Miedo a los miedos
Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer (a mí me gusta más pensar en LAS mujeres) viene en medio de olas de violencia en tantos lugares en el mundo. Mataron al “Mencho” (el jefe de uno de los carteles más violentos de la droga) y los estallidos de violencia paralizaron a varios estados de México; caen misiles y muerte en Irán, en Gaza y en Ucrania; las fronteras son líneas de fuego, de huida y de miedo. Y en Bolivia, en nuestro barrio, nuestra casa chica, un avión militar con encargo oficial y cargado de billetes para el Banco Central se precipita a tierra cerca al Aeropuerto Internacional El Alto sembrando muertos, heridos … y dinero, que gente ¿desesperada, solo oportunista?, se apresura a recoger siguiendo la pulsión atávica de la rapiña que se cubre con el anonimato.
Por esas diminutas casualidades de la vida de cada día en mi rutina coinciden el impacto de las noticias -afortunados los que pueden desconectarse del mundo- con la lectura de la novela 2666 del escritor chileno–mexicano–catalán Roberto Bolaño. Esta “novela río” publicada póstumamente el año 2004, que originalmente el autor pensó en cinco libros, terminó divulgada en un solo tomo de cinco partes y mil páginas que arrastran a sus lectores a través de una tormenta de personajes, lugares y acontecimientos.
Esta novela que parece inacabada, y probablemente lo es, escrita por Bolaño con la prisa de la muerte pisándole los talones, tiene algunos hilos conectores entre las partes. A veces son protagonistas, a veces sucesos o lugares de encuentro, pero su ambiguo corazón está en la parte tercera, denominada La de los crímenes, que combina en una narrativa agobiante acciones y personajes ficticios con los reportes horrendos y fidedignos de 110 asesinatos de mujeres en Santa Teresa, nombre imaginario para Ciudad Juárez en la ardiente frontera de México con Estados Unidos.
Las víctimas son adolescentes y jóvenes mujeres que en su mayoría llegan a Santa Teresa a buscar trabajo y colocarse como operarias en las gigantescas fábricas de maquila, laborando en jornadas agotadoras. Generalmente solas, sin familia en la ciudad, madres solteras a cargo de uno o más niños, ahorrando centavos para enviar a sus familias dispersas en la inmensa geografía mexicana. En algunos crímenes la policía identifica y acusa a un novio o pareja ocasional y las causas pueden ser los celos, el alcohol, la inseguridad. Pero, en la mayoría de los casos la información se registra y se archiva engrosando esa especie de museo de la infamia.
Los asesinatos que describe Bolaño ocurrieron a lo largo de la década de los años noventa. Esas páginas macabras descubren y detallan una realidad de violencia feminicida que, hasta hoy, continúa sin resolverse ni menos atenuarse.
En este sentido 2666, nótese el “número de la bestia”, que es tanto una referencia cronológica improbable como a la presencia del mal, es una novela inacabada, con historias de varios hilos que quedan colgando, algunos ficticios, como el destino de ciertos personajes, otros duramente reales, como las muertes de jóvenes mujeres que suman y siguen en la actualidad.
Este año 2026 es parte de una historia larga de ochos de marzo que nunca terminan su trabajo y no puedo evitar que las páginas de Bolaño me provoquen miedo. Es un sentimiento que invade y atraviesa la racionalidad y detona otros temores.
Miedo a la guerra, aunque parezca lejos.
Miedo a la inseguridad, aunque no andemos de noche.
Miedo a la enfermedad, ¿cuándo va a pararse este imprevisible reloj?
Miedo a la violencia, que siempre acecha.
Miedo a la indiferencia, que es “un monstruo grande y pisa fuerte”.
Miedo a la muerte súbita, como ese avión que arrastró su carga de herida y miseria.
Miedo a tener miedo.
Cochabamba, marzo 2026
