El periódico de mi padre

En su columna para 88 Grados, Willy Camacho nos habla del declive de la prensa impresa en Bolivia, preguntándose si la prensa digital podrá sobrevivir a los algoritmos.

Mi padre compraba periódico todos los días. No consultaba noticias, no consumía contenido, no optimizaba su tiempo informativo. Compraba periódico. Lo llevaba doblado bajo el brazo como quien trae a casa una parte del mundo. Y los domingos —eso ya era otra cosa— aparecía con cuatro. Cuatro periódicos. una especie de buffet informativo en papel, con portadas, suplementos, revistas, tiras cómicas y ese olor a tinta que hoy sería considerado contaminante por el algoritmo.

Yo no lo sabía entonces, pero mi primer acercamiento a la lectura no vino de una biblioteca ni de un plan de estudios. Vino de ahí: del papel periódico extendido sobre la mesa, de las caricaturas, de los suplementos infantiles, de ese caos ordenado donde convivían la tragedia nacional y el chiste del día. Ahí aprendí que el mundo era complicado, pero también legible.

Quizá por eso ahora cuesta mirar sin cierta incomodidad —no diré tristeza, para no sonar a editorial de despedida— el estado actual de la prensa escrita en Bolivia. Porque en ese declive no solo se está cayendo un soporte: se está desarmando una forma de leer, de pensar y de discutir el país sin gritar.

En los últimos años el mapa se ha ido achicando. Página Siete cerró en 2023, asfixiado entre crisis económica y presiones. La Razón dejó el papel en 2024 y se quedó solo en digital. Opinión, con más de cuatro décadas de historia, suspendió su edición impresa recientemente. Cada cierre se explica con palabras técnicas —“modelo de negocio”, “transformación digital”, “caída de la pauta”—, pero el resultado es más simple: hay menos periódicos, menos redacciones, menos voces. Y cuando hay menos voces, hay más eco.

No todo ha desaparecido, es cierto. El Diario sigue ahí, con más de un siglo a cuestas, como esos abuelos que sobreviven a todos los cambios y todavía recuerdan cómo se hacían las cosas “de verdad”. Los Tiempos resiste. La Prensa volvió después de un largo silencio. La prensa escrita boliviana no está muerta; está en modo supervivencia, que es una forma elegante de decir que pelea todos los días contra deudas, algoritmos y un público que ahora cree que informarse es deslizar el dedo.

Pero incluso cuando sobrevive, algo se pierde; no solo el papel, también el rito.

El periódico enseñaba a leer el mundo de una manera que hoy parece casi subversiva: sin filtros personalizados. Uno abría el diario y no siempre encontraba lo que buscaba; encontraba lo que había. Política, policiales, cultura, deportes, una columna que irritaba, otra que iluminaba, una caricatura que decía más que diez editoriales. El lector no mandaba; el periódico proponía. Había fricción. Había sorpresa. Había, incluso, desacuerdo.

Hoy el algoritmo nos cuida demasiado. Nos da lo que queremos, lo que pensamos, lo que ya sabemos. Nos ahorra el disgusto de encontrarnos con algo que no confirme nuestras certezas. Es decir, nos vuelve más eficientes… y menos inteligentes.

Yo mismo le debo bastante a ese objeto en retirada. Antes de escribir columnas, antes de dirigir textos, antes incluso de saber que esto era un oficio, fui lector de periódicos. Y después tuve la suerte de trabajar en uno, como editor de la sección cultural. Ahí aprendí que el periodismo no es solo escribir: es elegir, cortar, ordenar, dudar. Es decidir qué entra y qué no entra, qué importa y qué puede esperar. Es, en el fondo, una forma de responsabilidad.

Por eso preocupa —y aquí sí, sin ironía— lo que las nuevas generaciones se están perdiendo. No porque vayan a leer peor, sino porque están leyendo de otra manera. Más rápida, más fragmentada, más confirmatoria. Tal vez más cómoda. Y la comodidad, aplicada al pensamiento, suele ser una mala consejera.

Se perderán el suplemento que uno esperaba, la caricatura que uno buscaba primero, el columnista que uno seguía con devoción o con rabia. Se perderán también algo menos romántico y más importante: la idea de que la información no aparece sola, sino que alguien la trabaja, la edita, la jerarquiza y la firma.

Matasuegra sale hoy en una revista nativa digital. No soy tan ingenuo como para negar la realidad: el periodismo se está mudando. Y a veces, hay que decirlo, sobrevive mejor ahí que en papel. Pero eso no convierte la transición en una fiesta. Una cosa es adaptarse y otra celebrar cada cierre como si fuera innovación.

Porque cuando cierra un periódico no solo se apaga una rotativa. Se achica la conversación pública. Se reduce el margen de matices. Se pierden espacios donde el país se miraba a sí mismo sin necesidad de convertirse en trending topic.

Tal vez por eso, cuando pienso en la prensa escrita, no pienso en grandes portadas históricas. Pienso en mi padre entrando a casa con cuatro periódicos bajo el brazo. Pienso en el niño que fui, esperando las tiras cómicas, el suplemento infantil. Pienso en el editor que fui después, ya del otro lado, tratando de que el mundo entrara en una página sin desordenarse del todo. Y pienso, finalmente, que algo importante se está yendo con esos diarios que dejan de circular.

No sé si las nuevas generaciones leerán mejor o peor, eso lo dirá el tiempo. Pero sí sé que ya no leerán así. Y perder esa forma de leer —aunque no haga ruido, aunque no sea tendencia— también es una mala noticia.

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