Dimensiones
Ya sabemos que las especies invasoras ocupan nichos ecológicos, a veces causando la extinción de especies autóctonas, ya sea por transmisión de enfermedades, competencia por los recursos o simple y pura agresividad. Siguiendo al maravilloso tratado sobre fauna introducida en la Argentina: La fauna gringa de Juan Carlos Chebes y Gabriel Rodríguez, podemos hilar más fino y distinguir diferentes tipos de invasiones, algunas cuyo alcance posee dimensiones insospechadas.
Desde la trucha arcoíris (en Bolivia el famoso paiche también es un invasor y depredador), el salmón, el esturión y otras especies acuáticas que fueron sembradas liberando alevines en los ríos para promover la pesca turística; hasta las ardillas rojas que se son oriundas de Europa y ahora se comen los kiwis, las nueces, las mangueras de riego y los cables eléctricos en el vecino país, muchas de las introducciones de especies se deben al accionar humano. Pocas son especies que migran “voluntariamente” o escapan todo control recorriendo grandes distancias desde las selvas o lugares de origen en otro punto del continente, como la rana toro o el gecko. La más de las veces, el ser humano tuvo algo que ver en el transporte, la logística y la reproducción de bichos exóticos en lugares inesperados.
Así, especies foráneas llegan ya sea por parejas, -con los Noés de siempre dispersando mascotas-, por decenas, -cuando se escapan sujetos de experimentación o cuando nos hacemos a los suecos cuando bajan de los barcos (como las ratas, que han invadido el mundo entero)-, o por cientos, generalmente por iniciativas público-privadas.
La cantidad de especies así introducidas supera cualquier fantasía: búfalos asiáticos, renos canadienses, cervatillos europeos de todo tamaño, cabras alpinas y, también fauna doméstica que se escapa, se asilvestra y hasta se reproduce con fauna nativa, como los jabalíes cimarrones, mezcla de jabalí con chancho común. El caso más emblemático es el de los castores, que están royendo especies de árboles que tardan siglos en crecer, desviando cursos de agua y pudriendo vegetación local en ciénagas, transformando el paisaje de la Patagonia, donde nada tenían que hacer, ya que son oriundos de Norte América y Eurasia, lugares donde abundan bosques adaptados a ellos y depredadores que evitan su proliferación excesiva.
Ahora bien, la fauna doméstica es un tema incómodo: nos sigue los talones desde hace más de 12 mil años, gracias a ella generamos resistencia a gérmenes de cuidado como la tuberculosis, aprendimos a cazar con jauría, bebimos leche y nos servimos de carne y cuero ovino y bovino. Pero también, la llevamos con nosotros a todo tipo de climas y paisajes, no siempre para bien, modificando nuestro entorno a medida que avanzábamos.
Hay un cuento precioso de Zoilo Salcez Paz sobre la llegada de las primeras dos vacas al Beni, allá por 1750. Llegan junto a las misiones jesuíticas y son adoptadas con alegría por los chiquitanos. La presión ganadera sobre la selva estaba todavía a doscientos años de distancia, y el carácter dulce de las nombradas “Gitana” y “Española” resaltan en el relato. Sin las vacas en Latinoamérica no habría dulce de leche, ni cuñapés, ni asados, ¡ni hamburguesas! así que su llegada en carabelas atravesando el océano incidió para siempre en la cultura gastronómica del continente entero.
Y aquí es donde, por fin, hablamos de los caballos.
Parte de la megafauna del Pleistoceno, junto a mamuts y gliptodontes, los caballos habitaron todo el continente americano. El Mesohippus se clasifica como relacionado a tapires y rinocerontes, por tener tres dedos en las patas, y su descendiente, Pliohippus ya exhibe la pezuña característica de los caballos que conocemos hoy. Pudo expandirse a Eurasia por el estrecho de Bering antes de que el cambio climático en América impidiera su alimentación y causara su muerte continental. Esto quiere decir que murieron al cambiar las condiciones, pero que, al ser reintroducidos por los españoles en el siglo XVI, se reencontraron con ambientes muy propicios: vastas llanuras llenas de pasto.
Los cherokees y otras tribus del norte los adoptaron rápidamente, y fueron de fundamental importancia para las luchas contra los colonos de pueblos indígenas tanto allí como en sur, con los tehuelches y mapuches. Se escaparon de haciendas y formaron tropas libres, en zonas específicas, y poblaron los sueños y la imaginación de cientos de etnias, siendo las más poética la de los navajos: Chico Turquesa aspira a algo, pero no sabe a qué. Pronto un dios le mostrará las cuatro esquinas donde el sol guarda corrales de estas criaturas celestiales, y Chico Turquesa, tras obtener objetos poderosamente simbólicos, obtendrá un caballo para los Diné. Los caballos son, para los navajos, guía, compañero espiritual, e instrumento clave para atravesar largas distancias tan rápido como el viento. ¡Nada que ver con el prosaico hecho de que los trajeron en barco y les pareció interesante robarse alguno para uso personal!
Los caballos y asnos salvajes, a pesar de ser considerados exóticos o asilvestrados, capturan la imaginación y se protegen: hay 177 áreas de gestión de rebaños repartidas en diferentes estados de Norte América, con más de sesenta mil ejemplares en libertad y en Argentina, los baguales o cimarrones, caballos asilvestrados, ocupan una gran parte el Parque Provincial Ernesto Tornquist y zonas inhóspitas de la Patagonia, la meseta de Somuncurá y Tierra del Fuego.
En Bolivia hay tropas de asnos salvajes que se adaptaron al altiplano, ya que hasta hace muy poco fueron fundamentales para la locomoción en un país agreste y propenso a los deslizamientos.
Y aquí entra el tema de las dimensiones. Por falla biológica, no podemos prever las consecuencias de lo que hacemos hasta dos generaciones después, por lo que todavía desconocemos cómo afectan los caballos salvajes a su entorno a largo plazo. Los elefantes (descubrimos casi demasiado tarde) mantienen una relación simbiótica y de "ingenieros" con sus llanuras y bosques. Crean senderos, cavan pozos de agua en sequías, dispersan semillas esenciales. Su alta movilidad y memoria geográfica les permiten gestionar recursos en extensos territorios, fomentando la biodiversidad y moldeando activamente el paisaje para su supervivencia. Los castores, como vimos, también modifican su entorno. ¿Los caballos? No lo sabemos, pero como tantas tribus que reconocen un ser sagrado a simple vista, verlos galopar inspira nuestros sueños de libertad irrestricta y búsqueda de nuevos horizontes. Por suerte para ellos, y para nosotros, porque les da una chance, una oportunidad de permanecer en el continente, como lo hicieron hace millones de años atrás.
