Gol de Mujer

Un partido de fútbol hombres contra mujeres, ¿quién podría ganar? Resiliencia, sororidad… El resultado no importa, sino lo que se aprende de él, y la victoria es para ellas.

Mi hija Solei tiene 11 años y juega fútbol desde los cuatro. Se viste todos los días con camisetas de clubes de fútbol y lleva con el mismo orgullo la camiseta verde olivo de Bolivia, la amarilla cafetalera de Colombia o la azul alerta de Estados Unidos. Solei es competitiva, practica incansablemente, se frustra y disfruta en sus entrenamientos y partidos de su club con otras niñas. Siempre siento fascinación y sorpresa al ver cientos de niñas de todas las razas y condiciones socioeconómicas jugar con la misma pasión, con sus familias abarrotadas en los bordes apoyando a sus jugadoras. Pero mi sorpresa fue más grande cuando, hace un par de meses, miraba como eran niños los que entraban a la cancha a jugar contra el equipo de Solei.  Pensé que era un error. 

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Jugar juntas, dentro y fuera de la cancha, esa es la idea. /Foto de archivo

El partido empezó y yo estaba nerviosa. No sabía qué esperar, el equipo de las niñas venía de buena racha de victorias, es fuerte físicamente, su entrenadora asiática-americana las entrenó para ser disciplinadas y estratégicas, jugar en pases continuos en equipo, tener objetivos personales claros de cómo desempeñarse en el partido. Tal vez, pensé, teníamos chance de empatar, incluso tal vez, quién sabe, ¿ganar? La ilusión solo me duró dos minutos. Llegó el primer gol de los niños y a los pocos minutos el segundo. Las niñas perdieron 14 a 0. Catorce goles en un partido de 60 minutos. ¡Catorce!

En esa hora vi mi vida pasar frente a mí. Vi las muecas de burla de los hombres, mofándose de las mujeres, la soberbia de la mayor fortaleza física sobre sus oponentes femeninas. Vi la brusquedad física, la de la risa, la de la palabra ofensiva, de la mirada soberbia, del juego injusto y desigual de los hombres. Pero también vi que ellas seguían jugando, se paraban luego de cada caída, miraban al arco contrario como meta, no la portería donde acababan de recibir el gol; nunca se dieron por vencidas, sus rostros estaban rojos de esfuerzo y tensión, pero no estaban humilladas ni temerosas. Nunca cedieron la victoria. Ellos podrían ganar el partido, pero no derrotarlas.

A los lados de la cancha de césped, yo caminaba ansiosa detrás de la valla mientras miraba el partido. Una mamá del equipo contrario no dejaba de gritar y apoyar a su hijo, aplaudía con cada gol, sugería pases, gritaba rabiosa ante las fallas y eufórica ante los buenos pases de los niños. Me puse a su lado para apoyar en inglés, en español y en toda forma posible a las niñas: ¡Fuerza chicas! You can do it, girls! ¡Vamos! Go for it! Entendí que en un partido de fútbol hay dos juegos al mismo tiempo: uno dentro y otro fuera de la cancha. Como en tu trabajo, tu familia, tu vecindario, nuestra fortaleza está en caminar juntas, en ser anillo de apoyo. 

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Las pueden ganar, pero no derrotarlas. / Foto de archivo

Un mes después, volvieron a jugar con el mismo equipo de niños. En esas cuatro semanas, me pasé un par de noches en desvelo analizando lo que había pasado, y lo que eso simbolizaba para mí y lo que significaba para mi hija, tratando de establecer relaciones, pero también diferencias. Hablé con la entrenadora, con otros entrenadores, tratando de desmenuzar mejor y tomar diversas perspectivas de qué significa un partido entre mujeres versus hombres, a esa edad y en otras edades. El segundo partido terminó 5 a 0. Ellos ganaron, pero ellas también. 

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