A 5,5 de velocidad

En su columna para 88 Grados, Vero Delgadillo nos habla de ser el sujeto de prueba de una hija que quiere ser personal trainer, y todas las reflexiones que vienen con caminar, cada día, tres kilómetros a 5,5 km/h en el gimnasio.

Dicen que el ejercicio prolonga la vida, aunque nadie aclara que también puede ponerla en perspectiva. Cambié de gimnasio hace un par de meses porque mi hija entrena ahí y quiere ser personal trainer. Necesitaba un cuerpo dispuesto a equivocarse bajo supervisión profesional y el mío estaba disponible. Así que ahora soy su sujeto de prueba.

La vida tiene un sentido del humor extraño. Después de años diciéndole qué hacer, es ella quien me corrige la postura.

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Fotografía: Vero Delgadillo

—Activa el abdomen. Otra vez.

Hay algo ligeramente vergonzoso y profundamente vulnerable en que tu hija te diga que endereces la espalda, que puedes con un poco más de peso. Y que tenga razón. Debo admitir que la inversión de roles tiene algo de justicia poética. 

No es exactamente un gimnasio; es un “centro de entrenamiento”. Aquí se viene a optimizar el cuerpo (el que tengas). En una pantalla gigante rotan frases de superación junto a las ofertas del mes: “No te rindas”. “Aprovecha la promo 2x1”. “Sé tu mejor versión”. Motivación y marketing con la misma tipografía.

Mi lugar seguro está frente a una gigantografía de Muhammad Ali lanzando un gancho derecho al argentino Oscar Bonavena en aquella pelea del Madison Square Garden en 1970. El golpe y los rostros están suspendidos justo después del impacto. Cinco por catorce metros de pura épica masculina: combate, potencia, victoria.

No me gusta particularmente el boxeo -aunque confieso un placer culposo por los combates en jaula de artes marciales mixtas-, pero esa imagen me ordena. Me obliga a fijar la vista. Me inspira. A veces, incluso, me dicta poemas.

Camino frente a ella todos los días. Tres kilómetros exactos. No más. No menos. Siempre a 5,5 km/h. 

Mientras lo hago, escucho música en un Walkman deportivo con 2GB de memoria que compré en 2012. En ese momento era tecnología de punta. La última vez que actualicé la lista de canciones fue en 2016. Ahí siguen Unorthodox Jukebox de Bruno Mars, Arctic Monkeys, Pearl Jam, Soda Stereo y esa lista Billboard 2016 encabezada por Justin Bieber y otro de mis placeres culposos: Drake. Is it just me? Is it just me?... 

Camino siempre los mismos tres kilómetros. Escucho casi las mismas canciones. En un mundo que exige actualización constante, mi terquedad tecnológica empieza a parecer un pequeño acto político. Una revolución portátil de 2GB.

En algún momento leí a Byung-Chul Han -ese filósofo que te arruina el entusiasmo en tres páginas- decir que ya no vivimos en una sociedad disciplinaria sino en una sociedad del rendimiento. Nadie nos obliga desde afuera; nos explotamos solos. Nos levantamos temprano para buscar ser mejores que nosotros mismos. Planificamos hasta el tiempo de ocio. Medimos pasos. Contamos calorías. Registramos avances. 

El enemigo ya no es el otro. El enemigo es la versión mejorada de uno mismo que nunca vamos a alcanzar. Tengo un poema dedicado a Byung-Chul Han que habla sobre ser una capibara.

¿En qué momento empezamos a creer que descansar era fracasar?

A veces, mientras Ali golpea eternamente en esa pared, se activa en mi cabeza un narrador con tono de locutor deportivo y frases derrotistas: “Llegó el momento más triste de esta historia, señoras y señores. No hay héroe que rescatar. Acepte la derrota con dignidad.”

Y yo, mientras tanto, sigo a 5,5.

Otras veces, la voz es más íntima y más cruel: siempre podrías haber hecho más. Más por los demás. Más por tu familia. Más por el mundo. La sociedad del rendimiento no se limita al trabajo, también exige rendimiento moral. Hasta el cariño parece tener métricas invisibles.

Reconozco que soy lenta. Lenta para entender dinámicas sociales. Lenta para reaccionar. Lenta para competir. Cuando los demás celebran, yo todavía estoy intentando entender las reglas del juego.

“Más velocidad”, me dice otra voz. La ignoro. Yo camino siempre a 5,5 km/h; esa es la velocidad que hace coincidir mis pasos con el ritmo de “Locked out of heaven” mientras miro a Muhammad y el golpe perfecto que sé que será certero, porque ya conozco el final de esa pelea. 

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Fotografía: Vero Delgadillo

El optimismo me cansa y a veces me deprime. No el optimismo íntimo -ese que uno negocia con la almohada- sino el optimismo obligatorio, el que viene con tipografía motivacional y descuento del 20% o 50% si no lo pensás demasiado y hacés clic al instante. Esa sonrisa que promete que todo va a salir bien si te esfuerzas lo suficiente. 

Deberíamos poder decir simplemente: estoy mal. Y qué. O “mal, pero acostumbráu”, como decía el Inodoro Pereyra de Roberto Fontanarrosa. Pero la sociedad del rendimiento no tolera esa frase. Exige superación inmediata.

Qué pereza. 

No sirve de mucho tanta teoría cuando el cuerpo está cansado. El cansancio no suele salir en las fotos de la victoria. El cansancio es democrático, nos baja del podio a todas y todos. Yo me harté de analizarlo todo y a veces quiero ser una cavernaria: actuar primero, no pedir permiso, no explicar cada decisión como si tuviera que defender algo. 

Y, sin embargo, sigo caminando mis tres kilómetros exactos. Sin golpear a nadie. Sin lanzar ganchos. Sin subir la velocidad más allá de lo que puedo sostener: 5,5 siempre. 

¿Es derrota?, provoca la voz. 

No. Es descanso.

“Eso, ahí sí”, dice mi hija cuando finalmente activo el abdomen correctamente. Su aprobación dura tres segundos. Después viene otra corrección. Me gusta que sea así. Porque el rendimiento puede ser tirano, pero el aprendizaje no. 

Cuando termino, la pantalla gigante sigue diciendo: “Sé tu mejor versión”. 

Yo, después de recorrer esa distancia -metafórica y literal- me conformo con no ser mi peor versión. Porque todos tenemos una. Quien diga que no, probablemente tenga dos. 

Al despedirnos, mi hija siempre me da un abrazo y dice: “Hoy lo hiciste muy bien”. 

No sé si es cierto. Me corrigió varias cosas. Pero mientras salgo del centro de entrenamiento, y suena "Zoom" de Soda Stereo en un aparato que ya nadie usaría, pienso que quizá no voy buscando vencer nada. Tal vez solo intento sostener el ritmo y no rendirme del todo. Como esa “triunfal derrota” de Bonavena, que resistió hasta el round 15 cuando todavía eran quince los rounds que había que pelear. 

En mi caso, mis 3K a 5,5 km/h después de una hora de pesas, sin grandiosidad, me alcanzan. No solo para alargar los años, sino para preguntarme qué hago con ellos. Por ahora, 5,5 es suficiente. 

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