El país al que le sobra el mapa

No sin advertencias previas, Leaño Martinet viaja hacia la tierra que alberga los últimos vestigios soviétivos en Europa.
Editado por : Adrián Nieve

Estaba almorzando con la tía de Rocamadour cuando mencionó a un país extraño llamado “Transnistria”. 

—Seguro te gustaría, vi un video que dice que es el único país soviético que sigue en pie —dijo con entusiasmo, y la miré con una mezcla de duda, paternalismo y capaz algo de rabia.

1942
Centro de Pridnestrovia

“¿Cómo puede alguien pensar que existe aún un país soviético, si eso ha desaparecido hace más de 30 años? ¿Cómo puede ser que jamás haya escuchado hablar de ese lugar? Seguro no es nada más que una mentira o un invento exagerado”, fueron los primeros pensamientos que nadaron en mi mente. Por suerte, con la edad he construido una especie de filtro entre mi cabeza y mi boca, así que en vez de decir algo inmediatamente, decidí transportarme hacia la investigación.

Si hay algo hermoso en la modernidad es que el conocimiento está al alcance de nuestros dedos. En pocos minutos ya sabía prácticamente todo sobre ese lugar. Vi fotos, videos, leí un par de artículos y quedé tan maravillado que esa misma noche busqué algunos días libres en el calendario y me compré un pasaje de avión hacia la zona.

Al día siguiente le conté de mi futura aventura a la Maga de Cortázar, que tiene la tradición eslava (y por ende un enlace soviético) en la sangre. Ella no se emocionó nada, me miró con ojos serios y luego me metió miedo, mucho miedo.

—¿Por qué no aprovechas tus días libres para ir a descansar a una playa griega o croata? ¿Qué vas a hacer en esos lugares raros? Seguro es de esos países a los que se puede entrar, pero no salir —dijo con un tono y una frialdad que me sacudieron un poco.

Capaz tenía razón, así que para calmar los nervios comencé a investigar más a fondo sobre la zona y, efectivamente, muchos artículos no hacían más que repetir sus palabras. Decían que era un lugar que está fuera del control internacional; que, si sucede algún accidente, no hay cómo salir; que, si te arrestan, ni los mejores abogados podrán liberarte; que está todo militarizado, lleno de armas y que fácilmente pueden tenerte horas o días interrogando por cualquier tontería. Además, comentan que, turísticamente, el único atractivo son algunas estatuas y murales soviéticos que están en total decadencia.

Después de esa tormenta de información, me senté en el sillón y me puse a pensar que la Maga tenía un punto válido. De repente, toda la emoción por descubrir un lugar extraño se desvanecía ante los riesgos.

Los días pasaron y, pese a que no estaba completamente convencido, al final decidí viajar. Después de todo, era un vuelo hacia Chisináu, la capital de Moldavia, que pese a tener el estigma de ser el país más pobre de Europa sigue siendo relativamente seguro.

Al aterrizar sentí de golpe esa hermosa sensación de estar completamente perdido. En el aire se escuchaban conversaciones en moldavo (que es extremadamente similar al rumano) y en ruso. Todo lo que se podía leer, como carteles o anuncios, estaba escrito en letras latinas y cirílicas. La gente tenía rasgos eslavos y latinos y era muy difícil saber quiénes eran locales y quiénes extranjeros.

Después de pasear rápidamente por el centro de Chisináu me di cuenta de que no existen aires de riqueza; sin embargo, tampoco se siente la pobreza como tal. De hecho, el lugar es bastante tranquilo, amplio y limpio, algo muy común en la cultura soviética. Quedé fascinado por las avenidas gigantescas y los edificios imponentes; había muy poca gente en las calles, todos serios y callados, como si solo estuviesen concentrados en un destino único.

Es raro estar en un lugar donde la publicidad no te agobia. A ratos pensaba que al ambiente le faltaban más anuncios, más marcas, modelos, logos y todas esas pavadas a las que mi cerebro está acostumbrado. Lo único que más o menos tenía aires publicitarios eran los innumerables puestos de café que existen. Seguramente exagero, pero en mi memoria no existe una esquina desde la que no pudiera divisar un pequeño kiosco con ese delicioso elixir y masitas para llevar.

Esa noche estaba convencido: si Moldavia era tranquila y segura, entonces Transnistria no debería ser un problema. La dueña de la casa donde dormía me bajó a tierra y comentó que al final Transnistria no es más que una región independiente, pero que muchos de sus pobladores tienen doble o hasta triple nacionalidad. Que nunca ha sucedido nada realmente peligroso ahí y que vaya tranquilo.

—Eso sí, no vayas solo si no hablas ruso. Conozco a una chica, Maria, que capaz te puede ayudar como guía. Y guardate tus comentarios, no seas idiota pensando que con tu opinión vas a cambiar algo —fueron los consejos que se me quedaron marcados mientras ella fue a realizar llamadas. Después de media hora volvió, me miró con una sonrisa.

—Tienes suerte. Te conseguí un descuento. Mañana llegará Iván a recogerte a las seis de la mañana y Maria estará contigo después de la frontera —dijo antes de que nos diéramos las buenas noches.

A las 5:55 estaba en la puerta esperando a Ivan. La verdad, no pude dormir bien, pues todos los temores de visitar Transnistria volvieron a mi cabeza y no estaba muy seguro de si realmente quería ir o no. De hecho, no estaba seguro de qué estaba haciendo ahí. Pensé en los transeúntes moldavos que tienen un destino claro en la vida. Y ahí estaba yo, yendo a un país que ni existe en el mapa a ver no sé qué.

Mientras me hundía en pensamientos negativos, un bocinazo me despertó de golpe. Estaba claro que era Ivan aunque no dijo nada. Lo delataron unas torpes señales con su mano para que me subiera. Lo saludé con un tímido “Priviet”, que creo que fue bastante tímido, pues no recibí respuesta alguna.

Ivan solo estaba atento al camino. Conducía sin pronunciar palabra, con los ojos clavados en la carretera y las dos manos en el volante; es más, un rato de esos me quede observando para saber si realmente respiraba. Me sentí incómodo, pues estoy acostumbrado a las conversaciones sin sentido de la ruta, pero entiendo el espíritu eslavo y sé que muchas personas aquí aprecian el silencio. Después de media hora ya estábamos fuera de la ciudad. El paisaje era cada vez más plano e hipnotizador, y eso, combinado con la falta de charla, me llevó a cerrar los ojos y descansar.

No estoy seguro de cuánto tiempo pasó, pero una frenada en seco fue la que me despertó, e Ivan pronunció la única palabra que le escuché en toda mi vida:

—Dokumenty.

El paso fronterizo estaba efectivamente militarizado. Mis ojos de turista estaban totalmente abiertos y escanearon hasta el más mínimo detalle de los uniformes de los soldados. Luego apareció la soldado más radiante que jamás he visto; con dos gestos bruscos y una frialdad divina procedió a llevarse nuestros pasaportes mientras otros agentes armados revisaban el auto.

Tengo la impresión de que conocen a Iván, pues fuimos uno de los pocos autos que pasó relativamente rápido. Después de cruzar la frontera, nos devolvieron los pasaportes y mi emoción de ver un sello nuevo se esfumó cuando vi un papelito impreso (similar a los tickets de supermercado) con mis datos personales y un permiso de estadía que se terminaba esa misma noche.

Posteriormente Iván continuó y, a cada kilómetro que avanzaba, mi corazón latía un poco más fuerte. Estaba emocionadísimo de haber entrado a la Unión Soviética. Comencé a hacerme mil preguntas mientras veía exactamente el mismo paisaje capitalista que había dejado atrás; era claro que a la naturaleza no le importan nuestras ideologías políticas.

Después de una hora comenzaron a aparecer los clásicos bloques de viviendas soviéticos que existen desde los Balcanes hasta la Siberia, y sentí un poco de miedo. De repente no sabía qué me iba a pasar o la verdadera razón de haber llegado ahí.

1943
Decoración en un restaurante

En medio de esa dubitación, Ivan detuvo el auto e hizo un gesto para que bajara. Al salir vi a Maria apagar un cigarrillo y acercarse a mí. Tenía una sonrisa y un aura encantadoras; se notaba una felicidad y emoción naturales. Me saludó, se presentó, me hizo cuatro preguntas básicas y, casi sin escuchar mi respuesta, me dijo que íbamos a ver la Fortaleza de Tighina.

Traté con todas mis fuerzas de impresionarme, pero el lugar no era nada especial. Europa está plagada de castillos y fortalezas que con suerte sirven para entretener a los turistas, y este fuerte no era muy especial. Creo que ella notó un poco mi decepción y rápidamente me sacó de allí.

—Vamos a visitar al sheriff —dijo, matándose de risa.
—Espera, quiero que viajes como nosotros —prosiguió.

Nos quedamos media hora esperando un autobús de la era soviética para llegar al centro de la ciudad. En medio de la espera, y mientras fumaba un cigarrillo delgado, me preguntó algo más de mi vida: de dónde venía, en qué trabajaba. Obviamente no le importaban mis respuestas; solo quería darme un poco de charla, abrir espacio para contar su historia.

Ella, como prácticamente toda su familia (y al parecer gran parte de la población), no lo pensó dos veces y sacó su pasaporte moldavo. Así, tiene dos nacionalidades desde siempre; la de sus raíces y la que le abre las puertas al mundo. Cuando acabó la escuela se fue a Chisináu a estudiar turismo; al terminar, y gracias a su encanto, logró que el gobierno la contratara para promocionar el Festival del Vino por toda Europa. Después de algunas paradas, llegó a Francia y encontró el amor. Lastimosamente, el romance rápidamente se contaminó de cotidianeidad y aburrimiento, así que un día se vio sola en las calles parisinas, buscándose la vida.

Realizó todos los trabajos decentes que la Ciudad de las Luces puede ofrecer y, cuando parecía que estaba estable, recibió una llamada con la noticia de que su madre había enfermado. Retornó rápidamente y la realidad la golpeó en seco. Se vio con 35 años, con pocos ahorros, sin carrera terminada, con empleos inestables en el extranjero; y la tentación de quedarse en su patria fue muy grande.

—Hasta ahora pienso si fue una buena decisión volver —decía al aire mientras encendía otro cigarrillo. Creo que en ese momento entendí un poco su adicción al tabaco.

Traté de consolarla con el discurso de que se puede encontrar felicidad en cualquier lugar del planeta. Que tampoco hay que martirizarse por lo que no fue, al menos mientras quede tiempo para lo que puede ser. Eso y cuanta tontería se me ocurría.

Finalmente llegó el bus, que estaba en un estado técnico lamentable, aunque bastante limpio, ordenado y silencioso. Si, era un poco viejo, pero bastante similar a cualquier autobús que se encuentra en el planeta.

—Ya pronto verás al sheriff, prepárate —dijo antes de bajar.

Caminamos un poco y sonreí al ver que el tal Sheriff era una cadena de supermercados. Ahí me explicó que un oligarca es dueño de casi todas las tiendas, de las gasolineras, de los gimnasios, prácticamente de todo lo que produce dinero en la zona. Lo más extraño es que nadie sabe quién és, solo se le conoce por el nombre que le pone a sus negocios: “Sheriff”.

El supermercado era algo extraño. Es decir, tienen productos bastante surtidos, shampoos para todo tipo de cabello, cereales de todos los colores y cervezas por doquier. Lo raro (para mí) era que nunca había visto esas marcas; comencé a jugar tratando de adivinar las etiquetas.

Cuando llegó la hora del almuerzo, Maria me llevó a un restaurante que estaba decorado con pequeñas estatuas de Lenin y muchos calendarios antiguos. En el mostrador vi algo similar al Śledź polaco (pescado con cebollas crudas flotando en aceite, un manjar de los dioses) y pedí eso; ella ordenó una sopa bastante cargada.

Cuando llegamos a la mesa, me miró fijo, un poco como pidiendo permiso o capaz analizando mis reacciones. Tardé un poco, pero entendí el mensaje silencioso y pedí dos cervezas locales.

De repente las dos cervezas se multiplicaron en seis y luego recuerdo algunos flashes: pagar la cuenta, sonreír y decir “spasiba bolshói” a todos, tomar el bus soviético equivocado, tomar el bus soviético correcto, caminar, caminar y caminar, sentarse al borde del río y pensar: “¿Qué estoy haciendo aquí?”.

Mientras tanto, Maria no paraba de fumar.

—Perdón, no te ofrecí uno. ¿Quieres? —dijo, casi forzando el cigarrillo en mis labios.

Fue muy raro volver a fumar después de tantos años. La primera pitada fue relativamente ligera, pero en la segunda me atoré. Ya no quise probar la tercera, pero tenía enfrente a la pridnestroviana más encantadora de la vida, así que hice un esfuerzo inhumano por mantener la calma, el porte y los pulmones a ritmo.

—¿Qué estás leyendo? —me preguntó, casi sacando el libro que tenía en el bolsillo.

Comencé a hablar de Sábato y la pelea intelectual que tenía con Borges, un poco sobre literatura latinoamericana y el triste destino de los escritores en general.

—A mí me gustan las series. Son lo único que me relajan, desde las 9 o 10 de la noche pongo la tele hasta caer dormida —respondió, casi como para apagar la charla.
—Dame tu libro, lo llevaré en la mochila, así no te molesta. Eso sí, cuando te vayas, me haces recuerdo.

Después de una pequeña siesta me llevó a ver edificios oficiales. Traté de mostrar cierta emoción, pero la verdad me aburren mucho. Nunca vi nada interesante en una judicatura, una oficina de correos o un ministerio; es más, no creo que nadie haya visto nada interesante ahí. Capaz lo único que resaltaba es que izaban la bandera rusa y decoraban todo con estrellitas rojas.

1944
Afueras de la Fortaleza de Tighina

—¿Sabes qué es lo raro aquí? Tenemos nuestros propios pasaportes, nuestros propios billetes, pero una vez nos quedamos sin mineral para hacer monedas. ¿Sabes qué hicimos? Creamos monedas de plástico —dijo, y me quedé inmóvil ante la sorpresa.

—¿Como los casinos? —respondí burlonamente.

Por suerte no me escuchó (o hizo como que no me escuchó) y me tomó de la mano para llevarme a un banco a comprar esas monedas de plástico. Después de verlas, le dije que gracias, pero que no sabría qué hacer con ese dinero tan raro; que capaz mejor vamos a buscar un café o algún lugar para degustar las delicias locales.

Fuimos a una tabaquería y compramos dos paquetes para el resto de la tarde. Después, en un café cercano, cuando nos sentamos, se sinceró y me dijo que no sabía realmente qué estaba haciendo con su vida.

—Lo peor es cuando se acercan los 40 y no tienes nada ni nadie. No tengo dinero ni familia propia; cada mes que pasa parece un año. No sé en qué momento la vida se convirtió en tragedia. Prácticamente todas mis amigas tienen hijas o hijos. Sufren, sí, pero se ayudan también. No sé si la soledad está bien. Quisiera irme de aquí, pero mis padres me dicen que Prednistrovie es tan hermoso, tan grande, que ya comencé a creerme la historia — decía mientras el humo parecía bailar ante sus penas.

Entendí que no necesitaba respuesta mía.

Se levantó de golpe y me llevó a ver más edificios, estatuas, parques y todo cuanto se podía ver. Comenzamos a hablar menos, lo necesario. Lo que dijo en el café seguía haciendo eco en el ambiente y sentía mi impotencia de decir o hacer algo. Incluso ahora, años después, no sabría qué haber respondido. Supongo que la vida es un desastre en todos lados y hay que ser como los estoicos y aceptarla. O capaz como los cínicos y simplemente disfrutarla, no sé.

A veces pienso que debí decirle que yo también estaba perdido, pero que me hubiese gustado mucho perderme con ella. No sé, todo era tan extraño.

De repente comenzó a llover y nos escondimos bajo unos pilares. Maria se puso al teléfono y me dio un cigarrillo encendido. Esa vez sí quise disfrutar del tabaco, la situación lo ameritaba. Recordé que cuando era chico, compartíamos entre amistades el mismo cigarrillo sin importar la saliva de los demás. Supongo que eso ya no pasa ahora, lo dudo.

Cuando quise devolverle el cigarrillo me di cuenta de que ella ya tenía otro en la boca. Me dio un beso y me mostró que Ivan había llegado para llevarme de nuevo a Moldavia. Pensé en quedarme unos minutos más con ella, capaz unos días o una vida entera. Pero esa idea, como el cigarrillo, se sentía tentadora pero incorrecta.

Saludé a Ivan con un fuerte y efusivo: “Привет. Как дела?”, y creo que le arranqué una leve sonrisa.

El viaje de retorno fue bastante rápido, capaz porque mi cabeza estaba muy dispersa, a tal nivel que no tengo recuerdo absoluto de la frontera o del paisaje.

Cuando llegué al albergue, la dueña de la casa me preguntó si me había gustado la experiencia. Obviamente solo hablé de Maria y ella me miró con ojos maternos.

—Es una chica simpática, sí —dijo con ternura.

Nos despedimos para dormir, pues al día siguiente yo tenía que madrugar para tomar un vuelo y ella para continuar las actividades diarias.

Cuando llegué a casa le comenté a la Maga de Cortázar que efectivamente ese país es maravilloso y que “Transnistria” sí existe, pero que no debemos llamarla así. Le hablé de las monedas de plástico, de las estatuas de Lenin, del Sheriff y de los buses soviéticos. Ella me miraba con ánimo de que me apurara con mi descripción para comenzar a quejarse de su vida.

Con los años entendí (y acepté) nuestra dinámica, así que le di la palabra para que se desahogue de todos sus inconvenientes en esos días de mi ausencia.

Esa noche, antes de dormir, hice un esfuerzo para grabar todo mi viaje en la memoria. Después de trasladar cada instante a mi imaginación, me vi reviviendo un momento: cuando estaba pegado a la ventanilla del avión en el viaje de retorno. Ahí, sentado, viendo nubes y un horizonte, me acordé de que Maria nunca me devolvió mi libro de Sábato y que me faltaban pocas páginas para acabar de entender de qué trataba el bendito “Sobre héroes y tumbas”.

Me imaginé que ella lo estaría viendo en su cartera en ese momento, capaz pensando exactamente lo mismo. Sonreí. No podía creer lo increíblemente romántico que fue dejar ese libro en Pridnestrovie.

Entendí que, al final, capaz algunas cosas existen mejor cuando no se terminan.

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