La aporofobia que nos habita
Por momentos, vivir en Hispanoamérica —y particularmente en Bolivia— se siente como cargar una historia que no siempre hemos elegido, pero que nos atraviesa. Estar aquí no es solo una coordenada geográfica: es una condición existencial. Es habitar una realidad donde la desigualdad no es una excepción sino una atmósfera. Y en esa atmósfera, casi imperceptible pero profundamente arraigada, respira una forma de violencia silenciosa: la aporofobia.
La filósofa Adela Cortina utiliza el término aporofobia para referirse al rechazo, miedo o desprecio hacia las personas pobres. No se trata únicamente de una actitud individual, sino de una estructura social que organiza nuestras percepciones, nuestras decisiones y, sobre todo, nuestras indiferencias.
Nombrar algo es, en cierto modo, hacerlo existir. Y durante siglos, esta forma de rechazo no tenía nombre. Era un gesto cotidiano, una reacción automática, una distancia naturalizada. Cortina acuñó el término en los años noventa precisamente para visibilizar lo que siempre estuvo ahí, pero que nadie se había detenido a pensar como problema ético central.
Pero ¿qué ocurre cuando trasladamos esta idea a nuestro contexto? ¿Qué significa la aporofobia en Bolivia? ¿Qué implica reconocer que no solo convivimos con la pobreza, sino que también la rechazamos?
En nuestras ciudades, la pobreza no es invisible: es omnipresente. Está en las calles, en los mercados, en el transporte público, en los rostros que vemos todos los días. Sin embargo, esa presencia constante no se traduce en reconocimiento, sino en normalización. Y la normalización, en este caso, es una forma sofisticada de negación.
Nos hemos acostumbrado a convivir con la desigualdad como si fuera un rasgo inevitable del paisaje. Pero más inquietante aún es que hemos aprendido a jerarquizar la dignidad. No todos los cuerpos equivalen lo mismo en el espacio público. No todas las vidas generan la misma empatía.
Ahí es donde la aporofobia deja de ser un concepto abstracto para convertirse en experiencia concreta.
Porque no rechazamos al extranjero si viene con dinero. No rechazamos al “otro” si trae consigo prestigio, capital o poder. Lo que incomoda no es la diferencia cultural ni la alteridad en sí misma, sino la carencia. Como señala Cortina, muchas formas de exclusión social tienen como base el rechazo a quienes “no tienen nada que ofrecer a cambio”.
Y esa lógica es perturbadora: hemos aprendido a medir el valor humano en términos de utilidad.
En Bolivia, esta dinámica adquiere matices particulares. La historia colonial, las fracturas sociales, las tensiones entre lo urbano y lo rural, entre lo indígena y lo mestizo, han configurado un tejido social complejo donde la pobreza no es solo una condición económica, sino también un marcador simbólico.
La aporofobia se entrelaza con el racismo, con el clasismo, con la exclusión histórica. Tiene su propia lógica: la del rechazo a quien no encaja en la economía del intercambio.
Es el niño que vende dulces en la calle y al que miramos con incomodidad.
Es la mujer que pide ayuda en una esquina y cuya presencia evitamos.
Es el trabajador informal al que tratamos con condescendencia o desconfianza.
No es solo lo que hacemos, sino cómo miramos.
Porque la aporofobia también es una estética: una forma de percibir el mundo donde la pobreza se asocia con peligro, con fracaso, con culpa. Como si ser pobre fuera una decisión individual y no el resultado de estructuras históricas profundamente desiguales.
En ese sentido, la aporofobia no solo excluye: también culpabiliza.
Hay algo aún más inquietante: la aporofobia no siempre se manifiesta como odio explícito. Muchas veces adopta formas más sutiles, más aceptables socialmente.
Se expresa en políticas públicas que invisibilizan a los más vulnerables.
En discursos que hablan de “mérito” sin considerar las condiciones de partida.
En narrativas que romantizan la pobreza mientras evitan cuestionar sus causas.
Incluso se esconde en la solidaridad, cuando esta se convierte en un gesto paternalista que reafirma jerarquías en lugar de cuestionarlas.
Porque ayudar no siempre implica reconocer al otro como igual.
Tal vez lo más difícil de aceptar es que la aporofobia no es algo que “otros” tienen. No es un problema ajeno, externo, distante. Es una disposición que puede habitar en cada uno de nosotros.
En nuestros gestos cotidianos.
En nuestras decisiones aparentemente neutras.
En nuestras incomodidades no examinadas.
Reconocer esto no es un ejercicio de culpa, sino de honestidad.
Porque solo desde ahí es posible comenzar a desmontar esas estructuras invisibles que sostienen la desigualdad. Pero, ¿qué significa resistir la aporofobia?
No basta con denunciarla. No basta con nombrarla. Resistirla implica una transformación más profunda: una reconfiguración de nuestra manera de entender la dignidad.
Cortina insiste en que el valor de una persona no puede reducirse a su precio. Que los humanos no son intercambiables, no son instrumentos, no son medios para un fin.
Esta afirmación, que podría parecer evidente, es en realidad radical en un mundo que constantemente convierte todo en mercancía.
Resistir la aporofobia implica, entonces, recuperar una ética donde el otro no sea evaluado en función de lo que tiene, sino reconocido por lo que es.
Y eso exige algo más que buenas intenciones.
Exige políticas públicas que reduzcan la desigualdad.
Exige instituciones que garanticen derechos.
Exige una cultura que no naturalice la exclusión.
Pero, sobre todo, exige una mirada distinta.
Quizás el verdadero peso de estar aquí no sea solo la historia que heredamos, sino la responsabilidad que implica habitarla.
Estar aquí, en Bolivia, en América Latina, es convivir con una realidad que nos interpela constantemente. No podemos fingir que no vemos. No podemos refugiarnos en la indiferencia.
Porque la aporofobia no es solo un problema de quienes la sufren. Es un síntoma de la sociedad que hemos construido.
Y toda sociedad que mide la dignidad en función del poder económico está, en el fondo, enferma.
Hay una pregunta que atraviesa todo esto, una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Qué hacemos con quienes no tienen nada que ofrecernos?
La respuesta a esa pregunta define el tipo de sociedad que somos.
Si los ignoramos, si los rechazamos, si los culpamos, estamos reafirmando una lógica donde solo importa quien puede devolver algo a cambio.
Pero si somos capaces de reconocer su dignidad, de cuestionar las estructuras que producen esa exclusión, de asumir una responsabilidad colectiva, entonces quizás estemos dando un paso hacia algo distinto.
No hacia una utopía —esa palabra que a veces nos aleja de la acción— sino hacia una forma más justa de convivencia.
El peso de estar aquí, entonces, no es solo una carga. También es una posibilidad.
La posibilidad de mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar.
La posibilidad de transformar, aunque sea mínimamente, la manera en que habitamos el mundo.
Tal vez ahí radique el verdadero desafío: no en escapar de esta realidad, sino en aprender a sostenerla sin reproducir sus violencias.
Y en ese aprendizaje, reconocer la aporofobia es apenas el primer paso.
