Neblina: una poética de lo enfermo

Guillermo Ruiz Plaza nos trae una nueva reseña, esta vez analizando la poética de lo enfermo, lo onírico y lo inquietante en el libro de cuentos 'Neblina' (Editorial 3600, 2025) de Mauricio Murillo.
Editado por : Adrián Nieve

Neblina, el más reciente libro de cuentos de Mauricio Murillo, se inscribe con claridad en la línea abierta por Hemos sido felices por mucho tiempo (2022). Su narrativa explora lo fantástico desde una sensibilidad contemporánea, donde lo posthumano, lo onírico y lo inquietante se entrelazan de forma obsesiva, sin estridencias.

El volumen reúne seis relatos de extensión considerable. Entre ellos, destacan “Árboles enfermos” y “Los aullidos”, ambos situados en la ciudad de La Paz. En estos cuentos, Murillo construye una ecopoética sombría: lluvias excesivas que desbordan una ciudad incapaz de contenerlas; árboles que exudan una sustancia oscura, como si el paisaje mismo estuviera enfermo. Este último relato sugiere una posible relación con el pasado histórico del bosque de Pura-Pura, sin nombrarlo; pero es difícil no leer también en esas imágenes una naturaleza alterada por la contaminación y el cambio climático. Esa ambigüedad –histórica y a la vez ecológica– constituye una de sus mayores virtudes.

En “Santuario”, una neblina invade las calles paceñas y enferma a quienes la respiran en un lento proceso de descomposición en vida. La atmósfera es opresiva, casi irreal, y deja entrever un mundo donde algo esencial se ha roto. Ese mismo extrañamiento recorre “Micaela en los campos de asfódelos”, donde una narradora muerta se dirige al “hombre vivo” que fue su amante: ha olvidado todo, salvo ese vínculo, que persiste como una necesidad casi mecánica.

“La voz del pantano” introduce una variante eficaz: el policial atravesado por lo fantástico, en una línea que podría recordar a Chesterton, con ecos más contemporáneos, cercanos a ciertas atmósferas de True Detective.

Finalmente, “Lobos” propone un escenario sobriamente postapocalíptico. La Paz y el Altiplano han cambiado de forma irreversible: escasea el agua, la vida se reorganiza en torno a nuevas condiciones y una autoridad difusa –el Congreso– sostiene un orden precario. En ese paisaje árido, casi mineral, tres músicos deambulan hasta que uno de ellos encuentra su destino en la quietud. Las visiones de lobos corriendo sobre la nieve condensan una intuición central: tras el colapso, solo queda el desierto, de polvo o de hielo. El fin del mundo es siempre el fin de un mundo. Este trasfondo recorre el libro, reforzado por detalles como la casi total ausencia de niños, signo de un tiempo que se agota.

Los puntos fuertes de Murillo son claros: una notable capacidad para construir atmósferas inquietantes y un manejo preciso de los finales abiertos, que no resuelven, sino que intensifican la extrañeza. Sus relatos no buscan explicar, sino desplazar al lector hacia una lógica otra, más cercana al sueño o a la pesadilla que a la razón.

En este sentido, su escritura dialoga con una tradición amplia: de Gogol a Kafka, de Cortázar a Felisberto Hernández, con resonancias que alcanzan también el cine de David Lynch o de los hermanos Coen. Murillo no se limita a reproducir estas filiaciones: las rearticula en un contexto propio, anclado en los paisajes y tensiones de Bolivia.

Neblina es, en suma, un libro sólido y coherente, que confirma una voz ya reconocible. Su mayor logro reside en la persistencia de sus imágenes: algo en estos cuentos no termina de disiparse, como la neblina que los recorre. Un libro que merece ser leído sin prisa, dejando que sus zonas de sombra desplieguen toda su potencia.

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