Yo nomás quería chambear y que salgo casado

Les traemos un fragmento del recién estrenado libro de crónicas “Camote estaba, pero me acuerdo. Anécdotas de un alteño enamorado a lo mula” del actor, dramaturgo y escritor alteño, Alberto Zuñagua. Una muestra del humor y el amor que desbordan en estas crónicas.
Editado por : Adrián Nieve

♪♬♪♬ Él me mintió, el Alberto dijo que estaba casado y no era verdad. Él me mintió, no estaba casado, nunca se casó ♪♬♪♬

¿Cuál ha sido la condición más WTF que les han impuesto en un trabajo? Pero no la clásica de “me quisieron hacer firmar mi renuncia antes de entrar a trabajar”, sino condiciones que realmente les hayan sacado un: “¿quééééé?”. Hablo de cosas como que te obliguen a saludar de beso en la mejilla a todos en la oficina, aunque apenas los conozcas, o que te pongan un horario estricto para ir al baño (literal, con turnos y todo). O, como le pasó a una amiga, que en su trabajo de cocinera le prohibieron venir con ropa violeta porque al dueño le recordaba a una ex.

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Imagen: 88 Grados

Pero, créanme, nada de eso supera a la tremenda mentirota que yo tuve que sostener durante todo un año. Eso me pasa por rogarle a Diosito, a los gritos, que me dé una chamba para cumplirle todos sus caprichos a la Lucia —carito había salido cortejar una cantante, a ver—. Por eso yo, a huevo, quería un trabajito, sin importar lo que tuviera que soportar.

Che, Diosito, ¿por qué justo a esas tonterías sí me las haces caso al pie de la letra?

Pero, claro, ¿quién iba a contratar a un wey recién egresado y sin título de a buenas a primeras? Fui a no sé cuántas entrevistas en colegios de secundaria, porque enseñar es de lo poco que se me da sin causar un desastre. Sin embargo, en varias de ellas me dieron respuestas similares: que era muy joven, que no era lo buscaban, que me faltaba experiencia e incluso un colegio católico me rechazó por llevar el pelo largo. Che, ¿en qué pintura han visto a Jesús con un fade moderno? No mamen.

Ya en mi último intento, agotada la paciencia y la plata del pasaje, fui a postular a un colegio que no queda simplemente “lejos”, queda lo que le sigue “lejísimos”, allá en las profundidades de la Zona Sur de La Paz. Ahí me dijeron que, aunque mi currículo estaba bonito y pachoncito, era muy jovencito y la jefa no contrataba jovencitos. Me fui puteando de ese lugar, jurando que nunca iba a volver ahí, que quién va a estar madrugando para ir a trabajar tan lejos, que mejor ni madres…

¿Adivinen qué hice cuando, dos semanas después de empezadas las clases, me llamaron de ese mismo colegio?

Obvio fui corriendo, todo felicote de que al fin iba a tener un trabajo relacionado con mi profesión, un milagro en este país, si lo pensamos bien. Y, sobre todo, ya iba a tener plata para hacerle poner uñas a la Lucia XD.

La jefa era coreana y, aunque no le entendí nadita de lo que dijo, por sus gestos creo que me contrató simplemente porque le caí bien. Luego, ya contratado y todo, me explicaron las reglas que ella me dijo, pero apenas entendí. Primero: debía cortarme el pelo o mínimo mantenerlo decente. Segundo: chau barba y chau bigote. Tercero: debía llevar un guardapolvo color plomo enorme que no combinaba con mis ojos XD.

Y luego vino, la regla más extraña que he escuchado en mi vida y la que solo me aplicaban a mí en todo el colegio: tenía que decir, a quien preguntara, que estaba felizmente casado.

¡Ah, pero todo esto tenía su explicación, salida de un capítulo de La Rosa de Guadalupe! Resulta que, antes de mí, hubo un “profe” de matemáticas que se creía el galán de telenovela. Al genio se le ocurrió la brillante idea de andar en relaciones sentimentales con las alumnas de la Promoción saliente (sí, en plural, el muy gandul). Obvio, el desmadre fue monumental: escándalo en el colegio, padres a gritos, hasta llegó la policía… y de yapa se descubrió que el don Juan tenía el mismo librito en otros tres colegios. Entonces, por culpa de este menso, la jefa, al verme llegar tan jovencito, probablemente pensó: “otro más de la generación del descontrol”, y decidió tomar sus precauciones. Su lógica fue impecable: “Si este muchacho dice que ya está felizmente casado, nadie se le acerca y a él ni se le ocurre mirar a nadie”. Básicamente, me puso un anillo invisible para blindarme de problemas. Por eso la quiero hermana Lee, siempre pensando en mi bienestar, aunque a veces me regañe bien feo y termine todo traumado.

Al principio, la verdad, hasta me emocionó el teatrito de ser un hombre casado. Era como reinventarme: frente a este nuevo mundo, podía dejar atrás al Alberto migajero y pendejo romántico. Iba a debutar como el esposo ejemplar, ese que logró conquistar a la mujer inalcanzable.

Ustedes saben cómo son los changos de curiosos y también creo que intuyen que yo soy de los profes que se la pasa más chismeando que dando clases. Y cómo también tenía la orden de decir que estaba casado, muchas veces me la pasaba hablando de mi esposita bonita, cómo nos habíamos conocido, cómo había sido la boda y esas cosas. Además, como soy mentiroso profesional… digo, escritor, soy bueno para crear mentirotas creíbles, pues. O, bueno, al menos eso pensaba. Porque los chicos habían sido peor que una novia tóxica: de la noche a la mañana me encontraron el Insta, el TikTok, el Facebook y hasta algunos consiguieron ejemplares digitales de mis primeras migajeadas… digo, escritos. Méndigo Alberto del pasado, por tu culpa ahora grave lo bullean al profe Alberto.

Entonces, con toda la información que circulaba y circula por las redes, los changos ya andaban reconstruyendo mi vida paso a paso. Y como no encontraron ni una sola foto de mi esposita bonita, pues no se la creían, no me compraban eso de que estaba casado. Apenas empecé a escuchar los rumores, ya me veía siendo despedido del colegio por no saber acatar una simple orden. Che, ¿acaso va a ser mi culpa que cualquiera pueda googlearme y enterarse de mi vida?

Entonces ya tenía un lío enorme y que no sabía cómo lo iba a solucionar, ¿de dónde rayos iba a sacar una esposita bonita? Sin embargo, la esposita bonita llegó de la manera más accidentada que uno se puede imaginar. ¿Por qué rayos siempre me pasan cosas así? ¿Qué no puedo tener al menos una cita normal en la vida? ¿A huevo todas mis citas tienen que terminar siendo bien XD?

Todo se remonta al domingo en que mi abuela me prestó su carro —un Town Ace del 90—, para que practicara, la llevara de viaje y así, con suerte, no se lo chocara. O sea, sí, yo sé conducir, sí. Pero no voy a mentirles, no conduzco bien del todo. Hasta el momento sigo aprendiendo. De hecho, también fue muy XD cómo saqué mi licencia, pero no quiero aburrirlos con esa trágica historia. El caso es que ese domingo, ahí me tienen, dando vueltas en el carro a lo sonso. Y es que hay que verme manejar, macana soy, hasta yo me puedo putear viéndome. Voy más lento que la abuelita de un perezoso porque me da miedo estrellarme y mandarme con Maradona. Obviamente por eso me he hecho putear con más de un chófer que nomás no me tienen paciencia. Iba en eso, concentradote en no atropellar a algún callejerito que siempre se cruzan en el momento más inesperado, cuando mi celular vibró. Haciendo malabares y sin ver contesté y primero que escucho es la risa de una mujer que al instante identifiqué y me espanté peor. Tanto que del susto frené de golpe e hice que se me apagara el carro.

Era la Lucia.

—¿De qué te estás riendo? ¿Tas loca? —le pregunté y ya con eso la conversación empezó en modo XD, sin saludos formales

Ella me contó que su gato naranjoso, el Inti, se había trepado a la cortina nueva y la había dejado hecha trizas. Que estaba entre enojada y con ganas de reírse. En vez de darle el pésame por la pobre cortina, le pregunté si al menos el gato había quedado bien en la foto del desastre.

—No, se fue corriendo —dijo ella, sin dejar de reírse—. Como siempre. Hace el desastre y no asume la culpa.

—Como cierta cantante que conozco —le comenté, y ella soltó una carcajada aún más fuerte.

Y ahí me tienen, encendiendo el auto ya más confiado y agarrando el volante como si fuera el timón de un barco en tormenta, pero la tormenta era la risa de la Lucia al otro lado de la línea. Y la neta yo estaba bien pendejo, tanto que se me estaba derritiendo el cerebro de gusto, es que en serio amo mucho su voz y su risa me vuelve más débil. Iba tan feliz que hasta se me olvidó que iba manejando y casi me como un poste.

—O sea, ¿me estás comparando con un gato vándalo? —me preguntó ella, todavía jadeando un poco de la risa.

—Te comparo con una diva que deja caos a su paso y se escapa entre aplausos.

La plática, como siempre, se fue de un extremo al otro. De hablar de su gato panzón pasamos a despotricar de nuestros jefes, en especial yo de que mi director estaba —y está— bien pendejo. Le conté algunos chismes de los changos del colegio y llegamos a un punto dónde ella soltó:

Uff, qué ganas de desaparecer. Justo hay una reunión de ex compañeros hoy, pero ni de chiste voy.

—¿Ah, sí? —dije, tratando de sonar relajado, pero frenando tan brusco en un alto que nuevamente me putearon de aquí a acá los chóferes que iban atrás. ¡Ya, wey, ya!

—Sí, pero me queda re contra lejísimos. Para cuando me regrese, llego a mi casa como a las cinco de la mañana. Y mañana entro a las siete al jale. Aparte cruzar toda la ciudad de madrugada sola… medio que no da.

Y ahí no la pensé mucho. Ya que estaba con carro, me ofrecí a hacerla de su chófer personal. Si les soy sincero, creo que esta es de las pocas, muy pocas veces, donde tuve iniciativa propia y me animé a invitar a salir a la chica que me gustaba. No creo nunca más tener el valor de hacer eso, pues en cuánto dije la última línea me arrepentí. De hecho, ya estaba planeando cómo disculparme porque sentía que ella iba a decir que no. Después de todo, les recuerdo que ella seguía prohibida.

—¿En serio? —respondió la Lucia, y ya no sonaba a risa, sino a algo más suave, como curiosidad de verdad— ¿No es molestia?

—¿Molestia? Lu, es mi deber artístico. No puedo dejar que mi cantante favorita se pierda su fiesta por culpa de una ciudad caótica. Aparte, así me obligas a practicar de noche para alcanzar el nivel experto.

Ella se rió de nuevo, pero esta vez fue una risa distinta. Cálida, íntima, la que te da cuando algo te hace genuina ilusión. Bonito siempre se ríe.

—Bueno… está bien. Si de verdad no te molesta, te paso la dirección. Pero una condición: ponemos mi playlist, solo eso te pido, ¿va?

Y ahí me tienen nuevamente, disque acelerando para ir rápido a mi casita a ponerme algo decente. Claro, “acelerar” para mí fue pisar el pedal con un poquito más de fe, pero sin llegar a los 20 km/h porque “hay que respetar los límites, hermano”.

Soy un verdadero peligro al volante XD.

El plan en mi cabecita de profesor formal era simple: ponerme el traje gris perla que había comprado a principio de año por Marketplace, verme bien sexy y salir oliendo a jabón caro y a posibilidad… de pasar una bonita noche. Cuidado lo malpiensen, ya me los conozco.

Pero ahí empezó el verdadero circo. Porque el traje gris perla, que en un principio me quedaba súper, al parecer se había encogido o yo había crecido. Y no, no es que hubiera agarrado panza (¡ojalá!), es que literalmente ya no entraba en esa cosa. El saco me daba, pero el pantalón era el que se me estaba complicando, muy apenas entré en esa cosa y en cuánto entré jalé de la cremallera con demasiado entusiasmo. La cremallera subió, sí, pero ya no bajaba. ¡Su pinche madre! ¿Cómo ahora iba a ir al baño? Para colmo me molestaba grave la entrepierna y ni modo que estuviera arreglándome a cada rato. De todas las cremalleras que se podían haber arruinado justo tenía que ser esa.

Ni modo, así salí de mi casita. Después de todo ya se me andaba haciendo tarde para ir a recoger a la Lucia de su casita y eso iba a hacer, aunque tuviera que ser caminando como si me dolieran los huevos. Eso sí, olía a jabón caro.

El viaje hasta la casa de la Lucia fue, en cuatros palabras, un infierno sobre ruedas. Si antes el pobrecito Alberto manejaba como una doña de 90 años en un domingo vacío, ahora se enfrentaba al centro paceño en su hora más brava. Cada semáforo era un suplicio pues, macana son esos chóferes sin compasión. Ya les dije, yo no sabía conducir bien aún, por lo que el carro se me apagaba siempre en los semáforos, cosa que provocaba una sinfonía de bocinazos y gritos de otros choferes re contra emputados. “¡Apúrate, cojudo! ¡El verde es para avanzar! ¡Animal!”.

Entre puteadas y el riesgo de chocarme como cinco veces, logré meterme a la zona más tranquila donde vivía la Lucia. Aunque debo decir que eso fue otro infierno, pues su casa de la Lu queda cuesta arriba y a un chófer tan inexperto como yo, las subidas se me daban re mal. De milagro no maté a nadie intentando subir, porque el auto se me fue para abajo en al menos tres intentos. Apenas logré estacionarme, le escribí a Lucia. Calculaba que, como toda chica, ella no estaría ni peinada para cuando llega su acompañante, así que tendría unos minutos para arreglarme y tratar de hacer algo con mi pantalón. Pero no. La Lucia salió en ese ratito mismo.

Y, bueno, ¿cómo les digo? La Lucia no solo estaba arreglada, estaba… resplandeciente. No era cosa de maquillaje o ropa cara —bueno, quizás un poco—, era esa luz que le salía de adentro cuando estaba contenta. Un vestido sencillo violeta que le quedaba de maravilla, unos aretes que le brillaban cuando movía la cabeza y una sonrisa que, les juro, daba ganas de decir: “sí, soy tuyo, ten mi tarjeta, vacía mis cuentas bancarias”. Y ahí, en ese momento de pura revelación, el único pensamiento coherente que se cruzó por mi mente fue: “carajo, tengo la entrepierna hecha un desastre y huelo a pánico motorizado recién puteado por el sindicato Chuquiago Marka”. Básicamente, mi cerebro dejaba de cerebrear frente a la Lu, pues.

Bajar del carro fue otro infierno más. Porque en serio, me estaba doliendo grave la entrepierna por el méndigo cierre. Ya solo me quedaba cerrar y que estuviera tan oscuro que ella ni notara toda mi incomodidad. Sin embargo, en cuánto le abrí la puerta del copiloto como buen caballerito pude atinar a decirle:

—Lu, estás… bellísima, en serio, mucho…

—¿O sea que normalmente no estoy bellísima? — respondió ella, con un tono que bailaba entre la curiosidad genuina y las ganas de molestarme.

—No, no, antes también, siempre… quiero decir, hoy te arreglaste más… especial —farfullé, entrando en modo pánico—. No es que antes no… Dios, sueno fatal.

La Lucia no pudo contener una risa clara y bonita.

—Tranquilo, es broma —dijo, y me dio un golpecito suave en el brazo—. Se te ve nervioso. ¿Tan feo fue el tráfico?

—Algo así —respondí, mientras le abría la puerta con un movimiento tan torpe que por poco me doy un madrazo en las espinillas.

—Bueno —dijo la Lucia, poniéndose el cinturón—, ¿vamos?

La Lucia, fiel a su palabra, enchufó su celular al reproductor del carro y puso su playlist. Yo esperaba que fuera cumbia o algo así, pero no. Sonó algo inesperado: la introducción orquestal de una canción del musical Hamilton.

—¿En serio? —le pregunté, sin poder disimular una sonrisa que intentaba ser de completa amabilidad, pero creo que ella interpretó cómo molestia.

—Cállate y escucha —dijo ella, con esos ojitos brillantes que me hipnotizan.

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Portada: Editorial 3600

Y entonces, cuando empezó la parte rap de Lafayette, ella no pudo contenerse y empezó a cantar, lo normal en cualquier artista. Pero no cantó a gritos, no. Interpretó como solo ella sabe hacer. Con las manos marcando el ritmo en el aire, soltó los versos en inglés con una dicción perfecta y una energía que llenó el auto. Che, ni a mí, que soy lingüista, me sale también el inglés. Obviamente yo conocía el musical porque ella me lo había mencionado una vez y, como yo estaba todo camote por ella, lo había escuchado no sé cuántas veces entero después, por eso intentaba seguirle el ritmo. Pero, como dije, no podía con las palabras en inglés a esa velocidad, así que ahí estaba yo asintiendo como menso al ritmo del beat y a soltar un “¡Yes!” o un “¡Uh!” en los momentos clave.

—¿Te sabes esta? —preguntó de pronto la Lucia, bajando el volumen un poquito. Era Best of Wives and Best of Women del mismo musical. Una especie de balada más tranquila.

—La de la despedida —respondí, sin decirle que esa era mi canción favorita del musical.

—Exacto. Es cortita, pero bonita. ¿Le entras? Yo soy Eliza, tú Alexander.

Y ahí, en la penumbra del auto, pasamos a ser un dúo de Broadway del presupuesto de un docente en Bolivia pipipipi. La primera vez fue un desastre: yo me comí la única línea que tenía, ella se rió en medio de la suya. No, pos, qué buen dúo. La repetimos. Y otra vez y otra vez. Hasta que, a la quinta, salió redondo. La voz de la Lucia era dulce y clara en el “Alexander come back to sleep”, y creo que yo le atiné bien nomás al contestarle con el “I have an early meeting out of town”. Y es que en ese instante en el que andábamos cantando al fin pude permitirme disfrutar, aunque sea por un ratito, la compañía de la Lucia. Después de todo, pocos tienen el privilegio de cantar y reír con su crush.

—¿Sabes qué, Alberto? —dijo la Lucia— Eres un muy buen público. Y manejas con una paciencia que da paz. En serio.

Escucharle decir que conducía bien me hizo sentir bien bonito siempre. Al fin alguien no me puteaba por manejar como tortuga con artritis.

—Es que… contigo es fácil —dije sin pensar y ya me estaba arrepintiendo de haber dicho algo que fácilmente podría malinterpretarse.

—Qué curioso —respondió ella, suavemente—. Yo estaba pensando lo mismo.

¡Fiuuuu! Al escucharle decir eso en serio sentí aún más bonito. Ya hasta me estaba olvidando de la cremallera… o no… ahora sí malinterprétenlo a gusto XD.

Sinceramente la fiesta estuvo agradable. No era de esas caóticas con música a todo volumen, gente borracha gritando, dramas de parejitas aquí y allá. Era algo más sencillo y que fácilmente podía tolerar, pues las fiestas nunca me han gustado. Era en una casa grande con un jardín iluminado por luces de colores colgadas entre los árboles. Había música, sí, pero a un volumen que permitía hablar. La gente estaba en grupos, riendo, con vasos en la mano, pero nadie estaba hecho un desastre. Hasta había una mesa con comida. A fiestas así, sí le entro. ¿Qué es eso de estar tomando hasta vomitar? Y luego de eso todavía seguir tomando. ¿Estamos pendejos o qué?

Todo iba muy bien hasta que a la Lucia —que, cómo sabemos, es un torbellino artístico muy complicado de controlar— se le ocurrió la maravillosa idea de que vayamos a bailar y, aunque no me crean, ella siempre tiene ganas de bailar, pero en cambio yo no, pues, porque soy bien arrítmico y me da pena. Entonces le dije que bailaríamos cuando pusieran una canción que nos gustara a ambos. Pensé que con esa jugada me salvaba porque ella bien sabe que yo nomás vivo escuchando rock de bandas españolas o canciones de videojuegos, y yo sé que su música favorita es la francesa. Era obvio que no íbamos a coincidir en nada. Además, ¿quién va a poner música de ese tipo en una fiesta?

¡Ah! Pero les recuerdo que Dios no me quiere…

De repente, algún traviesillo puso una canción muy diferente a todas. Un beat hipnótico y electrónico llenó el jardín, seguido de una voz en francés que sonaba a angustia y belleza a la vez. “Je t'aime, je te hais…

¡Me lleva la chingada! Yo sí conocía esa canción y ella también. Era Ma Meilleure Enemie de Stromae, uno de los artistas favoritos de la Lucia y también era la canción de una serie basada en un videojuego que yo conocía bien. Ya no tenía excusa, así que ahí me tienen intentando mover el esqueleto lo más decente posible. Aunque la verdad, disfruté muchísimo de ese baile, de los pocos bailes que he disfrutado, de hecho. Además de que en un baile uno se toma de las manos, ¿no ve? Yo bien que aproveché para ya no soltarle la mano. Después de todo sí sé pensar.

—Vamos a otro lado —dijo la Lucia, una vez que acabó la canción.

—Yaps —fue lo único que pude articular, porque en mi mente ya andaban pasando mil imaginarios ficticios.

Y juntos, con las manos todavía entrelazadas (muchacho tramposo), nos alejamos de la fiesta y nos fuimos a la parte oscura del jardín… No lo malpiensen, ¿ya? Creo que debo dejar de escribir en doble sentido o la Lucia me va a hacer arañar con el Inti.

El caso es que fuimos a sentarnos en un banco viejo que estaba por ahí. No dijimos nada de nada, pero ese silencio para mí decía todo. Y, aunque quería disfrutar el momento, la verdad es que me andaba muriendo de miedo.

—Alberto —dijo ella al fin, y su voz era apenas un susurro contra el murmullo de la fiesta.

—¿Sí? —atiné a responder.

Aún recuerdo ese “sí”, pues claramente sonó más a un gallo miedoso que al Alberto.

—Te quiero.

¡Un ratito! ¿Cómo que me quiere? Al escucharle decir eso me petrifiqué y no supe qué responder. Es que tienen que entender que yo soy de los tipos que sobrepiensan y sobreanalizan todo. Entonces, escucharle decir un “te quiero”, así de la nada, hizo que me bugeara y solo atinara a responder:

—Es tarde, debo llevarte a casa.

El Alberto de esa noche tenía todo para marcarse un golazo, decirle que de verdad la quería, que no solo la quería, que le gustaba. Hasta pienso que podía robarle un beso y nadie se lo iba a reprochar nada. Pero ahí va el cojudo y solito se arruina su oportunidad. ¡Cojudo siempre es el Alberto cuando logra salir con la chica que sí le gusta!

Y ahí me ven llevando a la Lucia en silencio hasta el carro, despidiéndonos de todos con una sonrisa y ya sin poder dar marcha atrás. ¡Ay, qué sonso! Ya había hecho lo más difícil que era abrir un espacio romántico y lo arruino monumentalmente siendo un caballerito. Hasta los changos de segundo se animan y su profe nadota.

Uno pensaría que las cosas en el carro iban a ser re contra incómodas, pero no. La cosa es que una vez dentro del carro, la tensión se rompió solita. No hubo reproches, ni miradas de hielo. La Lucia solo suspiró, cansada, se acomodó en el asiento y fuimos charlando, todo normal. No me di cuenta cuando se quedó dormida.

Cuando estacioné frente a su casa, la Lucia seguía dormida. Quería despertarla, pero por alguna razón me quedé viéndola un buen rato, se veía muy linda dormida. Y también en ese instante me reproché por no haberle devuelto el “te quiero”. Entonces decidí que debía ser valiente y pedirle un favor, si me concedía ese favor tal vez yo tendría chance con ella. ¿Qué favor era? Pensaba pedirle que hiciera de mi esposita bonita falsa. Mi lógica era simple: si decía que sí, tal vez y tenía una oportunidad con ella; si decía que no, tendría que olvidarla y aunque eso me doliera, sería lo mejor.

—Lucía, llegamos —le dije, tocando suavemente su hombro.

—Gracias por todo, Alberto —murmuró, medio dormida aún.

—Ha sido un honor —respondí y al instante me animé—. Bueno, ya que te he hecho un favor, necesito que tú también me hagas uno.

—Ammm, depende del favor —dijo ella mientras se estiraba y bostezaba como michi recién levantado.

Le expliqué entonces que en el trabajo me habían pedido el decir que estaba casado y que estaba en problemas por no saber acatar bien una orden. Ella me miró interesada, se río varias veces y creo que para ese entonces ya intuía de qué iba a ir el favor. Pero ahí voy yo y lo arruino nuevamente soltando un:

—Sí, la cosa es que necesito que me consigas a alguien que haga de mi esposa falsa.

¡Cojudo! ¡Tenías que pedírselo a ella! ¡Así no era el plan! ¡Con razón nomás te quieren despedir! Obviamente la Lucia dijo que buscaría a alguien y que no había problema con ello. Y aunque quería decirle que quería fuera ella, me detuve, pues decírselo en ese momento iba a ser cómo declararle mis sentimientos y no quería que lo supiera todavía.

Ella se bajó tranquilamente del carro y ya con toda mi pena fui a acompañarla hasta la puerta de su casita. Cómo siempre nos despedimos con un abrazo y un beso en la mejilla, el abrazo fue tan normal que parecía ser muy de rutina. De hecho, según yo, le abracé de la manera más fría posible.

Pero en el beso, Diosito —harto de mis metidas de pata— me echó la mano ya por quincuagésima vez.

En mi torpeza de enamorado, giré hacia el mismo lado hacia donde ella direccionaba el beso y nuestros labios se encontraron en el beso más accidentado e involuntario de la historia. No fue un beso-beso. Fue un roce apenas. Un instante de piel contra piel, cálido y brevísimo, pero lo suficiente para que el Alberto haga su clásico ¡¡¡SIIIIUUUUU!!!

Nos separamos de golpe, ambos. El silencio fue total. Tragué saliva, listo para disculparme en todos los idiomas que conocía antes de que ella me suelte un tremendo putazo por besarla sin su consentimiento. Pero entonces, una sonrisa se le apareció en la boca. No una sonrisa rápida, sino una que tardó en formarse, como si ella misma no pudiera evitarlo. Luego, bajó la mirada un instante, como si algo le diera vergüenza, antes de volver a mirarme.

—Buenas noches, Alberto —dijo, y su voz sonó distinta. Más suave.

—B… buenas noches —logré decir con más gallos que letras.

Ella entró. La puerta se cerró. Y yo me quedé ahí, procesando lo que acaba de pasar. ¡Ella no se había alejado! Ese fue el detalle que me explotó en la cabeza. Después de un accidente así, la gente se aleja. Ella no. Se quedó. Y sonrió.

Así con mi sonrisota de menso me subí al carro. Obviamente mi mente repetía una y otra vez ese medio beso y no podía evitar imaginarme mil escenarios más. Estaba tan ido, tan en las nubes, que detalles mundanos como apagar las malditas luces intermitentes se me borraron del mapa mental. Ya, se me puede perdonar el no haber apagado esas méndigas lucecitas. Pero lo que es imperdonable es pasar pues así frente al retén policial que está cerca de la casa de la Lucia. Y tan mala suerte tuve, que ahí habían estado los pacos también.

Ahí lo ven al pobre Alberto, bajándose del carro haciendo el cuatro y soplando como un buen ciudadano. Obvio la prueba de alcoholemia salió limpia, pues yo nunca bebo. Pero ahí no acabó el calvario. A fuerza tenía que salir culpable de algo. Los polis, viéndome solo, tarde, y con cara de primerizo, empezaron con el rollo de “sobrevet, joven” que todos sabemos que es el preámbulo para el “aportecito voluntario”. Y, no pues, me robaron bien robado esos méndigos capibaras que supuestamente protegen nuestra seguridad.

Apenas llegué a mi casita, tipo cuatro de la mañana. Iba a dormir una hora y ya sabía que al otro día iba a ir recontra emputado al colegio, pues yo con sueño no funciono. Ya estaba a punto de quedarme dormido cuando me llegó un mensaje. Ese mensaje hizo que, en ese día, aunque con sueño, diera las mejores clases de mi vida.

“Ya te encontré esposita bonita. No sé qué tan buena idea sea, pero yo te puedo ir a salvar. Pero con pinta de vagabunda porque arreglada me pueden reconocer los changos”.

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