Charlas breves con escritores: Ana Lucía Velasco

Charlamos con Ana Velasco, politóloga boliviana, quien nos habló del idealismo, el análisis político responsable, el lanzamiento de Macurca y el pensamiento crítico-emocional. ¡Acá les dejamos nuestra charla!
Editado por : Adrián Nieve

Esta es Ana Velasco Unzueta, una politóloga boliviana especializada en psicología política, gestión de conflictos y educación cívica cuyo importante trabajo la mantiene atenta a la ruidosa coyuntura política nacional. Entre la investigación, la docencia y la conversación pública, con foco en pensamiento crítico, polarización y cultura democrática, Ana es una de las analistas actuales más valiosas y por eso quisimos (y logramos) hablar con ella. 

Si quitamos cargos, títulos y proyectos, ¿qué rasgo personal dirías que más condiciona hoy tu forma de pensar la política?

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Imagen: 88 Grados

Algo que solía avergonzarme, pero ya no, es que soy bastante idealista, diría incluso rozando en la ingenuidad. También me avergonzaba ser muy empática, porque cuando escuchaba a alguien, podía fácilmente “ponerme de su lado”, aunque 10 minutos después, cuando me tocaba escuchar a la otra parte, también me “ponía de su lado”. Ahí me di cuenta que jamás podía ser juez y que no valía la pena estudiar Derecho. Pensaba que todo eso era un defecto. 

Con el tiempo entendí algo que me guía hasta hoy: si una quiere dejar una huella en el mundo, como normalmente queremos los idealistas, primero tiene que entender cómo funciona el mundo; y no puedes entender el mundo sin entender a las personas. Sin caricaturizarlas, sin endiosarlas ni demonizarlas. 

Para mí, soñar con cambiar las cosas nunca fue un problema. El problema es soñar irresponsablemente. Me he forzado siempre a no caer en eso. Y la responsabilidad, en política, empieza por mirar de frente las fuerzas que mueven a las personas: los intereses, los miedos, las lealtades, las instituciones, la historia, etcétera. Ese esfuerzo por “soñar con responsabilidad” es lo que me ha empujado a hacer una contorsión un poco incómoda, pero sin la cuál no podría hacer análisis político: me fuerzo a no ser tan idealista como para caer en la ingenuidad, ni tan realista como para caer en el cinismo.

¿Hubo un momento específico, personal o colectivo, en el que entendiste que la política no era solo un objeto de estudio, sino un problema que te involucraba?

En lo personal, ser mamá. Ahí fue el punto en el que para mí la política dejó de ser un tema apasionante que se analiza desde una siempre cómoda distancia, y se volvió algo profundamente humano y hasta visceral. De repente, para mí pensar la política ya no era el deseo, un poco egoísta, de “dejar una huella”, sino la pregunta más cliché pero dura que nos hacemos las que somos mamás o papás: ¿qué mundo le estamos dejando a mi hijo y a la siguiente generación?

Mi maternidad me hizo redescubrir mi humanidad con más humildad: somos seres biológicos, emocionales, tribales, frágiles, intensos que hacen política. Entonces, la política es profundamente eso: humana. No es algo que puedes “leer” sin leerte a ti misma, porque al final la política también es un espejo de cómo somos, de cómo amamos, de qué tememos, de qué necesitamos para sentir que pertenecemos.

¿Qué se pierde y qué se gana cuando una politóloga deja la distancia analítica y entra a intervenir en la conversación pública?

Yo no creo que análisis e intervención tengan que ser mutuamente excluyentes, aunque entiendo por qué muchas veces lo parecen. Para hablar de esto hay una idea de Julia Galef en su libro The Scout Mindset que me sirve mucho: hay gente que mira el mundo con mentalidad de soldado y gente que lo mira con mentalidad de explorador.

El soldado entra a defender: una identidad, una causa, una tribu, una idea. El explorador entra a entender: quiere hacerse un mapa del terreno, no ganar una batalla. Lo que pasa es que, hoy, la “conversación pública” se parece mucho más a un terreno de batalla y menos a una mesa de dibujo. Por eso hoy por hoy la conversación pública es mucho más atractiva para los soldados que tienen motivación clara: vencer. Y vencer muchas veces se ve como humillar o “dejar callado” al otro. Lo que se pierde es que, cuando todos están levantando banderas, nadie está haciendo mapas.

Ahora, tampoco creo que el mundo deba quedarse sin soldados. Se gana mucho de ellos y es normal que existan. Los exploradores, de hecho, aprenden mucho observándolos. El problema es cuando solo hay soldados: ahí tienes mucho ruido, épica, pelea, espectáculo, pero no conversación. Y si no hay conversación, no hay nada que mapear. 

Hace poco lanzaste Macurca, tu escuela de pensamiento crítico-emocional. ¿Qué estabas viendo en el debate público o en las personas que te hizo pensar: con análisis político no alcanza?

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Fotografía: Ana Velasco

Los humanos solemos hacer algo raro: cuando sentimos que algo está mal, tendemos a sobrecompensar y nos vamos a extremos. En el estudio de la ciencia política se lo ve clarísimo.

Por un lado, hay una tradición más académica, muy heredera de la Ilustración, del Sapere Aude de Kant y del “pienso y luego existo” de Descartes, se ha llegado a creer que “pensar bien” es sinónimo de reprimir emociones, como si sentir fuera sinónimo de poca educación. Esto para sobrecompensar lo que en ese momento era un mundo muy influenciado por el pensamiento mágico, la superstición y el autoritarismo. Peor, tan en serio nos lo hemos tomado, que el pensamiento crítico se ha enseñado como una especie de máquina de detectar falacias: frío, impecable, pero desconectado de lo humano. Y eso, paradójicamente, es otra forma de ingenuidad, porque los seres humanos sentimos antes de pensar, y porque en la política se juega la emoción todo el tiempo.

Por otro lado, para luchar con eso, muchas formas más contemporáneas de hacer político, sobre todo algunas que salen del activismo se fueron al otro extremo: una política de pura pasión, donde “si mi causa es justa” entonces todo se justifica. En ese punto, la política se convierte en la materia prima de nuestra identidad y ahí perdimos todos, porque cuando tus ideas se convierten en tu identidad, escuchar al otro ya no es pensar: es sentir que te están atacando. Cualquier debate de ideas podría acabar con la muerte de tu identidad y cualquier reconocimiento de espacio para el otro se siente como un suicidio. Cualquier matiz se vive como traición.

Macurca nace de esa intuición: Yo quiero recuperar algo parecido al justo medio del que hablaba Aristóteles: si por luchar contra una cosa, sobrecompensamos y nos vamos al otro extremo, vamos a ir dando tumbos por la eternidad. Macurca parte entonces de una idea básica: para pensar mejor, necesitamos aprender a sentir mejor. Y para no ser esclavos de lo que sentimos, necesitamos pensar con más rigor. No hay uno sin el otro.

De toda tu formación académica, ¿qué herramientas te resultaron insuficientes para el contexto actual y cuáles se volvieron inesperadamente centrales?

Un hallazgo impresionante, y penosamente reciente, para mí ha sido descubrir que en Ciencia Política estudiamos poder, conflicto, identidad, violencia, sin estudiar en serio comportamiento humano. La psicología y la biología están ausentes en los planes de estudio en la mayoría de las universidades de América Latina. Y eso hoy se siente como una carencia enorme. No sabía que me faltaban herramientas de psicología, de biología, de neurociencia, de evolución, de trauma. Porque la política no ocurre en la nada: ocurre dentro de cerebros humanos, y esos cerebros tienen sesgos, miedos, recompensas, lealtades.

Por eso fue tan importante para mí una etapa de estudios en la que pude armar mi propio camino de formación. Tomé cursos de psicología política, antropología evolutiva, estudios de religión y de trauma colectivo. Y desde entonces no me entiendo como politóloga sin esas herramientas. La filosofía sigue siendo central, sí, pero hoy tenemos el lujo de contar con todo un repertorio de evidencias sólidas sobre cómo funciona de verdad la mente humana cuando cree, cuando se enoja, cuando se siente amenazada, cuando pertenece, que ya no es responsable seguir haciendo ciencia política ignorando todo ese corpus de conocimiento disponible. 

Cuando hablas de pensamiento crítico-emocional, ¿qué en concreto lo diferencia del pensamiento crítico tradicional?

Que no los separa. El pensamiento crítico-emocional parte de una idea simple: no existe pensamiento crítico sin gestión emocional, y no existe gestión emocional sin pensamiento crítico. No tenemos dos cerebros separados: uno racional y otro emocional. Es un mismo cerebro que siente y piensa al mismo tiempo, y con ese cerebro vivimos en sociedad y hacemos política.

Te pongo un ejemplo cotidiano: ya es bien sabido que aprendemos mejor cuando algo nos emociona. A un niño puede costarle memorizarse las capitales de todos los países del mundo, pero se aprende de memoria un mapa completo de un videojuego porque le interesa, le entusiasma, lo mueve. Entonces, si queremos que la gente se comprometa con la democracia, tenemos que emocionarla de la misma manera que un niño se memoriza el mapa de su videojuego favorito.  Si queremos ciudadanos menos manipulables, más capaces de evaluar información, de detectar trampas, de sostener desacuerdos sin desbordarse, no vamos a lograrlo obligándoles a memorizarse todas las falacias lógicas de Aristóteles. Necesitamos lógica y emoción trabajando juntas. No hay atajos.

¿En qué casos la emoción deja de ser un insumo para el pensamiento crítico y se vuelve un obstáculo?

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Fotografía: Ana Velasco

Cuando la emoción nos da autorización moral para hacer daño. Cuando es pura emoción la que está al volante, va a pasar que ese algo que me conmueve tanto, o me asusta tanto, que me desborda, voy a empezar a justificar cualquier cosa “en nombre de” esa causa: mi patria, mi región, mi familia, mi partido, mi equipo, mi historia. Y casi siempre el combustible más peligroso es el miedo al otro: sentir que el otro me amenaza.

Hay un estudio muy interesante de la politóloga Liya Yu que se llama Vulnerable minds en el que, a través de estudio neurocientíficos, identifica que el cerebro deshumaniza con mucha facilidad. Lo difícil, lo verdaderamente exigente, es hacer lo contrario: humanizar al que más te incomoda. Reconocer que, aunque sea distinto y te irrite, sigue mereciendo dignidad por ser humano. Eso no se logra solo con teoría: requiere entrenamiento emocional real. Es una especie de artesanía interna, una disciplina.

Si tuvieras que señalar un déficit específico en nuestra forma colectiva de pensar y sentir la política en Bolivia, ¿cuál sería?

Creo que en Bolivia muchas veces vivimos la identidad nacional desde el victimismo. La víctima es el héroe. Nuestra épica, la forma en que nos contamos “quiénes somos”, suele premiar la narrativa de la herida: aparece en el cine, en la literatura, en el turismo, en nuestra memoria colectiva.

El problema es que toda víctima necesita un victimario, y ese papel suele caer, casi por default, sobre “los políticos” o “los ricos”. Y ojo: sería ciego negar la historia de abusos y desigualdad; racismo y discriminación que tiene nuestro país; pero también creo que se convierte en una profecía autocumplida: si el político es siempre el enemigo, ¿qué tipo de personas van a querer entrar a la política? Muchas de las mejores, las más decentes, se alejarán por puro instinto de supervivencia. Porque no todo el mundo va a estar dispuesto a servir al país aceptando ser “el malo” por definición. Así hemos hecho que la función pública se convierta en una actividad que sólo es atractiva para los más cínicos, para los que están dispuestos a sacrificar su prestigio social a cambio de algo, seguramente más atractivo: el poder o el dinero. O ambos. Conozco a algunas personas que son auténticas excepciones a este cinismo del que hablo, pero como se puede intuir, al ser excepcionales, son pocas. 

¿Qué pesa más hoy: la desinformación, el miedo, el cansancio o la necesidad de pertenecer a un bando?

Vienen todas juntas. Son un sistema, no piezas sueltas y hay que tratarlas así, con una visión sistémica. La desinformación funciona tan bien y es tan buen negocio porque se monta sobre dos cosas muy humanas: el miedo y la necesidad de pertenecer. Y la pertenencia es poderosa: sentirse castigado o expulsado socialmente duele de verdad. Y aquí no hablo de dolor de forma metafórica, si no de forma literal: el cerebro interpreta el castigo social como dolor físico. 

Y el cansancio es el suelo fértil en el que el miedo y la necesidad de pertenencia se hacen difíciles de sostener. A mí me ayuda una imagen: Atlas, el titán de la mitología griega, condenado a sostener el mundo sobre los hombros como castigo por intentar rebelarse ante los dioses del Olimpo. Siento que los humanos modernos nos impusimos un ideal altísimo y precioso: vivir en democracias donde la dignidad vale para todos. Es  un modelo tan ambicioso que es como si hubiésemos sido castigados por querer jugar a ser dioses al intentar rediseñar las reglas del comportamiento humano. Y nuestro castigo es sostener ese sistema que nos impusimos, pero nos cuesta y es agotador porque el cerebro humano no evolucionó para ser tolerante, inclusivo y objetivo. Entonces cansa.

Y ahí aparece el mal político que te dice: “¿Estás cansado de aguantar a estos otros en nombre de la democracia? Tranquilo. Dame poder y yo te alivio, yo los hago desaparecer”. Ese es el atajo tentador. Por eso, si queremos ser menos manipulables el atajo debe dejar de ser tentador, necesitamos hacernos más fuertes para sostener ese mundo que soñamos sin quebrarnos. MACURCA, para mí, es eso: un gimnasio mental y emocional para cargar nuestro mundo con más músculo. Por eso el Atlas sosteniendo un cerebro se ha convertido en el logo de MACURCA.

Si Macurca funcionara bien, ¿qué cambio concreto debería notarse en las personas que pasan por la escuela?

Que aprendan a “pensar bien”. Y para mí pensar bien es sostener ideas sin convertirlas en extensión del ego. La maternidad me lo hizo ver con brutal claridad: uno no trae hijos al mundo para que alimenten tu identidad. Los hijos no son versiones miniatura de uno. Son personas completas, con su propio camino. Y amarlos de verdad implica tolerar que te sorprendan, que se equivoquen, que te contradigan.

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Fotografía: Ana Velasco

Con las ideas nos pasa algo parecido: a veces “parimos” ideas para que nos sirvan a nosotros, para sentirnos correctos, superiores, seguros. Y cuando alguien las cuestiona, lo sentimos como un ataque personal. Si Macurca funciona, la gente debería poder hacer con sus ideas lo que los buenos padres hacen con sus hijos: dejarlas que vengan a este mundo a construir(se), en lugar de venir a este mundo a reforzar su propia identidad. Dejar que sean revisadas, corregidas, incluso reemplazadas, sin sentir que eso es una derrota personal. Esa flexibilidad, esa humildad, esa valentía… eso es “pensar bien”.

¿Desde qué rol sientes hoy mayor responsabilidad: formar, investigar o, quizás, incomodar?

Formar, pero no en el sentido de “moldear a la gente a mi imagen y semejanza”. Más bien acompañar. Acompañar a que las personas maduren su forma de pensar y su forma de sentir, para sobrevivir juntos en un mundo donde, si no hacemos ese trabajo interno, nos volvemos presa fácil de la manipulación. Y ese trabajo, por muy interno que sea, no se hace en soledad. No se hace en redes sociales. Se tiene que hacer cara a cara, sosteniendo todas esas incomodidades, incertidumbres y roces que son propios de cualquier relación humana. 

Desde tu trabajo en psicología política, ¿qué costos psicológicos ves normalizados y poco discutidos en quienes ejercen poder en Bolivia?

El aislamiento del político. A veces imaginamos al poder como un éxtasis de excesos: exceso de dinero, de influencia, de privilegios. Y sí, eso existe. Pero hay un costo silencioso: cuando alguien tiene poder, se vuelve útil para mucha gente. Y esa gente necesita que el poderoso siga siendo poderoso. Entonces lo rodean, lo protegen, le filtran la realidad, le endulzan el oído.

Eso puede terminar creando una burbuja peligrosa: aislamiento de la crítica, aislamiento de la verdad, aislamiento de la calle. Se parece un poco a esas relaciones tóxicas donde alguien, en nombre del amor que dice tenerte, te “cuida” tanto que te separa de cualquier persona que podría mostrarte lo que no quieres ver. Un político exitoso puede vivir en un mundo imaginario, construido por intereses ajenos y no darse cuenta que aunque sienta que tiene todo el poder para hacer lo que quiera, hay otros que están haciendo lo que quieren con él.

En tu experiencia, ¿el poder termina deformando más a las personas o simplemente amplifica rasgos que ya estaban ahí?

Yo lo pienso como una adicción. Con el alcohol o ciertas drogas, a veces la gente dice: “ahí sale su verdadera personalidad”. Pero en realidad, las adicciones producen cambios químicos y estructurales en el cerebro. Entonces, el poder puede amplificar rasgos, sí, pero fundamentalmente transforma a las personas. 

La pregunta que me interesa más es otra: ¿por qué algunas personas se vuelven adictas al poder y otras no? Ahí me parece muy útil leerlo o escucharlo al Dr. Gabor Maté, que estudia la adicción como una forma de anestesia. Él dice algo que me queda: la gran pregunta no es “¿por qué la adicción?”, sino “¿por qué el dolor?”. ¿Qué dolor está intentando calmar alguien con alcohol, con drogas… o con poder?

¿Cómo se distingue una postura crítica de una falsa equidistancia en contextos polarizados?

Para mí la diferencia no está en dónde te paras (izquierda, derecha o “al medio”), sino por qué te paras ahí y la confianza en la que te paras ahí. Y esto lo explica muy bien un experimento de Mariano Sigman, un neurocientífico cognitivo, y su equipo.

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Fotografía: Ana Velasco

Ellos hicieron un estudio masivo con públicos de charlas tipo TED. Primero, cada persona respondía individualmente a dilemas morales que suelen polarizar (por ejemplo, aborto tardío, incesto o edición genética), con una escala del 1 al 10, donde 10 es totalmente de acuerdo y 1 totalmente en desacuerdo. Después los ponían en grupos de tres y les daban apenas tres minutos para conversar e intentar llegar a un número común por consenso. 

Cuando analizaron por qué algunos grupos sí llegaran a consenso y otros no, apareció un patrón clave: los acuerdos se daban sobre todo cuando había una persona con postura moderada pero con alta confianza en su razonamiento. A esos participantes les llamaron algo así como “grises de alta confianza”: gente que no está en el centro por duda o por cálculo, sino porque está realmente comprometida con encontrar una salida razonable, y tiene la claridad para hacer de puente entre extremos. Y claro, es fácil que alguien que sea un 1 o un 10 tenga alta confianza en su postura, pero es más raro que un 4, un 5 o un 6, tenga absoluta confianza en defender ese justo medio.  

Entonces, para mí, ahí está la distinción: esta falsa equidistancia que mencionas sería para mí como un gris de baja confianza, es decir, alguien que se posiciona al medio por apatía, por miedo a incomodar, por no “mojarse”, o porque en el fondo el tema no le importa tanto. En cambio, la postura crítica más valiente, es de quien decide quedarse al medio por una alta confianza en la fuerza de esta postura: porque estás tan comprometido con el problema que te tomas en serio lo valioso de cada lado, haces curaduría de argumentos, y generas diálogo. 

Lo clave es que tenemos que admitir que cuando decimos que estamos comprometidos con la democracia o que queremos vivir en democracia, estamos diciendo “escojo el diálogo antes que la confrontación” y ese camino no se puede recorrer sin estos grises de alta confianza.

En la práctica educativa boliviana, ¿qué se castiga más: el error o la pregunta incómoda?

Yo me inclinaría por decir que el error. Fundamentalmente porque el error lo castiga todo el mundo: no solo el adulto o la figura de autoridad, pero también los pares. A veces, los más crueles son los pares. En cambio, la pregunta incómoda podría a veces incluso ayudarte a ganarte la admiración de tus pares o la complicidad de algunos adultos o figuras de autoridad con mente abierta. En cambio, equivocarte puede volverse una marca social: te bajan puntos, te ridiculizan, te sacan del grupo, te encasillan. Incluso en las relaciones, románticas o amistosas, hay cada vez menos tolerancia al error. De nuevo, en esta tendencia que tenemos a sobrecompensar las cosas, por ir en contra de una cultura que toleraba todo tipo de maltratos en nombre de proteger el vínculo (me pega porque me quiere o porque es mi esposo y tiene el derecho) ahora hemos pasado a una cultura en la que si algo me incomoda o no me hace feliz, lo elimino de mi vida. En la que identifico una “red flag”, me alejo para protegerme. Y así los jóvenes aprenden que penalizar el error no es sólo un capricho del sistema educativo, sino es una tecnología de disciplinamiento que atraviesa toda su vida.

Cuando una cultura penaliza el error por todos los flancos, lo que produce es conformismo. Y el conformismo es terreno fértil para el tribalismo: pequeñas microsociedades autoritarias donde “equivocarse” no solo es fallar en matemáticas, también es vestirse distinto, tener otros gustos, juntarse con otra gente. En un contexto así, el pensamiento crítico se vuelve arriesgado. Casi peligroso.

Si tuvieras que elegir un solo problema político-social que estamos discutiendo mal en el país, ¿cuál sería?

Nuestra obsesión con el “si los sacamos a estos, todo se arregla”. Cambia el nombre del enemigo según la época o según tu interlocutor y ese enmigo pueden ser “los masistas”, “la derecha”, “la oligarquía”, “los ignorantes”… da igual. Es el mismo pensamiento binario: el mundo dividido entre buenos y malos, y la tentación de creer que nuestros problemas desaparecerían eliminando a un grupo. 

Si uno revisa algo del debate público que suele surgir en épocas de elecciones: mucha gente no vota por alguien, sino en contra de alguien. Hay que decirlo, eso es profundamente infantil, y además antidemocrático. Porque la democracia, en el fondo, no es “ganar y que el otro desaparezca”. Es la pregunta incómoda: ¿cómo hacemos para vivir juntos en este pedacito de tierra sin sacarnos los ojos? Mientras sigamos entendiendo la política como expulsión del otro, seguiremos tomando atajos y llamándoles “democracia”.

¿Qué debates ocupan demasiado espacio público y nos permiten evitar conflictos más estructurales?

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Fotografía: Ana Velasco

El debate etiqueta izquierda-derecha, tal como lo usamos acá. Siento que ya no describe nada con precisión, pero lo usamos para sentir seguridad: para saber quién es quién, quién es amigo, quién es enemigo. 

Y mientras jugamos ese juego, dejamos de discutir cosas más estructurales: cómo construir instituciones que funcionen, cómo reducir incentivos a la corrupción, cómo fortalecer educación, justicia, productividad, confianza social. Eso polariza y  por eso la polarización es conocida también como un “hiperproblema”, es decir, como un problema que se come otros problemas. 

Las etiquetas van a existir siempre porque nos dan una sensación de orden, pero frecuentemente son más humo que claridad: nos distraen y nos tranquilizan al mismo tiempo.

¿Qué estás leyendo ahora que no tenga que ver directamente con tu trabajo, pero que te esté ayudando a pensar mejor?

Para Navidad le regalaron a mi hijo un libro de mitos griegos y lo hemos estado leyendo juntos. Yo siempre los amé, pero ahora los estoy mirando con otros ojos, casi como si fueran un “manual” de comportamiento humano.

Los mitos son como mapas emocionales. Te muestran, sin filtros, lo que nos mueve por dentro: la ambición, los celos, el orgullo, la culpa, el miedo, la necesidad de pertenecer, el deseo de reconocimiento. No te lo explican con teoría, te lo ponen en escena. 

Me encantan porque son historias sobre poder, pero contado desde lo humano. 

Condensan dilemas morales que no envejecen Los dioses griegos no son “perfectos”: son caprichosos, se ofenden, castigan, hacen alianzas, compiten por estatus. Es como mirar una versión exagerada, y por eso tan pedagógica, de cosas muy reales: cómo funciona el ego, cómo se arma una jerarquía, cómo se justifica la violencia cuando hay prestigio o control en juego.

Los mitos son el ejemplo perfecto de que los humanos somos racionales… después. Primero actuamos, luego buscamos una explicación que nos deje en paz. Los mitos griegos son un ejemplo hermoso de esta capacidad que tenemos los humanos para contarnos historias que nos ayudan a justificar lo que ya hacemos.

En general, griegos o no, leer mitos le baja el volumen a la soberbia moderna que nos lleva a creer que somos los primeros en abordar ciertos temas. Te hace recordar que “esto ya lo vimos”. Cambian los nombres, cambian las tecnologías, pero el drama humano es el mismo. Y esa mezcla de humildad y lucidez, a mí me ayuda mucho a pensar.

¿Qué autores o autoras recomiendas leer? 

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Fotografía: Ana Velasco

Depende mucho de lo que le guste a cada quien, pero si a alguien le interesa psicología política, pensamiento crítico y comportamiento humano, a mí me sirven mucho las distopías. Te obligan a pensar: ¿qué tendríamos que hacer para empeorar el mundo? Y esa pregunta, aunque no lo parezca, es súper útil. Ahí recomiendo siempre El cuento de la criada de Margaret Atwood y la Parábola del sembrador de Octavia Butler.

Confieso que yo soy fanática de la no ficción, y en ese sentido disfruto muchísimo las obras de divulgación científica. A mí me marcó mucho Robert Sapolsky. Me gusta porque te empuja a mirar el comportamiento humano con una honestidad incómoda. Sus libros Compórtate y Determinado abren preguntas fuertes sobre cuánto control tenemos realmente sobre lo que hacemos.

Y en Bolivia, tengo debilidad por la crónica. Creo que es de lo mejor que producimos, justamente porque te obliga a salir de tu burbuja mental: te presta ojos ajenos. Recuerdo esa sensación de “¿qué acabo de leer?” con crónicas como la de Cecilia Lanza sobre el “San Jailón” del Chapare, o Tribus de la inquisición de Roberto Navia. La crónica bien hecha es un gimnasio de perspectiva.

¿Qué libros recomiendas leer, pero todavía no lo hiciste? 

Tengo pendiente Escritos Para-lelos de Gonzalo Mendieta y Francesco Zaratti. Lo tengo en mi lista de pendientes hace rato. Admiro muchísimo a Mendieta y la mirada científica de Zaratti me parece refrescante, porque en Bolivia no es tan común leer opinión con ese filo y esa claridad.

Además me encanta la idea de ver, casi “en tiempo real”, cómo evoluciona el pensamiento de dos personas tan lúcidas. Es como asomarte al taller mental de alguien muy brillante. Y el título ya anuncia algo que para mí es buena señal: humor. Cuando hay humor inteligente, suele haber también una mente que no se cree dueña de la verdad.

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