La Bolivia neoliberal: Yo me acuerdo
Yo me acuerdo. La dama de hierro y un exactor de Hollywood, ellos fueron los dos precursores del neoliberalismo, Margaret Thatcher y Ronald Reagan. ¡Qué tiempos aquellos! Tuvimos un presidente gringo, un dictador elegido y un tercero en las elecciones que luego llegó a la presidencia. ¿Realismo mágico tout court o simplemente Bolivia? Creo que vivimos las dos cosas en aquellos tiempos. Una inseparable de la otra. Todo lo que es posible, aquí en Bolivia, siempre se hace imposible, mientras que lo imposible aquí se hace posible.
Yo me acuerdo. Era el tiempo de los llamados Chicago Boys, de estos economistas que desde la época del dictador chileno Pinochet iban sembrando esta doctrina del liberalismo económico por toda Latinoamérica. Aún no sabemos muy cabalmente si Adam Smith fue su musa inspiradora y si El ladrillo fue realmente su evangelio. Por cierto, es que la siembra fue a lo ancho y a lo largo del continente. Una tempestad y muy pocas cosechas.
Yo me acuerdo. Parecía vivir la escalofriante novela Nocturno chileno de Roberto Bolaño, con la macabra figura de Urrutia Lacroix que da clases de marxismo al general Pinochet. Pero todo lo que se vivió no fue una ficción, sino la cruel realidad. Entonces mucha gente en lugar de leer novelas acudió al No Logo de Naomi Klein o al Imperio de Antonio Negri y Michael Hardt. Lecturas que ayudaron el surgir de un espíritu rebelde que cabalgaría entre el final del corto siglo XX y el inicio del nuevo siglo, el siglo XXI.
Yo me acuerdo. Tal vez en Bolivia no fuimos los mejores alumnos de este gran plan, pero seguramente fuimos los primeros en ponerlo en práctica, los primeros en actuarlo y los primeros, también, en hundirnos. Fue como con Potosí y su Sumaj Orck'o, como con Simón I. Patiño y La Salvadora, Bolivia es siempre la primera en descubrir las riquezas y muchas veces ni siquiera la última en aprovechar de ellas. El Decreto Supremo 21060 fue el gran íncipit para nosotros y una gran inspiración para el mundo entero. Muchos se subieron al carro del ganador, pero Argentina resultó ser el campeón, el mejor de los alumnos en absoluto. Ahora ni me acuerdo cuántos presidentes cambiaron en unos pocos días, pero me acuerdo del cacerolazo al llamado corralito. El también llamado “Argentinazo” fue el epílogo de cuanto Menem había ido construyendo –o más bien destruyendo– ya desde hace años. Argentina siempre tragicómica, Argentina siempre grotesca.
Yo me acuerdo. Todo empezó con una infinidad de promesas, el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) recién se había inventado la participación popular y otro montón de “vainas” para hacer creerle al pueblo que habría participado de la política del país, que la democracia era el mejor camino, junto al mercado; luego, el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) que inicia reformando al Estado y rifando sus riquezas; más luego aún, el ADN (Acción Democrática Nacionalista) con su viejo refrán de “pan, techo y trabajo”; y, al final del camino, otra vez el MNR, las masacres y una tibia reforma parcial de la Constitución que abrió las puertas a una Asamblea Constituyente. Maquillajes a una democracia demacrada y vientos de revolución bolivariana que se irán enfrentando de ahí a poco. Mientras, todos obedecieron a la consigna del Consenso de Washington, y todos se hundieron.
Yo me acuerdo. En Bolivia el dólar gozaba de buena salud y la avenida Heroínas en Cochabamba estaba inundada de agencias de viajes –venta de pasaje para irse del país, a España, a Italia, a Europa–, los café-internet a todas horas se hallaban repletos de gente, en las calles había la misma bulla generacional de siempre. Estaban difundiéndose exponencialmente las pollerías: broaster, al espiedo, a la canasta, ahumado y a la brasa, al mismo tiempo que iban disminuyendo las silpancherias. En las calles encontrabas a los últimos turistas analógicos y a los que venían a Bolivia solamente para probar la emoción de vivir un bloqueo. A su retorno a la vieja Europa algunos de ellos escribieron novelas, crónicas de viajes, otros aportaron con sus testimonios a la difusión del Lonely Planet Bolivia. La globalización estaba pisando fuerte y no todo el mundo estaba preparado para esta nueva aventura. Entonces todos a ver las películas de Ken Loach, a leer Eduardo Galeano –el Galeano que aún no había abjurado Las venas abiertas de América Latina–, a creer en la izquierda, a escuchar a Manu Chao, a hablar nuevamente de revolución. En la desesperación aún existía la esperanza, el sueño, la utopía; tal vez porque el burgués era aún el burgués, el campesino era aún el campesino, el obrero era aún el obrero, el estudiante era aún el estudiante, el ciudadano era el pueblo. Todo parecía ser como una poesía escrita a los dieciocho años, sin seriedad y con mucha ilusión, y era una buena poesía, popular, clara, viva y aun simple y sincera. Pero solo una poesía. El poder era algo que aún creíamos lograr desmantelar sin que sus escorias afectarán nuestras conciencias, sin que sus escombros deterioraran nuestras morales, sin que sus ruinas malograran nuestras éticas. Era una poesía.
Yo me acuerdo. Luego vinieron la Guerra del Agua, la Guerra del Gas y se vio la huida de muchos políticos, muchos de los cuales se escaparon llevándose un tremendo botín, varias obras de arte de inconmensurable belleza y valor, y hasta el papel higiénico se llevaron. Pero no se llevaron la rebeldía de los bolivianos.
Yo me acuerdo. Un café expreso costaba dos bolivianos con cincuenta centavos; una cerveza Huari en botella, ocho bolivianos; un minuto de conversación telefónica a Italia costaba 18 bolivianos, y con 10 bolivianos aceitabas a un policía. ¿Tarifas neoliberales? Unas que otras, más acertadamente tarifas de una economía que en Bolivia no había conocido plenamente lo que sería la globalización. El café no era de buena calidad y llamando a Italia sufrías varias interrupciones.
Yo me acuerdo. Extrañas nostalgias asaltaron a la voluntad de poder, se llegó a pensar al poder de otra manera, se llegó a imaginar que “la basura de la historia de los humanos” podía, aunque sea por una sola vez, no ser la tempestad que arrolla, arrastra y deshumaniza. Nada de nietzscheano frecuentaba estos lares aquel tiempo. Nada de realmente libertario inspiraba, pero la ilusión era muy fuerte. Poder y progreso siguieron andando juntos. Barataria estaba lejos también de aquí.
Yo me acuerdo. Acabábamos de entrar a un nuevo siglo y el tanto esperado desorden digital, el llamado Efecto 2000, no ocurriría, mientras que el orden mundial necesitaba de una profunda barrida. De esta inconmensurable tarea hay fechas para recordar. Las de abril del 2000, la llamada Guerra del Agua, el 4 de abril particularmente, cuando Cochabamba entera fue convocada para la “batalla final” con la consigna de la expulsión de Aguas del Tunari y la derogación de la ley 2029. La Comuna de París tuvo su proyección en la Llajta.
Yo me acuerdo: “…están la Rosita, doña Chepa y el Juan de la Rosa… a esa hora Gandarillas, Ferrufino, Lozano, Azcui, Zapata, Padilla y 30 otros patriotas… la rebelión está en las venas y no se apagará nunca, Goyeneche ya se ha retirado, y los ‘chapetones’ del gobierno, los puchuchuracos y los pacos también se rindieron”, el estado de ánimo y las acciones se parecieron a las gestas de la Independencia de 1825, estaba el Juan de la Rosa y la plebe cochabambina. Fue un golpe durísimo a la capitalización que había iniciado Goni y que prosiguieron todos los aliados de la democracia pactada. Los errores que se cometieron después deberían hacernos reflexionar hoy, mañana y siempre.
Yo me acuerdo. Otra fecha que no puedo olvidar es la del 12 de octubre de 2003. Día y noche de fuego, El Alto se vuelve una ciudad heroica y deja muertos y más muertos, y muchos heridos, la ciudad más joven del país sacrificando a su pueblo por la patria. Este fue “Octubre negro”, escribió Adolfo Cáceres Romero: “¿Los militares?, el viejo maestro pensó haber oído mal. Los militares rompieron el bloqueo con sus armas de fuego, le respondió un periodista que intentaba captar la versión de los heridos. Otro los fotografiaba. ¿Dónde dice que se produjo el enfrentamiento? Cerca de aquí, en Parotani. ¿Parotani? Sí, en la carretera a Oruro. ¿Y cómo fue? Fue atroz, indudablemente. Inesperado y atroz, tanto para los bloqueadores como para los transportistas y pasajeros de las flotas que miraban cómo los soldados devolvían con balas y gases las pedradas y hondazos que recibían”. No siempre, como sostuvo Paul Valéry, la guerra es una masacre entre gente que no se conoce para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran. Esta vez los que disparaban y los que caían probablemente se conocían.
Yo me acuerdo. También hubo un lenguaje en aquella época, no era una “lengua secreta”, sino un lenguaje esperanzado que cabalgaba la ola de un tiempo perdido, recuperando aquí y allá trozos de un imaginario que habían ido sembrando la Revolución Francesa, las resistencias y la juventud del 68. Algo de teorías marxistas, de regurgitación libertaria y muchos grafitis. Luego, indianismo nostálgico y pachamamismo new age, y una infinidad de oenegés. Un coctel que aún no se logró metabolizar completamente. A muchos les resultó óptima la receta, se quedaron con increíbles beneficios, para otros la desilusión fue fatal y siguen en coma.
Yo me acuerdo. Nos faltó la experiencia, y la experiencia es siempre como “aquel boleto de la lotería adquirido después del sorteo”. La Historia enseña y sigue recitando el eterno refrán de “los pueblos y los patrones”. En algún momento, el ser humano se distrae y olvida lo aprendido para que otros vayan revisando o inventando una nueva Historia, más acomodada a sus objetivos y pareciéndose a una mitología histórica. Todo lo que se conquistó ahora tiene otro nombre, hasta otra semblanza, es irreconocible a quien luchó para obtenerlo. Metamorfosis de los hechos históricos y viveza criolla de santos y pecadores de siempre.
Yo me acuerdo. Lo que estamos viviendo hoy no está tan lejos de lo que vivimos entonces. La plebe en acción tiene sus pausas, a veces ensimismada y apática, a veces incrédula a la realidad, a veces esperando a un nuevo líder, a un caudillo, eternamente catalizada con aquel mesianismo acertado u equivoco que sea, pero que nuevamente la hará sentirse viva. Seguimos aún en lo que profetizaba con su lúcida visión Giambattista Vico: “La historia no es lineal, sino un proceso cíclico en el que las civilizaciones pasan por fases de desarrollo y declive, para luego comenzar de nuevo”. En las vitrinas de muchas librerías reaparecen los textos de Milton Friedman y de Friedrich Von Hayek y se ha “desempolvado” a Francis Fukuyama. El error está siempre ahí: “The wrong answers to the wrongs questions” (respuestas equivocadas a preguntas equivocadas).

