Comer moras

En su columna para 88 Grados, Cecilia Terrazas nos dice por qué los 8M se come moras.

El 8 de marzo entra por la cocina como un micro sin freno; mi hija de nueve años suelta su pirueta verbal, convencida como quien está a punto de revelar un secreto de estado.

El pelo desordenado como páginas de un libro abierto al azar, un lápiz mordido hasta la goma y el silencio breve de quien afila la lengua para el remate perfecto: "Ya sé que este día no se felicita, se comen moras". La frase se acomoda sobre la mesa. Tardo un par de minutos en comprenderla —tiempo de servir el café, de sentarme, de mirarla con la ansiedad que precede al descubrimiento—. “¿Moras?”, pregunto, y ella asiente con la gravedad de una sacerdotisa.

“Claaaaro”, le digo entusiasmada, “moras, peras, manzanas, lo que nos dé la gana de comer”. No es la primera vez que juega con las palabras, que las dobla, las retuerce, las estira como arcilla fresca. “Nermocionada”, o “elmanlara”, cuando se refiere a las apariciones caricaturescas de cierto personaje de la política, también son parte de su vocabulario, que enriquece el mío, que me obliga a escuchar de nuevo, como si el idioma fuera un río que ella desborda.

Lleva hablando varios minutos; se hace preguntas, se las contesta, me dice cosas como quien piensa en voz alta. En su relato precoz terminan dibujándose, como pares, la violencia y las mujeres, el amor y los feminicidios, los gritos y la mano que aprieta demasiado; las redes que escupen nombres: María apuñalada en Cochabamba; Rosa estrangulada en Santa Cruz; Nadia no vuelve a casa; el cuerpo de Karen no aparece. 

Retrocedo más de treinta años. El 8 de marzo pasaba inadvertido, nadie lo marcaba en el calendario con flores. Ahí estábamos, en el susurro sordo expandido en los pasillos de la escuela. Te jalaban el sostén desde atrás, un tirón rápido que dejaba la piel enrojecida y el corazón latiendo como un pájaro preso. Te espiaban bajo la falda al subir o bajar las gradas. En la clase de educación física, las miradas inquisidoras se clavaban en los pechos que empezaban a asomar, en los cuerpos que no pedían ser vistos. Y algún profesor, con voz grave ante la petición "¿me revisa?", soltaba una insinuación sexual disfrazada de broma: "¿Qué quieres que te revise?".

Es cierto, pasaron más de tres decenios, pero el tiempo parece detenerse en la mano que roza el pecho a medio crecer de una niña en el micro abarrotado, en el mensaje que pide fotos "inocentes" para tejer después la malla del chantaje; en las uniones precoces que fuerzan maternidades infantiles, cargadas de pañales y ollas como antiguos yugos domésticos.

Las estadísticas nacionales lo consignan con frialdad: cada año, más de 2.500 partos de menores de 14; el horror cuantificado revelando que cada dos días, una niña menor de 10 es obligada a parir.

En ese mismo paisaje de sombras asoman niñas brillantes y tercas, como páginas rebeldes de un libro que apenas comienza a ojearse. Niñas como Rosalinde, la de Christine Nöstlinger en su novela icónica Rosalinde tiene ideas en la cabeza. El relato arranca como inventario de tesoros maltratados pero vivos: "Rosalinde tiene un agujero en los calcetines. Rosalinde tiene una venda en la rodilla. Rosalinde tiene una mariquita en la mano. Rosalinde tiene una cadena alrededor del cuello. Rosalinde tiene ideas en la cabeza."

El humo de mi segunda taza de café acompaña sus giros entre una y otra silla, como un duende que desordena el aire. "Comer moras" y "conmemorar" se funden en su boca pícara, danzando como sombras que coquetean en el borde de la luz. Ese deleite infantil impregna el instante; entre lo ácido y lo dulce, entre lo lúdico y lo grave, entre el juego de una niña y la historia profunda de las mujeres. 

Mientras la siento sobre mis piernas, me mira con esos enormes ojos color miel. Nos mecemos lento sobre las curvas del abrazo y la comisura de los labios, en las que se reinventan las palabras. 

Suspiro.

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