Perder el tiempo
En la esquina de la calle Las Piñas hay un graffiti que dice: “Nada es imposible”. La pintura se está descascarando y alguien, con marcador negro, escribió debajo: “depende”. Ayer, una guayaba parecía saludar desde lo alto de un árbol ahí cerca; ¡hola, Vero!, me pareció que decía… hoy está en el suelo, reventada. Paso por esa esquina sin saber si creerle al muro o a la guayaba, sospecho que la guayaba tiene mejores argumentos.
Hace unos días salí a votar en las elecciones subnacionales. Era domingo, y la ciudad tenía ese aire de domingo útil: filas, gente con documentos en la mano, vendedores improvisando desayunos en la vereda. Todo bastante correcto. Tranquilo. Por unas horas, supimos exactamente qué hacer con el tiempo.
En el camino, sin embargo, me detuve. Había un árbol de acerolas cargado, inclinado sobre la reja de una casa. Algunas ya habían caído; otras seguían ahí, brillantes, rojísimas. Me acerqué. Empecé a recogerlas sin pensarlo demasiado. No fue una decisión consciente, quizá más bien una pequeña traición al plan del día.
Seguí caminando con las manos ocupadas. Llegué al recinto, hice fila, avancé con los demás en ese tiempo espeso donde todo el mundo charla pero nadie está del todo presente. Cuando fue mi turno y me pidieron el documento de identidad, me di cuenta de que había salido sin billetera.
Tenía de todo en mi bolsa: lentes, audífonos, la Kindle, resaltadores, mi cuaderno de notas. Hasta acerolas tenía. Menos mi carné.
La mesa de jurados reaccionó en coro: “uuuuuujú”, entre risas, parecía que era lo más interesante que les sucedió en toda la mañana. Dije que no pasaba nada, que volvería más tarde. Alguien en la fila comentó, con esa mezcla de lástima y superioridad moral (que siempre es gratis en espacios públicos): “perdió el tiempo”.
Perdió el tiempo.
Hay una cantidad absurda de frases dedicadas a evitarlo: no me hagas perder el tiempo, no pierdas el tiempo, estás perdiendo tu tiempo, vas a ir a perder tu tiempo. ¿La gente cree que el tiempo es una propiedad privada? ¿O peor, piensa que hay alguien realmente a cargo de administrarlo bien?
La frase se me quedó pegada. Salí con las acerolas en la bolsa y, por un segundo, pensé que tal vez ese señor tenía razón. Que sí, que había perdido el tiempo. Que lo correcto habría sido preparar el bolso con cuidado y todo lo necesario, ir directo, votar, cumplir, regresar. Ser una adulta funcional. Una ciudadana eficiente. Una persona que no se distrae recogiendo fruta en la calle.
Hacer las cosas bien.
Hacer las cosas.
Pero entonces recordé otra escena. Hace poco más de dos años volví a mi ciudad natal, después de casi dos décadas viviendo en un lugar frío y 3200 metros más arriba. El romanticismo del retorno a casa se derritió en la primera semana. Calor. Mucho calor. Sin trabajo, sin aire acondicionado y con una cantidad de horas que no sabía dónde poner.
Horas que, por lo visto, tampoco estaba sabiendo usar bien.
Empecé a salir a la plaza de al lado de mi casa porque adentro era inhabitable. Al principio no hacía nada. Me sentaba. Miraba. Me desesperaba un poco. Me decía -con una disciplina bastante cruel- que debía estar haciendo algo útil. Más aún, porque sentía que la situación era el resultado de haber hecho todo mal.
Y el tiempo, ahí, no cooperaba. Era largo. Pegajoso. Ofensivo. Hasta que empezaron a pasar cosas. O mejor dicho: empecé a verlas. Filas de hormigas cargando hojas más grandes que ellas. Un perro que cruzaba todos los días a la misma hora. Pájaros discutiendo. Cosas abandonadas sobre las banquetas: zapatos nuevos, DVDs, relojes, cajas de pasta para lasaña. Cuatro gatos. Y un día: ardillas.
Pensé que estaba delirando. Después confirmé que no. Que existen. Estaban ahí, viviendo sin preguntarse en qué invierten su tiempo. Ardillas urbanas.
No sé en qué momento dejé de pelearme con esas horas y empecé a disfrutar del privilegio de hacer nada. Empecé a llevar un cuaderno. A escribir cosas inútiles. A mirar más. A quedarme un poco más de la cuenta.
No resolví nada, obviamente. Pero sí dejé de sentir que tenía que justificar cada minuto de mi vida con un sentido.
Ese día, ahí, en la fila de mi mesa electoral, con las manos manchadas de acerola, entendí algo que no suena muy bien en voz alta: tal vez no quiero usar el tiempo como se supone que debería. Tal vez prefiero perderlo un poco. O bastante.
No de esa forma dramática que nos venden las películas -tirada en la cama mirando el techo (ya pasé por ello)- sino de una manera más precisa: desviándome, por ejemplo. Llegando tarde. Olvidando cosas importantes. Recogiendo fruta cuando debería estar haciendo otra cosa.
No es una filosofía. (No todavía.) Es más bien una sospecha. Que hay días en los que cumplir con todo no te salva de nada. Y otros en los que salirte de la fila -aunque sea por una tontería- cambia ligeramente el eje de las cosas.
No voté en la mañana. Volví a ir en la tarde. Voté. Todo en orden. Un delicioso jugo de acerolas para acompañar el almuerzo.
Hay algo sospechoso en esa idea de no perder el tiempo.
