La Scoria del under
Como en una cinta de Christopher Nolan, el fondo está arriba si tomamos como referencia los 3650 m s. n. m. de la ciudad de La Paz. El under de El Alto no cotiza en la bolsa de valores de la alta cultura, hasta que el mercado de consumo descubre rastros de un metal raro entre lo que ha clasificado como escoria.
El cineasta Anselmo Beltrán hace de Caronte en un ascenso hacia el abismo en su documental Música de abajo. Una suerte de autopsia en vida de la banda —boliviana por sobre cualquier gentilicio— Scoria. Periodismo contracultural como bisturí.
“Toda la música rock en Bolivia es under. Bolivia es under”, afirma uno de los protagonistas cuando es entrevistado. Debemos considerar, no obstante, que hasta en los subsuelos hay niveles.
Formar una banda de rock en la La Paz de los 90 era dar un paso en dirección al primer mundo. En contraste, la misma acción en El Alto era una sentencia voluntaria de marginalidad en la marginalidad. Comparable a ser escondido en un depósito clandestino donde se almacenan productos culturales con fallas de fábrica.
Un Mosh pit de hormonas inicia allí. Es un caldo de bilis efervescente dentro de una olla de presión. Explota: Scoria vive.
Petricor antisistema: punk, trash, folk local y notas de otros aromas que no logro precisar. Smells like teen spirit, resumiría, si desconociera que el layering de Scoria existe por y para la marginalidad.
Hay un sentido de pertenencia. Una banda es una familia que se elige. Un miembro que se va es un padre ausente; un hermano migrante, un hijo que fallece. Algo sobrevive a los individuos, cada nueva formación establece rituales y reglas que determinan la pertenencia al grupo.
“Entre el under y lo elitista hay algo en común: el orgullo de no saber tocar”.
La afirmación ha envejecido mal. Es evidente la pulcritud técnica que ha desarrollado la más reciente formación de Scoria. “Ya no somos los changos de antes”. Podemos evadir el sistema, incluso el abismo —por un instante—. Lo que no es posible es escapar de uno mismo.
La aventura se asemeja, en principio, a una partida ultra realista de Guitar Hero. De un festival escolar a un bar para innombrables. De un programa de televisión en horario antirestelar a encabezar el line up de un festival por los derechos humanos en la Plaza Mayor de San Francisco, impulsado por Ana Maria Romero de Campero.
Por un momento, la existencia es un after con barra libre. El cóctel a base de alcohol de cerca de 90 grados y refresco en polvo parece generarse de forma espontánea en turriles sin fondo.
¿Qué carajos? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? Es el lunes de la vida. El cuerpo duele, cuesta respirar, taquicardia. El tufo de la muerte en la cara.
“Y sigo preguntándome, hasta ahora, cuál es el propósito”.
El engranaje defectuoso del sistema recupera su cualidad humana. Piensa que va a morir y no muere. Se levanta, se sacude el polvo. Van a desecharlo, una vez más, si vuelve a llegar tarde a su cubículo en las oficinas de la bolsa de valores de la alta cultura. Las calles de la Anti Bolivia son un laberinto kafkiano. El golem —Scoria— está allí, visible desde cualquier punto. Guardián y censor.
“Solo hay que empezar a escuchar para que la historia continúe, ¿no?”.
Guerra de guerrillas: un día más en el sistema para luchar contra el sistema. La presión de la depresión. Y cuando la fuerza de gravedad del abismo es tan fuerte no hay más opción que caer; no como lo dictan las leyes naturales, sino hacia arriba: en dirección del under.

