Voto disperso y confuso

En su columna para 88 Grados, Rubén Atahuichi analiza las elecciones de 2025 y el disperso y confuso panorama político actual en Bolivia.

En las elecciones de 2025 muchos candidatos habían aparecido de la nada: sin partido, sin papeles en orden y, lo peor, sin norte. Lo único que, aparentemente, los motivaba era la posibilidad de sumar en su hoja de vida la condición futura de “excandidato”.

Ante la encarnizada división del Movimiento Al Socialismo (MAS), que quedó desgajado en al menos tres corrientes (el voto nulo de Evo Morales, la continuidad con Eduardo del Castillo y la irrupción de Andrónico Rodríguez), el denominador común de los candidatos emergentes fue “cambio de ciclo”. Allí se inscribieron viejos conocidos como Jorge Quiroga, Samuel Doria Medina y el mismo Rodrigo Paz, cuyas listas absorbieron cuadros políticos perdidos en el horizonte.

La particularidad de la candidatura del ahora presidente Paz fue la improvisación: sigla alquilada y bajo disputas internas, y un acompañante de fórmula fusible. Edmand Lara deambulaba sin opciones partidarias y los astros se alinearon a su favor cuando renunció al binomio inicial, Sebastián Careaga.

Y miren cómo terminó esa improvisación. Paz y Lara ni se quieren ver la cara, son enemigos y, con los decretos, el mandatario rompió la institucionalidad de la Vicepresidencia del Estado arropado por la justicia, los analistas y los medios hegemónicos.

Esa improvisación se reprodujo en el gabinete gubernamental, que dio espacio privilegiado a figuras vinculadas a Samuel Doria Medina, incluso al candidato vicepresidencial de éste, ahora el segundo hombre del poder, el ministro de la Presidencia, José Luis Lupo. Y al que hubiera sido del ministro de Economía del poco posible empresario ganador. Con ellos también se integraron al poder viejos cuadros del zombi Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR).

Ni qué decir de las políticas de gobierno iniciales y escándalos: decreto de retiro del subsidio a los hidrocarburos tumbado, gasolina basura, deuda externa que ahora es necesaria, corrupción en la petrolera estatal, narcomaletas, la caída del avión en El Alto, los billetes de la serie B…

Eso eligieron los bolivianos en 2025. Ese cambio de ciclo resultó una farsa, que, seguro, tendrá consecuencias el 22 de marzo, cuando los bolivianos acudan a las urnas, esta vez, para elegir a gobernadores, asambleístas departamentales, concejales y representantes de las autonomías regionales.

Sin partido ni proyección de su agrupación Primero la Gente, Paz intenta trascender las regiones a través de alianza con el MIR y otras organizaciones políticas cuyos dirigentes aparecidos aún no gravitan en el escenario electoral.

Quien se anunció para 2030, Lara, no pesa en el escenario electoral; apenas busca aliarse con organizaciones sociales aisladas para algún propósito contra Paz. El Partido Demócrata Cristiano (PDC) que los hizo binomio ganador conformó alianzas que se confunden en corrientes de ambos o más.

Al frente, la situación no es diferente. En Santa Cruz, un alicaído Luis Fernando Camacho busca la reelección y el senador Branko Marinkovic, peleado con su hace poco aliado Jorge Quiroga, pretende su lugar.

Y Morales, aún con vida política, intenta reproducirse en alianzas de última hora en distintas regiones del país. Su militancia dispersa y peleada ha tomado rumbos distintos. 

Se prevé que el resultado del 22 de marzo no proyectará al gobierno de Paz a las regiones ni implicará la reafirmación del “cambio de ciclo”. No hay horizonte unificador ni consecuente con la alternativa al movimiento nacional popular. Todo es confuso.

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