El repechaje, la nostalgia y el país que vive en replay

En su columna para 88 Grados, Willy Camacho habla de la sociedad boliviana valiéndose de una figura en particular, que ha aparecido en las charlas ante el repechaje para el Mundial 2026: Marcelo Martins.

Si Bolivia fuera una casa, sería una casa donde nadie tira nada. El televisor viejo sigue en la sala porque es bonito adorno, el radiograbador de los noventa está guardado en un cajón porque todavía funca y sirve para sacar repuestos, y en algún armario debe haber una cinta VHS esperando el día en que el viejo reproductor que se empolva en el sótano hace treinta años pueda ser arreglado. Y si alguien se atreve a sugerir que tal vez ya es hora de tirarlo, siempre aparece otro diciendo:

“¡No! ¡Ese aparato me trae lindos recuerdos!”.

Algo parecido está pasando con Marcelo Martins y la selección boliviana. El goleador histórico de la Verde decidió salir del retiro y volver a entrenar con la esperanza de ser convocado al repechaje mundialista que se jugará en México. Dos partidos separan a Bolivia de un Mundial. Dos partidos que, si se pierden, nos devolverán al rol que dominamos con profesionalismo desde 1994: ver el Mundial por televisión y explicar por qué el próximo sí clasificaremos.

Y justo cuando apareció esa rendija, reapareció Marcelo Martins. El Flecheiro no es cualquier jugador, es el máximo goleador histórico de la selección boliviana, con 31 goles en 108 partidos. Durante años fue el delantero encargado de una misión heroica: hacer goles para Bolivia, algo que a veces parecía tan improbable como encontrar puntualidad en un vuelo de BOA.

Pero bastó el anuncio de su intención de regresar al fútbol para que el país entrara en modo debate. Unos dicen que tiene que volver sí o sí porque es Martins, porque los goleadores nunca pierden el olfato, porque su experiencia puede pesar en un partido decisivo. Otros dicen que ya cumplió su ciclo, que el fútbol no es museo y que seguir mirando al pasado es exactamente la razón por la que Bolivia sigue viviendo de recuerdos.

La discusión, como suele pasar aquí, dejó de ser futbolística para convertirse en una radiografía nacional. El primer rasgo es nuestra facilidad para polarizarnos. En Bolivia cualquier tema termina dividido en dos bandos irreconciliables. Política, religión, vacunas, literatura, fútbol, el precio de la papa, el mejor lugar para comer anticuchos, Bonny Lovy o Ale Delius: todo acaba convertido en una batalla ideológica donde cada cual defiende su postura como si estuviera salvando la civilización occidental.

Nietzsche advertía que las sociedades obsesionadas con el pasado terminan paralizadas por él. Bolivia parece haber tomado esa advertencia como manual de convivencia. Aquí no se discute si Martins está físicamente listo para jugar un repechaje. Aquí se discute si cuestionarlo es traición a la patria o si defenderlo es una enfermedad nostálgica. Convertimos una convocatoria deportiva en una guerra civil de sobremesa, donde cada quien opina con la seguridad de un técnico campeón del mundo… pero desde el sofá.

El segundo rasgo es nuestra relación enfermiza con la nostalgia. Thomas Carlyle escribió en el siglo XIX que las sociedades tienden a construir héroes y luego vivir adorando sus estatuas.  Bolivia tiene un talento especial para eso: amamos a nuestros héroes… siempre que sigan siendo pasado.

Marcelo Martins representa perfectamente esa tentación. Durante años fue el rostro del gol boliviano. En las eliminatorias para Catar 2022 fue el máximo goleador del torneo, algo que en este país equivale a descubrir petróleo en el patio trasero y no saber qué hacer con él. Pero el fútbol tiene una regla que ni el patriotismo ni la gratitud pueden modificar: el tiempo también juega. Y el tiempo, como árbitro, es implacable. No acepta reclamos ni nostalgia en el VAR.

El tercer rasgo que aparece en esta discusión es nuestra curiosa relación con la gratitud. Bolivia es un país capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo: idealizar el pasado y despreciarlo con una velocidad sorprendente.

Por un lado están quienes dicen que Martins debe volver porque “se lo merece”. Según esa lógica, la selección debería funcionar como una ceremonia de homenaje con árbitro y fuera de juego. Algo así como un partido testimonial con himno nacional incluido y discursos de agradecimiento en el entretiempo. Por el otro están los que hablan del Matador como si hubiera sido un accidente estadístico, como si el goleador histórico de la selección hubiera pasado por la Verde sin dejar huella.

Ambas posturas son igual de torpes. El fútbol no se juega con gratitud, pero tampoco se construye con amnesia. Marcelo Martins merece reconocimiento. Mucho. Durante años defendió la camiseta de una selección que muchas veces parecía diseñada para arruinar delanteros. Hizo goles cuando Bolivia producía menos ataque que el ejército venezolano.

Pero el repechaje no es una ceremonia de agradecimiento. Es una competencia brutal donde se juega el futuro del fútbol boliviano en dos partidos (quizá exagero). Y el futuro —por definición— rara vez juega con 38 años. 

Lo que realmente revela esta discusión es algo más profundo: Bolivia tiene miedo del futuro. Nos tranquiliza pensar que los problemas se resolverán rescatando a alguien del pasado. A veces el país se parece también al coronel de García Márquez que llevaba años esperando una carta que nunca llegaba. Solo que aquí la carta se llama clasificación al Mundial y cada tanto creemos que llegará porque reapareció un viejo conocido.

Marcelo Martins ya escribió su historia. Y es una historia importante dentro del fútbol boliviano. Forzar un último capítulo no la hace más grande; solo la vuelve innecesariamente larga.

Las grandes carreras deportivas se honran con memoria, no con nostalgia mal administrada. Bolivia debería agradecerle al Matador con respeto, con memoria y con un aplauso largo. Pero también debería hacer algo que nos cuesta muchísimo: apostar por lo que todavía no conocemos. Porque una cosa es honrar a los héroes y otra muy distinta es seguir convocándolos porque todavía no confiamos en los vivos.

En el fondo, la discusión sobre Marcelo Martins dice más sobre nosotros que sobre él. Mientras el resto del mundo discute cómo construir el futuro, nosotros seguimos rebobinando el VHS para ver otra vez el gol de siempre.

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