La brasa entre las ruinas. Sobre Ayer el fuego de Rodrigo Urquiola

El gran Guillermo Ruiz Plaza nos trae una nueva reseña. En esta ocasión habla del libro Ayer el fuego (Libros de la Montaña, 2022) de Rodrigo Urquiola.

Ayer el fuego, de Rodrigo Urquiola (Libros de la Montaña, 2022), es uno de esos libros que se abren con una frase y ya han empezado a doler. La dedicatoria a la abuela del autor –Justina– no es un gesto protocolar: es literatura. Tiene, además, una resonancia inevitable con aquella dedicatoria de Camus a su madre en El primer hombre: “A ti, que no podrás nunca leer este libro”. En ambos casos, el destinatario es una figura esencial que sostuvo con su vida la posibilidad misma de la escritura. Y esa decisión, desde la primera página, instala a Justina no solo como presencia afectiva, sino como personaje: una figura que se vuelve entrañable, incluso antes de que los cuentos nos digan quién es exactamente.

El título también está cargado de una belleza discreta y amarga. Ayer el fuego: el pasado como un lugar donde ardió lo más significativo en nuestra vida. El fuego calienta, ilumina, consume, deja ceniza. Así opera la memoria en estos cuentos. No es archivo, sino combustión. El ayer no es un museo, sino un escenario donde se quemaron cosas que importaban. La memoria, aquí, es una forma de intemperie.

El libro reúne diez cuentos. Su unidad es tan orgánica que resulta legítimo leerlo como una novela fragmentaria. Se trata de un conjunto con atmósfera, voz y forma comunes. Todos los relatos están narrados en primera persona y eso, antes que un recurso, es una continuidad: un mismo narrador al que vamos conociendo desde la infancia hasta la adultez. Lo que cambia no es la voz, sino su temperatura, y el modo en que la vida le va dejando marcas. De cuento en cuento, Urquiola construye una conciencia que se recuerda a sí misma, se juzga, se explica y, a ratos, se traiciona.

La forma narrativa es uno de los aciertos más singulares del libro. Los cuentos se hilvanan a través de fragmentos, lo cual responde a una lógica íntima. La cronología se subvierte, se corroe, se desordena. Urquiola sabe que el recuerdo no ocurre en línea recta: la memoria avanza por asociaciones, por golpes, por escenas que reaparecen sin permiso. Esa estructura fractal –narración que se repite con variaciones y se aproxima a sí misma desde ángulos distintos– permite que el lector se sumerja mejor en la memoria del narrador y en el modo particular en que éste habita sus vivencias. Hay algo en esa técnica que no solo es eficaz: es honesto. No se cuenta lo que pasó, sino cómo se recuerda lo que pasó, que suele ser más cruel y verdadero.

El núcleo imaginario de la mayoría de los relatos es Chasquipampa, en La Paz: barrio marginal de la zona sur que aquí no funciona como mero telón de fondo, sino como un organismo vivo. Es un lugar que se construye desde dentro, con el peso de sus calles, su precariedad, su violencia y sus lealtades. Es el territorio al que vuelven los cuentos como se vuelve a un origen: no para idealizarlo, sino para reconocer que uno nunca sale de ahí del todo. Incluso cuando el narrador crece y cambia, el barrio sigue operando como un imán moral: el lugar donde se aprendieron las primeras jerarquías, las primeras humillaciones, los primeros deseos.

En este sentido, una de las tensiones más constantes del libro es la que enfrenta margen y centro: pobreza y riqueza, servicio y privilegio, barrio y ciudad “formal”. Urquiola escribe desde una aguda conciencia de clase, pero evita el panfleto. No le interesa denunciar desde la consigna, sino mostrar desde la intimidad. La desigualdad, en Ayer el fuego, no es una idea abstracta: es una experiencia corporal. Se siente en el hambre, en la vergüenza, en el modo en que algunos cuerpos parecen destinados a servir y otros a ser servidos. La injusticia social aparece como una atmósfera que se respira: está en el lenguaje, en los gestos, en lo que se puede o no se puede desear.

Dentro del volumen, “Dysneyworld” destaca por su precisión emocional. A mi ver, es una obra maestra de la narrativa breve boliviana. Su trama –la traición de un joven hacia su abuela, trabajadora del hogar– podría contarse de forma melodramática o moralizante. Urquiola elige lo contrario: la contención. La traición es breve, pero significativa. Y lo más devastador no es el hecho en sí, sino el movimiento interior que lo acompaña. La psicología del narrador está tratada con una lucidez incómoda: ese momento en que uno comprende que ha fallado a quien más lo quería, y que ese fallo no proviene de una maldad espectacular, sino de una cobardía cotidiana. 

Otros cuentos del volumen impactan por su fuerza formal y su potencia narrativa. “Chupacabras” trabaja la soledad de un niño en un barrio desolado –la Chasquipampa de los años ochenta–. La figura del chupacabras es un síntoma: el modo en que una comunidad y un niño procesan el vacío, el abandono, la amenaza.

“Ashley” es otro de los relatos más logrados, y también de los más duros. Parte del descubrimiento de que una compañera de curso es “una puta” –en el lenguaje crudo del colegio–. Lo que vuelve inquietante al cuento no es el hecho, sino el modo en que muestra la violencia social sobre el cuerpo femenino y la complicidad masculina. Hay una tristeza seca en “Ashley”: la de saber que ciertos destinos se escriben antes de tener edad para defenderse.

“Senkata” ofrece uno de los finales más impredecibles del libro. La historia de Mendoza, futbolista de barrio atormentado por males de amor, podría haber derivado en un relato de frustración masculina. Urquiola lo desplaza hacia un territorio más oscuro y humano: Mendoza termina salvando a su hija del horror. En ese giro hay algo que no es mero efecto narrativo, sino una apuesta ética. El cuento sugiere que, aun en un mundo que aplasta, existe la posibilidad dolorosa y tardía de la redención.

Los otros cuentos amplían el mapa emocional del libro. “Árbol” trabaja una leyenda inquietante: un perro humano, metáfora de cómo las personas pueden ser rebajadas a animales por la locura, pero también por la sociedad misma. “Canario” explora la promesa interminable del regreso del hijo pródigo, ese retorno siempre anunciado y postergado que se vuelve, con los años, una forma de tortura afectiva. El cuento que da título al libro, “Ayer el fuego”, narra amores pirómanos que acaban apenas en nada: la combustión sentimental como destino. “La venezolana” enlaza varias historias en torno a migrantes venezolanos en La Paz, tocando el motivo del chivo expiatorio: cómo el extranjero se vuelve recipiente de culpas ajenas en épocas de crisis.

Hay en estos cuentos una fuerza que no proviene únicamente del estilo –aunque sea sólido–, sino de la realidad evocada. Urquiola no escribe desde el relato oficial de la sociedad boliviana. Escribe desde lo que ese relato suele eclipsar: el hambre, la miseria, la enajenación, la injusticia social y la revancha que late como pulsión subterránea. 

Sin embargo, lo notable es que el libro no se agota en su localismo. Chasquipampa es un lugar concreto, pero también es una forma del mundo. El margen del que habla Urquiola no es solo geográfico o económico: es existencial. Desde ahí, la voz del narrador toca la culpa, el deseo de pertenecer, la vergüenza, la ternura que se defiende con agresividad, la necesidad de amar a quienes nos criaron y el modo en que, a veces, los traicionamos.

La elegancia del libro reside, precisamente, en su contención. Ayer el fuego no pretende deslumbrar con virtuosismo ni forzar la emoción mediante golpes bajos. Su intensidad se instala lentamente, casi sin hacerse notar. La primera persona que atraviesa estos cuentos no aparece como héroe ni como víctima, sino como una conciencia que vuelve una y otra vez sobre lo vivido. Y ese regreso, aquí, tiene algo de expiación. Desde esa voz se construye una experiencia íntima de la desigualdad, no solo como estructura social, sino como huella persistente en la vida interior.

Al terminar el libro queda una sensación particular: la de haber leído algo verdadero, en el sentido menos grandilocuente de la palabra. No una “verdad” ideológica, sino una verdad de vida: el modo en que la pobreza y el servicio se incrustan en la subjetividad, el modo en que el amor familiar convive con la culpa, el modo en que el pasado arde y se apaga, dejando algo que persiste y quema. 

El ayer, en Urquiola, no es un recuerdo, sino una brasa que sigue ardiendo entre las ruinas.

Por todo esto, Ayer el fuego merece ser leído. No porque retrate una realidad, sino porque la transforma en experiencia estética sin traicionarla. Desde un territorio marginal, la voz de Urquiola alcanza una resonancia universal y nos deja una certeza incómoda: lo esencial, muchas veces, ya ocurrió.

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