Cuando el crimen nos importa un jocara

Nathan Leaño se mete de lleno en la novela “Porcelana” (Ed. 3600, 2025) de Adrián Nieve e ilustra con claridad cómo la subtrama de este libro se apodera y recontextualiza la trama principal.
Editado por : Fernanda Verdesoto Ardaya

AVISO: Esta reseña contiene fuertes spoilers, pero eso ya lo sabían.

Es una mentira eso del “inicio perfecto para el libro perfecto”, cuando el interés por los inicios es todo lo contrario. La perfección en el inicio convierte una novela mediocre en un cuento rescatable al ofrecernos respuestas y ninguna duda. Analicen un poco los mejores inicios de la literatura, y sabrán que el gancho que atrae a todas sus víctimas a páginas y páginas de diversión, no radica en el hecho de que haya sido demasiado contundente como para dejarlos K.O, sino la insatisfacción subconsciente al no saber qué carajos acabas de leer y deseas averiguarlo con frenesí. 

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Imagen: 88 Grados

Por ende, el inicio de una novela no es más que un catálogo de errores, temores o prejuicios que el lector anticipa y que el autor debe resolver con solvencia. Lo común es que estos errores lleguen a ser miles con solo una página, provocando que el número de páginas totales se convierta en un equivalente razonable a cuántas páginas necesitó el autor para cubrirlos a cabalidad. No siempre se resuelven todos, ojo, pero si el autor resuelve la mayoría de estos, se puede considerar como una victoria y, por ende, un buen libro.

Mi principal prejuicio al leer la primera parte de Porcelana fue el miedo de que la historia radique en el burdo cliché del antihéroe arrepentido que debe hacer lo correcto y, en pos de la moralina, arriesgarse por un completo desconocido, porque aún hay justicia en este mundo. En resumen:

—Muy bien, Maginner... ¡Pipo está muerto, le cortaron la garganta de aquí a aquí!
—¡Oiga, estoy tratando de comer mi almuerzo!

Pero más temprano que tarde, Adrián Nieve cambia la perspectiva desde su hipnótica prosa hacia la protagonista Mish Panoptes como una musa extrañísima, y nos ofrece un estilo más seco, llevándonos a una retrospectiva a la Ellroy, haciendo que los medios de comunicación hablen por él mucho más de lo que harían sus personajes. Y entonces comprendí de qué va todo esto: el miedo no solo quedó saldado por parte de su autor, sino que, además, nos ofreció la big picture. A diferencia de las típicas historias de conspiración, aquí la big picture no radica simplemente en el hecho de que “el gobierno es malo y es responsable de lo ocurrido”, porque, como el cliché previamente mencionado, nosotros sabíamos esto de sobra y lo asumimos inconscientemente antes de siquiera leer el libro. Lo digo porque es casi un pacto asumir que el estilo Noir, y sobretodo el Neo-Noir, sean críticas fervientes al gobierno de turno, en pos de conspiraciones que intentan develar misterios ocultos, pero que mojan el agua al mostrarnos que los políticos son corruptos y ya. Sin embargo, la big picture que nos revela Nieve para el final de la novela no tiene nada que ver con el enemigo común, sino con nosotros. Y el símbolo para representarnos es Panoptes.

Ahora, esto puede ser considerado como algo bueno, ¿verdad? Digo, dentro de la trama, la protagonista de Porcelana ha hecho de todo para ser considerada como un “modelo a seguir”, desde el ámbito feminista, pasando por el ámbito boliviano a secas, e incluso por su estilo de vida despreocupado y de cierta forma, melómano. Lejos de producirnos interés, la mayoría de los personajes que inundan el Noir son títeres propuestos para guiarnos a través de una historia mucho más grande o relevante que ellos. Son muy pocos los personajes que demuestran la personalidad suficiente para ser ellos el misterio, y no precisamente el caso a resolver. Noté muchas similitudes entre Harry Caul de The Conversation y Michelle Panoptes, y de hecho podría argumentarse que cumplen un arco similar en ciertos puntos. Mas, la diferencia radica en que, siendo Harry Caul nuestro héroe en su propia película, la empatía que nos produce radica en el hecho de que, siendo un personaje completamente nervioso e introvertido, lucha por hacer lo correcto, por más que el daño hacia su persona quede como un hecho inevitable, y del que no tiene un control para defenderse; la ironía máxima, siendo él un obsesivo del control. Mientras que Panoptes nos ofrece un cinismo y una actitud propios de nuestro tiempo y admirados por nuestros congéneres actuales. ¿Quién no quisiera ser como ella? Al final del pequeño vistazo que se nos ofrece de ella al inicio, podríamos quedarnos con lo básico y juzgar a Panoptes por su silencio, lo cual al final no es justo ni apropiado. La Panoptes del principio representa múltiples ideales a los que alguien podría aspirar: es envidiablemente hermosa, inteligente y cargada de precisión al atacar con la palabra y el sarcasmo. ¿Para qué arriesgar algo tan bello por algo tan banal como el Caso Romero?

Y es que sí, este dichoso crimen digno de un Noir con que empieza la trama de Porcelana no representa ni la suela del zapato de importancia dentro de la novela como para que se juzgue a Panoptes como una “indiferente” ante las penurias de la familia afectada. ¿Por qué se da el caso en una novela donde este crimen supone su importancia desde la primera página? 

La premisa de la novela es sencilla a más no poder: una voyeur capta un crimen y carga con el mismo. Ahora, Michelle es voyeur, eso es más claro que el agua. Pero, ¿no lo son también los tiktokers que venden el crimen como su contenido? Me interesa sobretodo el personaje de MatildeKSenderos_, porque es una generadora de contenido que, en la misma oración, puede juntar una pútrida empatía hacia ella, su propia familia y su brújula moral como divulgadora de noticias sensibles que necesitan escucharse para que se haga justicia, y por el otro pide likes y ruega por atención, prometiendo un podcast para lueguito. De todos los generadores de contenido que aparecen alrededor de la novela (algunos más creíbles que otros, eso sí), Matilde sin dudas será el personaje más malinterpretado de todos. Estoy segurísimo que muchos quienes lean este libro considerarán a la periodista en cuestión como un ente moral entre mucha inmoralidad, pues lucha por los derechos mancillados de una familia que no hizo mayor daño que meterse con la escoria equivocada. Esa gente no estará prestando atención al discurso abiertamente confrontativo y ególatra de la periodista, pero tampoco al tipo de formato que utiliza Nieve en la novela para parodiar la actualidad. Un formato que emula a TikTok, es decir, un junte de míseras producciónes audiovisuales de pocos segundos, de pobres esfuerzos, intereses obvios, y un millardo de comentarios ridículos. Son incluso más honestos los comentarios que no tienen nada que ver con lo que Matilde menciona en sus videos, o que se enfocan en los detalles más superficiales del mismo, que aquellos que (como Matilde) intentan contaminarse a sí mismos y a otros con su misma pestilencia moral, tomando partidos. El uso de estas herramientas se convierte en parte de las reglas del juego de la novela, y su repetición a lo largo de la misma solo desmerita, una y otra vez, la importancia del crimen dentro de la concepción de su universo. Mucho más importante es otro arco que va progresando junto a esas noticias, pero de eso hablaré después.

Abandonados por la supuesta “trama principal”, nuestro interés radica en el arco de Panoptes, quien piensa en el crimen del inicio con una culpa absolutamente superficial, comparable con quien se compadece de cierto problema un segundo, para ablandar sus pensamientos con helado al siguiente. El mayor punto de inflexión para nosotros no viene de parte del crimen olvidado, sino de un flashback que nos ofrece una perspectiva hacia el tipo de transformación que sufrió nuestra protagonista para convertirse en quien es. Nieve nos hipnotiza con imágenes sutiles, pero de un origen bastante pesado, una técnica que funciona por partida doble. Muy a diferencia de cómo contó el crimen principal como algo normal y bizarro, los atroces actos que transcurrieron en la casa Panoptes cuando Mish era niña se narran con un cuidado que hace que todo parezca místico, como un ritual enfermo de iniciación hacia la construcción de tu propia Panoptes interior y del entendimiento venidero. Sin embargo, solo Panoptes puede sentir cierta “pertenencia” a las miserias que vivió junto a sus hermanas en ese pasado y sentirse poderosa al hacer de su vida un Panóptico donde ella, privilegiada por la experiencia, pueda ser jueza absoluta de las miserias de la gente, así como dueña de sus secretos. Ella vive en paz con ese hecho, pero nosotros, como lectores, obviamente sabemos que ella se encuentra en una negación que terminará costándole caro después. Y, efectivamente, caro le cuesta después...

A partir de ese punto, entendemos a Panoptes ya no como ese personaje de carácter fuerte y decidido, sino como un ente performático, un tropo muy común dentro del ánime y del que bebe muchísimo nuestro cringe latinoamericano. Siendo Mish una ávida otaku (no por nada los apodos y las referencias que lanza desde la primera página), no es nada raro que se la compare con aquellos que se creen Johan Liebert, con los otros que se creen Griffith, y esos que se creen Kira. Pero a diferencia de quienes ustedes estén recordando ahora mismo, envueltos en un manto de vergüenza ajena, Michelle sí se ganó el “derecho” para actuar del modo que actúa. La tragedia de Kira, al final no es el hecho de que fuese un simple pretencioso tratando de ser alguien en la vida, sino el hecho de que tenía todo el potencial para serlo. El crimen del inicio se “resuelve” en segundos, Michelle tiene los contactos, el brío y los métodos adecuados para hacer que un paco importante abra la boca, y ella no enfrentará consecuencia alguna por esto. Todos felices, todos contentos, el crimen se resolvió, y lo único que nos muestra esto es que Michelle tiene la potestad para alimentarse con su mentira y nada más. No trasciende a cosas mucho más importantes que la audiencia de Matilde y su propio ego, al que reanima luego de un hecho que demuestra su fragilidad como persona.

El clímax de Porcelana no es, justamente, el brusco interrogatorio por el que se resuelven los problemas que, a estas alturas, no nos importan. El clímax de Porcelana nace gracias a la revelación que sufre Panoptes quien, contaminada por la historia de la porcelana familiar, de que su protección ideándose como el panóptico humanizado ante los otros, se derrumba puesto que su aberrante madre siempre estuvo al tanto de sus mentiras, convirtiéndose ella en su panóptico personal y arrebatándole así a Michelle el único control que podía ejercer de su vida, su sentido, su mantra. Michelle pretende ser una villana de ánime a lo largo de la novela, pero por poco cae al abismo gracias a una simple revelación que ella negó toda su vida. Una revelación que, aceptémoslo, siempre estuvo ahí, y la necesidad de ser un panóptico humanizado solo era un medio para protegerse de las verdades infectas que contaminaron su infancia y, prácticamente, su vida. Me parece genial por parte de Nieve el hecho de que la madre de Michelle le produzca mayor daño luego de muerta que en vida, y de la mano del ente menos dañino de su familia, la única hermana que no trata a Mish abiertamente como basura, pero que, en pos de las “buenas intenciones” —y un pedacito de extorsión— casi ocasiona la tercera muerte familiar aquel año, luego de la madre y de su hermano, títere sexual de la titiritera maligna. Casi como decir que a Pipo no le cortaron la garganta, él solo estuvo a punto de hacerlo por convicción personal.

Pero pasa que, por el mismo motivo que Matilde realiza sus videos por TikTok difundiendo noticias y nosotros comentamos nuestro apoyo, Michelle decide ayudar a la realización del Caso Romero; no por mantener un ideal vacío o una moral de dulce. Quiere sentirse poderosa de nuevo, tiene la habilidad, lo hace, fin. 

De ese lado, no mencioné a un personaje que me parece importante para el arco de Mish, y por todas las razones equivocadas: Roberto Dabú Mendoza, el Robalito. Y no lo mencioné porque su relevancia es incluso menor que el Caso Romero, pero, como ya vemos a lo largo de la novela, todos los datos intrascendentes de la misma no sirven para desarrollarse a sí mismos, sino para desarrollar a Michelle, quien los absorbe impunemente como parte de su acto. Por eso creo que Nieve, acostumbrándonos desde la primera página de la novela a que está dispuesto a subvertir ciertos clichés, nos ofrece otra escena prototípica, o lo que esperamos que sea, cuando nos presenta al Robalito. 

Primero, salgamos de Porcelana y vamos hacia la típica escena de mierda que ciertas películas facilonas nos ofrecen como un punto empático hacia su usual protagonista femenina: imagínense una oficina de lo que sea, preferiblemente de modas porque el cliché está infectado por este tipo de empleos. Imagínense a un jefe que es guapo, no tan guapo como el protagonista (que de hecho ni siquiera existe en esta novela, solo llegamos a un casi algo por parte de un personaje divertidísimo y mucho más agradable que muchos, pero aun asi, no apto para Panoptes), pero de igual manera, es un hombre con propiedades físicas bastante agraciadas. El tipo es un machista de manual, sin embargo, y aprovechándose de su físico y del deseo de las mujeres aledañas de la oficina, se dedica a molestar a nuestra tímida y endeble protagonista (te estoy mirando, Anne Hatthaway), a base de indirectas desagradables y mucha pasivo agresividad. Llega el punto clave donde el tipo este le lanza un comentario lo suficientemente hiriente como para que nuestra protagonista vaya a llorar al baño o a su casa, y a producirnos la empatía suficiente como para aceptar que, tristemente, este mundo dominado por hombres puede ser cruel con las pobres mujeres de ojos azules, linda figura, tímido sentir, y la generosidad de Santa Claus en toda su gloria celestial. Nos sentimos mal por ella, pero la acompañamos en un viaje maravilloso junto a su novio, en el que retoma fuerzas para volver a su oficina, lanzarle sus verdades al jefe frente a todos y, moviendo con orgullo su falda y sus cejas, gritarle: “¡Renuncio!” y recibir el aplausos de sus compañeros, quienes antes se reían de los abusos del jefe, pero que ahora, aplauden a su heroína mientras el pobre tipo intenta hacer todo para que regrese, porque, en el fondo, él solo estaba enamorado de ella, y sus métodos estúpidos lo llevaron a la destrucción de su pobre ego. La chica sale de la oficina, haciendo oídos sordos a las suplicas del jefe, se besa con su novio al pie del taxi, boda, vacaciones, tres secuelas en Aruba, el retorno del jefe, el nacimiento de los niños y mucho merchandising.

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Portada: Ale Spam

Ahora bien, volvamos con Porcelana.

Robalito es un sujeto antipático, un digno representante boliviano para los Pepe Cortisona del mundo, y sin embargo... no nos produce la suficiente antipatía a nosotros como para odiarlo al nivel hollywoodense. Michelle puede odiarlo, nosotros no, porque nosotros nos basamos en hechos, no en suposiciones. Si viéramos a Robalito haciendo llorar a Mish como esperamos, ahí podríamos haberlo odiado y con motivo. Pero los motivos que nos ofrece la novela para hacerlo son vacuos y dependen únicamente del pensamiento de Panoptes, quien de por sí es bastante misándrica y prejuiciosa. Recordemos que vive en una constante máscara de superioridad que, lejos de convertirla en un referente humano, trastorna su visión, intentando darle sentido a los traumas que sufrió. Así que Robalito no nos produce nada y no nos producirá nada mientras sigamos leyendo, al punto que empezaremos a creer que Robalito era relleno y nada más. Pero, un crimen resuelto después, y pasado el clímax de la historia, vemos cómo la chica le restriega sus verdades en la cara al jefe y es recibida con aplausos. Pero en el caso de Mish solo podemos decir, ¿para qué? Mish nunca fue una chica tímida ni mucho menos una sumisa, desde el primer momento está en constante pulsera contra el Robalito, haciendo valer su posición incluso ante sus pobres intentos de control. Mish es lo suficientemente poderosa como para siquiera pensar en él. Pero, luego del éxtasis vacío que significó para ella resolver un crimen que la molestaba —no como una quemazón de napalm, sino más bien como una piedrita en el zapato o un pelo en la sopa—, decide humillar al Robalito frente a todos con un discurso tan cringe como su personalidad recobrada. No es que el tipo fuese un santo, por supuesto que no, pero su humillación no implica un desarrollo positivo por parte de Panoptes, quien lejos de enfrentarse al trauma y renacer como persona, vuelve a las mismas costumbres y, muy a diferencia del principio de la novela, la conocemos lo suficiente en este punto como para saber que solo se miente a sí misma, que necesita esos espacios de “control” para sentirse plena de nuevo, excitar su máscara, aún si la porcelana con la que esta fue fabricada ya está resquebrajada a más no poder. Un jarrón Ming puede venderse por millones, pero cuando se rompe, solo es un montón de polvo vacío y sin gracia, directo para la basura. En esa escena podemos llegar a pensar que mayor valor carga una cáscara de plátano que la máscara Panoptes, luego de ser destruida.

Porque si bien Michelle es nuestra protagonista y, como ya dije, absorbe cada trama innecesaria a su alrededor —convirtiendo un crimen injusto y estúpido como su medio de “resurrección” personal, una aventurilla para retomar el control sobre su máscara—, la verdadera heroína de la novela, acorde con los designios de Nieve, es otra. O mejor dicho, SON otros.

En Porcelana la subtrama más innecesaria de todas, poco a poco, se convierte en la más importante de la novela, justamente porque no atiende a los designios de Michelle Panoptes, sino que va a su propio ritmo. Es una subtrama que no necesita de Mish para funcionar, hasta que, cuando las tramas se convergen, existe de forma evidente un lado ganador entre la competencia por quién genera mayor atención. Es una subtrama basada en un estereotipo, es cierto, pero pasa que los hermanitos famosos dan grima y siempre lo hicieron. Desde Caligula y Drusila, pasando por los chicos Jolie, los chicos Milei, y finalizando con Billie Eilish y Finneas, puede confirmarse o no, pero con todas sus actitudes y el tipo de impunidad que les genera el dinero, ya es automático asumir el incesto dentro del raciocinio social con los famosillos, y el creciente desdén prejuicioso que ejercemos contra ellos. Gracias Jeffrey.

Sin embargo, es hasta triste admitir que, en una sociedad tan horrible como la que plantea Nieve en la novela, los verdaderos héroes sean un par de hermanos incestuosos, pues por lo menos admiten esa oscuridad en su corazón y la dejan vivir entre ellos. Es una imagen quizás demasiado grosera para plasmar el mensaje —y muy abierta a las malas interpretaciones—, pero que funciona como un cañonazo de realidad al seguir de cerca el arco de los hermanos, sobre todo el de Dulcinea Avendaño, alias Dulce Verano. Pues su hermano Fabián Avendaño es un personaje increíble que está lejos de ser una performance pretenciosa como la que Mish intenta mantener sin éxito. Fabián genera conversaciones mucho más profundas y geniales de las que podrías esperar de un famosillo de esos, pero igual Dulce es la verdadera heroína aquí. Su arco es mucho más fácil de seguir que el de Panoptes y se hace notar robándole protagonismo al pobre Caso Romero a lo largo de cada TikTok, video, noticiero o podcast empleado por el autor. Dulce es una personalidad pública que labró una imagen con esfuerzo, influencias y algo de suerte, pero que ahora piensa dar el brinco artístico hacia la plataforma de OnlyFans, lo que llena a sus fans —y a nosotros— de una expectativa mucho mayor a la de esperar que el Caso Romero se resuelva o no. La genialidad de Adrián Nieve con respecto a este arco radica en que nos ofrece dos lados de un mismo sentir. Pues OnlyFans, y también todo el rango de medios de comunicación parodiados en la novela, no son más que una forma más “aceptable” de voyerismo. En ellos poseemos el anonimato de los mismos, pero también el derecho a réplica y a opinión. No somos monaguillos indecentes viendo a las monjas desnudas por un agujero en la pared, somos entes cerebrales, dispuestos a comentar lo que queramos en un sector de intimidad o incluso de superficial personalismo. La atención hacia el Caso Romero también llega a ser voyeurista, como lo haría cualquier internauta revisando desde lo prohibido del gore hasta las noticias más generales. OnlyFans nos genera un morbo mucho más elitista incluso, al ser una plataforma de paga en la que son pocos los privilegiados que pueden verle las “vergüenzas” a sus artistas preferidos mediante el intercambio mercantil. Y siendo un acto supuestamente válido entre pares, se siente ilegalmente legalizado, privado para nosotros, pajeros con dinero, mientras que, para el resto del mundo, somos solo consumidores. 

Pues bien, Dulce Verano anuncia su OnlyFans y el mundo enloquece tratando de anticiparse a sus supuestos desnudos como si fuesen las filtraciones de una película de superhéroes o algo por el estilo. El giro de trama genial que nos ofrece Nieve es que al final, el OF de Dulce Verano jamás trató sobre ella. Se hizo la burla de todos, nos partió el ego ofreciéndonos un producto propiamente artístico y digno de verse y, aun así, el incestuoso secreto de los hermanitos está protegido bajo el morbo saciado de sus fanáticos. 

¿Y adivinen ustedes quien es carne de cañón para protegerlos?

Sí, Michelle sabe su secreto, y disfruta viéndolos en acción, sintiéndose dueña de sus vidas por poseerlo. Pero no, todo lo contrario, Michelle Panoptes ahora es propiedad de la marca de los Avendaño, podrá conformarse con ver pero nunca tocar. El epílogo de la novela puede lucir redundante y secueloso al principio, pero es ahí donde se asienta la tragedia de Panoptes, y cómo su mentira la distrae de los hechos más básicos que ocurren a su alrededor y de los cuales ya ni cuenta se da. No solo fue el hecho de que la carta de su madre la llevase al abismo, sino el hecho de que, susceptible ante esto, fue observada en tiempo real por Dulce Verano, quien la devoró con la mirada y la hizo suya, convirtiéndola en una musa, una modelo que perdió el anonimato para ver sin tocar, abriéndose al público. Michelle, quien había absorbido toda trama que pasaba a su alrededor para que todo fuese sobre ella, ahora pasa a ser el clímax de la trama de los Avendaño, quienes pueden realizar su incestuosa aventura sin preocupaciones, pueden tocar y pueden ver también a Michelle, un cuerpo entre varios, sin nada interesante por decir. Se genera incluso una amistad entre ellos, o al menos, eso quisiera Michelle desde su palco de superioridad. Lo cierto es, que nosotros aquí, comentando sobre tal o cual guerra, sintiéndonos importantes porque ofrecemos un granito de arena moral ante las desgracias del mundo, podemos ver, pero no tocar. 

Al final, el morbo no es malo, pero si lo es la falsedad que lo sostiene.

Al terminar de leer esta novela, pude darme cuenta que la mayor tragedia que podía acontecerle a Michelle Panoptes, ignorante de su propia sombra, es el hecho de que nosotros la vimos en sus peores momentos y podemos darnos el lujo de juzgarla al respecto. Mientras ella mira con su cámara por la ventana, sintiéndose protegida, nosotros ya sabemos de sus secretitos y, como ella, nos creemos sus dueños.

El Panóptico de Mish dejó de ser su madre, sí. Pero ahora, lo somos nosotros, sus lectores, sus voyeurs (que, de corazón espero que sean muchos, el libro lo vale).

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