Ascensos

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz se adentra en la historia del fabuloso ascenso de los tiranosaurios a la cima de la cadena alimenticia, y cómo sus inicios, evolución y posterior extinción pueden darnos un par de lecciones acerca de nuestro propio recorrido.

Ver un Tiranosaurio Rex y enamorarse de él fue todo uno: desde el descubrimiento del primer enorme ejemplar en las planicies de Estados Unidos, allá por 1902, hasta su rendición en poleras, videos y películas varias, el rey del cretácico (sí, no el jurásico) estuvo veinte millones de años en la cima del mundo, y solo se extinguió por el evento cataclísmico que acabó con todos los dinosaurios hace 65 millones de años atrás.

Basta leer “Auge y caída de los dinosaurios”, del joven paleontólogo Steve Brusatte, para desear fervientemente dejarlo todo y dedicarse, de una vez y para siempre, a la paleontología. No solo porque se trata de un narrador envidiable, sino porque su historia es moderna, reciente, y muy iluminadora: desde su trabajo como estudiante identificando aquellas características que definen y separan a las distintas familias dinosaurias, hasta su especialización en terópodos; su relato acerca de la evolución de estos seres cautiva e intriga. ¿Cómo fue posible el auge de carnívoros tan pesados, letales y grandes? ¿Qué propició su elevación a status de carnívoro rey?  

La historia antecede al Jurásico y se adentra a etapas previas de la evolución terráquea, cuando un solo súper continente, sin apenas montañas, dominaba el paisaje: Pangea era una sola masa, el viento corría huracanado y las criaturas se exponían a terremotos, erupciones e inundaciones relámpago, todo un paraíso que además contaba con inmensos árboles y ya contaba con insectos y flores: el carbonífero.

Allí se dividieron los sinápsidos de los saurópsidos; los antecesores de los mamíferos (nosotros), de los antecesores de dinosaurios y aves. Los mamíferos llegamos a tener rasgos reptiolides al inicio, mandíbulas con un solo hueso, oído medio con tres huesos (estribo, yunque, martillo) y dientes diferenciados.

Por el lado de los dinosaurios, se caracterizaron por poseer múltiples huesos en la mandíbula inferior y un solo hueso en el oído medio (estribo). Y, lo crucial, sus pulmones funcionaban como los de las aves: un sistema de flujo unidireccional altamente eficiente y continuo, apoyado por sacos aéreos, que les permitían recibir aire fresco tanto al inhalar como al exhalar. A diferencia de los mamíferos, los pulmones dinosaurios eran rígidos y no se expandían, utilizando sacos aéreos para bombear el aire en dos ciclos completos. Son estos pulmones el elemento clave, y sorpresivo, que permitió la evolución de enormes herbívoros y, por supuesto, de carnívoros gigantes a la zaga.

Antes de los dinosaurios, lo que abundaba eran animales marítimos (peces acorazados, escorpiones gigantes, trilobites) primero, y enormes reptiles tipo salamandras gigantes, después. 

Brusatte relata con pasión cómo fue que se dedicó a excavar salamandras, y cuáles es la conexión tenue que podemos hacer entre marcas, huellas petrificadas, dientes y restos fosilizados para develar el mundo en el que habitaron distintas criaturas, distantes entre sí. Su primera conclusión, que comparto, es que caminamos por un gigantesco cementerio animal, y que huesos y restos pueden hallarse en desiertos, parques nacionales, terrenos baldíos y grandes zonas de excavación humana por todo el globo. Muchas de las piedras con las que tropezamos fueron parte del paisaje de estos seres fabulosos. 

Su segunda conclusión tiene que ver con el sorprendente rol que juegan los pulmones y sacos aéreos en el desarrollo de animales tan grandes como el Titanosaurio. Las modernas técnicas de escaneado permiten atisbar las huellas que estos sacos dejaron en el mismo hueso de estos bichos de lento caminar y cuellos larguísimos, y saber que esa estructura fue también crucial para los carnívoros, quienes lograron aumentar su peso y su tamaño hasta dominar la escena. 

La eficiencia del pulmón dotaba de energía, los dientes largos como cuchillos y la poderosa mandíbula daban la fuerza para atravesar el hueso de un mordisco y desgarrar grandes bocados de carne. La especialidad de los tiranosaurios fue convertirse en los más feroces y efectivos a la hora de cazar en grupo, y la abundancia de saurópodos y ornitópodos les garantizó las fuentes de proteína tan necesaria para crecer y desarrollarse. Realmente estaban en la cima.

Hasta que llegó el meteorito, y se llevó a todos esos cuernos, colas y dientes por delante. 

¿Qué pasó, entonces, con toda la línea dinosauria, saurópodos, terópodos y demás? ¿Por qué quedan cocodrilos y tortugas y ranas en el mundo, pero no tiranosaurios, triceratops y hadrosáuridos? 

Más importante aún: ¿Por qué un ser con tímpano, yunque y estribo, dientes variados y ojos grandes domina la escena actual? La primera especulación tiene que ver con esos mismos pulmones. Las aves los heredaron, pero en un tamaño muy disminuido. Puede que, después del cataclismo, la disponibilidad de oxígeno en la atmósfera se viera reducida, impidiendo a los enormes animales que pueblan nuestra imaginación y los museos continuar existiendo. Lo que les había llevado a la cima determinó su extinción. ¿Suena familiar?

Lo es, y mucho. Si algo sucede en la tierra con regularidad es el cambio. Las placas tectónicas se mueven, los mares liberan dióxido a la atmósfera y causan periodos de frío extremo, a veces le caen meteoritos. No estoy exagerando, pero como pasa a una escala temporal tan vasta, nos limitamos a ponerle “like” al comentario y pasar de largo. 

Un libro que analiza todos los posibles fines de la Humanidad acaba de salir y titula (cómo no) “Cómo sobrevivir al fin del mundo”. Lo dibuja y escribe Katy Doughty y es una lectura apasionante. Desde virus, pandemias, terremotos, explosiones nucleares, meteoritos e inclusive la Inteligencia Artificial, la posibilidad de que nos borremos del planeta es variada y altísima.  

Puede que como individuos no tengamos los atributos que tanto admiramos en los Tiranosaurios: no poseemos ni la ferocidad, ni la fuerza, ni la astucia de los reyes del Mezozoico. Colectivamente, sin embargo, es otro cantar: podemos, y pudimos, cambiar al mundo. Nuestra gran capacidad comunicacional y organizativa, nuestro afán de comprenderlo todo y actuar sin haber terminado de entender las consecuencias de nuestros actos; la tenacidad y -a veces- la empatía, nos hacen fuertes. 

Doughty imagina varias posibilidades que no reducen nuestra conciencia y que, más bien podrían, expandirla: desde transferir nuestras memorias a seres biónicos e inmortales, adentrarnos en otras galaxias y, por qué no, comunicarnos mejor con los otros seres vivos del planeta, nuestras chances de sobrevivir al fin del mundo, quiero creer, son mayores que las del Tiranosaurio Rey. Dependerá exclusivamente de nosotros.

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