Charlas breves con autores: Alberto Zuñagua

Hoy hablamos con el actor, dramaturgo y escritor alteño, Alberto Zuñagua, quien presentará su libro de crónicas “Camote estaba, pero me acuerdo. Anécdotas de un alteño enamorado a lo mula” este viernes 3 de abril, a las 19:00, en la FIL El Alto (Sala 2, Terminal Metropolitana, av. Ladislao Cabrera, detrás de la Estación 6 de Marzo de la Línea Morada del Teleférico).
Editado por : Adrián Nieve

Hoy conversamos con Alberto Zuñagua, lingüista, actor, dramaturgo y escritor alteño. Este año, Zuñagua presentará el libro de crónicas Camote estaba, pero me acuerdo. Anécdotas de un alteño enamorado a lo mula junto a la Editorial 3600. En él, este autor transforma romances fallidos, inseguridades juveniles y pequeñas derrotas personales en crónicas cargadas de humor, ironía y una profunda conexión con la ciudad de El Alto.

En esta conversación hablamos sobre escribir desde la intimidad, enamorarse con intensidad adolescente, hacer arte desde la periferia y descubrir que, a veces, uno termina más marcado por su ciudad que por las personas que lo dejaron en visto.

1956
Imagen: 88 Grados

Vienes del teatro, la actuación y la lingüística, ¿cómo aparece la escritura en ese recorrido artístico?

Desde que tengo memoria, el teatro y la actuación han sido una parte fundamental de mi vida. Mi profesora de primaria supo reconocer y potenciar esa inclinación natural que tenía por este arte. Ya para sexto de primaria, no solo disfrutaba de actuar, sino que había empezado a escribir los guiones para mis compañeros y para mí. Fue así, de manera casi orgánica, que la escritura comenzó a entretejerse con mi vocación artística. De hecho, hasta el día de hoy sigo escribiendo guiones, porque me parece un reto muy interesante y divertido.

Y luego llegó la Lingüística, aunque de manera bastante irónica y graciosa. Al principio, no era mi primera opción; entré a la carrera pensando que solo se aprendían idiomas. Pero en la UPEA me encontré con una realidad distinta: una carrera profundamente cultural, llena de artistas, donde el arte no solo se valora, sino que se respira. Ahí descubrí que estudiar la lengua es también estudiar sus usos creativos. La escritura, que ya era parte de mí desde siempre, encontró en la carrera un espacio natural para seguir desarrollándose. Con los semestres, sin buscarlo, me convertí en “el poeta de la carrera”.

Las historias de Camote estaba, pero me acuerdo son personales y muy íntimas, ¿en qué momento decidiste que esas experiencias podían convertirse en un libro?

Siempre digo que a mí me pasan las cosas más “XD” posibles, y lo cierto es que me encanta contarlas. Hubo un tiempo, en la adolescencia, en que socializar se me dificultaba porque sentía que no tenía tema de conversación. Fue entonces cuando descubrí, casi por accidente, que mis propias experiencias —por más extrañas o cómicas que fueran— podían ser un puente con los demás y de paso recibir terapia de a gratis ja, ja, ja. Para 2023, me di cuenta de que tenía material suficiente como para llenar un libro. No quería que se quedaran solo en conversaciones casuales; quería que más gente pudiera reírse conmigo, reconocerse en lo absurdo de lo cotidiano.

1957
Foto: Alberto Zuñagua

En tus textos hay una mezcla muy particular de humor y vulnerabilidad. Si tuvieras que ponerle un nombre a tu estilo de crónica, ¿cuál sería?

¡Uy! Qué pregunta tan difícil, la verdad no me lo había planteado hasta ahora. Pero si tuviera que ponerle un nombre a esa mezcla, creo que le diría “Narrativa Confesional Memética”. Porque al final, todo parte de una confesión —algo íntimo, personal, a veces incómodo— pero contado desde el humor y el lenguaje de quien creció metiéndole memes y más memes a su forma de hablar y escribir.

Muchas de las crónicas tienen un tono que recuerda al monólogo teatral, como si el narrador estuviera contándole su historia directamente al público, ¿tu experiencia como actor influyó en esa forma de narrar?

La verdad, diría que sí, pero a medias. Durante mi etapa en el teatro, casi siempre me tocaba interpretar a villanos, lo que implicaba una distancia entre el personaje y yo. Fue después, cuando empecé de cuentacuentos, que descubrí otra forma de contar: una más directa, más cercana, donde el público reacciona distinto cuando metes cosas personales o algún chiste de internet bien puesto en medio de la historia. Ahí entendí que no basta con narrar, hay que conectar. Y creo que de esa experiencia nace el tono de mis crónicas, como si estuviera ahí, al frente, contándole a alguien lo que me pasó. Por eso también pienso que el humor es clave en la literatura, o al menos en la mía.

Aunque el libro habla mucho de relaciones amorosas, a medida que uno avanza también aparece el vínculo fuerte con la ciudad. ¿Te diste cuenta mientras escribías que El Alto iba ocupando ese lugar?

1958
Imagen: Editorial 3600

Sí, totalmente. El Alto es la ciudad en la que crecí, y desde el principio una de las intenciones del libro fue justamente esa: mostrar la ciudad, pero desde la mirada de un joven enamoradizo que, a la vez, le tiene un amor profundo a su territorio. En lo personal, siempre me ha incomodado encontrar autores nacionales y alteños que intentan escribir sobre escenarios europeos —muchas veces sin siquiera haber pisado esos lugares— cuando acá tenemos material de sobra para crear historias de cualquier tipo. El Alto es una ciudad inmensa, compleja, llena de contrastes y de belleza. No hace falta inventarse otros mundos cuando el nuestro ya tiene todo lo que necesitamos para contar.

¿Qué cosas de crecer en El Alto sientes que marcaron más tu forma de ver el mundo?

El Alto es una ciudad pintoresca, tiene sus luces y sus sombras como cualquier lugar del mundo. Pero hay cosas que vivir aquí me marcaron para siempre. Una es que, a su manera, es una ciudad profundamente cultural. Eso potenció en mí la capacidad de encontrar arte donde sea. Otra es su diversidad, crecer en un lugar tan plural te obliga a respetar otras costumbres desde la empatía, no solo desde la tolerancia. Y luego está esa rebeldía tan nuestra, esa que se enciende cuando algo se siente injusto. Eso también me marcó: aprender que alzar la voz también puede ser una forma de querer a tu ciudad.

En El Alto también han surgido en los últimos años varios colectivos y grupos culturales, ¿qué papel crees que juegan estos espacios en el desarrollo artístico de la ciudad?

Como decía, El Alto es una ciudad muy cultural, y eso sin duda potencia la existencia de varios colectivos. Incluso yo he sido fundador de algunos que aún intento mantener activos, como el colectivo “Damiselas de las Letras”. Estos espacios funcionan como semilleros, sí, pues dan visibilidad a artistas emergentes, los ayudan a dar sus primeros pasos. Pero también he visto un problema recurrente: muchos colectivos “pagan” a sus artistas solo con certificados y visibilidad (a veces ni eso), como si eso fuera suficiente. Y eso ya no me parece justo.

1959
Foto: Alberto Zuñagua

Está bien que los ayuden a dar sus primeros pasos, claro, pero esa lógica termina instalando una idea peligrosa: que ser artista en este país es sinónimo de morirse de hambre, que el arte no merece un pago real. Por suerte, también hay espacios que entienden el arte desde otra vereda. Lugares como el Centro Albor o Arte y Cultura, donde tuve el privilegio de formarme como actor, no solo embellecen la ciudad con su trabajo, sino que luchan porque el arte sea valorado como lo que es: una forma de trabajo, de impacto real, de dignidad.

En varias historias hablas de enamorarte “a lo mula”, tratando con humor momentos que en realidad fueron dolorosos, ¿cómo encuentras risa en tu dolor?, ¿qué tan difícil fue escribir desde esa vulnerabilidad?

Alguna vez mis estudiantes me dijeron algo parecido: que mis anécdotas, que para mí son graciosas, a ellos les resultaban tristes o dolorosas. Yo siempre les respondo lo mismo: ya me dolió en su momento, ya lloré en su momento, ¿para qué voy a seguir amargándome? Vivo aplicando fielmente eso de “mis traumas, mis chistes”, porque además llegué a un punto donde ya no me gusta que sientan lástima por mí. Prefiero mil veces que se rían conmigo, aunque por dentro sepa que esa risa también carga lo que fue. Encontrar humor en el dolor no es negarlo, es transformarlo. Y escribir desde ahí fue medianamente difícil sí, pero también sanador. Porque cuando logras reírte de lo que te dolió, de algún modo le quitas poder.

Muchas personas sienten que escribir sobre experiencias personales también puede tener un efecto terapéutico. ¿Te ocurrió algo así mientras escribías este libro?

Sí, la verdad que sí. Para ser honesto, en un principio este libro tenía otro objetivo, uno que no pienso revelar —solo mi editor lo sabe—. Pero en el proceso, mientras escribía, hubo un momento en el que me encontré conmigo mismo y no pude evitar pensar: ¿cómo pude ser tan pendejo? Esa pregunta me llevó a una reflexión seria sobre las decisiones que había tomado hasta ese entonces, y sí, lo admito, varias partes del libro tuvieron que reescribirse desde una nueva perspectiva. Si se lee con atención, creo que se nota. Hay una sección del libro que está escrita con mucha rabia. Y esa rabia también era parte de lo que necesitaba soltar.

1960
Foto: Alberto Zuñagua

¿Cómo podría la gente usar la escritura para entender mejor sus propios procesos de crecimiento?

Como decía antes, a mí me pasó. En un principio escribí varias partes del libro desde la visión de alguien todavía “enamorado a lo mula”. Pero cuando volví a esos textos ya sin ese “enamoramiento”, ya con distancia, encontré otra perspectiva. Ahí llegó un momento de crecimiento: pude decir “ya no quiero esto en mi vida”, “esto puedo mejorarlo”, “esto era más heavy de lo que creía”. Escribir sobre uno mismo ayuda justo desde ahí: te obliga a verte de nuevo, pero con otros ojos. Como si el papel te devolviera una imagen más clara de lo que fuiste, y te permita decidir qué quieres seguir siendo.

Si tuvieras que explicar por qué es importante contar historias personales —incluso aquellas donde uno no queda muy bien parado—, ¿qué dirías?

Creo que escribir ese tipo de historias —especialmente aquellas donde uno no queda bien parado— permite hacer una reflexión introspectiva y, sobre todo, ser honesto con uno mismo. Hay algo valioso en tener la valentía de decir: “Yo fui el malo en esta historia”. Mucha gente no tiene el valor de admitir que se equivocó o que lastimó a otros; prefiere refugiarse en la autocompasión y creerse víctima de todo. Por eso para mí es importante hacer este tipo de ejercicios. No se trata de exhibirse por exhibirse, sino de asumir los propios errores, aprender de ellos y, desde ahí, crecer. Contar lo que fuimos —con todo y lo incómodo— también es una forma de sanar.

No solo eres escritor, también eres profesor. Desde esa experiencia cercana con jóvenes, ¿cómo ves hoy la relación de las nuevas generaciones con la lectura y la escritura?

1961
Foto: Alberto Zuñagua

Tengo que ser brutalmente honesto: a la mayoría de los jóvenes no les gusta leer, ni la literatura en general. Pero también creo que es una falla del sistema, lastimosamente. Si uno revisa las sugerencias de lectura que da el ministerio, aparecen clásicos como La Ilíada o Edipo Rey —obras muy valiosas, sí— pero que solo se entienden si ya se tiene una base sólida de comprensión lectora. Como los jóvenes no logran entender ese tipo de libros, terminan odiando la lectura. No porque no quieran, sino porque nadie les tendió un puente.

Por eso, como profesor, trato de darles primero textos más sencillos, que despierten el interés. Incluso tengo una metodología que podría ser cuestionable, pero me funciona: les paso escritos que les vendo como “chismes”, ya sean míos o de gente cercana. Esa palabra, chisme, enciende algo en ellos, les da curiosidad, y terminan leyendo sin sentirse obligados. Mi objetivo es darles una base, para que no le agarren odio a la literatura solo por no entenderla.

Y sobre la escritura, también he encontrado jóvenes que sí quieren escribir. No son muchos, pero tienen esa pasión de dejar una huella en el mundo. Lo que más me llama la atención es que en sus textos hay un buen desarrollo del pensamiento crítico. Eso me parece fundamental. Creo que todos los docentes deberíamos incentivar eso: formar personas que sean capaces de discernir, de pensar por sí mismas, de cuestionar.

A menudo se habla de una “crisis de lectura” en Bolivia, ¿crees que el problema está en la falta de lectores; en las formas en que se están contando y publicando las historias; o en cómo se enseña la lectoescritura en el país?

Como decía antes, para mí el problema es principalmente una falla del sistema. Todavía hay docentes cuya metodología se limita a enviar un texto —a veces un PDF— y pedir que los estudiantes lo copien en sus cuadernos, sin más. Así es imposible formar lectores críticos.

1962
Foto: Alberto Zuñagua

Pero también influye cómo se están publicando las historias. En mi propia búsqueda de textos que motiven a leer, he encontrado escritores muy buenos, obras frescas y potentes. Lo malo es que no se les da visibilidad. Se sigue prefiriendo los mismos textos de siempre, que a estas alturas ya pueden sentirse desactualizados para los jóvenes. Y claro, si un joven siente que la literatura habla de mundos y tiempos lejanos que no le dicen nada, va a desconectarse.

Por eso creo que es fundamental adecuarse al contexto actual. No se trata de abandonar los clásicos, sino de abrir espacios para lo nuevo, para lo que está ocurriendo aquí y ahora. Si no mostramos que también se puede escribir desde el presente, desde el lenguaje de ellos, la lectura va a seguir sintiéndose como una obligación, no como un encuentro.

¿Qué estás leyendo ahora?

Actualmente estoy leyendo poesía: La inconclusa y su Yapa de Sergio Gareca. Debo admitir que lo que más me ha llamado la atención de esa antología son los poemas visuales. Me parece interesante cómo el libro juega con la forma, con el espacio en la página, y logra que la imagen también sea parte del poema.

Y justo acabo de empezar Hayley de Adrián Nieve. Me resulta muy llamativa la premisa desde la que parte y, sobre todo, la estructura no tradicional con la que está escrita. Siempre me han atraído los libros que abordan la salud mental desde perspectivas así, que no siguen una forma convencional, que buscan otro modo de narrar lo que duele o lo que incomoda.

1963
Foto: Alberto Zuñagua

¿Qué autores o autoras recomiendas leer?

Principalmente siempre voy a recomendar a autores nacionales y contemporáneos. Para mí tienen una forma de escribir más cercana, más envolvente, como si lo que cuentan pudiera pasarte a la vuelta de la esquina.

Una de mis favoritas es Quya Reyna con su libro Los Hijos de Goni. Justamente es una obra que también se ambienta en El Alto, y por su manera de narrar se siente muy próxima, como si la autora estuviera contándote algo que conoce desde adentro.

Luego está Willy Camacho, que fue mi maestro de escritura y disfruto todo lo que escribe. Creo que es uno de los mejores escritores que tiene Bolivia hoy.

Y también recomiendo mucho a cualquier autor o autora que publiquen ustedes en 88 Grados. No hay fin de semana en el que no lea al menos un artículo de lo que sacan. Siempre hay material fresco, bien escrito, y con mirada crítica.

1964
Foto: Alberto Zuñagua

¿Qué libros quieres leer, pero todavía no lo hiciste?

Hay un montón de libros que quiero y tengo que leer, empezando por los manuscritos de varios de mis estudiantes (ríe). 

Uno de los libros que tengo pendiente es Política de Dukes, de Fher Masi. Siempre me ha atraído su forma de escribir poesía, así que estoy esperando el momento indicado para sentarme con calma a leerlo.

También está Las Sombras de Javier Domingo Aruquipa Paredes, quien fuera mi docente en la carrera y de quien tuve el privilegio de escuchar poemas en vivo alguna vez. Me interesa mucho ver cómo se traslada esa potencia oral al libro.

Y después están todos los textos de Adrián Nieve. No es que tenga uno solo pendiente, es que las premisas con las que parte cada uno de sus textos me generan demasiada curiosidad. Espero terminar leyéndolo todo pronto.

1965
Foto: Alberto Zuñagua
12 me gusta
165 vistas