bogotá. En cierta ocasión, saliendo de su trabajo, recibió varios disparos en la espalda; el agresor, un joven marginal, quiso eliminar al personaje que representaba: un narcotraficante tan malvado como famoso. Salvó la vida pero quedó parapléjico. Se convirtió al pentecostalismo, y gracias a la intervención de Dios, perdonó a su agresor, recuperó movilidad moderada, se casó, migró y ahora tiene una familia que mantiene con el taxi. Su historia, nos dice, merece ser escrita: “sé que va a ser un éxito, un libro extraordinario, Dios me lo dijo, Dios me lo pide”.
Dos visitas me dan un buen panorama de Los Angeles: la playa y el “centro”. En ambos casos el desplazamiento es en taxi, entre 30 o 50 dólares y no menos de 40 minutos tomando imponentes autopistas. Es una temporada fría, así que la playa sólo tiene unos cuantos desquiciados que se meten al mar. Los demás, bien abrigados, paseamos por el muelle que aparece en tantas películas, con chicas hermosas en bikini, patinando o luciendo la piel. Hoy no hay nada de eso, puros abrigos y chalinas. Lo más llamativo es el símbolo del fin de la Ruta 66 en Santa Mónica, en la mera playa. Es la autopista que atraviesa todo el país-continente, vinculando el pacífico con el atlántico. Es notable el esfuerzo que se hizo para el intercambio fluido; trenes, carreteras, ríos, vuelos y ahora internet. Una de las fortalezas de Estados Unidos es su comunicación, lo que les permite un desplazamiento relativamente fácil en un territorio monumental.
Al día siguiente voy a Los Angeles. Curiosa ciudad expandida en el horizonte, distancias brutales básicamente unidas por autopistas, transporte público desastroso y sin un centro como entendemos en cualquier ciudad latinoamericana. Caminar aquí es un sinsentido, nada sin un coche. La primera parada es en la Catedral, magnífica construcción del arquitecto Rafael Moneo inaugurada el año 2002, que tiene una cita bíblica de Isaías en su entrada: “My house shall be called a house of prayer for all peoples”. Es un edificio extraño. Por fuera brutalista, rudo, con muros firmes, ángulos agudos y pocas formas curvas, capacidad para 3000 almas. El edificio guarda sensata armonía con los del barrio, a pocas cuadras está la alcaldía y la corte de justicia. La entrada es por el ala lateral del púlpito, por lo que hay que caminar hasta el fondo por el pasillo para tener perspectiva. Pocas imágenes pero bien escogidas. Tanto en los muros laterales como al fondo y en el altar, hay telares con dibujos. En ambos costados aparecen muchos santos, mezclados en épocas, culturas y vestidos, caminando y mirando hacia el centro, donde los espera la Virgen de Los Angeles con los brazos abiertos. La decoración sobria, limpia, sin ninguna sobrecarga, con un color beige casi uniforme expandido en las paredes y dibujos, y con perfecto manejo de la luz que se filtra por lo alto o por las delgadas ventanas cubiertas de alabastro, que generan un ambiente místico, propicio para la oración. Por supuesto que una de las capillas está dedicada a la Virgen de Guadalupe, con una reliquia de Juan Diego.
A unas pocas cuadras, pasando por una autopista que corre diez metros abajo como si fuera un río, está lo que fue el antiguo centro que, ahora sí, tiene tal forma, aunque no lo sea. Ahí se fundó la ciudad, y todavía mantiene lo básico de aquella estructura colonial clásica: plaza cuadrada, un templo, un mercado, un edificio de gobierno. Y muy cerca, la estación de tren. Es claro que son dos eras distintas, la colonial de los siglos XVIII y XIX, que fue desplazada por la estructura y emblema de ciudad moderna estadounidense con edificios enormes y una administración pública sólida. La arquitectura dibuja un país que se construyó enterrando el eco colonial, dejándolo como recuerdo nostálgico poco funcional.
Y llegamos a la última parada, la librería con nombre de manifiesto: “The last Bookstore”. Su nombre es certero. En la era digital, los libros físicos han pasado a segundo plano, y sus lugares de venta han ido cerrando poco a poco. Aquí priman libros exhibidos -aunque hay también discos de vinilo, DVD y revistas-, se los puede tocar, abrir, oler, sentir, como sucedía años atrás en toda librería. Además, la decoración general se empeña en valorar el libro como un recurso estético. El estante de cobro está forrado de lomos de distintos títulos, algunas paredes tienen páginas abiertas grandes como tapizado, hay sillones viejos y cómodos, ideales para la lectura, alguna máquina de escribir antigua, y un curioso altar: sobre unas piernas de maniquí con viejos patines montables de fierro y cuatro rueditas, hay un estante chico de madera que emula el tronco de un cuerpo, abierto con libros en su interior. En el lugar de la cabeza, la imagen de una virgen que sostiene al niño con los brazos abiertos. Al fondo un par de tablas que emulan luz y el manto de una virgen. En los pies el siguiente lema en español: “Nuestra Señora la Reina de la Librería Última de Los Ángeles”.
Termina mi visita a esta curiosa ciudad del automóvil. Entiendo mejor por qué Mike Devis escribió Ciudad de Cuarzo, clásico de la sociología urbana descubriendo la lógica del poder plasmada en la ciudad. Ciudad de ángeles que pasean en automóviles.

