Recuerdos del tiempo neoliberal que viví

En este texto, Cecilia Meriles Treviño reconstruye su infancia y juventud en la Bolivia de fines de los años ochenta e inicios de los noventa, entreteje memorias íntimas e historia nacional bajo el signo del neoliberalismo.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Cuando era estudiante del ciclo Intermedio, a fines de los años 80, con un boliviano se podían comprar 10 panes. Este es uno de los recuerdos que llega a mi mente al pensar en la Bolivia neoliberal, junto con otros episodios que pasaron a formar parte de mi vida cotidiana. Eran hechos sin pretensiones que, sin saberlo entonces, empezaban a dar forma a una época y a marcar una experiencia generacional.

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1940
Las calles de Cochabamba en 1990 (esquina de Nataniel Aguirre y Jordán). Allí, en tiempos neoliberales, late la ciudad donde la autora hace nacer su historia. / Fotografía: Cochabamba de antaño [Facebook].

Cuando tenía nueve años, no había cuando empiece el año escolar, ya que las tensiones entre los sindicatos de maestros y el Ministerio de Educación se habían desatado como nunca. Así pasó febrero y mis padres encontraron como alternativa inscribirnos a mi hermana y a mí en un colegio particular –de entre los tantos que surgieron en esa época como hongos– llamado Colegio Petrolero “13 de marzo”. Este funcionaba en una casona de paredes de adobe y gradas de piedra, que hacía varios años acogió las oficinas del servicio de Correos en la ciudad de Cochabamba.

Algunas de las canciones del acervo nacional que conozco, como “Chapaco soy”, “En las playas desiertas del Beni” y “Trinidad, Trinidad, Trinidad”, las aprendí en ese año escolar. Esa gestión fue atípica, pues, por alguna razón que desconozco, mis compañeros y yo tuvimos cuatro maestros diferentes en la materia de Música, así cada profesor llegaba con su propio cancionero.

Otro aspecto que hizo inolvidable esa gestión escolar, en la que cursé cuarto básico, fue que mi maestro organizó salidas con mi curso. Recuerdo que visitamos una exposición sobre el espacio que organizó la Embajada de Estados Unidos y fuimos como público a la emisión de un programa infantil del Canal Universitario.

La actividad más memorable para mí fue la excursión de mi clase a la zona de los Molinos de Tiquipaya, en esa época un territorio prácticamente rural y bucólico a cierta distancia de Cochabamba. Actualmente esa zona es irreconocible, regresé una única vez en diciembre de 2009, para asistir a la boda de una amiga en una casona de las tantas que ahora se erigen por allá y a donde el transporte público llega sin mayor dificultad.

Para esa salida escolar se contrató a un camión, al que todos los niños y niñas nos subimos sin mayor conflicto por parte de nuestras madres. Hoy en día eso sería imposible de realizar, por las medidas de seguridad que se exigen en ese tipo de actividades extraescolares, pero para mí. con la distancia de los años, esa experiencia sigue significando el corolario de vivir una aventura. Aún recuerdo que en el viaje de regreso pasamos por la plazuela Quintanilla y nos entretuvimos cantando todas canciones que nos sabíamos de memoria, mientras tratábamos de agarrarnos lo mejor posible de las varillas laterales de la carrocería con toda la fuerza que nos permitía nuestra corta edad; aún así, había momentos en los que acabábamos dando alguno que otro tumbo.

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En Cochabamba a fines de los años 80, se consolidó la presencia de la financiera FINSA de los hermanos Nelson, Eddy y Carlos Arévalo, llegando a captar 56 millones de dólares por parte de personas deslumbradas por los altos intereses que brindaba esta entidad.

El 30 de septiembre de 1991, el gerente de la Firma Integral de Servicios Arévalo (FINSA), Nelson Arévalo, apareció muerto y fue el cierre de la bancarrota de muchísimas familias que confiaron su patrimonio a esa oficina. A lo largo de estos años no se pudo esclarecer si lo mataron, se suicidó o él mismo pagó por su muerte, como una manera de escapar al peso de la justicia.

El recuerdo que conservo hasta hoy es que después de la tragedia, durante muchos sábados por la tarde en la pantalla del Canal 9, aparecieron personas que formaban parte del comité de prestamistas y, de manera pública, exponían sus puntos de vista y las acciones que se podrían tomar, para lograr recuperar los fondos económicos y devolver el dinero a los afectados. La situación de incertidumbre se dilató varias semanas y, por cansancio, muchas personas se resignaron a perder lo invertido, el manto del olvido cubrió esta quimera económica.

Por otra parte, pensar en FINSA también me lleva al recuerdo gracioso de la publicidad televisiva en la que aparecía el comediante y abogado Alberto Gasser (que luego fue designado como Prefecto de Cochabamba por Gonzalo Sánchez de Lozada) disfrazado con un sombrero y un abrigo largo cuadriculado, que le daba un aire de detective. El personaje decía: “Por fin el 21060 sirve para algo”. Era un juego con la cifra, que en realidad era el número de teléfono del servicio de radio taxis FINSA, pero que también hacía referencia al Decreto Supremo 21060 emitido en agosto de 1985, el cual aglutinó medidas de ajuste estructural económico para detener la hiperinflación y la crisis económica, liberando el mercado, con consecuencias sociales adversas, como los despidos masivos.

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Recuerdo de manera muy particular la vacación invernal de junio de 1994. Según la organización del calendario escolar, el receso pedagógico debía durar dos semanas, si se recrudecía la temperatura había la posibilidad de que se extendiera una semana más y únicamente bajo esas circunstancias. Sin embargo, las tensiones entre los sindicatos de maestros y el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada llegaron a un punto crítico y se determinó que el descanso educativo se extendiera a una cuarta semana, generando un mes completo de vacaciones. 

Justamente era el tiempo previo a la promulgación de la Ley de Reforma Educativa, presentada el 7 de julio de 1994. En esa época no existía el Ministerio de Educación como tal, y quienes encabezaron los lineamientos de las nuevas políticas educativas fueron Carlos Sánchez Berzaín, ministro de la Presidencia, y Enrique Ipiña Melgar, ministro de Desarrollo Humano.

En mi colegio, por alumnas mayores me enteré que hubo un tiempo en que se enseñaba francés como una de las materias; sin embargo, cuando llegué a tercero Intermedio (actual segundo de Secundaria) ya no se impartía, sino que se realizaba el aprendizaje de quechua. Fue una medida que asumió la dirección del colegio, mucho antes que el sistema educativo nacional incluyera las lenguas originarias en la currícula y durante dos años se avanzaba en el conocimiento de esa lengua.

Un idioma siempre se conserva con la práctica, en mi caso reconozco que no imaginé el alcance de practicar lo aprendido, fue como si mi mente entrara en una especie de receso. Cuando seguí mis estudios universitarios, la materia de Quechua formaba parte de las asignaturas para aprobar y el bagaje del ayer fue útil para reincorporar en mi mente los conocimientos de mi pasado escolar, frente a otros de mis compañeros que no tenían mayor idea del vocabulario, algunos aspectos de la pronunciación o incluso las personas enunciadas en la conjugación.

Desde mi punto de vista, lo que ha faltado y aún falta es considerar el aprendizaje de los idiomas nativos como una herramienta útil, más allá de solamente cumplir con la formalidad de aprobar la materia, sino ir más allá y crear espacios para que los ciudadanos y ciudadanas puedan practicar y sentir la utilidad real de dominar el conocimiento lingüístico, ya sea en la zona de los valles, el altiplano o los llanos orientales. En ese sentido, un ejemplo vivo que existe al lado de Bolivia es la capacidad bilingüe de Paraguay, donde su población se desenvuelve tanto en castellano como en guaraní, conversando sin dificultad en un idioma o en otro.

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En mi etapa escolar, las vacaciones de verano duraban tres meses. En 1994, debido al alargue inesperado del receso invernal, el descanso de fin de año empezó a principios de noviembre y la próxima gestión debía iniciarse el 3 de febrero de 1995. 

Actualmente el año escolar se extiende desde febrero hasta los primeros días de diciembre, la pregunta que me hago es ¿la calidad educativa ha mejorado con el aumento de días de clases? O ¿es simplemente una pantalla para presentar un escenario inexistente de eficiencia educativa?  

Los últimos 20 años han fomentado poco apego al esfuerzo y la habilidad individual que puede tener cada estudiante. El hecho de que nadie puede aplazarse no es una ayuda para el estudiantado; al contrario, es la manera cómoda de no aprender nada y navegar plácidamente sabiendo que de todas maneras tendrá un boletín de notas a fin de año y pasará de curso sin que se le exija saber un poco más.

Por mi experiencia de vida se deben realizar cambios drásticos desde los contenidos que aprenden los propios maestros y maestras en las universidades. Recuerdo que cuando era estudiante, en la materia de Filosofía, se pedía aprender las biografías de varios pensadores clásicos y tener las nociones de ciertos conceptos del área. 

Para contrastar los métodos de educación se puede tomar, por ejemplo, el sistema francés. Cuando el estudiante está en el último año de colegio, una vez por semana los alumnos deben pasar toda una mañana realizando lo que se denomina “Devoirs surveillés” (Tareas vigiladas), para ciertas materias como Historia, Filosofía, Literatura y Matemáticas. Es como realizar un examen, pero con la vigilancia de uno de los regentes, quien controla que no hablen entre sí o hagan trampa con las respuestas, asegurando un clima de concentración y silencio, tal cual sucede en la realización de un examen oficial.

En el caso particular de Filosofía, el maestro colocaba en la hoja de revisión una frase de algún pensador del mundo antiguo o contemporáneo, según lo que estaban avanzando en clases y cada estudiante debía reflexionar al respecto y redactar una argumentación clara, detallada y fundamentada ya fuera a favor o en contra. Se busca fortalecer el punto de vista autónomo y sólido con el bagaje revisado en el curso y por esa razón, en esta materia en particular los jóvenes deben recurrir a todos sus conocimientos previos y escribir un texto que verdaderamente hable de su propio punto de vista. 

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1941
El entonces presidente de Bolivia, Jaime Paz Zamora, en 1993: artífice del acuerdo gasífero con Brasil, que ató a Bolivia a los vaivenes del petróleo. / Fotografía: Casa de América [flickr].

En 1997, mi colegio cumplió 70 años, las remarcables Bodas de Diamante por su fundación como institución con larga presencia en Cochabamba. Ese año se realizó la incorporación de niños en el plantel, marcando un antes y un después del ambiente escolar en que me formé.

Se organizó un homenaje especial para recordar todas esas décadas de trabajo educativo, asistí a ese evento que se desarrolló en el teatro del colegio, con gran concurrencia de exalumnas de diferentes promociones.

El momento más destacado en la programación de esa mañana fue cuando la abogada Ana María Cortés de Soriano, en ese momento ministra de Justicia del gobierno de Hugo Banzer, colocó la condecoración del gobierno nacional al estandarte del colegio, como egresada de honor de la institución.

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Cuando se acercaba mi cumpleaños número 16, Jaime Paz Zamora llegó a Cochabamba el 17 de febrero de 1993 para recibir a Itamar Franco, presidente de Brasil. El alumnado de los colegios de la zona fue convocado para formar un cordón en las aceras, por donde pasaron los autos oficiales, mientras estábamos sosteniendo banderitas nacionales para dar realce a ese encuentro. El evento fue un almuerzo oficial en el hotel Portales ubicado en la Av. Pando, brindado por el gobierno boliviano a la delegación brasileña.

La firma del acuerdo de venta de gas natural de nuestro país al Brasil se realizó esa tarde en la Prefectura de la ciudad y se logró que se incorporara una cláusula que significó para Bolivia compartir los vaivenes del mercado internacional del petróleo, junto con Brasil. De esa manera, fueron socios en períodos adversos, cuando el precio del dólar en Bolivia era bajo, y también en las circunstancias favorables, si los brasileños lograban colocar el gas a buenos precios.

Este documento formalizó la construcción de un gaseoducto desde la estación petrolera Río Grande (Prov. Cordillera-Departamento de Santa Cruz) hasta São Paulo en Brasil, con una exportación inicial de 8 millones de m3 de gas por día durante 20 años. Se estimó el inicio del suministro desde el año 1996. 

Gracias a esa gestión clave en las negociaciones, encabezadas por Herbert Mueller (+), quien fue Ministro de Energía e Hidrocarburos, llegó una época de bonanza para nuestro país, que los gobiernos posteriores usufructuaron, siendo el más beneficiado el período del Movimiento al Socialismo que entró al poder en 2005.

Estas circunstancias tocaron de cerca la vida de mi familia, porque mi papá era técnico químico en el laboratorio de la Refinería Gualberto Villarroel, trabajo al que ingresó en 1967, luego de haber estudiado becado en la Escuela Industrial de la Nación “Pedro Domingo Murillo” (La Paz). Esta institución fue un semillero de formación profesional que –por ejemplo, en el área de hidrocarburos– estaba sostenida por YPFB. Así se generaban recursos humanos capacitados que eran destinados a Sucre, Cochabamba o Santa Cruz.

Mi papá nunca se vió como un funcionario público. Me animo a comentar que, en el imaginario de los trabajadores, YPFB era una institución aparte de los vaivenes políticos, o por lo menos la parte operativa estaba alejada de las cuotas de plazas políticas que se daban en los mandos altos, intermedios y quizás en un algún espacio de la parte productiva.

Cuando Gonzalo Sánchez de Lozada asumió como presidente en 1993, fue tomando forma el Ministerio de Capitalización, unidad gubernamental que debía gestionar la información y los procesos de inyectar capitales extranjeros en las empresas estratégicas del Estado, como por ejemplo ENFE, YPFB, Lloyd Aéreo Boliviano, etc.

En el caso de YPFB, en 1996 la empresa que se incorporó en el área de la exploración y explotación de hidrocarburos fue PETROBRAS, la estatal petrolera brasileña cuyo personal llegó con otros lineamientos de trabajo y cuya instalación en las refinerías generó incertidumbre, especialmente entre el personal técnico por la sombra de los posibles despidos. 

Mi papá fue incorporado en el nuevo equipo y continuó trabajando en el laboratorio, las modificaciones de rutinas laborales se manifestaron desde situaciones que podrían definirse como intrascendentes, pero que muestran los enfoques diferentes de cómo trabajar. Por ejemplo, en una ocasión Augusto Cesar Fernandes de Carvalho, designado como Gerente de la Refinería Gualberto Villarroel de Cochabamba, solicitó a la sección de Recursos Humanos que convocara a todo el personal a una reunión a las 8:00, dando una tolerancia de cinco minutos; sin embargo, a la hora señalada solo estaban cinco trabajadores de los setenta que en esa época conformaban todo el personal entre administrativos, plantel técnico y personal de servicio.

Después de media hora de espera no apareció nadie más, y cuando la autoridad indicó cerrar las puertas del auditorio, llamó a la encargada de RRHH quien se encontraba preocupada, posiblemente imaginando un memo de llamada de atención. Le preguntó delante de todos los reunidos si avisó al plantel completo, y la responsable de la unidad indicó que así lo hizo, posteriormente, se dio por terminado el encuentro.

Para la siguiente reunión que convocó Carvalho, el auditorio estaba prácticamente lleno a la hora señalada, antes de empezar con la actividad como tal, la autoridad llamó a uno de los trabajadores y delante de todos le dijo:

–¿Bolivia en qué planeta está?
–¿Por qué me pregunta eso? –fue la réplica sorprendida del trabajador.
–Porque en este país manejan la hora boliviana.

Dando a entender que los bolivianos nos desenvolvemos al margen de las costumbres laborales de productividad, y ese aspecto de los hábitos era el que PETROBRAS iba a enfatizar en para mejorar el rendimiento de la empresa.

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El 16 de julio de 2024 el expresidente Luis Arce Catacora dijo que un regalo para el departamento de La Paz era la explotación del campo Mayaya X1; sin embargo, hasta el día de hoy esta situación quedó en el mundo de la fantasía. El reverso de la medalla fue la inauguración oficial del campo Surubí en la provincia Carrasco del departamento de Cochabamba, en septiembre de 1993 durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. Este reservorio fue importante para sostener el proyecto de gas natural nacional y se lo presentó a la ciudadanía en plena productividad, dejando a un lado discursos vacíos y palabras de relleno.

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Estos breves pasajes que comparto hacen parte de mi crecimiento en los diferentes gobiernos de lo que se conoce como neoliberalismo, con las buenas y malas decisiones que nos acompañan hasta hoy, marcando la agenda de lo que Bolivia fue y ahora espera ser.

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