Procesiones

En su columna para 88 Grados, Carmen Beatriz Ruiz recuerda espacios perdidos y nos lleva como procesión a través de estos lugares habitados por el pasado.

Las calles medio oscuras son el escenario en el que el murmullo monótono de las oraciones y cánticos precede al olor del incienso generosamente rociado sobre el gentío que camina y da vueltas lentas alrededor de la plaza principal. Como temblorosas luciérnagas las velas que ancianas y niños portan en las manos iluminan intermitentemente trechos de la procesión. 

Era San Ignacio de Velasco, la Chiquitanía, departamento de Santa Cruz, pero podría ser cualquier pueblo o ciudad del país. Era 1975, pero podía haber sido 1800 o incluso mucho antes, y quizá también ahora. Me basta con llamar esas imágenes y vívidamente puedo estar en ese tiempo y en ese lugar.

Recuerdos prestados

Tengo además otros recuerdos de una lejana procesión de Semana Santa en San Ignacio de Velasco, pero no son propios, son prestados y me los transmitió mi tía Bertha, cuando a sus 91 años rememoraba el día en que, a poco de cumplir 15, su suerte fue echada. Convertida en una anciana de cuerpo enclenque y espíritu poderoso, describió con minuciosa y gentil vanidad su juvenil belleza, el cutis terso, los vivaces ojos negros, el vestido blanco bordado que llevaba puesto, la diadema de flores diminutas en la cabeza, y el embeleso que causó en el forastero que habría de llevarla, luego de unos meses, a comenzar una nueva vida en la fronteriza ciudad brasilera, donde moriría 82 años después, habiendo cumplido 97.

Tía Bertita hablaba indistintamente en portugués correcto y un castellano que nunca perdió el dulce tono de las erres arrastradas de las gentes chiquitanas, y se vanagloriaba de no mezclar nunca sus dos idiomas. Sus huesos eran frágiles, pero los ojos le relampagueaban en una hondura de cariños y picardía. Era difícil sustraerse a la emoción con que recordaba cada suceso importante de su vida: el amor temprano, la arrebatada sexualidad de su vida matrimonial, los sucesivos nacimientos, las muertes inexplicables, una viudez desamparada en tierra ajena, la suspicacia y conflictos con la familia del marido, la dura lucha por la sobrevivencia que obligó a los hijos mayores a trabajar desde la adolescencia…y la memoria intacta de una niñez lejana rodeada de amor.

Aunque Cáceres está a escasas horas de Bolivia, pasaron 30 años, el nacimiento de 12 hijos (de los cuales nueve sobrevivieron a la niñez) y el golpe de la viudez antes de que regresara a San Ignacio. Para entonces, la madre y los abuelos que la criaron ya habían muerto y los hermanos encabezaban sus propias y extensas familias entre San Ignacio y Santa Cruz de la Sierra. Pero el vínculo emocional no se rompió jamás. De hecho, retomó su lugar en la familia extendida como si nunca se hubiera ido. De ella aprendí a recrear las rutinas de la vida diaria en la estancia El Carmen con sus variopintos habitantes; a visitar la casa grande cruzando las amplias galerías en las que se acomodaban las visitas de los numerosos viajeros de paso hacia San Ignacio o Santa Cruz; los techos alto, los penumbrosos dormitorios que cobijaron nacimientos, amores arrebatados y los zarpazos de muertes trágicas. 

En los vívidos relatos de tía Bertita El Carmen era un paraíso intacto y ella su juvenil sacerdotisa. Quien sabe si fue esa seguridad la que le permitió vadear sin amarguras las corrientes adversas que probaron su temple en Cáceres. Como comprobé cuando en un nutrido bullicio de tías y sobrinas la visitamos. Desde su mecedora controlaba su mundo con una mano de hierro cubierta con guante de seda. A besar su mano de anciana matriarca y pedir consejo llegaba diariamente una marea incesante de ahijados, nietos, bisnietos, vecinos y antiguos empleados “la bendición mâe”.

Otras procesiones

La puesta en escena de las procesiones en la religión católica es admirable, pero éstas no son sólo manifestación religiosa, también son parte de nuestros sentires. Decimos “llevar la procesión por dentro” cuando la preocupación o la rabia o la tristeza nos carcomen y no queremos o no somos capaces de expresar y botar afuera esos sentimientos. El escritor español Juan José Millás cuenta en La vida a ratos que su madre carraspeaba continuamente porque “se pasó la vida tratando de expulsar por la garganta lo que llevaba atorado en el corazón”. 

Algo así le pasó a mi madre, solo que a ella la vida no le alcanzó para mucho, al menos en años, porque el corazón le reventó a los 64. Si antes, en el lejano año 1981 era temprano para morir es escandaloso ahora, cuando la esperanza de vida se ha estirado tanto que, como decía una anciana tía, “hoy por hoy cualquier muchachita tiene 65 años”. 

También hablamos de “un rosario de penas” y llamamos viacrucis a un camino sembrado de dificultades; a un lugar bello le decimos “paradisiaco o edén” recuperando las imágenes religiosas que se van transmitiendo de generación en generación. 

Como se ve, esto de las procesiones nos ocurre toda la vida, y no sólo en Semana Santa… 

Carmen Beatriz Ruiz
Cochabamba, abril 2026

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